22 Caída libre y tarrinas de helado
Eran las seis y cuarto de la mañana y yo estaba a punto de alcanzar un estado de iluminación zen, o al menos eso pensaba hasta que me di cuenta de que la iluminación era simplemente el efecto secundario de haber consumido cuatro cafés expresos dobles en las últimas nueve horas.
Mis globos oculares palpitaban al ritmo de mi corazón, que latía con la furia de un tambor de guerra.
Llevaba despierta toda la maldita noche.
Mis apuntes de Farmacología Aplicada y Fisiopatología estaban esparcidos por la diminuta mesa de mi habitación en la residencia de Moncloa como si un huracán de subrayadores fluorescentes hubiera arrasado la zona.
Había leído el mismo párrafo sobre los inhibidores de la bomba de protones unas quince veces, y todavía no estaba segura de si curaban úlceras o si invocaban a demonios sumerios.
—¿Aún estás con eso?
El sonido de la voz de Nerea me hizo dar un respingo tan violento que mi codo golpeó la torre de folios, enviando el Tema 4 al suelo.
Me giré lentamente. Mi compañera de habitación emergía del cuarto de baño con una toalla de algodón egipcio envuelta perfectamente alrededor de su cabeza y una mascarilla de arcilla purificante en el rostro.
Había dormido sus sagradas ocho horas. Estaba fresca, descansada y exudaba esa repugnante superioridad de las personas que tienen su vida bajo control.
—Solo estoy repasando unos detalles —mentí, con la voz rasposa. Me froté los ojos, sintiendo la textura arenosa de la falta de sueño bajo los párpados—. Pequeñas dudas de última hora.
Nerea se acercó a su impoluto escritorio, donde sus esquemas estaban encuadernados, etiquetados y ordenados alfabéticamente.
—Es el examen final, Laura. Representa el cuarenta por ciento de la nota de todo el semestre.
A estas alturas, o lo sabes, o no lo sabes.
—Se quitó la toalla, dejando caer una melena oscura y perfectamente lisa—.
Aunque, sinceramente, no me extraña que estés en pánico.
Teniendo en cuenta tus... distracciones recientes.
Me tensé. Mi cerebro, privado de glucosa y descanso, tardó un segundo en procesar el veneno sutil de sus palabras.
—No sé de qué hablas.
Nerea cogió un disco de algodón y empezó a retirarse la mascarilla con movimientos metódicos.
—Por favor. No me tomes por idiota. Hablo de Diarra. De tu amigo el futbolista.
Me obligué a recoger los folios del suelo para no tener que mirarla.
—Maxime es solo un amigo. Y no me distrae de nada. He estudiado tanto como tú.
—Seguro —respondió, con un tono neutro que escocía más que un grito—.
Pero tú y yo no jugamos a lo mismo, Laura.
Yo tengo que sacar una matrícula de honor porque el apellido Herrera Vidal estará en mi título, y mis padres no toleran la mediocridad.
Tú necesitas un triste siete para no perder la beca del Ministerio y tener que volver a casa de tus padres con el rabo entre las piernas, porque, seamos sinceras, pagar una residencia en el centro de Madrid no es barato.
Tragué saliva, sintiendo el ácido en la garganta.
Esa era la verdad. Mi verdad más absoluta y aterradora.
Si suspendía, la beca se iba al traste. Y si la beca se iba, mi sueño de ser enfermera se esfumaba con ella.
Volvería a ser la Laura que no termina nada, la Laura que fracasa, la Laura que organiza fiestas que odia.
—Y respecto a Diarra... —Nerea se aplicó un sérum hidratante, mirándome a través del espejo—. Deberías tener cuidado.
—No necesito tus consejos sentimentales, Nerea. Gracias.
—No es un consejo, es una observación sociológica.
—Se giró hacia mí, apoyando las manos en el tocador—.
Ayer, mientras tú te arrancabas los pelos con la farmacocinética de los opiáceos, estaba ojeando Instagram.
¿Sabes quién salía en las stories de una influencer madrileña de esas que viven de ir a eventos de moda? Tu amigo.
El corazón me dio un vuelco asqueroso en el pecho.
—¿Y qué? —Me obligué a mantener la voz plana, abriendo mi estuche para comprobar por tercera vez que tenía dos bolígrafos azules y uno negro.
—Y nada. Estaban en el reservado de una discoteca en el Barrio de Salamanca.
Botellas con bengalas, chicas con vestidos de lentejuelas que cuestan lo que tú pagas aquí en un semestre, y jugadores del Real Hispania.
—Nerea se encogió de hombros, poniéndose una blusa impecable blanca—.
A esos tíos se les tiran al cuello, Laura.
Viven en un ecosistema diferente. No son de los que se quedan en casa un martes por la noche tomando té.
Viven del exceso. Son la realeza de esta ciudad.
Y tú... bueno. Tú estás aquí, a punto de colapsar por un examen.
Solo te lo digo para que no te hagas ilusiones y luego el golpe te destroce la nota del próximo cuatrimestre.
Agarré la cremallera del estuche y tiré de ella con tanta fuerza que casi la arranco.
—Gracias por tu preocupación —dije, con un nivel de sarcasmo que podría haber derretido acero—. Me conmueve profundamente tu empatía humana. Serás una enfermera llena de compasión.
