18 El peso de la camiseta #2
—Llevarte a casa —dije, mirando por el espejo retrovisor para incorporarme de nuevo a la carretera—. A partir de ahora, tú no tienes que preocuparte de las direcciones, ni de las velocidades, ni de mantener la puta máscara puesta.
Conduje hacia el centro de Madrid. El silencio en el interior del coche era distinto al de la huida.
Ya no era un silencio hostil y cargado de pánico; era el silencio exhausto del final de una batalla.
La Castellana apareció ante nosotros, un río de asfalto bordeado por las luces de las Cuatro Torres, erigiéndose altas y frías en el horizonte nocturno.
Miré de reojo a Maxime. Estaba recostado contra la ventanilla, mirando las luces de la ciudad pasar. Parecía vaciado.
—Maxime —dije, manteniendo la vista en el tráfico del Paseo de la Castellana—. Lo que hiciste... guardar silencio. Fue un sacrificio enorme. No eres un cobarde. Eres el hombre más increíblemente leal que he conocido en mi vida.
Él no se movió, pero vi cómo su pecho se inflaba con una respiración temblorosa.
—Solo me siento estúpido —murmuró contra el cristal.
—Pues deja de sentirte así. Ella es el monstruo, no tú. Y te juro por lo que más quieras que si vuelve a acercarse a ti con ese tonito condescendiente, le voy a arrancar las extensiones una a una frente a las cámaras de la prensa rosa.
Maxime soltó una carcajada débil. Sonó rasposa, casi dolorosa, pero era real.
Llegamos a su edificio en Chamartín. Aparqué el coche en su plaza subterránea con una precisión que habría enorgullecido a mi instructor de autoescuela. Apagué el motor.
Ninguno de los dos hizo ademán de moverse. El aparcamiento estaba en silencio, iluminado por fluorescentes pálidos.
Me quité el cinturón, me giré hacia él y, sin pensarlo, pasé una mano por detrás de su cuello, acercándolo a mí.
Maxime no opuso resistencia. Se dejó caer hacia adelante, escondiendo el rostro en el hueco de mi cuello y hombro.
Rodeé su torso con mis brazos, aferrándome a la tela de su camisa, atrayéndolo hacia mi pecho.
Era un abrazo pesado, denso, cargado de una intimidad que iba mucho más allá de cualquier roce que hubiéramos compartido antes. Su respiración cálida me hacía cosquillas en la piel, y sentí cómo sus grandes manos me rodeaban la cintura, apretándome con una fuerza desesperada.
No éramos dos socios en un trato de conveniencia. No éramos un jugador estrella y una estudiante de enfermería jugando a las citas falsas. Éramos dos personas en un coche, y él estaba roto, y yo estaba dispuesta a ser el pegamento que lo mantuviera unido.
—Te tengo —le susurré contra el pelo, acariciando la nuca de su cuello—. Te tengo, Max.
Él hundió el rostro un poco más en mi hombro y asintió en silencio.
Y en ese instante, en el fondo oscuro de aquel garaje madrileño, supe con absoluta certeza que el escudo que había levantado para protegerlo se me había quedado pegado al cuerpo, y que ya no había forma de quitármelo sin arrancarme la piel en el proceso.
18 El peso de la camiseta
Me estaba volviendo loca. Otra vez.
Pero esta vez, al menos, la locura era productiva. Llevaba dos semanas sumergida en las prácticas del área de geriatría en el hospital universitario de la zona norte de Madrid, y sentía que, por primera vez en toda mi caótica vida adulta, no estaba fingiendo.
D. Saturnino, un paciente de ochenta y dos años con las venas más escurridizas que los túneles de la M-30, me miraba con recelo desde su cama.
Necesitaba extraerle sangre para una analítica de control, y la última vez que una residente lo había intentado, el hombre había estado a punto de arrancarle la vía a tirones.
Me detuve un segundo, respirando hondo bajo la mascarilla. Nerea estaba en la puerta de la habitación, con su habitual postura rígida y su portapapeles, observándome como un halcón esperando a que la presa (yo) fallara.
Recordé lo que me había dicho Álvaro, mi amigo y enfermero salvavidas, por teléfono un par de noches atrás: «Los pacientes geriátricos necesitan anclajes. Cántales algo. Algo viejo, algo que reconozcan. Te juro que sus venas se relajan cuando su cerebro se distrae con la nostalgia» .
Ajusté el torniquete alrededor del frágil brazo de Saturnino.
—No me pinches, niña, que ya parezco un colador —gruñó él.
—Tranquilo, Saturnino —dije, preparando la aguja con movimientos suaves—. Esto va a ser visto y no visto.
Y entonces, sintiéndome absolutamente ridícula pero decidida a no fallar frente a Nerea, empecé a tararear. No elegí nada moderno. Me fui directa a los clásicos que mi abuela ponía en la radio los domingos.
Bésame, bésame mucho...
Saturnino dejó de gruñir. Sus ojos acuosos se fijaron en mí, y la tensión de su brazo cedió un milímetro.
Como si fuera esta noche la última vez...
Palpé la vena. Ahí estaba. Se había relajado lo suficiente. Con un movimiento rápido y limpio, introduje la aguja. La sangre oscura fluyó perfectamente hacia el tubo de ensayo.
