20 La estupidez de sentir demasiado
El eco de los aplausos aún flotaba en el ambiente del salón principal, pero la energía de Maxime se había evaporado.
Había vuelto a la mesa tras su momento estelar con los cachorros de Huellas Rotas , sonriendo para un par de fotos más, bromeando con Toni y esquivando hábilmente a los periodistas de sociedad que buscaban un titular fácil.
Sin embargo, yo lo conocía. Conocía la forma en que su mandíbula se tensaba bajo la falsa relajación y cómo sus ojos, normalmente brillantes y expansivos, se habían vuelto opacos y distantes.
Se excusó con la excusa de ir al baño, pero vi que tomaba el pasillo contrario, alejándose de la música, de los focos y del bullicio de las WAGs y los directivos del Real Hispania.
Le di dos minutos de ventaja antes de seguirlo.
Lo encontré al final de un corredor enmoquetado, cerca de la zona de servicio y del guardarropa VIP, que a esas horas estaba desierto.
Estaba apoyado contra la pared revestida de madera oscura, con los ojos cerrados y la corbata del esmoquin aflojada alrededor del cuello, como si le faltara el aire.
—¿Maxime? —lo llamé en voz baja.
Abrió los ojos lentamente. Su pecho subía y bajaba a un ritmo irregular.
—No deberías estar aquí, Laura. Vuelve a la fiesta. Ocaña te estará buscando para ofrecerte otra copa de champán.
Ignoré el tono mordaz. Me acerqué hasta quedar a un palmo de él y levanté las manos, posándolas suavemente sobre sus hombros. La tela de su chaqueta estaba impecable, pero los músculos debajo eran puro granito. Estaba tan tenso que parecía a punto de romperse.
—¿Qué pasa? —pregunté, deslizando mis pulgares por la base de su cuello, intentando aflojar los nudos de tensión—. Y no me digas que es marketing. Sé que no lo es.
Maxime tragó saliva. El movimiento de su nuez fue pesado. Cerró los ojos al sentir mis dedos masajeando su nuca y dejó caer la cabeza hacia adelante, apoyando la frente contra mi clavícula.
—Harley —susurró. La voz le salió tan rota que me encogió el estómago.
—¿Harley? —repetí, acariciando su nuca.
—Era mi perro. Un bóxer. —Maxime soltó un suspiro tembloroso contra mi piel—. Lo adopté cuando llegué a Madrid. Era... era mi único puto hogar cuando no entendía el idioma y sentía que el peso de este club me iba a aplastar.
Dejé de masajear, mis manos congeladas sobre sus hombros.
—¿Qué pasó con él?
Maxime levantó la cabeza. Sus ojos estaban inyectados en una mezcla de rabia y una tristeza tan profunda que me dejó sin aliento.
—Manon se quedó con él en París cuando teníamos partidos fuera.
Yo confiaba en ella. —La amargura en su voz era tóxica—.
Cuando cortamos... cuando me enteré de lo del falso embarazo y todo saltó por los aires, le rogué que me lo devolviera.
Me dijo que lo había regalado. A unos amigos que tenían una finca.
Que yo viajaba demasiado para cuidarlo. Lo regaló sin decirme nada, Laura. Ni siquiera pude despedirme.
El dolor me atravesó el pecho. Manon no solo le había mentido sobre un hijo; le había arrebatado lo único que le daba paz incondicional. Ahora entendía las donaciones a la protectora. Entendía su reacción desmedida en el escenario con los cachorros.
—Lo siento muchísimo, Maxime. —Mi voz era un susurro ronco. Deslicé mis manos desde su cuello hasta sus mejillas, acunando su rostro—. Lo siento tanto.
Me miró fijamente. No había rastro del futbolista estrella, del bromista de vestuario ni del gigante intocable. Solo había un hombre exhausto que necesitaba desesperadamente que alguien lo eligiera.
Se inclinó hacia mí y me besó.
No fue un beso exigente ni calculador. Fue un choque de desesperación. Sus labios buscaron los míos con una necesidad cruda, y yo le respondí abriendo la boca, recibiendo su dolor y devolviéndoselo en forma de calor.
Me agarró por la cintura y me levantó del suelo con una facilidad que siempre me dejaba sin respiración, empujándome contra la pesada puerta de madera del guardarropa VIP.
El picaporte cedió, y caimos hacia adentro, rodeados por el olor a abrigos caros y perfumes de diseño.
