El futbolista y yo 16 El parto de los montes #2
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16 El parto de los montes #2

La comida fue un ejercicio de equilibrismo social.

La gran mesa del comedor estaba dispuesta de tal forma que Maxime y yo quedamos frente a Élodie y Manon, con Nadine y su marido, Jean-Marc —un hombre de pocas palabras pero mirada inteligente que acababa de llegar del jardín—, presidiendo los extremos.

Nadine no había exagerado con el poulet yassa . El pollo marinado en limón, cebolla y mostaza estaba espectacular, y el arroz tenía un toque picante que te despertaba todos los sentidos.

Durante el primer plato, la conversación giró en torno al próximo partido del Real Hispania contra el Atlético Metropolitano. Jean-Marc analizó la formación del equipo con la precisión de un entrenador, y Maxime discutió las tácticas con él, gesticulando con el tenedor.

Era fascinante ver a Maxime en su entorno.

Sin las cámaras, sin la prensa escudriñando cada uno de sus movimientos, seguía siendo enérgico y apasionado, pero había una suavidad en él que el público nunca llegaba a ver.

Era respetuoso con su padre, bromista con su hermana, y cada cinco minutos, su mano buscaba la mía bajo la mesa, trazando círculos perezosos sobre mi muslo, un ancla silenciosa que me recordaba por qué estaba allí.

Pero Manon no estaba dispuesta a rendirse tan fácilmente.

—Maxime, ¿recuerdas aquella vez que fuimos a París para el aniversario de mi padre?

—preguntó de repente, interrumpiendo una pausa en la conversación—.

El restaurante de la Place des Vosges . Pediste ostras para hacerte el sofisticado y acabaste con una alergia terrible.

Tuvimos que pasar toda la noche en el hotel.

Manon rió suavemente, buscando la complicidad de Élodie, que asintió con una sonrisa vacilante. Era una táctica de manual: la exclusión mediante anécdotas compartidas. Un recordatorio público de su intimidad pasada.

Maxime se tensó a mi lado. La mención de un pasado que ella había destruido parecía drenar el color de su rostro.

No iba a permitir que ella lo arrinconara en su propia casa.

—Oh, ¿eres alérgico a las ostras? —pregunté, girándome hacia Maxime con falsa sorpresa—.

Qué pena. Supongo que por eso preferiste la hamburguesa grasienta que nos comimos en el coche a las dos de la mañana después de la gala benéfica.

Fue mucho más divertido, de todas formas.

Sin alergias, sin hoteles aburridos... solo nosotros.

Maxime se relajó, soltando una risa profunda que resonó en su pecho.

—La mejor hamburguesa de mi vida —confirmó, mirándome con una intensidad que hizo que se me secara la boca.

Manon apretó los labios alrededor del borde de su copa de vino.

—Es fascinante cómo cambian los gustos —comentó Manon en voz baja, pero lo suficientemente alta para que la oyéramos—. Algunas personas se conforman con tan poco después de haber probado lo mejor.

El silencio que cayó sobre la mesa fue pesado. Nadine dejó sus cubiertos sobre el plato.

—La calidad no siempre está en los restaurantes caros, Manon —dijo Nadine, con un tono suave pero que cortaba como el cristal—. A veces, lo mejor es simplemente lo que es auténtico. Y a mí me parece que Maxime se ve más feliz ahora que en los últimos cinco años.

Bam. Punto para Nadine Diarra.

Manon bajó la mirada hacia su plato, sus mejillas teñidas de un leve rosa de indignación. Maxime apretó mi muslo bajo la mesa, un gesto cargado de una gratitud abrumadora.

El resto de la comida transcurrió sin más incidentes abiertos.

Hablamos de los preparativos para el bebé, de la habitación que Élodie estaba decorando en tonos neutros, y del hospital donde daría a luz.

Traté de concentrarme en la comida, pero la tensión subterránea me estaba pasando factura.

Sentía la mirada de Manon clavada en mí, evaluando mis debilidades, buscando una fisura en la armadura que había construido alrededor de Maxime.

Cuando pasamos a los postres —una tartaleta de frutas que quitaba el sentido—, Élodie suspiró, frotándose el vientre.

—No sé cómo voy a hacer esto sola —murmuró, más para sí misma que para los demás—. Julien viaja tanto por trabajo... y tengo tanto miedo de que algo salga mal.

Manon le acarició el brazo al instante.

—No estás sola, Élodie. Yo estaré contigo. Siempre lo he estado.

Fue un comentario inofensivo, la clase de cosas que dice una amiga. Pero vi cómo Maxime cerraba los ojos por una fracción de segundo, como si hubiera recibido un golpe físico. Su mandíbula se apretó tanto que temí que se le astillaran los dientes.

Ahí estaba la trampa. La red invisible que Manon había tejido alrededor de la familia Diarra.

Se presentaba como la amiga incondicional, el apoyo indispensable para la hermana vulnerable, obligando a Maxime a tolerar su presencia y a callar su propia verdad por el bien de la paz familiar.

