21 Más sentimientos #2
El bar de Lidia Mora no era un local de moda.
No había listas VIP, ni luces de neón parpadeantes, ni DJs, ni influencers posando para Instagram.
Era un bar madrileño de pura cepa, de los de toda la vida, un refugio clandestino tapizado de bufandas de fútbol de épocas pasadas, camisetas firmadas enmarcadas en madera y olor a jamón recién cortado y cerveza tirada con maestría.
Lidia tenía un pacto sagrado no escrito con los jugadores del Real Hispania: aquí no entraba la prensa, y lo que se hablaba en los taburetes de cuero rojo no salía de La Prórroga . Era el único lugar en Madrid donde podías tomarte una caña sin ser juzgado, analizado o etiquetado.
Empujé la pesada puerta de cristal y madera. El campanilleo anunció mi llegada. El local estaba a media capacidad. Algunos oficinistas comían el menú del día en las mesas del fondo, con un partido de la liga inglesa de fondo en una de las pantallas.
Me dirigí directo a la barra. Lidia estaba al otro lado, pasando un trapo húmedo sobre el mármol reluciente.
Lidia era una mujer en la cincuentena, de pelo oscuro cortado a la altura de la mandíbula, con una mirada tan afilada que siempre sentías que te estaba haciendo una radiografía.
Había visto a generaciones de jugadores romperse, llorar, celebrar y beber en esa misma barra.
Levantó la vista y me escaneó de arriba abajo en un milisegundo. Suspiró.
No dijo "Hola". No preguntó "Qué tal". Simplemente se giró, cogió un vaso de cristal grueso, lo colocó bajo el tirador y, con un movimiento suave y experto, tiró una Mahou perfecta, con dos dedos de espuma coronando el borde.
La deslizó por la barra hasta dejarla frente a mí, seguida de un pequeño plato blanco con un montadito de tortilla.
—Tienes cara de haber fallado un penalti en el minuto noventa, en una final de Copa Continental, y encima haberte resbalado al patear —dijo Lidia, apoyando las manos en la barra.
Me dejé caer en un taburete alto, sintiendo el cuero crujir bajo mi peso.
—Hola, Lidia. Yo también me alegro de verte. Estás radiante hoy, por cierto. —Intenté esbozar mi sonrisa patentada de Maxime Diarra, la que derretía a las cámaras en la zona mixta.
Lidia ni se inmutó.
—Ahórrate los encantos de estrella del rock para las cazafamosas de Pachá, Diarra. A mí no me la cuelas. ¿Qué te pasa? Estás hecho una mierda. Tienes los hombros por las orejas y el aura de un perro abandonado.
Tomé un sorbo largo de cerveza. El líquido frío me bajó por la garganta, aplacando un poco el fuego interno, pero no hizo nada para aliviar la presión en mi pecho.
—Día duro en la oficina, Lidia. Me duele el aductor. —Me encogí de hombros, intentando parecer casual—. Cosas de la edad. Ya no me recupero de los entrenamientos como antes.
Lidia soltó una carcajada seca, cogió el trapo de nuevo y empezó a limpiar furiosamente una mancha inexistente frente a mí.
—Tienes veintitantos años, eres un toro físico y el jugador más explosivo de la plantilla.
Tu aductor está perfectamente bien. Tu problema no está en las piernas, está de cuello para arriba.
—Se detuvo y me apuntó con un dedo acusador—.
O de cuello para abajo. Depende de cómo lo mires. Es una mujer, ¿verdad?
Me atraganté con la cerveza y tosí un par de veces.
—Joder, Lidia. ¿Tienes cámaras en mi casa o me lees el aura?
—Tengo treinta años de experiencia sirviendo copas a niñatos millonarios en pantalones cortos que se creen que dominan el mundo hasta que una mujer les tuerce el gesto —dijo, apoyándose en la barra de nuevo, esta vez con la mirada más suave—.
Conozco a los de tu raza. Y tú, Diarra, últimamente tenías otra luz.
Llevas semanas sin pasarte por aquí para emborracharte con Iván o Raúl.
Estás centrado. Estás brillante. Y luego, hoy, entras por la puerta pareciendo un alma en pena. Dos más dos.
Miré el plato de tortilla. El olor a patata y cebolla me revolvió el estómago. No tenía hambre. No tenía nada, solo un vacío sordo.
—Dijo que acostarse conmigo fue una estupidez.
