El futbolista y yo 19 El rey de los chuchos
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19 El rey de los chuchos

Hay tres cosas que se me dan extraordinariamente bien en esta vida: recuperar balones en el medio campo, ignorar a la prensa deportiva cuando me hacen preguntas estúpidas y fingir que el circo mediático del Real Hispania no me afecta en lo más mínimo.

Pero esta noche, mientras el chófer del club detenía el Audi negro frente a la entrada del Hotel Villa Magna en el Paseo de la Castellana, sentí que mis superpoderes fallaban estrepitosamente.

Y la culpa la tenía la mujer que estaba sentada a mi lado.

Laura llevaba un vestido azul noche que se adhería a sus curvas como si hubiera sido cosido directamente sobre su piel.

El escote en la espalda me había provocado un cortocircuito neuronal desde el momento en que fui a recogerla, y la forma en que su pelo oscuro caía en ondas sobre un hombro me hacía querer enterrar la cara en su cuello y cancelar nuestra asistencia al evento.

Pero no podíamos. Era la gala anual de la Fundación Real Hispania, y este año el dinero recaudado iba destinado, en gran parte, a Huellas Rotas , la protectora de animales a la que yo donaba dinero (y parte de mi cordura) de forma anónima desde hacía tres años.

—Respira, bebé —le murmuré, usando el estúpido apodo que había inventado solo para ver cómo arrugaba la nariz. Deslicé mi mano hacia la suya, entrelazando nuestros dedos sobre el asiento de cuero del coche—. Pareces a punto de entrar en un quirófano sin anestesia.

Ella soltó el aire de golpe y me miró con esos ojos marrones que me volvían loco.

—Es que hay como doscientos fotógrafos ahí fuera, Maxime. Y todos están gritando. Esto no es normal. La gente normal no cena rodeada de flashes.

—No mires a las cámaras. Mírame a mí —le dije, apretando su mano suavemente—. Yo te guío.

La puerta se abrió. Los flashes estallaron como relámpagos en una tormenta de verano.

Salí primero, ajustándome la chaqueta del esmoquin, y luego le tendí la mano.

En el instante en que los tacones de Laura tocaron la alfombra roja, el rugido de la prensa del corazón y los periodistas deportivos se multiplicó por diez.

— ¡Maxime! ¡Maxime, aquí! ¡Diarra, una foto con tu pareja!

Sentí cómo el cuerpo de Laura se tensaba. Pasé mi brazo por la parte baja de su espalda, pegándola a mi costado con una firmeza que no admitía réplicas. Quería que el mundo entero supiera que estaba conmigo, pero también quería ser un escudo humano entre ella y los buitres con cámara.

—Sonríe, nena —le susurré al oído, rozando su lóbulo con los labios—. Piensa en lo guapo que voy con este traje a medida.

Ella resopló una carcajada a pesar de los nervios.

—Tu ego es tan grande que me sorprende que haya cabido por las puertas del hotel —murmuró entre dientes, pero la tensión de sus hombros desapareció, reemplazada por esa ironía defensiva que tanto me gustaba.

Avanzamos por el photocall rápidamente y entramos en el enorme salón de baile.

Las lámparas de araña brillaban sobre decenas de mesas redondas decoradas con manteles oscuros y centros de mesa plateados.

El escudo del Real Hispania, con su imponente Cruz de Borgoña, dominaba la pantalla gigante del fondo.

Nos dirigimos a nuestra mesa. Toni y Alba ya estaban allí. Toni, con su habitual estoicismo alemán, me dedicó un asentimiento que equivalía a un abrazo eufórico en su idioma. Alba, en cambio, se levantó de un salto para abrazar a su hermana.

—¡Estás espectacular! —chilló Alba, admirando el vestido de Laura.

—He tenido que vender un riñón para pagarlo, pero gracias —respondió Laura, sentándose a mi lado.

