23 Sofás de diseño y vino de tres euros #2
El simple recordatorio hizo que se me encogiera el estómago. Abracé mis rodillas.
—Ha sido... una caída libre sin paracaídas.
—¿Tan difícil era?
—No es solo la dificultad del examen, Maxime.
Es lo que significa. —Cerré los ojos, apoyando la cabeza en el respaldo del sofá.
Sentía que las defensas que había mantenido erguidas con tanto esfuerzo se desmoronaban pieza a pieza.
Él me había mostrado su herida abierta con el club, era justo que yo le mostrara la mía—.
Si no saco un siete de nota media este cuatrimestre, pierdo la beca del MEC.
Maxime ladeó ligeramente la cabeza, escuchando en silencio. No interrumpió, no hizo chistes. Su presencia era un ancla firme.
—Mi familia... mi madre, me quiere con locura.
Pero nunca ha confiado en que yo pudiera terminar nada.
Para ella, soy la chica de los proyectos a medias.
Dejar la organización de eventos y meterme en Enfermería fue un escándalo.
Me apoyó, a regañadientes, pero dejó claro que no podían pagarme una residencia en Madrid.
Solo podían ayudarme con los gastos básicos.
—Sentí un escozor familiar en los ojos, el peso de los números y la vergüenza económica aplastándome el pecho—.
La residencia, las tasas... todo eso se paga con la beca del Ministerio.
Miré a Maxime. Quería que lo entendiera. Él era un hombre que cobraba millones de euros al año, que probablemente gastaba el equivalente a mi beca anual en un par de relojes.
—Si suspendo, la beca se anula. Tendré que recoger mis cajas de Moncloa, coger un tren y volver a mi habitación de la infancia, derrotada. Y lo peor de todo es que le daré la razón a mi familia. Confirmaré que soy la Laura que no vale.
Una lágrima solitaria traicionó mi estoicismo y rodó por mi mejilla. Me la limpié rápidamente con el dorso de la mano de la sudadera.
—Y encima, mi compañera de cuarto, Nerea.
.. Ella es brillante. Viene de una familia de médicos prestigiosos.
No tiene que preocuparse por el dinero. Me recordó esta mañana que yo luchaba por sobrevivir mientras ella competía por la excelencia.
Y... —Me mordí el labio, bajando la voz—.
Me enseñó unas fotos tuyas en redes sociales.
Maxime se tensó. Su postura cambió instantáneamente.
—¿Fotos mías?
—De anoche. En un reservado en el Barrio de Salamanca.
Con un montón de influencers y botellas con bengalas.
—Me encogí de hombros, forzando una sonrisa cínica que no sentí—.
Oye, es tu mundo. Es lo que se espera de un jugador del Real Hispania.
Pero... me sentí tan pequeña. Estaba ahí, muriéndome de miedo por una fracción de nota, viendo cómo tú flotabas en un universo de lujo y ausencia de preocupaciones.
Maxime se inclinó hacia mí. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad feroz.
—No hay un solo milímetro de mi universo que valga más que tú, Laura.
El aliento se me atascó en la garganta.
—Esas fotos... —continuó, con voz grave, apartando la mirada por un segundo, frustrado—.
Fue una cena de un patrocinador. Fui por obligación del club.
Ocaña pidió las botellas, las chicas eran invitadas de las marcas.
Estuve allí exactamente cuarenta y cinco minutos, me tomé un agua con gas y me fui a casa. A este puto apartamento vacío.
Me miró de nuevo, y su mano, grande, cálida y fuerte, se posó sobre mi rodilla. No me aparté. El peso de su mano era lo más reconfortante que había sentido en todo el día.
—Tú crees que flotamos sin preocupaciones, Laura, pero es una jaula de cristal.
Te pagan por no tener derecho a fallar, a deprimirte o a equivocarte.
Me senté en este mismo sofá a las dos de la mañana, pensando en ti.
Pensando en cómo me habías empujado lejos en esa gala, y cómo, por primera vez en años, quería estar con alguien que me viera a mí.
No al jugador. No a la cuenta bancaria. A Maxime.
El silencio en el salón era absoluto, solo roto por el leve zumbido del aire acondicionado.
Él sabía que me enfrentaba a un precipicio financiero.
Con un chasquido de dedos podría haberme ofrecido pagar mi residencia durante diez años.
Cualquier otro futbolista con complejo de salvador o exceso de ego lo habría hecho.
Déjame ayudarte, yo lo pago. Habría arruinado cualquier posibilidad entre nosotros, porque yo me habría levantado, lo habría maldecido por tratarme como un caso de caridad, y me habría marchado.
