14 Estadísticas y chulería
Nunca pensé que vería a Nerea Herrera Vidal con una copa de Rioja en la mano, apoyada en la barra de madera de roble de un pub, debatiendo animadamente. Y mucho menos sobre algo que no estuviera en el temario del MIR.
—A ver si lo entiendo —decía Nerea, ajustándose las gafas con el dedo índice y mirando fijamente a Iván Suárez—.
¿Me estás diciendo que el esquema de presión alta en bloque funciona estadísticamente mejor en los primeros quince minutos de la segunda parte, pero que el riesgo de lesión muscular por fatiga láctica aumenta en un treinta por ciento si no rotáis a los laterales?
Iván, el veterano lateral derecho del Real Hispania, la miraba con una mezcla de fascinación y absoluto desconcierto.
—Eh... sí. Básicamente, sí. El míster nos exprime bastante en esa franja.
—Fascinante —murmuró ella, dándole un pequeño sorbo a su vino.
Me llevé mi caña a los labios para ocultar una sonrisa de triunfo.
Maxime tenía razón. El sabio del césped, el mismo que se pasaba los entrenamientos corriendo detrás de un balón, me había dado la clave para descifrar a mi gélida compañera de habitación.
Sacarla de la residencia y traerla a La Cruz y el Escudo , un híbrido entre pub inglés y santuario deportivo situado a escasos metros de Nuevos Ministerios, había sido una jugada maestra.
El local estaba forrado de caoba oscura, pantallas planas retransmitiendo los resúmenes de la jornada de Liga y camisetas históricas del Real Hispania enmarcadas e iluminadas como reliquias sagradas.
Era un entorno seguro para los jugadores, un lugar donde el personal del club, algunos directivos y los futbolistas más discretos podían tomarse algo sin que los paparazzi los acribillaran a flamazos en la puerta.
Nerea había accedido a venir tras media hora de súplicas por mi parte y la promesa de que nos iríamos a medianoche en punto.
Y ahora, después de dos copas de vino, la armadura de la futura leyenda de la enfermería se había agrietado lo suficiente para dejar asomar a una chica curiosa que, sorprendentemente, trataba el fútbol como si fuera una disección anatómica.
Me sentía orgullosa de mí misma. Podía socializar. Podía integrarme. No era solo la estudiante aterrorizada que entregaba portapapeles en blanco.
—Veo que te defiendes bien con la terminología médica, preciosa. ¿Sabes cómo curar un corazón roto? Porque creo que me acabas de partir el mío al no mirarme desde que he entrado.
El comentario, tan empalagoso que casi me sube el azúcar en sangre, me obligó a apartar la vista de Nerea e Iván.
A mi lado, apoyando un codo en la barra con una pose estudiadísima, estaba Guillermo Ocaña.
El nuevo fichaje estrella del Real Hispania tenía veintiún años, una cuenta bancaria con más ceros de los que yo podría contar en una vida y un ego que necesitaba su propio código postal.
Llevaba una camiseta de diseño que costaba más que mi matrícula universitaria, una cadena de oro asomando por el cuello y el pelo engominado hacia atrás con tanta fijación que parecía a prueba de balas.
Olía a perfume caro, a ambición desmedida y a noches de reservado en discotecas donde las botellas salían con bengalas.
—Mi especialidad es la enfermería, no los milagros, Guillermo —respondí, manteniendo el tono neutral. Sabía quién era porque los periódicos deportivos no hablaban de otra cosa, pero no iba a darle el gusto de actuar como una groupie .
Él ensanchó su sonrisa, mostrando unos dientes blanqueados artificialmente.
—Vaya, conoces mi nombre. Eso es que te fijas en mí en el campo.
—Es difícil no fijarse cuando pasas más tiempo ajustándote las medias para las cámaras que bajando a defender —repliqué con una sonrisa de cortesía helada.
Iván Suárez tosió a un par de metros, claramente intentando disimular una carcajada.
