El futbolista y yo 15 Matemáticas en el parking
36%

15 Matemáticas en el parking

El espejo del baño de La Cruz y el Escudo tenía esa luz fluorescente implacable que te recuerda exactamente cuántas horas llevas despierta entre apuntes de farmacología y prácticas hospitalarias.

Me apoyé en el borde de mármol del lavabo, respirando el aroma a ambientador de pino y desinfectante, intentando obligar a mis pulsaciones a regresar a un dígito que no hiciera saltar una alarma médica.

Es solo Diarra , me repetí, pasándome los dedos mojados por las sienes. Solo Maxime siendo Maxime.

Pero mi propia blusa, todavía caliente en la zona donde su mano se había asentado con esa posesividad de centrocampista veterano, contradecía la mentira.

Había sido un gesto limpio, público y jodidamente eficaz.

Había borrado la chulería de diseño de Guillermo Ocaña sin necesidad de levantar la voz, apelando a ese código invisible del Real Hispania donde los novatos bajan la cabeza ante los galones del vestuario. Pero a mí me había dejado sin oxígeno.

Cuando empujé la puerta para salir al pasillo, el ruido del pub me golpeó de nuevo: risas, el tintineo de los tercios de cerveza contra la barra y el murmullo de la retransmisión deportiva.

No llegué al salón.

Una mano grande, de dedos oscuros y pulsera de cuero discreta, interceptó mi brazo justo en la penumbra del pasillo que conducía a la salida de emergencia.

—Tenemos que irnos, estudiante —susurró Maxime.

Su voz estaba más baja que de costumbre, desprovista del tono expansivo que usaba para torear a la prensa en la zona mixta del Carlos Alcázar. Tenía la cazadora de cuero negro sobre los hombros y los ojos verdes fijos en mí, brillando con una urgencia que me hizo tragar saliva.

—¿Y Nerea? —balbuceé, intentando aferrarme a la logística como escudo—. No puedo dejarla sola con Iván. Le está explicando la fatiga láctica con un palillo y una servilleta.

—Iván sabe cuidarse solo, y tu compañera está demasiado entretenida destrozando el sistema táctico del míster como para notar que nos faltan diez minutos de aire. Ven conmigo.

No me arrastró. Tampoco le hizo falta. Había una gravedad física en Maxime que anulaba mis defensas de hipercontrol.

Lo seguí por la puerta trasera, la que daba al callejón de servicio que conectaba directamente con el parking subterráneo del edificio.

El cambio de temperatura fue brutal; el aire acondicionado del pub dio paso a la humedad pesada, densa y con olor a gasolina y hormigón del subsuelo de Nuevos Ministerios.

Nuestros pasos resonaban con un eco metálico en la rampa de hormigón.

El parking estaba casi desierto a esa hora, iluminado por tubos fluorescentes que parpadeaban con un zumbido sordo.

Maxime caminaba deprisa, con esa zancada atlética que desplazaba el aire a su alrededor.

Se detuvo ante su coche, un SUV negro, de lunas tintadas y llantas de alección que costaba más que toda mi carrera profesional.

Un vehículo diseñado para pasar desapercibido ante los fotógrafos de la Castellana, pero que desprendía un lujo obsceno en la penumbra del sótano.

Abrió el cierre centralizado con un doble pitido que rebotó en las columnas de hormigón.

—Maxime, esto es una estupidez —dije, aunque mi cuerpo ya se estaba moviendo hacia el asiento del copiloto—. Nos van a ver. Si algún socio del club baja a por su coche o algún conserje...

—Las lunas tienen un sesenta por ciento de opacidad, Laura. Nadie ve nada desde fuera. Y el vigilante de la garita es socio de la grada de animación; sabe exactamente qué matrícula tiene prohibido mirar. Sube.

Me deslicé en el asiento de cuero negro, que olía a coche nuevo y a su perfume.

Él rodeó el capó, entró en el lado del conductor y cerró la puerta con un golpe seco que selló el ruido del mundo exterior.

De repente, el parking desapareció. Éramos solo nosotros dos, el zumbido del climatizador y el espacio confinado del habitáculo.

No encendió el motor. Tampoco encendió las luces de cortesía.

Se giró en el asiento, invadiendo el espacio central, y me miró.

La penumbra del subterráneo le daba a sus rasgos una dureza de escultura de ébano.

Sus rizos estaban ligeramente revueltos y la presión del vestuario parecía haber desaparecido, sustituida por un deseo crudo, directo y absolutamente verbal.

—Me pones muy difícil lo del Señorío, Martín —murmuró, su voz vibrando en el espacio cerrado—. He tenido que soportar al niñato de Ocaña mirándote el cuello durante media hora, y juro que lo único en lo que pensaba era en arrastrarte aquí abajo.