—Ya está —le dije, retirando el torniquete y colocando un algodón con esparadrapo—. Un campeón.
Saturnino resopló, pero no apartó el brazo.
—Mi difunta esposa cantaba eso —murmuró, cerrando los ojos.
—Tenía buen gusto —respondí, sonriendo bajo la mascarilla.
Cuando salí al pasillo, Inés, la enfermera supervisora, estaba de pie junto a Nerea. Inés asintió lentamente hacia mí. No dijo nada, pero en el lenguaje clínico de los hospitales madrileños, ese asentimiento equivalía a un abrazo de felicitación.
Había funcionado. Estaba funcionando.
Pero si mi vida profesional estaba empezando a encontrar su carril, mi vida personal era un tren de alta velocidad a punto de descarrilar.
Habían pasado catorce días desde la noche en el coche con Maxime.
Catorce días desde que se había roto en pedazos contándome la psicopatía de Manon y su falso embarazo.
Catorce días desde que lo había abrazado en la oscuridad de su garaje, sintiendo que cruzaba una línea invisible de la que ya no había retorno.
Desde entonces, estábamos en un limbo extraño.
Él había viajado con el Real Hispania para dos partidos de Liga fuera de casa, y yo había estado enterrada en manuales de farmacología y turnos en el hospital.
Nos enviábamos mensajes. Muchos. Textos que oscilaban entre el sarcasmo brutal y una intimidad latente que me ponía los pelos de punta.
Él actuaba como mi novio falso, pero el subtexto era tan real que a veces me costaba respirar.
Y ahora, tenía que enfrentarme a la prueba de fuego de cualquier pareja en el ecosistema del Real Hispania.
Iba al estadio.
El Paseo de la Castellana en una noche de Copa Continental era un espectáculo que intimidaba y fascinaba a partes iguales.
Decenas de miles de personas caminaban hacia el Estadio Carlos Alcázar, envueltos en un mar de camisetas blancas y bufandas con la Cruz de Borgoña.
El aire olía a frío, a castañas asadas de los puestos ambulantes y a la pura adrenalina de la victoria exigida.
El lema «Hasta el final, vamos Real» resonaba en los cánticos de los aficionados que se agolpaban en las calles aledañas.
—No sé por qué estoy tan nerviosa —le confesé a mi hermana Alba, mientras los de seguridad revisaban nuestras acreditaciones en la entrada VIP del estadio.
Alba, que llevaba una chaqueta elegante y parecía moverse por aquel mundo de lujo y cámaras con la misma naturalidad con la que yo me ponía unos vaqueros, me miró con comprensión.
—Es tu primer partido en el Coliseo desde que... bueno, desde que eres "oficial" —dijo Alba, usando comillas en el aire con los dedos para referirse a mi relación con Maxime. Ella sabía que había algo ahí, aunque yo me negaba a ponerle una etiqueta definitiva.
—No soy oficial. Soy una estudiante de enfermería a la que le sudan las manos porque cree que va a tropezar y a caerse frente a la prensa deportiva.
—Llevas zapatillas, Laura. No te vas a caer. —Alba me agarró del brazo y tiró de mí hacia los ascensores—. Además, hoy es noche europea. El ambiente es increíble. Te va a encantar.
El ascensor nos escupió en la planta de los palcos privados.
El contraste con las ruidosas calles de abajo era brutal.
Aquí, los suelos estaban enmoquetados, había camareros ofreciendo copas de champán y bandejas de canapés, y el murmullo de las conversaciones era un zumbido discreto de dinero, poder y relaciones públicas.
Era la encarnación del famoso Señorío del Real Hispania.
Alba me guio por los pasillos hasta la grada familiar, un sector exclusivo con asientos acolchados que daba acceso directo a una de las mejores vistas del estadio. El verde del césped, iluminado por los potentes focos, parecía irreal.
Varios rostros familiares me saludaron. Marina Pons y Clara Hidalgo, otras parejas de jugadores que conocían a Alba, me dedicaron sonrisas cálidas y saludos con la mano. Estaban acostumbradas a este circo. Yo sentía que llevaba un cartel de neón en la frente que gritaba: Impostora .
Nos sentamos. Aún quedaban unos diez minutos para el pitido inicial. Por los videomarcadores pasaban resúmenes de jugadas y la alineación.
—¿Juega Toni? —pregunté, intentando centrarme en el fútbol.
—Titular, como siempre —dijo Alba, sus ojos brillando de orgullo al mirar hacia el túnel de vestuarios—. Y Maxime también. Hoy es un partido difícil. El Bayern siempre presiona alto.
Yo no sabía mucho de presión alta, pero sí sabía de presión arterial, y la mía estaba por las nubes.
Justo en ese momento, una presencia imponente bloqueó la luz de los focos que me daba en la cara.
—¡Laura!
Nadine Diarra era una fuerza de la naturaleza.
Vestía un abrigo de lana color camel que parecía costar más que la matrícula de toda mi carrera, pero la forma en que se abalanzó sobre mí eliminó cualquier rastro de estiramiento.
Me envolvió en un abrazo asfixiante que olía a perfume francés caro y a madre orgullosa.
—¡Nadine! Hola —dije, devolviéndole el abrazo como pude.