21 Más sentimientos
Hay un sonido específico que hace un balón de fútbol cuando es golpeado con la tensión exacta, con la técnica perfecta, sobre un césped cortado a veintidós milímetros y regado minutos antes.
Es un chasquido seco, sordo, rápido. Un tac-tac-tac que marca el ritmo del corazón de cualquier equipo de élite.
Llevaba escuchando ese sonido desde que era un niño en las afueras de París. Era mi metrónomo. Mi lugar seguro. Cuando pisaba el campo, el ruido del mundo —la prensa, los contratos, las expectativas, mi propia familia— desaparecía, ahogado por ese chasquido perfecto.
—¡Maxime, llega! —El grito de Toni Müller rasgó el aire frío de la mañana madrileña.
Me giré, tarde. El rondo giraba a una velocidad endiablada.
Iván Suárez había soltado el balón a un toque hacia Toni, quien, con su habitual precisión quirúrgica de mediocentro alemán, había filtrado un pase rompiendo la línea, directo hacia mis botas.
Un pase que un juvenil habría controlado con los ojos cerrados.
El balón rebotó torpemente contra mi espinillera, un toque de madera, tosco, pesado. Salió despedido fuera del círculo, rodando tristemente hacia la zona donde los utilleros apilaban las picas de entrenamiento.
Un murmullo de frustración recorrió el grupo.
—Joder, Diarra, ¿tienes las botas del revés hoy o qué? —soltó Iván, secándose el sudor de la frente con la manga del peto amarillo. Lo dijo con una media sonrisa, intentando quitarle hierro al asunto, pero la broma no aterrizó.
Guillermo Ocaña, que estaba en el centro del rondo intentando robar, soltó una carcajada mucho más aguda y cruel de lo necesario.
—Estará cansado, pobre —dijo Ocaña, mirándome de reojo con esa suficiencia de niñato que me provocaba instintos homicidas—. Las noches de hotel en Madrid son muy exigentes, ¿verdad, capi? Agotan a cualquiera. Especialmente si uno se encierra en los armarios.
La sangre me hirvió en las venas. Di un paso hacia él, los tacos clavándose con furia en el césped. Mi pecho se infló, y juro por Dios que estuve a una fracción de segundo de agarrarlo por el cuello de la camiseta térmica y estamparlo contra el banquillo de metacrilato.
Pero Lucas Lobo se interpuso. El gran capitán del Real Hispania, la encarnación viva del Señorío del club, apareció de la nada, poniéndome una mano firme en el pecho.
—Suficiente —ladró Lucas. No alzó la voz, pero su tono heló el ambiente—. A tu posición, Ocaña. Diarra, ve a por el puto balón y despierta de una vez. Llevas veinte minutos arrastrándote por el campo.
Tragué saliva, obligando a mis pulmones a retener aire.
Sentí la mirada de Toni clavada en mí, escrutadora, analítica, como si estuviera diseccionando mi lenguaje corporal igual que analizaba las defensas rivales.
Aparté la mirada, sintiendo la vergüenza arder en la base de mi cuello, y troté para recuperar la pelota.
Una estupidez. Una estupidez absoluta.
Las palabras de Laura. Sus ojos oscuros y aterrados, mirándome como si yo fuera una bomba a punto de estallar en sus manos, como si lo que acabábamos de compartir en la oscuridad del guardarropa del Villa Magna fuera una mancha de la que necesitaba limpiarse desesperadamente.
Frente a Ocaña. Frente al puto Guillermo Ocaña.
Le di una patada al balón para devolverlo al rondo, y la sesión continuó.
Pero mi mente seguía allí, atrapada en esa habitación pequeña, oliendo su perfume, sintiendo la forma en que sus caderas se habían arqueado contra mí, buscando consuelo, buscando fuego.
Yo le había abierto el pecho. Le había hablado de Harley.
Le había dejado ver las ruinas que Manon había dejado a su paso.
Le había dicho, de la forma más transparente de la que era capaz, que la necesitaba.
Y ella lo había llamado estupidez.
El resto del entrenamiento fue una agonía.
El cuerpo técnico había preparado una sesión táctica orientada al partido de Liga del domingo contra el FC Condal.
Era un duelo a muerte, un partido de máxima rivalidad que podía definir nuestro pase directo en la clasificación para la Copa Continental. Requería concentración absoluta.
No di ni una.
Llegué tarde a las presiones. Fallé pases horizontales ridículos. En el partidillo final de once contra once, perdí la marca de mi interior tres veces, obligando a Iván a hacer coberturas desesperadas y dejándonos expuestos en las transiciones.
Cuando el silbato final sonó, sentí un alivio patético.
Nos dirigimos a la sala de vídeo para el análisis post-entrenamiento. El ambiente en la sala, normalmente cargada de bromas y testosterona, era tenso. Las luces se apagaron y la gran pantalla se iluminó con cortes del entrenamiento que los analistas acababan de procesar.
El primer corte me tenía de protagonista.
El segundo míster, un hombre bajito y de rostro adusto que no perdonaba media, usó el puntero láser para dibujar círculos rojos sobre mi figura en la pantalla.
