El futbolista y yo 16 El parto de los montes
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16 El parto de los montes

Si alguien me hubiera dicho hace un año que mi domingo perfecto consistiría en adentrarme en una de las urbanizaciones más exclusivas de Europa para fingir ser la novia de un futbolista del Real Hispania frente a su ex prometida, habría pedido que me ingresaran en la planta de psiquiatría de mi propio hospital de prácticas.

Pero allí estaba yo, sentada en el asiento del copiloto del imponente Mercedes negro de Maxime, alisando por decimoquinta vez la falda de mi vestido midi color terracota.

—Vas a desgastar la tela, Laura —comentó Maxime, sin apartar la vista de la carretera. Su tono pretendía ser el de siempre, ligero y cargado de esa arrogancia juguetona que lo caracterizaba, pero sus nudillos, blancos por la fuerza con la que aferraba el volante, contaban una historia muy distinta.

—Estoy comprobando la calidad de las costuras —repliqué, cruzando las manos sobre el regazo—. Cuando una se infiltra en La Moraleja, tiene que asegurarse de que no se le caigan los botones. No quiero que la seguridad privada nos dispare por falta de glamour.

Maxime esbozó una media sonrisa, pero no le llegó a los ojos.

Había estado tenso desde que me recogió en mi piso de Moncloa.

El trayecto por la M-30 hacia el norte de Madrid había sido inusualmente silencioso.

Ni rastro de sus chistes malos, ni de sus comentarios sobre mi ropa interior, ni de su habitual banda sonora de rap francés a todo volumen.

Solo el zumbido del motor y una quietud que amenazaba con asfixiarnos.

—Mi madre es... intensa —dijo finalmente, cuando pasamos el control de seguridad de la entrada—. Te hará preguntas. Muchas. Y no aceptará evasivas.

—He sobrevivido a los interrogatorios de Nerea sobre el ciclo de Krebs a las tres de la madrugada. Puedo con tu madre.

—Y luego está Élodie. Está de ocho meses, así que sus hormonas dirigen la casa. Si llora porque el postre no tiene suficiente azúcar, tú solo asiente y dale la razón.

—Anotado. ¿Algo más?

El coche frenó suavemente frente a una verja de hierro forjado que ocultaba una casa de piedra y cristal, rodeada de altos setos que garantizaban la privacidad absoluta.

El refugio perfecto para un clan mediático.

Maxime apagó el motor, pero no hizo ademán de quitarse el cinturón.

Se quedó mirando el volante, y por un instante, vi al chico herido que se escondía detrás de la maquinaria de marketing del Real Hispania.

—Manon estará dentro —dijo. Su voz fue un susurro áspero, desprovisto de cualquier rastro de humor—. No se separa de Élodie.

Sentí un pinchazo de indignación. Conocía la historia a medias.

Sabía que Manon lo había traicionado de una forma que aún no comprendía del todo, y sabía que había dejado a su perro, Harley, en una perrera a sus espaldas.

Solo eso bastaba para que yo estuviera dispuesta a usar mis conocimientos de anatomía para infligirle un daño lento y metódico.

Extendí la mano y la posé sobre el dorso de la suya. Estaba fría.

—Eh —dije, buscando su mirada—. Soy tu novia falsa, ¿recuerdas? Soy la mujer que te tiene tan deslumbrado que ni siquiera puedes mirar a otra. Hoy soy tu escudo, Diarra. Solo tienes que seguirme la corriente.

Maxime giró la mano y entrelazó sus dedos con los míos. El contacto fue un latigazo eléctrico que me subió por el brazo y se instaló directamente en el pecho.

—Gracias, Laura —murmuró. Luego, como si hubiera pulsado un interruptor interno, su postura cambió. Los hombros se relajaron, la sonrisa torcida volvió a su lugar y el brillo depredador regresó a sus ojos—. Aunque si quieres hacer este papel creíble, vas a tener que mirarme con mucha más lujuria.

—No tientes a la suerte. Ahora sal del coche y ábreme la puerta como el caballero que pretendes ser.

La casa de los Diarra era un despliegue de elegancia europea con toques cálidos que hablaban de sus raíces. No era un museo frío; olía a mantequilla tostada, a especias y a vida. Apenas habíamos puesto un pie en el amplio vestíbulo de suelos de mármol cuando una mujer apareció por el pasillo.

Nadine Diarra era una fuerza de la naturaleza. Alta, envuelta en un conjunto de lino color crema que le caía con una fluidez envidiable, y con los mismos ojos penetrantes que su hijo.

—¡Maxime! —exclamó, acercándose para envolver a su hijo en un abrazo que casi le corta la respiración. Luego se apartó y fijó su mirada en mí. Sentí que me pasaba un escáner de rayos X que evaluaba mi postura, mi ropa y mis intenciones—. Y tú debes ser Laura.

—Encantada de conocerla, señora Diarra.

—Nadine, por favor. Aquí no hay señoras. —Me agarró por los hombros y me dio dos sonoros besos en las mejillas. Su perfume olía a flor de azahar y sofisticación—. Maxime no paraba de hablar de ti. Estaba empezando a pensar que te había inventado para que dejáramos de molestarle con su soltería.

—Mamá —se quejó Maxime, frotándose la nuca.