Iván Suárez, que compartía mesa con nosotros, jugaba aburrido con una copa de agua con gas. Su reciente divorcio lo mantenía alejado del alcohol y del buen humor en general.

—Diarra —me saludó Iván—. ¿Listo para el espectáculo? He oído que el cantante invitado de hoy es ese niñato del pop indie que no sabe ni afinar.

Eché un vistazo al escenario y vi al artista en cuestión probando sonido con una guitarra acústica. Era un tipo extremadamente delgado, con el pelo alborotado y cara de poeta atormentado.

—Ese tío pesa sesenta kilos mojado —comenté, inclinándome hacia Laura para que solo ella me oyera—. ¿A eso le llaman un hombre? Si sopla el viento en la Castellana, sale volando.

Laura rodó los ojos.

—Canta maravillosamente, Maxime. Y tiene una sensibilidad muy profunda. Cállate y no seas troglodita.

Sentí una punzada absurda y ridícula de celos. ¿Sensibilidad profunda? ¿Qué estupidez era esa?

—Yo también tengo una sensibilidad muy profunda —repliqué, ofendido—. Lloro con los documentales de pingüinos. Y levanto el doble de mi peso en press de banca. Él probablemente se rompe un dedo si intenta abrir un tarro de mermelada.

Laura soltó una carcajada abierta, echando la cabeza hacia atrás.

El sonido fue tan puro, tan jodidamente real en medio de tanta falsedad y relaciones públicas, que sentí un tirón en el centro del pecho.

Me quedé mirándola, hipnotizado por la curva de su garganta y la forma en que sus ojos brillaban cuando me miraba.

Joder.

De repente, la voz de Guillermo Ocaña cortó mi momento de paz. El nuevo fichaje estrella del club se acercó a nuestra mesa, con el esmoquin desabrochado un botón más de lo que dictaba el Señorío del club y una copa de champán en la mano.

—¡Diarra! —Ocaña se apoyó en el respaldo de la silla de Iván, pero sus ojos estaban fijos en Laura, recorriéndola de arriba abajo con un descaro que me hirvió la sangre—. No nos has presentado a tu... amiga.

Me levanté despacio. Era diez centímetros más alto que él y le sacaba quince kilos de puro músculo, pero mantuve mi sonrisa de relaciones públicas intacta.

—Es Laura —dije, con un tono peligrosamente suave—. Y es mi pareja, Ocaña. Así que si no te importa, estamos en medio de una conversación privada.

Ocaña parpadeó, captando la amenaza velada bajo mi tono cordial, y levantó las manos en son de paz.

—Tranquilo, capitán. Solo pasaba a saludar. Disfrutad de la noche.

Cuando se alejó, me volví a sentar. Laura me estaba mirando con una ceja arqueada.

—¿Marcando territorio, como un gran perro protector? —preguntó, con un tono burlón, pero noté el leve rubor en sus mejillas.

—Los cachorros mal educados necesitan que les enseñen límites —murmuré, tomando un sorbo de mi copa de agua.

Las luces se atenuaron y Paula Alonso, la fundadora de Huellas Rotas , subió al escenario. El murmullo del salón se apagó. Paula era una mujer dura, de las que no se dejan impresionar por el dinero ni por los futbolistas famosos. Yo la respetaba profundamente.

—Buenas noches a todos. Gracias al Real Hispania por cedernos este espacio —comenzó Paula.

A sus espaldas, la pantalla gigante cobró vida.

Empezó a reproducirse un vídeo. No había música dramática, solo el sonido real de la lluvia, los ladridos y el ruido del tráfico.

Las imágenes mostraban perros abandonados en descampados de la periferia de Madrid.

Perros desnutridos, atados a vallas, heridos.

Un nudo áspero y frío se formó en mi garganta.

Mis puños se apretaron sobre mis muslos, arrugando la tela del esmoquin.

Tragué saliva, intentando mantener la expresión neutra.

No quería que nadie viera cómo me afectaba.