—Fijaos aquí —dijo, con voz monocorde y letal—. Transición defensiva tras pérdida en campo contrario. El manual dice repliegue inmediato y presión al poseedor. Ocaña pierde el balón. ¿Qué hace Diarra?
El vídeo avanzó a cámara lenta. Se me veía trotando, con la cabeza gacha, mirando al césped mientras el mediocentro del equipo suplente pasaba por mi lado como un puto avión.
—Diarra está paseando por el parque del Retiro —continuó el entrenador—.
No presiona, no repliega, no cubre la línea de pase.
Nos rompen por el centro en dos toques. Si esto pasa el domingo contra el Condal, nos clavan tres goles en la primera media hora.
Maxime, ¿tienes algún problema físico del que el cuerpo médico no nos haya informado?
La sala entera me miraba. Sentí el peso de la Cruz de Borgoña bordada en el chándal de entrenamiento como si fuera de plomo.
—No, míster. Ningún problema —respondí, con la voz ronca.
—Entonces sácate la cabeza del culo. El escudo exige. Aquí no se viene a hacer bulto.
—Entendido.
La sesión terminó, pero la humillación persistió. En las duchas, me coloqué bajo el chorro de agua hirviendo, esperando que la temperatura escaldara los recuerdos de la noche anterior. El eco del agua golpeando los azulejos ahogaba el ruido de mis compañeros.
Ocaña pasó por detrás de mí, riéndose de algo con otro de los jóvenes.
No me miró, pero supe que su risa era un dardo envenenado.
Él sabía por qué yo estaba destrozado. Y lo peor no era que él lo supiera; lo peor era que él había sido el espectador de cómo la mujer que yo quería me reducía a la categoría de error de borrachera.
A las mujeres les encantan los tíos con cachorros. Todo es marketing, cariño.
Eso fue lo que yo le había dicho antes, en la mesa.
Había intentado ocultar mi enamoramiento bajo una capa de cinismo barato.
Y luego, en el pasillo, cuando las cosas se pusieron feas, ella hizo lo mismo.
¿De qué me sorprendía? Le había enseñado que esa era la forma en que jugaba al juego.
Si yo me ponía la máscara, ella se ponía la armadura.
Cuando salí de las duchas, con una toalla a la cintura, Lucas Lobo me estaba esperando frente a mi taquilla. El capitán ya estaba vestido de calle, con un traje impecable y esa expresión severa que lo caracterizaba.
—¿Qué pasa, capi? —intenté forzar mi habitual sonrisa arrogante, cogiendo el desodorante—. ¿Vienes a darme clases particulares de repliegue defensivo? Prometo que para el domingo correré hasta que me sangren los pulmones.
Lucas no sonrió. Se cruzó de brazos y me miró con una intensidad que me hizo tragar saliva.
—Déjate de payasadas hoy, Diarra —dijo, su voz baja para que nadie más en el vestuario nos escuchara—. Conmigo no necesitas el teatro.
Dejé el desodorante en el estante. La sonrisa se me borró de la cara.
—El escudo pesa, Maxime —continuó Lucas—. Y la exigencia de este club no perdona. Todos tenemos malos días. Todos tenemos mierda fuera del campo. Pero si dejas que lo de fuera te arrastre cuando cruzas la línea de cal, este equipo te devorará. La grada del Coliseo Blanco te devorará.
—Fue solo un mal entrenamiento, Lucas. No volverá a pasar.
—Más te vale. Porque sea lo que sea que te tenga la cabeza en otra parte, o lo arreglas, o lo cortas de raíz. No puedes ser nuestro motor si estás fundido por dentro.
Asintió brevemente y se marchó, dejándome solo con el eco de sus palabras y un agujero negro en el centro del pecho.
Lo arreglas, o lo cortas de raíz.
Qué fácil sonaba. Cómo cortas de raíz a alguien que se ha infiltrado bajo tu piel como si fuera una segunda respiración.
Cómo arreglas el hecho de que te has enamorado de una mujer que te ve como un estereotipo, un futbolista arrogante al que hay que esconder en un armario para no manchar la reputación de su sagrada familia.
Me vestí deprisa, evitando cruzarme con Toni —no podría soportar enfrentarme al cuñado de Laura en este momento, no después de casi follarme a su familia en un evento público— y salí al parking de Valeriano.
Me metí en mi coche, agarrando el volante forrado de cuero con tanta fuerza que mis nudillos palidecieron.
No quería ir a casa. Mi apartamento enorme, con sus ventanales impecables y su tecnología de vanguardia, me parecía una puta tumba. No había ruido. No había calor. No había... ella.
Encendí el motor y salí del complejo deportivo, tomando la autopista hacia el centro de Madrid. Conducía por inercia, dejando que la silueta de los rascacielos del Paseo de la Castellana pasara por mi visión periférica.
Veinte minutos después, aparqué en una calle secundaria cerca de Nuevos Ministerios. Apagué el motor y me quedé mirando la fachada de ladrillo y madera oscura de La Prórroga .