—Estaba controlando la situación, Diarra —repliqué, aunque mi mano, que jugaba nerviosamente con la correa de mi bolso, delataba el colapso de mi hipercontrol—. No necesito que el capitán del Real Hispania ejerza de guardaespaldas.

—No soy tu guardaespaldas. Soy el tío que se está muriendo por hacer esto desde que entraste por la puerta del bar.

Se inclinó hacia delante. Sus manos, cálidas y pesadas, me agarraron por las muñecas, anulando mi distancia defensiva.

No hubo preámbulos. Su boca buscó la mía con una urgencia que no tenía nada que ver con la ternura de la cocina de mi hermana.

Fue un impacto físico, un beso espeso, caliente, con sabor a la caña de cerveza y a la necesidad contenida de dos semanas de silencio digital.

Solté un gemido ahogado contra sus labios.

Mis manos se liberaron de su agarre y subieron por sus brazos, aferrándose al cuero de su cazadora, tirando de él hacia mí.

La contradicción de mi propio cerebro se derrumbó: racionalizaba el deseo como un error, pero mi cuerpo respondía con una precisión matemática que me daba vergüenza.

Lo quería. Lo quería tanto que el mármol del parking y el riesgo de que una foto destruyera su reputación institucional me importaban un absoluto bledo.

Maxime soltó un gruñido bajo y se movió.

El espacio del SUV era amplio, pero sus dimensiones atléticas ocupaban casi todo el habitáculo.

Pasó una pierna por encima de la consola central, acomodándose a horcajadas sobre mis muslos, encerrándome contra el respaldo de cuero del asiento.

El peso de su cuerpo era una presión deliciosa, una dureza sólida que se asentó directamente contra mi vientre.

—Esto no es un hábito, Maxime —conseguí articular entre dos besos, mi voz rasposa, rota—. Es... un desliz. Otra única vez.

—Dime todas las mentiras que necesites para justificarte, J-Babe —susurró él contra mi cuello, su boca dejando un rastro ardiente que me hizo arquear la espalda—. Pero no dejes de moverte así. Joder, Laura. Estás ardiendo.

Sus manos bajaron por mis costados, seguras y hábiles, desabrochando los botones de mi blusa con una rapidez que delataba sus códigos de vestuario: directo, eficaz, sin perder un segundo en florituras.

La tela se abrió, dejando mi piel expuesta al aire frío del climatizador, pero el calor que desprendía su cuerpo era más que suficiente.

Su pulgar rozó el encaje de mi sujetador, aplicando una presión que me hizo soltar un grito ahogado contra el cuero del asiento.

—El vigilante... —balbuceé, perdiendo la noción del espacio.

—El vigilante está viendo la repetición del derbi, Laura. Olvídate del mundo exterior. Solo somos tú y yo en este maldito sótano.

Me arqueé instintivamente cuando su boca descendió hacia mi pecho.

La finura de sus labios y la dureza de sus dedos clavándose en mis caderas me desarmaron por completo.

El slow-burn emocional del que tanto huía se había transformado en una combustión física inmediata.

Mis manos se enredaron en sus rizos, empujándolo más cerca, renunciando a cualquier atisbo de autonomía.

En ese coche, bajo la luz fluorescente parpadeante de Nuevos Ministerios, yo no era la estudiante que temía el juicio familiar; era solo una mujer respondiendo al tacto del único hombre que había logrado hackear mi sistema defensivo.

Maxime se enderezó un segundo, respirando de forma entrecortada.

Sus ojos verdes estaban completamente oscuros, las pupilas dilatadas por el deseo.

Se llevó una mano al bolsillo trasero del pantalón y sacó la cartera.

Escuché el crujido metálico del envoltorio del preservativo y la respiración pesada de Maxime mientras se preparaba.

El tiempo pareció congelarse en ese microsegundo de anticipación.

Cuando volvió a mí, sus manos levantaron el borde de mi falda con una urgencia que me puso los pelos de punta. No había bragas que retirar; la previsión de la noche en el pub había jugado a nuestro favor.

—Laura —murmuró, su frente contra la mía, su aliento mezclándose con el mío—. Mírame.

Abrí los ojos, parpadeando en la penumbra.

—No eres una excepción —afirmó, con una rotundidad que sonó como un juramento táctico—. Deja de etiquetar esto como un error.

Antes de que pudiera racionalizar la réplica, se empujó dentro de mí en una estocada lenta, profunda y tan jodidamente perfecta que mi boca se abrió en una "O" silenciosa antes de soltar un gemido que vibró en los cristales tintados del SUV.

Estaba apretada, caliente, adaptada a su tamaño de una forma que me hizo clavar las uñas en el cuero de sus hombros.

Maxime se detuvo un instante, con el pecho subiendo y bajando erráticamente, disfrutando de mi reacción.

—Joder, estudiante —gimió contra mi oído—. Me vas a matar. Estás tan estrecha... fúllame así. No te detengas.