El futbolista y yo 22 Caída libre y tarrinas de helado #2
61%

22 Caída libre y tarrinas de helado #2

Agarré el bolígrafo con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.

Empecé a escribir. Trazos feos, nerviosos, pero lógicos.

Fui desglosando el caso. Separé la insuficiencia renal de la emergencia pulmonar.

Escribí las contraindicaciones. No lo hice con la elegancia de Nerea, pero lo hice con la desesperación de alguien que se niega a ahogarse.

El tiempo voló. A falta de veinte minutos, Nerea se levantó, entregó su examen a la profesora Tejada con una sonrisa impecable y salió del aula sin mirar atrás.

Yo me quedé hasta que sonó la campana.

Cuando dejé mis folios sobre la mesa del profesor, sentí que me pesaban los brazos cien kilos. Tenía un calambre en el cuello y el estómago vacío me rugía, pero había terminado. Estaba hecho.

Salí de la facultad arrastrando los pies. El sol brillante de la mañana de Madrid me quemaba las retinas. El ruido de los autobuses en la Avenida de Séneca me parecía atronador. Estaba completamente vacía. Seca.

Llegué a la residencia, subí a mi habitación —gracias al cielo, Nerea no estaba—, me quité las zapatillas sin desatar los cordones, me tiré sobre el edredón y me quedé inconsciente en menos de diez segundos.

Me despertó el zumbido vibrante del móvil contra la mesilla de noche.

Gruñí, desorientada. La habitación estaba sumida en la penumbra. Miré la pantalla del móvil, entrecerrando los ojos contra el brillo. Eran las ocho de la tarde. Había dormido casi nueve horas seguidas.

Tenía tres notificaciones.

Dos de Álvaro:

Álvaro: ¡Espero que hayas sobrevivido a la masacre farmacéutica, reina! Llámame cuando resucites. Álvaro: En serio, si el examen te ha matado, dime dónde envío las flores.

Y una de mi hermana Alba:

Alba: Oye, ¿sigues viva? Toni acaba de llegar a casa bufando en arameo. Me ha dicho que Maxime ha estado desastroso hoy en Valeriano. Lobo casi le arranca la cabeza. Está de un humor de perros, y encima dicen que canceló una salida que tenía con los del equipo. ¿Sabes algo? Llámame cuando puedas.

Me quedé mirando la pantalla, paralizada.

Maxime ha estado desastroso hoy. Está de un humor de perros.

Mi primer instinto fue pensar en lo que me había dicho Nerea. Las modelos. Las botellas con bengalas. Si había estado mal, seguro que era la resaca de su noche en el Barrio de Salamanca. Él tenía su vida. Su vida de excesos, lujo y fama.

Pero mi mente racional intervino. Maxime nunca rendía mal. Podía estar de resaca, podía estar agotado, pero cuando cruzaba la línea blanca del campo, era una bestia. El fútbol era su santuario. Si había perdido el foco hasta el punto de que el capitán le echara la bronca, algo andaba mal. Muy mal.

Y de repente, el recuerdo de nuestro último encuentro me golpeó como un mazazo.

—Una estupidez. Una estupidez absoluta. —Mensaje recibido. Y la decepción en sus ojos verdes. Esa mirada muerta, vacía, de alguien que acababa de abrir una puerta y se la habían cerrado en las narices.

Yo le había hecho eso. Había utilizado mi miedo al qué dirán, mi miedo a que me juzgaran, mi terror a la exposición pública de su mundo, para herirle.

Me senté en el borde de la cama. El corazón me latía despacio, pero con una claridad absoluta.

De repente, los celos que había sentido por la mañana me parecieron mezquinos e irrelevantes. Me daba igual si había influencers en su palco o modelos en las discotecas. Me daba igual la opinión de Nerea. Me daba igual mi propio escudo defensivo.

Echaba de menos a Maxime.

Echaba de menos su risa, el volumen atronador de su voz, la forma en que llenaba cualquier habitación en la que entraba.

Echaba de menos cómo sus manos enormes podían ser tan suaves, y cómo, a pesar de todo su teatro de macho alfa del fútbol, me miraba como si yo fuera lo único que importaba en el mundo.

Agarré el móvil. Mis dedos temblaban levemente.

