18 El peso de la camiseta #3
—¡No sabía que venías hoy! Maxime no me dijo nada. Ese chico tiene la cabeza en las nubes últimamente —dijo, dejándose caer en el asiento libre justo a mi derecha—. ¿Cómo estás, cariño? Te veo más delgada. ¿Estás comiendo bien? Los hospitales son terribles, os explotan.
—Estoy comiendo bien, se lo prometo.
—¡Nada de "se lo prometo"! Tutéame. —Nadine me dio una palmada en la rodilla que casi me disloca la rótula.
Alba, a mi izquierda, escondió una sonrisa detrás de la bufanda blanca que llevaba al cuello.
El himno del torneo europeo empezó a sonar, y el estadio se convirtió en un rugido ensordecedor. Más de ochenta mil almas cantando al unísono. Se me puso la piel de gallina. Cuando los equipos saltaron al campo, busqué instintivamente el número 8 en la camiseta blanca.
Ahí estaba Maxime.
Incluso desde la grada, su presencia física era abrumadora.
Alto, musculoso, moviéndose con una mezcla de agresividad contenida y gracia atlética.
No estaba bromeando con nadie ahora. No había sonrisa torcida.
Tenía la mirada fija en el campo, el rostro endurecido por la concentración.
Era el motor del Real Hispania, el jugador encargado de destruir el juego del rival y empujar a su equipo hacia adelante.
Y pensar que ese mismo hombre se había echado a llorar en mi coche hacía dos semanas...
El pitido inicial sonó.
El partido fue una batalla campal. No había tregua. Cada vez que Maxime tocaba el balón, el Coliseo Blanco estallaba en aplausos. Recuperaba balones, recibía faltas, repartía juego con una precisión milimétrica hacia donde estaba Toni, que dirigía el ritmo del partido con su fría eficacia alemana.
Nadine era, de lejos, la persona más ruidosa del palco de allegados.
—¡VAMOS, MAXIME! ¡RÓMPELE LA DEFENSA! —gritaba, levantándose del asiento y agitándose—. ¡SACA EL BALÓN DE AHÍ, POR DIOS!
Yo me reía nerviosamente, contagiada por su energía y por la tensión del partido. El primer tiempo terminó con un empate a cero que dejaba un sabor amargo de nerviosismo en la grada.
—Necesito una copa. O diez —anunció Nadine, sentándose de golpe y abanicándose con el programa del partido.
Un camarero se acercó rápidamente con una bandeja. Nadine cogió una copa de champán y me ofreció otra a mí. La acepté, pensando que un poco de alcohol no me vendría mal para asentar los nervios.
—Entonces, Laura... —Nadine se giró hacia mí, cruzando las piernas y bajando el tono de voz. El bullicio del descanso nos envolvía, pero de repente sentí que estábamos solas en una sala de interrogatorios—. ¿Cómo van las cosas con mi hijo?
—Bien —dije rápidamente. Demasiado rápidamente—. Muy bien. Ocupados, ya sabe... ya sabes. Él con el fútbol, yo con el hospital.
Nadine dio un sorbo a su copa, observándome por encima del borde del cristal. Sus ojos oscuros, tan parecidos a los de Maxime, eran inteligentes y calculadores. No se le escapaba nada.
—Es un buen chico —dijo, girando la copa en su mano—. Es ruidoso, y a veces actúa como un payaso, pero tiene un corazón demasiado grande para su propio bien.
—Lo sé —respondí, y esta vez la honestidad de mi voz me sorprendió a mí misma.
Nadine asintió lentamente.
—Espero que estés siendo inteligente, Laura. Que estéis tomando precauciones.
Tardé un segundo en procesar las palabras. Cuando lo hice, el champán se me fue por el camino equivocado. Empecé a toser, tapándome la boca con la mano, mientras Alba, a mi izquierda, me daba golpes en la espalda y contenía una carcajada.
—¿Precauciones? —logré graznar, con los ojos llorosos.
—Ya sabes. —Nadine hizo un gesto vago con la mano, sin inmutarse en lo más mínimo—. Hay muchas opciones hoy en día para una chica de tu edad. Pastillas, el DIU... no hay excusa para un "accidente".
Sentí que el color abandonaba mi cara para concentrarse completamente en mis mejillas, que debían estar brillando como semáforos en rojo.
—Yo... eh... soy estudiante de enfermería, Nadine. Conozco perfectamente las opciones. Y nosotros... Maxime y yo estamos... somos muy responsables.
Responsables porque no estamos follando de forma oficial ni planeando un futuro , grité en mi cabeza. ¡Somos una farsa!
—Me alegra oírlo —dijo Nadine. Su tono dejó de ser el de la madre campechana para adoptar una dureza que me pilló desprevenida. Se inclinó un poco más hacia mí—. Maxime no necesita distracciones. No ahora, no cuando el club le exige tanto. Y, francamente, no puede permitirse otro golpe emocional.
La copa tembló ligeramente en mi mano.