Las palabras salieron de mi boca sin que pudiera filtrarlas. Supongo que la seguridad del bar de Lidia rompió mis barreras.
Lidia no parpadeó. No hizo una mueca de compasión condescendiente ni se rió. Simplemente asintió lentamente.
—Una estupidez, ¿eh? Es una palabra fea.
—Muy fea —murmuré, pasando un dedo por la condensación de mi vaso de cerveza—. Dijo que fue un accidente. Una tontería por el alcohol y el estrés. Frente a otro de mis compañeros de equipo, además. Como si yo fuera... no sé. Un tropiezo del que hay que avergonzarse.
Solté un suspiro frustrado, frotándome la frente.
—Lo peor es que... yo fui el idiota que bajó la guardia.
Lidia, yo no bajo la guardia. Nunca. Lo aprendí de la peor manera con mi ex en París.
Si muestras que te importa, te cortan las piernas.
Así que siempre sonrío. Siempre bromeo. Soy el puto bufón del Real Hispania.
El que siempre tiene un comentario obsceno, el que nunca se toma nada en serio.
—Y con ella te tomaste algo en serio —adivinó Lidia.
Asentí, sintiendo una opresión en la garganta.
—Le hablé de cosas de las que no hablo. De cosas que me duelen. Y en el momento de la verdad, cuando nos pillaron... ella levantó sus escudos y me usó a mí para frenar el golpe. Y dolió, Lidia. Joder, cómo dolió.
Lidia suspiró, sacó un paño seco y empezó a secar un vaso con movimientos meticulosos. Dejó que el ruido de la máquina de café espresso llenara el silencio durante un momento.
—Maxime, mírame —dijo finalmente.
Levanté la vista.
—¿Qué le dijiste tú? —preguntó Lidia, su mirada clavada en la mía.
Fruncí el ceño. —¿A qué te refieres?
—Cuando te dijo que era una estupidez. Cuando te humilló frente a tu compañero. ¿Qué le dijiste tú a ella? ¿Le dijiste que te estaba haciendo daño? ¿Le dijiste que para ti no era una tontería?
La pregunta me descolocó. Repasé la escena en el guardarropa. Mi dolor ciego. Mi orgullo destrozado. Mi huida.
—No le dije nada —admití, sintiéndome de repente como un crío—. Le dije... le dije que mensaje recibido. Y me fui.
—Y antes de eso —insistió Lidia, dejando el vaso a un lado—, cuando estabais solos, cuando estabais bien. ¿Alguna vez le has dicho, de frente, con palabras de adulto, qué es exactamente lo que quieres de ella? ¿Le has dicho: "Oye, me importas, quiero algo serio, estoy enamorado de ti"?
La sola idea me provocó un escalofrío de pánico en la nuca.
—No... no puedes decir esas cosas así como así.
—¿Por qué no? Eres Maxime Diarra. Exiges el balón rodeado de tres defensas en el Coliseo Blanco, pero ¿te aterra decirle a una mujer lo que sientes?
—¡Porque si se lo digo y me rechaza, me destruye!
—La voz se me alzó un poco, cargada de la misma frustración que me había asfixiado en el entrenamiento—.
Lidia, la última vez que entregué todo, mi ex, Manon, inventó un embarazo para manipularme, me jodió a mi familia y regaló a mi perro.
Si me quito la armadura ahora, si le digo a Laura que la amo, le estoy dando un cuchillo para que me apuñale.
Es más fácil bromear. Es más fácil decirle que me pone cachondo.
Si rechaza mi polla, el ego duele un día. Si rechaza mi corazón...
Me callé. Hablarlo en voz alta lo hacía todo demasiado real.
Lidia apoyó ambos codos en la barra y acercó su rostro al mío. Su expresión era pura severidad maternal.
—Maxime, eres un encanto de muchacho, y un jugador de talla mundial. Pero en cuestiones del corazón, estás jugando al empate a cero.
—¿Al empate a cero?
—Estás tan aterrorizado de que te marquen un gol, que te quedas atrincherado en el área pequeña haciendo chistes y bromas sexuales.
No atacas. No te arriesgas. Y esperas que ella, por arte de magia, adivine que detrás de toda esa fanfarronería de futbolista estrella hay un hombre vulnerable buscando un hogar.
La verdad de sus palabras me golpeó con la fuerza de un despeje defensivo.