Pero Maxime no lo hizo.
No me ofreció dinero. Me ofreció fe.
Su pulgar acarició la tela vaquera sobre mi rodilla.
—Eres la persona más inteligente, tenaz y feroz que conozco, Laura Martín Soler —dijo, pronunciando cada palabra como si fuera un juramento—.
Vas a sacar ese siete. Lo sé porque te he visto machacarte, te he visto tratar con críos enfermos en el hospital con una empatía que no se enseña en los libros. La beca es tuya.
Un nudo enorme se deshizo en mi garganta. El miedo paralizante de las últimas cuarenta y ocho horas retrocedió, empujado por la fuerza absoluta de la convicción de este hombre.
No me estaba rescatando. Me estaba sosteniendo mientras yo misma me levantaba.
El timbre del interfono sonó, rompiendo el momento mágico.
Maxime suspiró, cerrando los ojos un segundo.
—La comida. Ha llegado la comida.
Se levantó, y sentí la pérdida inmediata de su calor. Fue hacia la puerta. Yo me quedé en el sofá, procesando lo que acababa de ocurrir. Mis defensas, esos gruesos muros de sarcasmo y evitación emocional que había construido durante años, estaban convertidas en escombros.
Maxime regresó con tres bolsas grandes de papel kraft que olían a carne a la parrilla, patatas fritas y aceite de trufa.
Desplegó el festín sobre la mesa de cristal del salón. Nada de comer en la isla impoluta. Íbamos a pringar el sofá de diseño, y le importaba un bledo.
Comimos casi en silencio, un silencio cómodo y hambriento.
Las hamburguesas eran espectaculares. El queso se fundía, el pan brioche estaba perfecto, y la carne sabía a gloria.
Me comí la mía entera y robé la mitad de las patatas de Maxime.
Él me dejó hacerlo con una sonrisa ladeada, devorando su ración con la voracidad de un atleta.
Cuando terminamos, retiramos las cajas de cartón y las apilamos en el suelo.
Me limpié las manos y la boca con una servilleta, y solté un suspiro profundo.
—Creo que acabo de ingerir cinco mil calorías. Si ahora me da un infarto, dile a los sanitarios que fui inmensamente feliz en mis últimos minutos.
Maxime se echó a reír. Era su risa real, la profunda que le nacía del pecho, no la risa de portada de revista.
—Aún no hemos terminado. Falta la medicación.
Se levantó y fue a la cocina. Regresó con la tarrina de helado de chocolate y brownie abierta, pero solo traía una cuchara.
Se sentó a mi lado en el sofá, cruzó las piernas en posición india, apuntando hacia mí, y puso la tarrina sobre sus muslos.
—¿Una cuchara? —pregunté, arqueando una ceja—. ¿Vas a obligarme a comer con las manos?
—No. Vamos a compartir. Economía de guerra, ya sabes.
Hundió la cuchara de metal en la masa helada, sacó un trozo gigante de chocolate y, en lugar de llevárselo a la boca, lo acercó a la mía.
Mi corazón dio un salto mortal.
Mis ojos pasaron de la cuchara brillante a los suyos. El aire se volvió de repente muy denso en el salón. El tono de la noche acababa de pivotar de la vulnerabilidad confesional a algo oscuro, eléctrico e infinitamente cargado de tensión.
—Abre —murmuró, con la voz un tono más baja de lo habitual.
Entreabrí los labios. El metal frío de la cuchara chocó suavemente contra mis dientes, y el sabor intenso y cremoso del chocolate inundó mi lengua. Maxime retiró la cuchara muy despacio, observando cómo mis labios se cerraban alrededor del dulce.
Tragué, sintiendo un calor subiendo por mi cuello que nada tenía que ver con la calefacción.
Él volvió a hundir la cuchara, sacó otra porción y se la llevó a su propia boca.
Sus labios se cerraron alrededor del metal.
Era un gesto cotidiano, absurdamente íntimo, y verlo usar la misma cuchara que acababa de estar en mi boca me provocó una punzada de deseo tan aguda en el bajo vientre que casi jadeé.
Volvió a cargar la cuchara. La acercó a mí de nuevo.
Esta vez me incliné hacia delante. Me comí el helado, pero mis ojos no se apartaron de los suyos. Él tampoco parpadeó. La barrera entre lo doméstico y lo profundamente sexual se estaba desintegrando.
En la siguiente cucharada, un poco de helado se resbaló y manchó la comisura de mis labios.