El ego de Ocaña apenas parpadeó. Estaba demasiado acostumbrado a que su chulería funcionara. Se acercó un poco más, invadiendo mi espacio personal, apoyando su peso de tal manera que su hombro casi rozó el mío.
—Las defensas son para los que no tienen imaginación arriba —ronroneó, bajando la voz en un intento de sonar seductor—.
¿Qué te parece si dejamos a la intelectual y al abuelo aquí, y te llevo a dar una vuelta?
Tengo el Lamborghini aparcado en la puerta.
Te prometo que tiene más caballos que cualquier excusa que me vayas a poner.
Estuve a punto de soltarle que prefería volver a la residencia en un patinete pinchado antes que subirme a su coche, pero antes de que pudiera abrir la boca, una presencia inmensa y sólida se materializó a mi espalda.
El aire pareció volverse más denso de repente. El olor a jabón de vestuario y a madera de cedro me envolvió, tan familiar que mis rodillas perdieron un grado de firmeza.
—Guille, creo que te llaman desde el fondo del local. Me ha parecido escuchar que alguien necesita que le expliques cuántos seguidores has ganado hoy en Instagram.
La voz de Maxime Diarra resonó grave, profunda y cargada de una advertencia letalmente educada.
Ocaña se tensó. El cambio en su lenguaje corporal fue instantáneo. Pasó de depredador de discoteca a novato pillado en falta. Enderezó la postura y se giró para enfrentarse a Maxime.
—Solo estaba charlando, Max. Relájate. El Señorío y todo ese rollo también incluye ser simpático con las invitadas, ¿no?
—Incluye no ser un pesado —le corrigió Maxime, sin levantar la voz. No sonaba enfadado; sonaba con esa autoridad fría de los veteranos que no necesitan gritar para ser obedecidos—. Y ella no es una invitada cualquiera.
Maxime dio un paso al frente y, con una naturalidad pasmosa, deslizó una mano por mi espalda baja. Su palma, grande y cálida, se posó justo encima de mi cadera, reclamando el territorio con una firmeza que me robó el aliento.
Sentí el calor de sus dedos a través de la fina tela de mi blusa. Un escalofrío me recorrió la columna vertebral. No era un gesto agresivo ni controlador, pero la posesividad implícita en la acción era tan abrumadora que me dejó sin palabras.
Ocaña miró la mano de Maxime, luego mi cara, y finalmente tragó saliva. Su actitud arrogante se desinfló como un globo pinchado. Sabía perfectamente que, en la jerarquía del vestuario, Maxime Diarra era intocable, mientras que él todavía tenía que ganarse el respeto de la grada del Coliseo Blanco.
—Vale, vale. Mensaje captado, capi . Nos vemos en el entrenamiento. —Ocaña levantó las manos en señal de rendición, me lanzó una última mirada de disculpa a medias y se escabulló hacia el otro extremo del pub.
Me quedé mirando cómo desaparecía, intentando regular mi respiración. La mano de Maxime seguía en mi cintura, un ancla ardiente que me impedía salir huyendo.
—¿Te estaba molestando? —murmuró Maxime. Se inclinó hacia mí, de modo que sus labios rozaron casi la caracola de mi oreja. Su voz era un susurro ronco que me provocó un cortocircuito en las terminaciones nerviosas.
—Lo tenía controlado —respondí, intentando sonar digna, aunque el ligero temblor en mi voz me delataba—. Estaba a punto de diagnosticarle un exceso de gomina y una falta severa de sentido común.
Maxime soltó una carcajada baja, y la vibración de su pecho se transmitió a mi espalda.
—Ese chaval no sabe lo que es el escudo que lleva en el pecho, y menos aún cómo tratar a una mujer —dijo, la diversión en su voz dando paso a algo más oscuro y protector—.
Piensa que porque sale en las portadas puede saltarse los códigos.
Si te vuelve a decir algo así, juro que hablo con el míster para que lo ponga a hacer sprints en Valeriano hasta que vomite los batidos de proteínas.
Me giré lentamente en el taburete para encararlo.