Era un secuestro emocional en toda regla.

La rabia burbujeó en mi interior. No era la indignación de una novia falsa defendiendo un papel; era la furia visceral de ver a alguien a quien apreciaba ser manipulado y silenciado en su propio hogar.

—Si me disculpan —dije, apartando la servilleta de mi regazo y poniéndome en pie—. Voy al baño un momento.

Nadine me indicó el camino por el pasillo. Mientras me alejaba de la mesa, el ruido de las conversaciones se atenuó. Entré en un aseo decorado en tonos pizarra y me apoyé en el lavabo, mirándome en el espejo.

Tenía las mejillas encendidas y los ojos oscuros. Estaba furiosa. Furiosa por Maxime, furiosa por el cinismo de Manon, y, sobre todo, furiosa por lo rápido que me había implicado en una guerra que no era mía.

Solo es un favor, Laura , me recordé a mí misma. Estás aquí para cubrirle las espaldas ante la prensa y su familia. No te lo tomes como algo personal.

Pero sabía que estaba mintiendo. Cada vez que Maxime me tocaba, cada vez que me miraba buscando apoyo, cada vez que yo le devolvía el golpe a Manon para protegerlo, la línea entre la farsa y la realidad se desdibujaba un poco más.

Me mojé las muñecas con agua fría e intenté calmar mis pulsaciones. Tenía que volver ahí fuera y terminar el partido.

Cuando salí del baño, me encontré con Manon en el pasillo. Estaba apoyada contra la pared, cruzada de brazos, claramente esperándome. Sin la audiencia de la familia Diarra, su fachada de cordialidad había desaparecido por completo.

—Eres buena —dijo, su voz desprovista de cualquier dulzura—. Te lo concedo. Tienes labia.

Me detuve a un metro de ella.

—No sé de qué hablas, Manon.

Ella soltó una risa seca y dio un paso hacia mí. Su perfume era dulce y empalagoso, casi mareante en el espacio cerrado del pasillo.

—Hablo de este pequeño teatro que tienes montado con Maxime. Es adorable. El jugador estrella y la estudiante de enfermería de clase media. A la prensa le encantará. Muy de cuento de hadas. Pero tú y yo sabemos que esto no es real.

—Te proyectas demasiado —dije fríamente.

—Conozco a Maxime desde hace años —continuó, ignorándome, sus ojos fijos en los míos con una intensidad obsesiva—.

Conozco cómo respira, cómo duerme, qué le gusta y a qué le teme.

Y te aseguro que un chico como él no se queda con una chica como tú.

No encajas en su mundo. Las luces del Real Hispania te van a cegar, Laura. Te van a devorar viva.

Mantuve la mirada, negándome a retroceder ni un milímetro. Mi instinto de supervivencia me decía que evitara el conflicto, pero mi lado defensivo, el mismo que saltaba cada vez que Nerea me miraba por encima del hombro en las prácticas, tomó el control.

—Puede que no conozca su mundo tan bien como tú —dije, mi voz suave, casi un susurro—. Pero conozco a Maxime. Y sé que prefiere la luz que ciega a la oscuridad de alguien que solo sabe jugar con mentiras.

Los ojos de Manon se estrecharon.

—No sabes nada.

—Sé lo suficiente —repliqué, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio—.

Sé que te aferras a esta familia porque es lo único que te da relevancia.

Sé que usas a Élodie como rehén emocional.

Y sé que la razón por la que estás aquí intentando asustarme es porque estás aterrorizada.

Porque te das cuenta de que tu control sobre él se ha terminado.

Manon apretó los puños a los costados, la compostura finalmente resquebrajada.

—Él siempre me va a necesitar. A mí y a la familia que construimos.

—No construiste nada, Manon. Solo dejaste ruinas. Y ahora, yo estoy aquí para ayudarle a limpiar el desastre.

La pasé de largo, rozando su hombro con el mío. Podía sentir su rabia irradiando a mis espaldas, pero no miré atrás.

Cuando volví al salón, la familia se había trasladado a la zona de los sofás para tomar café.

Maxime estaba de pie cerca de los ventanales, mirando hacia el jardín, con los hombros hundidos bajo una tensión invisible.

Cuando me vio entrar, su postura cambió.

Me buscó con la mirada, como un náufrago buscando un faro en medio de una tormenta.

Me acerqué a él y, sin decir una palabra, deslicé mis brazos alrededor de su cintura y apoyé la mejilla en su espalda. Sentí cómo soltaba el aire en un largo suspiro, su cuerpo relajándose contra el mío.

—¿Todo bien? —murmuró, cubriendo mis manos con las suyas.

—Todo perfecto —mentí—. Solo pensaba que ya es hora de llevarte a casa.

Maxime se giró entre mis brazos y me miró desde arriba. La vulnerabilidad en sus ojos verdes era tan cruda, tan profunda, que sentí un nudo en la garganta. Él no era el bromista invencible del vestuario. Era un hombre agotado de luchar en silencio.

—Sí —dijo, su voz ronca—. Llévame a casa, Laura.