Nerea no se inmutó. Cogió su bolso de diseño.
—Nos vemos en el Aula Magna. Intenta no vomitar sobre el examen. Da mala imagen.
Cuando la puerta se cerró tras ella, me dejé caer de espaldas sobre mi estrecha cama.
El techo blanco de la residencia parecía burlarse de mí. Un reservado en el Barrio de Salamanca. Botellas con bengalas. Modelos.
Por supuesto. ¿Qué me esperaba? Maxime era Maxime Diarra.
Era el puto box-to-box del Real Hispania.
Era famoso, era asquerosamente atractivo, era millonario y tenía el mundo a sus pies.
¿Por qué iba a estar sentado en su casa pensando en la chica borde que se había acobardado en el guardarropa de un hotel y había llamado a su intimidad "una estupidez"?
Eres una idiota, Laura.
Me froté la cara con ambas manos, sintiendo la humedad caliente de unas lágrimas que me negaba a dejar caer.
Celos. Eso era lo que sentía. Unos celos tan espesos y tóxicos que me costaba respirar.
Celos de esas mujeres que no tenían que preocuparse por becas, ni por exámenes, ni por el miedo a fracasar.
Mujeres que encajaban en su mundo a la perfección, que sabían sonreír ante las cámaras y lucir lentejuelas sin sentirse unas impostoras.
Yo no encajaba en ese mundo. Y él tampoco encajaba en el mío.
Me levanté de un salto, ignorando el mareo que me produjo el movimiento brusco. Fui al lavabo, me eché agua helada en la cara y me miré al espejo. Tenía unas ojeras moradas y la piel pálida. Parecía un cadáver reanimado a base de cafeína.
—Puedes hacer esto —le dije a mi reflejo—. Y vas a hacer esto. Por ti. Que le den a las influencers . Que le den a Nerea. Que le den al Real Hispania.
Cogí mi mochila, me puse una sudadera negra gigante para ocultar mi miseria y salí hacia la Facultad.
El Aula Magna de la facultad era un anfiteatro aterrador, iluminado por luces fluorescentes blancas que hacían que todo el mundo pareciera enfermo. Éramos más de doscientos alumnos distribuidos en gradas curvas. El silencio era tan sepulcral que podía escuchar el eco de mis propios latidos.
Frente a mí, cuatro hojas grapadas con cien preguntas tipo test y dos casos prácticos de desarrollo.
La profesora Tejada caminaba por los pasillos, con las manos entrelazadas a la espalda, vigilando como un halcón.
Miré el reloj de la pared. Habían pasado cincuenta minutos. Me quedaba una hora y diez.
Mi cerebro, sorprendentemente, había funcionado durante la primera mitad del examen. La cafeína y el pánico habían creado una alianza temporal. Había respondido con seguridad a las preguntas sobre el sistema circulatorio y las interacciones medicamentosas básicas.
Pero entonces, llegué al primer caso práctico.
Paciente varón, 68 años, con insuficiencia renal crónica en estadio 4, presenta un cuadro de edema pulmonar agudo. Su historial farmacológico incluye... Diseñe el plan de priorización de administración intravenosa y justifique las interacciones negativas.
Me quedé en blanco.
Blanco absoluto. El vacío del espacio profundo.
Leí la pregunta una vez. Dos veces. Tres veces. Las letras empezaron a flotar sobre el papel como si estuvieran vivas. La insuficiencia renal. Diuréticos de asa. Filtrado glomerular. Conceptos inconexos rebotaban en mi cráneo sin orden ni concierto.
A tres pupitres de distancia y una fila más abajo, Nerea escribía a la velocidad de la luz. Su bolígrafo se deslizaba por el papel con la confianza de una máquina de escribir programada por Dios. Ni siquiera dudaba.
El pánico se apoderó de mí con garras frías.
Sentí un sudor helado en la nuca. Las manos me empezaron a temblar.
Si no resolvía este caso, perdía el veinte por ciento de la nota.
Si lo perdía, la media no me daba para la beca.
Si no había beca... se acabó todo. El esfuerzo.
Las discusiones con mi madre. El intento de ser alguien.
No puedo hacer esto.
La frase resonó en mi cabeza como una sentencia de muerte.
Tenía que levantar la mano, entregar el examen en blanco, salir por la puerta, llamar a mi hermana Alba y decirle que había vuelto a joderla.
Que mi madre tenía razón. Que no servía para esto.
Que organizar bodas y hacer listas con códigos de colores era mi techo.
Cerré los ojos con fuerza.
Y entonces, extrañamente, la voz de Álvaro apareció en mi cabeza, recordando un día en el hospital durante las prácticas: "Lau, cuando el monitor pite y todo se vaya a la mierda, no mires el caos. Mira al paciente. Vuelve a lo básico. A, B, C. Vía aérea, ventilación, circulación."
Y luego, sin quererlo, vi la cara de Maxime. Su sonrisa chulesca, la forma en que me había mirado en el jardín de la finca en la boda de Alba, cuando yo lloraba sintiéndome una inútil, y él, el gran ídolo mediático, me había dicho que solo estaba buscando mi "superpoder".
Abrí los ojos.
A, B, C.