Estaba tan cerca que tuve que alzar la vista.
Llevaba unos vaqueros oscuros y una camisa negra ajustada que dejaba poco a la imaginación en cuanto a la anchura de sus hombros.
Sus ojos verdes estaban fijos en mí, brillando con una intensidad que no tenía nada de broma.
—¿Estás marcando territorio, Diarra? —pregunté, alzando una ceja en un intento desesperado por mantener la distancia irónica que solía protegerme.
Su pulgar acarició suavemente el borde de mi cintura. El gesto fue tan sutil que nadie más en el bar podría haberlo notado, pero para mí fue como si hubieran encendido una bengala dentro de mi estómago.
—Solo estoy cuidando mis inversiones, J-Babe —ronroneó, su sonrisa torcida haciendo acto de presencia—. Y asegurándome de que el talento joven aprenda a respetar a sus mayores. Además, no me gusta que te miren como si fueras el postre. Especialmente cuando yo todavía tengo hambre.
El doble sentido, lanzado con tanta crudeza en medio de un bar abarrotado, me dejó boquiabierta.
Mi cerebro, normalmente rápido para las réplicas, se quedó en blanco.
El calor me subió por las mejillas a una velocidad alarmante.
Podía sentir las miradas curiosas de algunos de los presentes resbalando sobre nosotros.
A pocos metros, Nerea e Iván seguían inmersos en su debate sobre la presión adelantada, ignorantes del micro-drama que se estaba desarrollando a su lado.
Nerea incluso se estaba riendo. ¡Riéndose!
Mi estrategia social había funcionado a la perfección, pero mi propia capacidad de gestión emocional estaba cayendo en picado.
La mano de Maxime subió unos milímetros por mi espalda, acercándome una fracción más a él.
—Estás preciosa esta noche, Laura —murmuró, su mirada descendiendo hacia mi boca con una fijeza que me hizo tragar saliva—. Ese color te sienta demasiado bien. Debería estar prohibido que salgas así a la calle si no voy yo al lado para apartar a los idiotas.
Estaba abrumada. La presión social del local, el murmullo de las conversaciones de fondo, las pantallas retransmitiendo goles en bucle y, sobre todo, la proximidad aplastante de Maxime.
Todo era demasiado. Mis inseguridades académicas habían quedado sepultadas bajo una avalancha de deseo público y sin disimular.
Él no se escondía. No sentía vergüenza. Me deseaba, y no le importaba que Ocaña, Iván o medio Madrid lo supiera.
Y eso me aterrorizaba aún más que mi propio fracaso.
Necesitaba aire. Necesitaba recomponerme antes de hacer algo estúpido, como agarrarle de las solapas de la camisa y besarle delante de todos los parroquianos de La Cruz y el Escudo .
Di un paso atrás, rompiendo el contacto. El aire frío del pub ocupó el espacio donde antes estaba su mano, dejándome con una repentina y estúpida sensación de pérdida.
—Voy... voy al baño —tartamudeé, agarrando mi bolso de la barra con una torpeza impropia de mí—. Ahora vuelvo. Asegúrate de que Nerea no le haga un esquema táctico a Iván con servilletas.
No esperé a ver su reacción. Me di la vuelta y me abrí paso entre la multitud de cuerpos, esquivando camareros con bandejas de cañas y grupos de aficionados que discutían el último fuera de juego.
Caminé deprisa por el pasillo flanqueado de fotos en blanco y negro de las glorias pasadas del club. Al llegar al baño de mujeres, empujé la puerta y me apoyé contra la pared de azulejos oscuros.
Respiré hondo, cerrando los ojos.
Control, Laura. Control.
Pero sabía, con la certeza absoluta que da el instinto, que el control era una ilusión.
Maxime Diarra había cruzado la línea de la amistad, había ignorado la línea del sarcasmo, y ahora estaba acampando directamente en la zona cero de mis emociones.
Y lo peor de todo es que, por primera vez en mi vida, no estaba segura de querer que se marchara.