Nadie en el club sabía por qué donaba tanto dinero a esta causa en particular.

Nadie sabía lo de Harley. Nadie sabía cómo me había destrozado por dentro que Manon regalara a mi puto perro sin decírmelo, arrancándome lo único que sentía como un hogar cuando llegué a este país.

De repente, sentí un calor suave sobre mi pierna.

Bajé la mirada. La mano de Laura se había deslizado por debajo de la mesa y se había posado sobre mis nudillos tensos. Sus dedos pequeños y cálidos se entrelazaron con los míos.

Giré la cabeza hacia ella. Estaba mirando la pantalla, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas ante las imágenes de los rescates, pero su pulgar acariciaba el dorso de mi mano con una ternura que me cortó la respiración. Me estaba diciendo: Estoy aquí. Sé que te duele. Te sostengo.

Le devolví el apretón con fuerza, aferrándome a su mano como si fuera mi ancla en medio del puto océano.

—...y por eso, queremos agradecer a uno de nuestros mayores benefactores anónimos, que esta noche ha accedido a dar la cara. Maxime Diarra, ¿podrías subir, por favor?

El salón estalló en aplausos. Parpadeé, volviendo a la realidad. Solté la mano de Laura a regañadientes y me puse de pie. Toni me dio un par de palmadas en la espalda mientras caminaba hacia el escenario.

Subí los escalones y me coloqué junto a Paula, sintiéndome estúpidamente expuesto bajo los focos.

—Maxime no solo dona fondos para nuestras cirugías de emergencia, sino que ha pagado la nueva zona de cuarentena del refugio —anunció Paula, sonriéndome—. Y para agradecérselo, hemos traído a unos amigos que querían saludarle.

De la parte trasera del escenario, dos voluntarios entraron empujando un pequeño parque de juegos portátil. Dentro había cuatro cachorros mestizos de mastín, torpes, orejudos y llenos de energía.

La sala entera emitió un "¡Awwww!" colectivo.

Incapaz de contener mi propia debilidad, me arrodillé en el centro del escenario, arruinando por completo los pliegues de mis pantalones de diseño.

En el segundo en que me puse a su altura, los cuatro cachorros se abalanzaron sobre mí.

Era un caos de patas grandes, colas agitándose y lenguas húmedas.

Uno de ellos, de color chocolate y blanco, consiguió escalar por mi pecho y empezó a lamerme la barbilla y la mejilla frenéticamente.

Solté una carcajada pura y sin filtros. Me olvidé de los focos. Me olvidé de las cámaras, de la prensa deportiva y del Señorío del Real Hispania. Simplemente abracé al cachorro contra mi pecho, dejándome lamer la cara mientras el resto me mordisqueaba los cordones de los zapatos de charol.

Fue entonces cuando alcé la vista hacia el público.

Mi mirada cruzó el salón y encontró a Laura.

Estaba sentada en la mesa, con la barbilla apoyada en una mano.

Ya no había rastro de ironía, ni de muros defensivos, ni de sarcasmo protector en su rostro.

Me estaba mirando con una suavidad absoluta, con los ojos llenos de una admiración y una ternura tan devastadoras que sentí que el mundo entero se detenía.

Me miraba como si yo fuera el hombre más increíble que había pisado la tierra. Como si todas las partes ruidosas, caóticas y rotas de mi ser tuvieran sentido para ella.

Y en ese instante, arrodillado en un escenario con un cachorro lamiéndome la mandíbula, me golpeó la verdad con la fuerza de un camión de mercancías.

Me he enamorado.

No era un cuelgue. No era dopamina. No era una simple conveniencia para alejar a Manon.

Estaba jodida, profunda e irremediablemente enamorado de Laura Martín Soler.

Quería que viviera en mi casa. Quería cocinar para ella.

Quería verla quejarse de las notas de la escuela de enfermería y luego besarla hasta dejarla sin aliento.

