23 Sofás de diseño y vino de tres euros
El bloque de apartamentos se alzaba en el tramo más exclusivo del Paseo de la Castellana, justo donde los rascacielos de cristal y acero comenzaban a desafiar la gravedad y a proyectar sombras alargadas sobre la ciudad.
Era el tipo de edificio que no tenía portero automático, sino un conserje uniformado detrás de un mostrador de mármol negro que parecía sacado del vestíbulo de un hotel de cinco estrellas en Dubái.
Me ajusté la correa del bolso sobre el hombro y apreté con fuerza las asas de la bolsa de plástico del supermercado Dia que llevaba en la mano derecha. El roce del plástico barato sonaba atronadoramente vulgar en aquel silencio acústicamente diseñado.
—Buenas noches, señorita —dijo el conserje, con una amabilidad gélida que me escaneó de arriba abajo en un microsegundo.
Mis vaqueros desgastados, mis zapatillas blancas (que ya no eran tan blancas) y mi sudadera gigante no pasaron el corte de su elitismo, pero su expresión no varió—. ¿A qué piso se dirige?
—Ático B. A ver a Maxime Diarra.
El hombre tecleó algo en una pantalla incrustada en el mármol.
—El señor Diarra la está esperando. Ascensor de la derecha, acceso directo.
El viaje en ascensor fue silencioso y absurdamente rápido. Las puertas de caoba se abrieron directamente a un pequeño vestíbulo privado iluminado con luces cálidas e indirectas. Frente a mí, una puerta doble de madera maciza.
Respiré hondo. El corazón me latía en la base del cuello, bombeando una mezcla de agotamiento por la falta de sueño, restos de pánico por mi examen de Farmacología y un nerviosismo afilado por estar a punto de cruzar la frontera hacia el mundo privado de Maxime.
Había visto a Maxime en bodas, en bares, en galas benéficas y en el modesto piso de mi hermana. Nunca en su terreno.
Antes de que pudiera buscar el timbre, la puerta se abrió hacia dentro.
Maxime estaba allí.
Mi cerebro, que normalmente funcionaba a mil por hora elaborando sarcasmos como mecanismo de defensa, se quedó en blanco.
Llevaba unos pantalones de chándal grises de algodón grueso que colgaban peligrosamente bajos en sus caderas, revelando la V perfecta de sus abdominales inferiores. No llevaba camiseta. Estaba descalzo.
Pero no fue su cuerpo —una obra maestra de la genética y el entrenamiento de élite— lo que me dejó sin aliento. Fue su cara.
El Maxime Diarra que conocía, el bufón del Real Hispania, la estrella mediática de la sonrisa infinita y las bromas de doble sentido, no estaba.
El hombre que me miraba tenía los hombros caídos, los rizos oscuros aplastados contra la frente y unas sombras de agotamiento bajo sus intensos ojos oscuros. Parecía... vulnerable. Roto.
Sus facciones se suavizaron en el momento en que sus ojos se clavaron en los míos. Exhaló un suspiro largo, como si llevara horas conteniendo la respiración, y una sonrisa diminuta, casi frágil, asomó a sus labios.
—Hola, Laura —dijo, con voz ronca.
—He traído los suministros de emergencia —murmuré, levantando la bolsa de plástico—. Terapia de choque barata.
Maxime dio un paso a un lado, cediéndome el paso.
—Pasa. Por favor.
Crucé el umbral y me quedé paralizada. El apartamento era obscenamente grande y espectacular.
Un enorme espacio diáfano con suelos de madera de nogal, techos altísimos y una pared entera de cristal que ofrecía una vista panorámica del skyline nocturno de Madrid.
Las luces de los coches en la Castellana parecían un río de lava roja y blanca fluyendo muy por debajo de nosotros.
Era una portada de la revista Architectural Digest .
Y era el lugar más solitario en el que había estado en mi vida.
No había desorden. No había marcos con fotos.
No había revistas tiradas, ni tazas a medio beber, ni mantas arrugadas.
Todo era de un minimalismo frío y perfecto.
En una esquina de la inmensa zona de estar, cerca de un sofá modular gris oscuro que parecía del tamaño de mi antigua casa entera, había un mastodóntico sillón negro de aspecto futurista conectado a un compresor.
—¿Eso es una nave espacial? —pregunté, señalándolo, intentando romper la densidad del silencio.
Maxime cerró la puerta y soltó una carcajada seca, frotándose la nuca.
—Un sillón de recuperación deportiva. Masaje por compresión neumática, presoterapia, crioterapia... El club me obligó a instalarlo. Supuestamente acelera la regeneración muscular.
—Parece que te va a tragar y a mandarte a la órbita de Marte.
—A veces ojalá lo hiciera. —Se acercó a mí y me quitó la bolsa de plástico de la mano. Sus dedos rozaron los míos, cálidos y ásperos, y una descarga eléctrica me subió por el brazo—. Ven a la cocina. Vamos a abrir esa terapia.
Lo seguí. La cocina era una isla inmensa de mármol blanco, rodeada de armarios sin tiradores. Era tan aséptica que parecía un quirófano.
Maxime sacó el contenido de mi bolsa. Una tarrina de un litro de helado de chocolate con trozos de brownie , y dos botellas de Ribera del Duero que me habían costado exactamente tres euros con cuarenta céntimos cada una.