—Las mujeres han jugado con él antes —continuó Nadine, su voz bajando a un susurro fiero y protector—.
He visto cómo el mundo del fútbol atrae a chicas que solo ven los coches, las cámaras y los bolsos de diseño.
He visto cómo se aprovechan de su lealtad.
Y he visto lo que cuesta recoger los pedazos cuando todo se rompe.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral.
Nadine no sabía lo del falso embarazo. Maxime me había dejado muy claro que su familia creía la versión del aborto traumático.
Pero Nadine era madre. Instintivamente, en sus entrañas, sabía que la relación con Manon había mutilado a su hijo de alguna forma que ella no podía reparar.
Sabía que se habían aprovechado de él. Y ahora, me estaba mirando a mí, la nueva novia que había aparecido de la nada, intentando descifrar si yo era una amenaza o una salvación.
La culpa me atravesó el pecho con la precisión de un bisturí.
Estaba sentada allí, bebiendo su champán, recibiendo sus abrazos, bajo la premisa de una mentira. Estaba participando en una farsa que, aunque diseñada para proteger a Maxime, no dejaba de ser una falsedad frente a una mujer que solo quería ver a su hijo a salvo.
—Nadine —dije, mi voz temblando ligeramente, pero manteniendo su mirada—. Te doy mi palabra de que nunca, jamás, usaría a Maxime. Y nunca le haría daño.
No era una mentira de novia falsa. Era la promesa más verdadera que había hecho en mi vida.
Nadine me sostuvo la mirada durante un largo segundo.
Escudriñó mis ojos, buscando grietas, buscando la ambición o la frivolidad que estaba acostumbrada a ver en las órbitas del fútbol de élite.
Lo que fuera que vio en mí, debió parecerle suficiente, porque sus hombros se relajaron y la intensidad de su rostro se fundió en una sonrisa genuina y cálida.
—Lo sé, cariño —dijo, dándome un leve apretón en el brazo—. Tienes los pies en la tierra. Eso me gusta de ti. Maxime necesita a alguien con una vocación real, alguien que sepa lo que es el trabajo duro.
Suspiré, aliviada, pero el nudo de culpa en mi estómago no se deshizo.
Me sentía como un fraude, y no por el motivo inicial.
Ya no tenía miedo de no encajar en este mundo de palcos y flashes.
Tenía miedo de encajar demasiado bien, de desearlo de verdad, y de que todo volara por los aires cuando la mentira se hiciera insostenible.
El segundo tiempo empezó y el sonido del estadio volvió a tragarnos.
Fue un asedio constante. El Real Hispania presionaba con la intensidad que exigía su historia.
Y Maxime era el dueño del centro del campo.
Robó un balón en la frontal del área, se zafó de dos defensas con una maniobra de una potencia abrumadora y le dio un pase filtrado a Toni.
Toni, con su frialdad característica, la puso en el área pequeña.
El delantero centro remató y el balón rompió la red.
El Coliseo Blanco estalló. Fue un trueno ensordecedor que hizo vibrar el cemento bajo mis pies. Ochenta mil personas gritando un gol en la Copa Continental.
Me levanté de un salto, contagiada por la pura euforia del momento. Alba gritaba a mi lado, y Nadine estaba saltando y abrazando a la persona que tenía a su derecha.
Miré al campo. Los jugadores del Real Hispania formaban una piña cerca del banderín de córner. Cuando se separaron, vi a Maxime trotando de vuelta a su posición. Sudado, agotado, magnífico.
Y entonces, se giró hacia nuestra zona.
La grada familiar estaba en un lugar elevado, no muy lejos del banquillo local.
Maxime sabía perfectamente dónde estábamos.
Levantó la vista, buscó en nuestra dirección y, cuando pareció encontrar el punto exacto, levantó una mano, golpeándose el lado izquierdo del pecho, justo sobre la Cruz de Borgoña.
Fue un gesto rápido. Un segundo, quizás dos. Las cámaras de la televisión seguramente estaban enfocando al goleador, no al centrocampista que había originado la jugada.
Pero yo lo vi. Alba lo vio. Y, a juzgar por la forma en que Marina Pons se inclinó desde la fila de atrás para darme un toquecito en el hombro con una sonrisa cómplice, el resto de las parejas también lo vio.
—Vaya, vaya... —murmuró Alba, con los ojos fijos en el campo—. Parece que alguien tiene un admirador muy motivado hoy.
Me senté lentamente, sintiendo que la cara me ardía de nuevo. Mi corazón latía a un ritmo desbocado, sincronizado con el cántico incesante del estadio.
Estaba aterrorizada. Aterrorizada porque, sentada en ese palco, con el ruido ensordecedor, la advertencia de Nadine aún resonando en mis oídos y la imagen del pecho sudado de Maxime grabada a fuego en mi mente, supe que el escudo protector que había intentado mantener alrededor de mis emociones se estaba desintegrando.
La mentira se sentía cada vez más como una verdad que me asustaba pronunciar. Y eso, en un mundo donde todo el mundo estaba mirando, era el mayor riesgo de todos.