Quería ser el motivo por el que sonreía de esa manera el resto de mi puta vida.

El pánico se apoderó de mí. El corazón me latía tan rápido que pensé que iba a salirme del pecho.

Terminé mi aparición en el escenario como en trance. Saludé, sonreí para un par de fotos oficiales con los cachorros y bajé las escaleras con las piernas de plomo.

Cuando volví a la mesa, el ambiente era bullicioso. Toni estaba hablando con Iván sobre el próximo partido. Alba estaba comentando el vídeo.

Me senté junto a Laura. Tenía la boca seca.

Ella se inclinó hacia mí. Su perfume me envolvió, un aroma limpio y suave que contrastaba con todo el lujo asfixiante de la sala.

—No sabía que hacías todo eso —me susurró, rozando mi brazo con su hombro. Su voz era íntima, llena de secretos compartidos. Eres increíble, Maxime.

El pánico se disparó. Estaba expuesto. Demasiado vulnerable. Si abría la boca ahora mismo, iba a confesarle que la amaba delante de mis compañeros de equipo, de la prensa y de la junta directiva del club.

Así que hice lo único que sabía hacer cuando me sentía acorralado: me puse la puta máscara de bufón.

—Bueno —dije, forzando una sonrisa torcida, aunque la voz me salió un poco más ronca de lo normal—. Me gustan los perros. Son mucho más leales que los defensas del FC Condal. Y, admitámoslo, a las mujeres les encantan los tíos con cachorros. Todo es marketing, cariño.

Laura parpadeó. Vi cómo el destello de admiración en sus ojos parpadeaba, reemplazado por un atisbo de confusión, y luego, por su habitual muro de ironía.

—Claro —dijo ella, retirando ligeramente su brazo del mío—. Todo marketing. No esperaba menos de ti, Diarra.

Se giró hacia Alba para comentar algo sobre la comida.

Me quedé mirando el vaso de agua frente a mí, sintiéndome como el mayor idiota del continente europeo. Había utilizado el humor para alejarla justo cuando me había mirado como yo llevaba años deseando que alguien me mirara.

El resto de la noche fue un borrón. Cenamos, evité mirar demasiado a Laura para no delatarme y sonreí a las cámaras cuando tocaba.

Cuando la gala terminó y salimos a esperar al servicio de aparcacoches en la escalinata del hotel, el frío de Madrid nos golpeó. Laura se frotó los brazos desnudos. Sin dudarlo, me quité la chaqueta del esmoquin y se la puse por encima de los hombros.

Ella me miró, sorprendida por el calor repentino de la tela.

—Gracias —murmuró, ajustando las solapas alrededor de su cuello. La chaqueta le quedaba enorme, y se veía tan hermosa envuelta en mi ropa que me dolieron los pulmones.

Estábamos solos por un momento en una esquina, alejados del tumulto principal de jugadores y directivos. La tensión entre nosotros era densa, pesada. Electrizante.

Quería besarla. Quería agarrarla por la cintura, pegarla a la pared de granito del hotel y besarla hasta que entendiera que lo del marketing era mentira. Que todo era verdad. Que ella era mi verdad.

Levanté una mano y deslicé mis nudillos por su mejilla, apartando un mechón de pelo oscuro. Laura contuvo el aliento. Sus ojos buscaron los míos, enormes y oscuros en la penumbra de la calle. Sus labios se entreabrieron.

Pero antes de que pudiera inclinarme, un flash nos cegó, seguido del grito de un paparazzi desde la acera de enfrente.

—¡Maxime! ¡Una sonrisita para la portada!

Retiré la mano como si me hubiera quemado. Laura bajó la mirada, ajustando mi chaqueta de nuevo, su expresión cerrándose herméticamente.

—Nuestro coche está aquí —dijo ella, con voz plana.

Asentí, tragándome todas las palabras que no podía decir.

Todavía no.

Pero joder, la caída iba a ser épica.