15 Matemáticas en el parking #2
El ritmo perezoso del inicio dio paso a una cadencia rápida, rítmica, marcada por el sonido del cuero del asiento y el roce de nuestros cuerpos.
Yo elevaba las caderas para encontrarlo en cada embestida, perdiendo la noción de la discreción, del Real Hispania y de mis propios límites.
El placer era una onda expansiva que me nacía en el bajo vientre y me subía hasta el pecho, asfixiándome.
Escuchaba mis propios gemidos, agudos, ajenos a la Laura Martín responsable que iba a los hospitales.
Era la Laura del barro, la que Maxime había despertado a base de banter y cuidado indirecto.
Él aceleró. Sus manos me sujetaron las caderas con una firmeza que me impidió cualquier movimiento evasivo, obligándome a recibir el impacto completo de su potencia atlética.
El clímax me golpeó como un calambre eléctrico, un espasmo continuo que me contrajo los músculos internos, aprisionando su cock con tanta fuerza que Maxime soltó un grito ronco, un juramento en francés que resonó en el habitáculo antes de empujarse una última vez y vaciarse dentro de mí con un temblor que le recorrió todo el cuerpo.
Nos quedamos así varios minutos, inmóviles, con el sonido de nuestras respiraciones agitadas compitiendo con el climatizador del coche.
La burbuja erótica empezó a enfriarse lentamente, devolviéndonos a la textura del cuero y al hormigón del sótano.
Me abroché los dos primeros botones de la blusa con dedos temblorosos, sintiéndome repentinamente vulnerable, desarmada ante el hombre que seguía a horcajadas sobre mí, mirándome con una mezcla de ternura y triunfo que me ponía de los nervios.
Maxime se retiró con cuidado, se arregló la ropa con rapidez profesional y volvió a su asiento. Se pasó las manos por el pelo, intentando recuperar el registro del capitán del Real Hispania.
—Esto sigue sin ser una relación, Diarra —murmuré, buscando mi bolso por el suelo del coche para recuperar mi dignidad lograda a duras penas.
Maxime soltó una risa corta, apoyando las manos en el volante.
—Tienes las matemáticas oxidadas, Martín. Uno más uno son dos, por muchas etiquetas de "desliz" que le pongas. Pero está bien. Podemos llamarlo favor si eso te ayuda a dormir en la residencia.
Le fruncí el ceño, detectando el subtexto.
—¿Qué favor?
Maxime se giró hacia mí. La ligereza había desaparecido de sus ojos verdes, reemplazada por esa sombra seria que solo asomaba cuando hablaba de su pasado en Francia.
—Necesito que seas mi novia el próximo domingo.
Me quedé helada, con el bolso a medio cerrar.
—¿Tu qué?
—Mi novia falsa. Solo por una tarde —explicó, su tono volviéndose práctico, casi directivo—. Hay una comida familiar en casa de mi madre, en Alcobendas. Nadine ha organizado una celebración para mi hermana Élodie. Y Manon va a estar allí.
El nombre de la ex francesa cayó en el habitáculo como un bloque de hielo. Maxime no añadió detalles sobre el falso embarazo ni sobre el perro Harley, pero el endurecimiento de su mandíbula me dijo todo lo que necesitaba saber sobre el dolor residual que implicaba esa mujer.
—Manon se ha metido en el sistema de mi familia a través de mi hermana —continuó, mirando al frente, al hormigón del parking—.
Sigue esparciendo el relato de que rompimos por mi culpa, de que sigo disponible, de que soy el futbolista promiscuo que los periódicos franceses dicen que soy.
Mis hermanas me presionan. Mi madre quiere estabilidad.
Si aparezco solo, Manon utilizará la comida para reabrir el círculo.
Necesito un escudo, Laura. Alguien de mi entorno que neutralice el ruido de prensa y los rumores.
Lo miré fijamente. El glamour del Real Hispania se desvanecía ante la cruda realidad de su herida familiar.
Maxime Diarra, el gigante del centro del campo, el hombre que ganaba derbis ante ochenta mil personas, necesitaba que una estudiante de enfermería precaria le hiciera de escudo humano frente a una mentira de cinco años.
Mi mecanismo de defensa me ordenó decir que no. Peligro. Involucración familiar. Pérdida de autonomía.