Maxime cerró la puerta de una patada, sumiéndonos en la penumbra.
Estábamos en un pequeño espacio forrado de estantes y percheros, ocultos del mundo.
—Te necesito —gruñó contra mi cuello, sus labios ardientes trazando la línea de mi garganta—. Joder, Laura, te necesito tanto ahora mismo.
El ruego me destrozó las defensas. Todas mis promesas de mantener la distancia, de enfocarme en mi carrera de enfermería, de no involucrarme en el circo del Real Hispania, se desintegraron bajo la fuerza de su vulnerabilidad.
—Estoy aquí —jadeé, hundiendo las manos en su pelo perfecto, arruinándolo por completo—. Estoy aquí, Maxime.
Sus manos bajaron por mis costados, trazando las curvas de mi vestido azul. Me levantó de nuevo, sentándome sobre el mostrador de madera del guardarropa. Su boca era implacable, devorándome, exigiendo una conexión que iba mucho más allá de lo físico, aunque nuestros cuerpos ardieran.
Deslicé la cremallera de su pantalón con manos temblorosas. Él soltó un gemido grave y gutural cuando lo liberé. Su piel estaba ardiendo. No había preliminares lentos, no había tiempo para la seducción. Había una urgencia casi violenta que nos consumía a los dos.
Apartó la tela de mi vestido hacia un lado y rompió la fina barrera de mi ropa interior. Cuando sus dedos me encontraron, ya estaba empapada, lista para él, desesperada por borrarle la tristeza de la cabeza a base de puro instinto.
Maxime sacó un preservativo de la cartera de su esmoquin —siempre tan malditamente preparado, incluso cuando su mundo se caía a pedazos— y se lo puso con movimientos rápidos.
Me agarró las caderas, clavando sus pulgares en mi carne.
—Dime que me quieres —susurró, su voz rasposa, sus ojos clavados en los míos en la semioscuridad del cuarto de abrigos—. Dímelo, Laura.
Mi corazón dio un vuelco. Sabía que no se refería a querer de forma platónica. Quería validación. Quería amor. Pero mi mente racional estaba demasiado aterrorizada para cruzar esa línea, así que le di la única verdad que me atrevía a pronunciar.
—Te deseo —jadeé—. Te quiero aquí, dentro de mí. Ahora.
Vi el destello de decepción en sus ojos, rápido, casi imperceptible, antes de que el deseo lo devorara de nuevo. Empujó, hundiéndose en mí de un solo golpe.
Solté un gemido agudo que él silenció con su boca.
El choque de su cuerpo contra el mío era rítmico, fuerte y castigador.
Me aferré a sus anchos hombros, arañando la tela de su camisa blanca, dejando que el placer me inundara y borrara cualquier pensamiento coherente.
Me folló contra el mostrador del guardarropa con la intensidad de un hombre que se ahoga y busca oxígeno.
La fricción era perfecta, dolorosamente buena. La tensión se acumuló en la base de mi columna. Apreté las piernas alrededor de su cadera, atrayéndolo más, más profundo.
—Maxime... joder... —balbuceé, la respiración entrecortada.
Estaba a punto de romperme. Sentía el orgasmo bailando en el borde de mi consciencia, y sabía por la tensión de los músculos de su mandíbula que él también estaba a punto de caer.
Y entonces, el sonido de la puerta al abrirse nos golpeó como un cubo de agua helada.
La luz del pasillo irrumpió en el guardarropa, cegándonos.
Maxime se quedó rígido, congelado en el acto, protegiéndome con su cuerpo, pero no fue lo suficientemente rápido para ocultar lo que estábamos haciendo.
—Hostia puta...
La voz, cargada de una diversión maliciosa y juvenil, pertenecía a Guillermo Ocaña.
El pánico estalló en mi pecho con la fuerza de una granada.
No. No, no, no. Mi futuro en la escuela de enfermería.
La reputación de mi hermana Alba. La imagen inmaculada de Toni Müller, el intocable jugador alemán que ahora sería el cuñado de la cualquiera que se follaba a Diarra en los cuartos de servicio.
Las portadas del corazón. Todo se desmoronó frente a mis ojos.
Maxime se separó de mí de inmediato, dándole la espalda a Ocaña mientras se subía la cremallera y se ajustaba el esmoquin con una velocidad pasmosa. Yo me bajé del mostrador, alisando mi vestido a tirones, sintiendo que la cara me ardía de pura humillación.