—Es un placer confirmar que soy de carne y hueso, Nadine —dije con una sonrisa que, sorprendentemente, fue sincera. La calidez de esta mujer era abrumadora, pero auténtica.

—Venid, pasad al salón. La comida está casi lista. He preparado poulet yassa , espero que te guste el picante, Laura.

—Me encanta.

Seguimos a Nadine hasta un salón inmenso, inundado de luz natural gracias a unos ventanales que daban a un jardín impecable con piscina. Y allí, en el centro de un enorme sofá en forma de U, estaba el campo de minas.

Élodie Diarra reposaba con las piernas en alto, acariciando su abultado vientre. A su lado, sosteniendo una taza de té con una delicadeza estudiada, estaba ella. Manon Lefèvre.

La ex. La amenaza.

Manon era exactamente el tipo de mujer que esperaba encontrar en el círculo VIP del fútbol europeo.

Piel de porcelana, cabello castaño cortado en un carré perfecto que parecía desafiar las leyes de la gravedad, y una blusa de seda que probablemente costaba más que mi matrícula anual de la universidad.

Cuando nos vio entrar, la sonrisa de Manon se congeló por una fracción de segundo antes de ensancharse en una máscara de cordialidad impecable.

—¡Max! —gritó Élodie, intentando incorporarse con torpeza.

Maxime se adelantó rápidamente para ayudar a su hermana, besándola en la frente con una ternura que me encogió el corazón.

— Petite sœur , estás a punto de explotar —bromeó él.

—Cállate. —Élodie le dio un manotazo cariñoso en el brazo y luego me miró con curiosidad brillante—. ¿Tú eres Laura?

—La misma. Es un placer, Élodie. Y felicidades.

—Gracias. —Élodie sonrió, genuinamente feliz—. Pensé que mi hermano traería a otra de esas modelos insípidas, pero pareces tener cerebro. Me gustas.

—Élodie —reprendió Nadine desde la puerta.

Manon dejó su taza sobre la mesa de centro de cristal con un ligero clic .

Se levantó con una gracia felina y se acercó a Maxime.

Ignorándome por completo, le dio dos besos muy cerca de la comisura de los labios, deslizando una mano por el antebrazo de él de una forma que gritaba familiaridad, propiedad y territorio.

—Maxime, chéri . Qué sorpresa. No nos habías dicho que traerías... compañía. —La forma en que pronunció la palabra "compañía" sonó sospechosamente a "entretenimiento temporal".

Maxime se tensó bajo la mano de Manon. Vi cómo la mandíbula se le endurecía y supe que era mi turno de entrar al campo.

Di un paso al frente y me deslicé al lado de Maxime, deslizando mi brazo por su cintura con total naturalidad. Él reaccionó instintivamente, pasando un brazo pesado y protector sobre mis hombros y atrayéndome contra su costado.

—Manon, te presento a Laura. Mi novia —dijo Maxime. El énfasis en la última palabra fue un golpe directo.

Extendí la mano hacia ella.

—Encantada, Manon. Maxime me ha hablado... tanto de ti.

Manon estrechó mi mano. Su agarre era frío.

—¿De verdad? Qué curioso. Él y yo solemos dejar el pasado donde pertenece cuando hablamos, pero supongo que a veces es inevitable mencionarlo. —Me dedicó una sonrisa afilada—. ¿A qué te dedicas, Laura? ¿Eres del mundo de la moda? ¿O de las redes?

La condescendencia goteaba de cada sílaba. Quería enmarcarme en el estereotipo de "cazafutbolistas".

—Estudio enfermería —respondí, manteniendo la voz nivelada—. Trabajo en un hospital en el norte de Madrid.

Manon alzó unas cejas perfectamente depiladas.

—Oh. Enfermería. Qué... noble. Supongo que son turnos muy duros. Debe ser difícil mantener el ritmo de vida de Maxime con un horario tan estricto. Los viajes, las cenas, las galas de la Copa Continental... Se necesita mucha flexibilidad para estar con alguien de su nivel.

El ambiente en la sala bajó varios grados.

Incluso Élodie pareció incómoda, mirando de Manon a mí con ojos muy abiertos.

Maxime abrió la boca, claramente dispuesto a soltar una réplica mordaz que probablemente habría incendiado el salón, pero me adelanté.

Apreté la mano en su cintura para que me dejara hacer.

—Es cierto que mis turnos son exigentes —concedí, inclinando ligeramente la cabeza, devolviéndole la sonrisa afilada—.

Pero cuando pasas doce horas al día lidiando con urgencias reales, curando heridas y salvando vidas, aprendes a identificar qué es importante y qué es solo.

.. ruido de fondo. Además, creo que a Maxime le viene bien tener a alguien a su lado que sepa cómo manejar una crisis en lugar de crearla. ¿No crees, chéri ?

Miré a Maxime hacia arriba. Él me devolvió la mirada, con los ojos verdes brillando con una mezcla de asombro y pura, ardiente adoración.

—Creo que tienes toda la razón, preciosa —murmuró él, y depositó un beso en mi sien que se sintió demasiado real para ser parte del teatro.

La sonrisa de Manon pareció a punto de resquebrajarse.

—¡A la mesa, todo el mundo! —anunció Nadine, entrando en el salón con una bandeja humeante que olía a gloria, rompiendo la tensión con la eficacia de un árbitro pitando el final del primer tiempo.