—¿Tú crees que una mujer inteligente, que tiene sus propios miedos, sus propios demonios, va a saltar al vacío por un tío que se esconde detrás de la máscara de playboy bromista?
—Lidia negó con la cabeza—. Por supuesto que se protegió cuando os descubrieron.
Estaba asustada. La exposición de tu mundo da mucho miedo a la gente normal.
Y como tú nunca le has dado una seguridad real, una certeza en firme, ella usó el sarcasmo y el menosprecio. Igual que haces tú.
Parpadeé, procesando la información. Mi respiración se ralentizó.
Igual que haces tú.
Yo me había comportado exactamente igual.
En la mesa de la gala, cuando Laura me había mirado con admiración pura después de mi momento en el escenario con los cachorros, yo me había acojonado por la intensidad de mis propios sentimientos.
Había sentido terror ante la idea de estar tan expuesto.
¿Y qué había hecho? Había soltado una puta broma sobre cómo jugar con perritos era marketing para atraer mujeres.
Yo le había enseñado a usar el desprecio. Le había enseñado que esa era la regla del juego entre nosotros. Si sentíamos demasiado, hacíamos un chiste para abaratarlo.
Ella en el guardarropa solo había seguido mis putas reglas.
Me quedé mirando el líquido dorado en mi vaso, la espuma disipándose lentamente en los bordes.
—Soy un idiota —susurré.
—No, no eres un idiota. Eres humano, y estás asustado —corrigió Lidia, su voz ahora suave y reconfortante—. Pero estás siendo cobarde. Y a las mujeres como ella no se las conquista con cobardía. Se las conquista con la verdad. Cruda, desnuda y de frente.
Levanté la cabeza.
—Pero ¿y si le digo la verdad y aún así me llama estupidez? ¿Y si realmente no quiere esto, Lidia? ¿Y si se asusta del circo que me rodea y huye de todas formas?
Lidia se encogió de hombros, cogiendo de nuevo el trapo.
—Entonces te vas a casa, lloras, te bebes tres de estas Mahou, y al día siguiente vuelves a entrenar.
Así es la vida. Sobrevives. Ya sobreviviste a algo peor en París.
Pero te diré una cosa, Maxime: es mil veces mejor perder un partido porque intentaste meter el gol de tu vida, que perderlo porque nunca te atreviste a salir de tu área.
Un silencio sepulcral cayó sobre nuestra zona de la barra. El sonido lejano del televisor y el tintineo de los vasos parecían provenir de otro planeta.
Mi mente, que había sido una tormenta de ruido estático durante todo el día, de repente se quedó en silencio. Claro y cristalino.
Tenía que decirle la verdad. No una broma. No un comentario obsceno envuelto en coqueteo para mantener las vías de escape abiertas. No más armaduras. Tenía que presentarme ante ella, sin la Cruz de Borgoña, sin el estatus de jugador de élite, sin el bufón de protección, y decirle que la quería.
Que la quería de verdad. Que quería que formara parte de mi vida, con todo su puto caos y su belleza.
Terminé la cerveza de un solo trago largo y dejé el vaso sobre el mármol con un golpe seco. Saqué un billete de veinte euros del bolsillo de mi pantalón de diseño y lo deslicé bajo el plato de la tortilla intacta.
—Quédate el cambio, Lidia. Tu terapia es barata para lo buena que es.
Lidia me dedicó una sonrisa genuina, sus ojos brillando con aprobación.
—Asegúrate de que la próxima vez que cruces esa puerta no vengas con cara de perro apaleado, Diarra. Y trae a esa chica, que quiero ver a quién le estoy salvando la vida amorosa.
—Lo haré —dije, sintiendo que una determinación feroz echaba raíces en mi pecho, quemando el miedo que me había paralizado horas antes.
Me levanté del taburete y me ajusté la chaqueta.
Ya no sentía la fatiga en mis piernas. Salí de La Prórroga hacia el aire frío de la calle madrileña. La luz del mediodía iluminaba los edificios de ladrillo rojo, y el tráfico de la Castellana rugía a un par de manzanas de distancia.
Ocaña podía decir lo que le diera la puta gana en el vestuario. Manon podía ser un fantasma en mi pasado. Pero Laura era mi presente, y no iba a dejarla ir solo porque estaba demasiado acojonado para usar las palabras correctas.
Caminé hacia mi coche. Era hora de dejarse de estupideces. Era hora de jugar a ganar.