Puso las botellas sobre el mármol de Carrara. El contraste visual era casi cómico.
—Cosecha exclusiva, ya veo —bromeó, aunque su voz seguía careciendo de su energía habitual.
—No te pases de listo, galáctico. Es un gran reserva del pasillo cuatro. Si quieres algo mejor, saca tu chequera. No encontraba un sacacorchos en mi habitación, así que espero que tus armarios invisibles oculten uno.
Maxime sonrió de verdad esta vez. Empujó suavemente un panel de madera que se abrió con un clic silencioso, revelando un cajón forrado en terciopelo con utensilios de acero inoxidable. Sacó un sacacorchos eléctrico. Obviamente.
Mientras abría el vino, me apoyé en la isla, cruzando los brazos sobre mi sudadera.
—¿Has cenado? —me preguntó, sirviendo el vino barato en dos copas de cristal de Bohemia que probablemente costaban más que mi alquiler mensual.
—No. Mi estómago ha estado cerrado por defunción todo el día.
Maxime frunció el ceño, deteniéndose.
—¿No has comido nada? Laura, son las nueve de la noche.
—Me alimenté de la energía del pánico y de cafeína. Fue suficiente.
Me tendió una de las copas. Sus ojos se clavaron en mí, analizadores.
—Vamos a pedir comida. Conozco un sitio de hamburguesas gourmet , de esas que chorrean queso trufado y la carne se deshace. Te pediré la más grasienta que tengan. Necesitas comida real si vamos a emborracharnos con este... excelente caldo que has traído.
Asentí, sintiendo de pronto lo vacía que estaba.
—Hamburguesas suena a gloria bendita. Pero yo pago mi parte.
Maxime levantó una ceja, cogió su móvil de la isla y empezó a teclear.
—Ni en tus mejores sueños vas a pagar tú, Laura. Eres mi invitada. Y hoy has venido a salvarme la vida, así que invito yo.
Tomé un sorbo de vino. Era peleón, rasposo y maravilloso.
Caminamos hacia el salón. Me acerqué a la pared de cristal, hipnotizada por las vistas. Madrid se extendía ante nosotros como un océano de luz brillante. Podía ver las Cuatro Torres a lo lejos.
—Esto es increíble, Maxime —dije en voz baja—. Es... irreal.
Él se situó a mi lado, a un palmo de distancia. Sentía el calor de su cuerpo desnudo irradiando hacia mí en el ambiente climatizado del apartamento.
—A veces, cuando apago todas las luces, me quedo aquí de pie mirando los coches —confesó, con la voz suave—.
Todo el mundo ahí abajo va a algún sitio.
Tienen prisa. Tienen una familia a la que volver, o un bar donde los esperan amigos que no les van a pedir un autógrafo ni una foto. Simplemente viven.
Giré la cabeza para mirarle. Su perfil estaba iluminado por el resplandor naranja de la ciudad.
—Mi hermana Alba me dijo que habías tenido un mal día en Valeriano —dije, saltándome los rodeos. Ya habíamos tenido suficientes medias verdades.
Maxime apretó los labios, mirando fijamente la Castellana.
—Un mal día es un eufemismo sutil —respondió, dándole un trago a su vino—.
Fui un desastre, Laura. Un auténtico fantasma en el campo.
Fallé pases que haría un juvenil con los ojos vendados.
Perdí tres marcas en el partido de entrenamiento.
Lucas Lobo tuvo que pararme y darme un toque de atención delante de todos.
—Todos tenemos días malos. Eres humano.
—En este club no te pagan por ser humano —replicó, y había una dureza repentina en su voz—.
Te pagan por ser una máquina infalible. Llevas la Cruz de Borgoña en el pecho.
Si tienes un mal día, la prensa deportiva te despelleja vivo al día siguiente.
Hay cuatro chavales en el banquillo esperando que te lesiones o que falles para quitarte el puesto.
Ocaña lleva semanas buscando una grieta, y hoy se la he dado.
Se giró hacia mí, y la intensidad de su mirada me inmovilizó.
—Pero lo peor no fue el entrenamiento. Lo peor fue darme cuenta de por qué estaba desconectado. De por qué mis piernas pesaban mil kilos y mi cabeza estaba en otra parte.
Tragué saliva. Yo .
Sabía que había sido yo. Mi comentario de ayer, mi cobardía en el guardarropa, minimizar nuestra conexión física tratándola como un error. Lo había herido en su orgullo y en algo más profundo que no me atrevía a nombrar.
—Maxime, yo...
Él levantó una mano, deteniéndome.
—Vamos a sentarnos —dijo, en un tono mucho más suave—. Te duelen las piernas. Te veo temblar desde aquí.
No me había dado cuenta, pero era cierto. La adrenalina del examen estaba abandonando mi cuerpo, dejándome como un trapo húmedo.
Nos acercamos al gigantesco sofá modular. Era profundo, blando y de una tela que parecía ante suave. Me senté, doblando las rodillas hacia mi pecho, y él se sentó a mi lado. No en el otro extremo, sino lo suficientemente cerca como para que nuestros muslos casi se rozaran.
Dejó su copa en la mesa baja de cristal y se giró hacia mí.
—Tu turno. Alba me dijo que tenías el examen final de Farmacología. Has dicho que ha sido una masacre.