Abrí nuestra conversación. El último mensaje era de hacía tres días. Un chiste tonto sobre un árbitro que yo ni siquiera había contestado con más de un "jaja".

Respiré hondo. Mi psicóloga interior gritaba que me estaba metiendo en la boca del lobo, que involucrarme con él era arriesgarme a un nivel de exposición que mi inseguridad no podría manejar.

Mandé callar a la psicóloga.

Tecleé rápidamente:

Laura: ¿Sigues vivo?

Me quedé mirando la pantalla. Los segundos se arrastraban con una lentitud agonizante. Quizá estaba con alguien. Quizá no quería saber nada de mí. Quizá me había bloqueado mentalmente.

Aparecieron los tres puntos suspensivos. Desaparecieron. Volvieron a aparecer.

Maxime: No. He muerto.

Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo. Una pequeña sonrisa, triste y cansada, curvó mis labios.

Laura: Yo también. Mi examen final ha sido una masacre en toda regla. Deberían precintar el aula con cinta policial.

Pausa. Larga pausa. Casi pude verlo, al otro lado de la pantalla, debatiéndose sobre qué tono usar. Si ponerse la máscara de bufón, si ignorarme, si atacar.

Maxime: Estoy de muy mal humor, Laura.

Esa sinceridad dolió. El Maxime Diarra de las portadas nunca admitía estar de mal humor. Era el eterno optimista, el bromista invulnerable. Si me estaba diciendo eso, es que no tenía fuerzas ni para fingir. Y que yo era la causante de gran parte de esa miseria.

Tragué el nudo de culpa que se me había formado en la garganta. No iba a pedirle perdón por mensaje. Eso era de cobardes. Y no iba a intentar arreglarlo con un texto bonito. Tenía que ser yo. La Laura borde, práctica e imperfecta que él conocía.

Laura: Yo estoy peor. Estoy al borde de la crisis existencial y financiera. Llevo una tarrina de helado de chocolate negro y dos botellas de vino de tres euros del supermercado. Pon tú las cucharas. Voy para tu casa.

Bloqueé la pantalla, aterrorizada. Le estaba pidiendo ir a su espacio. Al santuario de la estrella del Real Hispania. Estaba rompiendo la barrera de "solo nos vemos en zonas neutrales o de paso". Le estaba ofreciendo consuelo, compañía. Algo peligrosamente parecido a lo que hace una pareja.

El móvil vibró de inmediato.

Maxime: Compitamos a ver quién da más pena. Pero no llames al timbre, los de seguridad de la entrada me tienen harto hoy. Te dejo la llave pasada en la puerta de servicio. Maxime: Vale.

Cerré los ojos, apoyando la frente contra la pantalla fría del teléfono.

Vale.

Me levanté, me quité la sudadera del examen y rebusqué en mi armario.

Elegí unos vaqueros desgastados y un jersey gris de lana suave.

Nada elegante. Nada de vestidos ajustados ni de maquillaje perfecto para impresionar.

Si iba a competir contra las chicas de los reservados VIP, iba a hacerlo a mi manera: con ojeras de estudiante de enfermería, zapatillas cómodas y alcohol barato.

Agarré mi bolso, bajé corriendo las escaleras de la residencia y caminé a zancadas hacia el supermercado más cercano de la calle Princesa. Compré el helado más denso y calórico que encontré y dos botellas de vino tinto que tenían una etiqueta pasable.

Mientras esperaba en la caja para pagar, miré mi reflejo en el cristal de la puerta de salida.

Estaba asustada. Terrificada, en realidad. Pero por primera vez en semanas, el miedo no era por fallar en mis estudios o por decepcionar a mi madre.

El miedo era por lo mucho que quería subirme a un taxi, cruzar medio Madrid hasta el barrio de Salamanca, entrar en el piso de un futbolista que vivía bajo los focos de toda Europa, y decirle que no quería que estuviera solo.

Pagué, salí a la calle y levanté la mano para parar el primer taxi libre.

—Al Paseo de la Habana, por favor —le dije al conductor, cerrando la puerta con decisión.

El coche arrancó, llevándome lejos de mi zona de confort, directo hacia el caos. Y, para mi sorpresa, nunca me había sentido tan segura de hacia dónde me dirigía.