Levanté la mano instintivamente para limpiarme, pero Maxime fue más rápido. Su mano atrapó mi muñeca en el aire. La fuerza de su agarre era firme pero infinitamente suave.
Dejó la cuchara clavada en la tarrina, cogió el envase con la mano libre y lo apartó, dejándolo sobre la mesa de cristal.
Se giró completamente hacia mí. La distancia entre nosotros desapareció.
Su mano soltó mi muñeca y sus largos dedos acariciaron el lateral de mi cuello, deslizándose hasta mi mandíbula. Su pulgar subió lentamente y rozó la comisura de mis labios, apartando la mancha de chocolate.
Mi respiración se agitó. El pecho me subía y bajaba visiblemente.
—Maxime... —susurré. No era una advertencia. Era una súplica, aunque ni yo misma sabía exactamente de qué.
Su pulgar, ahora manchado de chocolate, se deslizó por mi labio inferior, ejerciendo una presión suave que me obligó a entreabrir la boca.
—Eres un peligro para mi salud mental, Laura —murmuró. Su rostro estaba tan cerca que podía sentir su aliento cálido en mi piel. Olía a madera de cedro, a vino tinto y a chocolate.
—Tú eres un dolor de cabeza constante —repliqué, en un susurro apenas audible.
La comisura de sus labios se elevó en una media sonrisa.
—Haz que me duela, entonces.
Y acabó con la distancia.
Su boca chocó contra la mía. No fue un beso tentativo. Fue una colisión. Desesperada, profunda y exigente. Un gemido sordo nació en mi garganta, y él lo absorbió abriendo mis labios por completo. El sabor a chocolate y a vino estalló entre nosotros.
Mis manos, que habían estado paralizadas sobre mis rodillas, cobraron vida propia.
Subieron por su pecho desnudo, sintiendo la dureza y el calor abrasador de sus músculos.
Su piel era una estufa. Mis dedos se enredaron en la cadena fina de oro que llevaba al cuello, buscando aferrarme a algo para no salir volando.
Maxime emitió un gruñido bajo en la parte posterior de la garganta.
Su brazo libre me rodeó la cintura por encima de la sudadera y tiró de mí hacia él, cerrando cualquier milímetro de separación.
Mi pecho chocó contra el suyo. Sentí la contundencia de su cuerpo contra el mío, abrumadora y segura al mismo tiempo.
Sus labios me devoraban. Su lengua reclamó el interior de mi boca con una autoridad que me hizo temblar. No había juegos aquí. No había ironía. Había hambre acumulada de meses de miradas furtivas, de mensajes cifrados, de miedos compartidos.
Me incliné sobre él, empujándolo ligeramente hacia atrás contra los cojines del sofá.
Él se dejó caer, arrastrándome consigo de modo que quedé medio a horcajadas sobre sus piernas.
La fricción de mis muslos contra los suyos, vestidos solo por esa tela gris de chándal, encendió un incendio en mi centro.
Sentí sus manos enormes subir por mi espalda bajo la tela de la sudadera, acariciando la piel desnuda de mi cintura con un roce firme y áspero que me hizo jadear contra su boca.
Cuando nos separamos para coger aire, nuestras frentes se apoyaron la una contra la otra. Sus pulmones trabajaban con fuerza. Mis manos seguían aferradas a sus hombros anchos.
Sus ojos, oscuros y brillantes como el cielo de Madrid que nos rodeaba, se clavaron en mí. Estaban llenos de una promesa que ya no se podía ocultar detrás de un chiste.
—No sé qué es esto, Laura —dijo, con la voz ronca, el pulgar acariciando mi mejilla ardiendo—. Pero sé que no es una estupidez. Y no voy a permitir que vuelvas a llamarlo así.
Tragué saliva, sintiendo el peso de la verdad caer sobre nosotros. En ese inmenso apartamento vacío y frío, él acababa de encender una hoguera.
Miré el rostro del hombre que no me había ofrecido dinero, sino confianza. Del hombre que había bajado sus escudos para mostrarme sus miedos.
Deslicé una mano hasta su nuca, perdiendo los dedos en sus rizos.
—No lo es —admití, rindiendo por fin mis defensas—. No es una estupidez.
Maxime cerró los ojos, exhalando como si le acabara de quitar un peso inmenso de encima.
Volvió a atraer mi rostro hacia el suyo. Esta vez el beso fue más lento, más dulce, más intencionado. Un beso de alguien que sabe que acaba de cruzar una línea de la que no hay vuelta atrás. Y, por primera vez en mucho tiempo, no me importó en absoluto no saber dónde iba a aterrizar.