Pero entonces recordé la cocina de Alba. Recordé cómo él había escuchado mi fracaso clínico sin juzgarme, cómo había traducido mi pánico al idioma de la supervivencia. Esto era reciprocidad. Matemáticas básicas de vestuario.
—Será solo una tarde —pauté, intentando que mi voz sonara firme—. Un favor por otro favor. Me diste la clave para Nerea, yo te hago de escudo ante tu ex. Nada de compromisos reales, Diarra.
Maxime sonrió. Fue una sonrisa suave, cargada de una gratitud que me revolvió las tripas.
—Solo una tarde, estudiante . Trato hecho.
Arrancó el motor del SUV. El pitido de su teléfono móvil interrumpió el pacto. Era un mensaje de Iván Suárez. Maxime lo leyó, frunció el ceño y me miró con una expresión de alarma que encendió todas mis alertas clínicas.
—Tenemos un problema ahí arriba, Laura. Tu compañera de cuarto se ha pasado con el Ribera del Duero.
El regreso a La Cruz y el Escudo fue un baño de realidad helada.
Cuando entramos por la puerta trasera, el ambiente festivo del pub seguía intacto, pero el reservado de la esquina derecha parecía una zona de catástrofe logística.
Nerea Herrera Vidal estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la columna de caoba, las gafas ligeramente torcidas y una botella de vino vacía sujeta entre las manos como si fuera un trofeo académico.
Iván Suárez estaba de rodillas a su lado, con las manos alzadas en un gesto de absoluta impotencia futbolística.
—Joder, Max, menos mal que vuelves —dijo Iván, mirándonos como si fuéramos la unidad de rescate de Valeriano—.
Estábamos hablando de las rotaciones y de repente se ha bebido la última copa de un trago, ha dicho que odiaba a los Herreras de su familia y se ha desplomado aquí.
No sé qué hacer. Si nos ve alguien de la prensa o algún directivo. ..
Me agaché de inmediato, dejando caer mi bolso en el suelo.
El pánico erótico de la escena del coche se esfumó, reemplazado por la fría precisión de la enfermera que llevaba dentro.
Le tomé la muñeca a Nerea. El pulso era rápido pero regular.
Su piel estaba caliente, sonrosada por el alcohol, y respiraba con pesadez, con los ojos entornados tras las lentes sucias.
—Nerea. Mírame. Soy Laura —dije, dándole unos ligeros golpecitos en la mejilla.
Ella abrió un ojo, desenfocada.
—Martín... —balbuceó, con la lengua de trapo—. El sistema de presión alta... es una puta mierda. Mi padre... quiere que sea perfecta. Odio la anatomía patológica.
—Sí, ya lo sé, cariño. El pisco y el vino no mezclan bien con los Herreras —murmuré, pasándole un pañuelo de papel por la frente empapada de sudor—.
Está sufriendo una intoxicación etílica leve por caída de control.
Necesita salir de aquí antes de que empiece a vomitar el Rioja en la alfombra del pub.
Me levanté y miré a Maxime. Estaba de pie junto a mí, inmenso, observando mi despliegue clínico con una mezcla de respeto y absoluta obediencia.
—Las lunas tintadas siguen activas, Laura —ofreció, con el tono de quien pone un helicóptero de rescate a disposición del equipo—. Las llevo a la residencia ahora mismo. Iván, quédate aquí, paga la cuenta y asegúrate de que ningún camarero hable de la compañera de cuarto de la hermana de Alba.
—Hecho, Max —dijo Iván, aliviado, levantándose y limpiándose los pantalones.
Maxime se agachó y, con la misma facilidad con la que trasladaba cajas de mudanza, levantó a Nerea en vilo. Ella apoyó la cabeza en su hombro texturizado de cazadora de cuero, soltando un murmullo indescifrable sobre los capilares y las arterias.
Lo seguí por el pasillo de servicio hacia el parking subterráneo, cargando con los dos bolsos y los abrigos.
Mientras avanzábamos hacia el SUV negro, me di cuenta de la doble ironía de la noche.
Había bajado a ese sótano para perder el control físico con un futbolista de élite, y subía de él con un pacto de falso noviazgo bajo el brazo y la responsabilidad absoluta de cuidar a mi mayor rival académica.