Ocaña estaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa de satisfacción que le iluminaba la cara.
—Vaya, vaya, Diarra —dijo Ocaña, su tono rezumando sarcasmo—. El gran capitán dando lecciones de Señorío en el pasillo, y luego metiéndose en el cuarto de los abrigos con la cuñada de Müller. La prensa del corazón se va a frotar las manos con esto. El presi se va a reír mucho.
El miedo me secuestró. El miedo a que todo el mundo pensara de mí exactamente lo que siempre había temido: que era un desastre, una impostora, una cazafutbolistas que no podía controlar sus putos impulsos.
Me adelanté a Maxime, que aún estaba terminando de arreglarse, e intenté salvar la situación con la única herramienta defensiva que me quedaba: la negación absoluta.
—Guillermo, por favor, no es lo que parece —dije, y mi voz sonó tan aguda y desesperada que me odié a mí misma—. Ha sido un error. Un accidente.
Ocaña levantó una ceja, claramente divertido.
—¿Un accidente? ¿Te tropezaste y caíste sobre su polla?
—¡No! —La humillación me hizo elevar la voz—.
Ha sido una estupidez. Una estupidez absoluta por culpa del estrés y del alcohol.
No significa nada. No hay nada entre nosotros, ¿me oyes?
Es solo... una tontería de una vez. No va a volver a pasar.
Así que cierra la boca y guárdate tus putos chismes de vestuario.
Ocaña soltó una risita seca, levantó las manos en el aire y retrocedió hacia el pasillo.
—Tranquila, nena. Yo no he visto nada. Pero la próxima vez, buscad una habitación. Este hotel tiene muchas.
Dio media vuelta y se marchó.
El silencio que siguió a sus pasos alejándose fue el sonido más pesado que había escuchado en mi vida. El aire en el pequeño guardarropa parecía haber desaparecido.
Me giré lentamente hacia Maxime, sintiendo que el corazón me latía en la garganta.
Esperaba ver al Maxime de siempre. Esperaba que me guiñara un ojo, que hiciera una broma sobre cómo íbamos a tener que sobornar a Ocaña con entradas para la final de la Copa Continental, o que soltara algún comentario arrogante sobre su desempeño.
Pero el hombre que me miraba no era el bromista del vestuario.
Maxime estaba de pie, perfectamente abotonado, pero parecía que le habían vaciado el alma. Sus ojos, los mismos ojos que hacía cinco minutos me habían mirado con una necesidad desesperada y vulnerable, ahora estaban fríos, distantes y completamente muertos.
La traición estaba escrita en cada línea tensa de su mandíbula.
Le había abierto su corazón hablándome de Harley, me había dejado ver la herida supurante de su pasado, me había pedido que lo quisiera, y, en cuanto las cosas se habían puesto difíciles frente al escrutinio externo, lo había tirado a los putos lobos.
Una estupidez. No significa nada.
Había usado sus mayores miedos para protegerme a mí misma.
—Maxime... —balbuceé, dando un paso hacia él. Mi mano temblaba cuando intenté alcanzar su brazo—. Yo no... no quería decirlo así. Solo intentaba que se callara, por ti, por Toni...
Él dio un paso atrás, esquivando mi toque como si fuera ácido.
—No lo arregles, Laura —dijo. Su voz era plana, desprovista de cualquier acento juguetón, de cualquier rastro de calor—. Lo has dejado clarísimo.
—Maxime, por favor...
—Una estupidez —repitió, y cada sílaba fue una cuchillada en mi propio estómago—. Una estupidez absoluta. Bien. Mensaje recibido.
Me miró por última vez, y no vi rabia. Vi decepción. Una decepción profunda, aplastante y definitiva.
Pasó por mi lado, su hombro rozando el mío con una frialdad glacial, y salió del guardarropa. Me quedé allí, de pie en la penumbra entre abrigos caros de visón y lana, escuchando el eco de sus pasos desaparecer por el pasillo.
Había intentado salvarme de la exposición mediática, pero en el proceso, había destrozado lo único real que había tenido en meses. Y me di cuenta, con una claridad terrorífica, de que él tenía razón. La mayor estupidez de la noche no había sido acostarnos.
La mayor estupidez había sido creer que podía sobrevivir perdiéndolo.