13 Lágrimas por la cebolla y algunas mentiras #2
Pero Maxime no retrocedió. Sus manos, cálidas y pesadas, bajaron por mis brazos hasta agarrar mis muñecas. Las frotó suavemente.
—Abre los ojos, Laura.
Lo hice, parpadeando para despejar las lágrimas.
—Te equivocas en todo —afirmó, con una rotundidad que me dejó descolocada.
—Maxime, no intentes ser el chico bueno y animarme con tópicos baratos, porque...
—No te estoy animando, te estoy dando un análisis táctico —me cortó, su tono serio, profesional, como si estuviera diseccionando una jugada en la pizarra del entrenador—.
Dices que no viste la enfermedad, que viste a una niña asustada.
Dime una cosa, ¿qué necesita más un paciente de quince años aislado en una planta de oncología?
¿Alguien que apunte en un papel que está pálida, cosa que el médico ya sabe, o alguien que se siente a su lado y le devuelva la humanidad que la enfermedad le está robando?
Abrí la boca, pero no supe qué contestar.
—Tú tienes algo que no se puede enseñar en una puta clase de la universidad, Laura —continuó, su voz adquiriendo una intensidad rasposa—.
Tienes instinto. Conectas. La enfermería no es solo leer monitores, joder.
Es tratar con personas en su momento de máxima vulnerabilidad.
Nerea podrá ser una máquina de diagnósticos, pero cuando esa niña necesite consuelo porque tiene pánico a la muerte, la máquina se colapsará.
Tú no. Tú te quedaste ahí y deshiciste el nudo.
Me quedé mirándolo, sintiendo cómo el ritmo desbocado de mi corazón empezaba a acompasarse.
Era absurdo. Él era un futbolista de élite, alguien cuyo mayor estrés laboral consistía en que un defensa rival le diera una patada a destiempo, y, sin embargo, estaba traduciendo mi pánico al idioma de la vida real con una lucidez aplastante.
—Pero la beca... —balbuceé, aferrándome a mis inseguridades por puro hábito defensivo—. Inés Galán evalúa datos clínicos. Si Nerea es la referencia de lo que buscan...
Maxime soltó una carcajada seca, soltando mis muñecas y apoyando las caderas contra el borde de la encimera. Se cruzó de brazos, ladeando la cabeza.
—Conozco a las Nereas del mundo. El vestuario del Real Hispania está lleno de versiones con tacos y espinilleras de esa chica.
Fichajes de oro, niños prodigio, tíos como Ocaña que creen que la técnica y la perfección individual los hace superiores.
Van por ahí con la barbilla muy alta, creyéndose intocables porque no fallan un pase.
—No veo la conexión —dije, secándome la cara con el reverso de la mano.
—La conexión, estudiante , es que esos tipos son los más frágiles de todos —explicó, sus ojos verdes brillando con astucia de veterano—.
Viven aterrorizados por el fracaso. Su rigidez es una armadura.
Cuando la presión en el Coliseo Blanco es asfixiante, cuando vamos perdiendo por dos goles y la grada empieza a pitar, los "perfectos" se esconden.
Les quema el balón en los pies. Son los tipos como Iván Suárez, o incluso como yo, los que sabemos jugar en el barro, los que damos la cara.
Porque sabemos que no somos perfectos, pero tenemos corazón.
Dio un paso hacia mí, invadiendo de nuevo mi espacio vital.
—Esa chica, Nerea, te intimida porque tú le dejas. Te estás midiendo con su regla, en lugar de usar la tuya.
—¿Y qué sugieres que haga, sabio del césped? ¿Que le rete a un duelo de jeringuillas al amanecer?
Maxime sonrió. La tensión en sus hombros parecía haberse esfumado, reemplazada por una chispa de travesura que encendió todas mis alarmas internas.
—Sugiero que uses la táctica del vestuario. Cuando alguien va de perfecto y nos mira por encima del hombro, no le atacamos. Le rompemos el esquema.
—Sigo sin entenderte.
—Sácala de su entorno seguro. Sácala de la residencia y de sus putos libros de anatomía.
—Se inclinó hacia delante, bajando la voz como si me estuviera pasando información clasificada—.
Llévala a un bar de Chamberí. Dale dos cañas.
Las personas con ese nivel de control estricto están desesperadas por soltar la presión, solo que no saben cómo pedirlo.
Si logras que baje la guardia, dejará de ser el enemigo y se convertirá en una compañera humana.
Y tú dejarás de sentirte inferior a un puto robot.
Parpadeé, procesando la información. Era un consejo sorprendentemente estratégico. No me estaba ofreciendo dinero para solucionar mi beca, ni me estaba diciendo que hablara con los profesores. Me estaba dando las herramientas para sobrevivir en un ecosistema hostil.
—Eres... extrañamente perspicaz para ser un tío que se gana la vida persiguiendo un trozo de cuero —admití.
—Tengo muchas capas, Laura. Como esa cebolla que estabas descuartizando hace un rato.
Solté una risa corta, casi involuntaria. El peso aplastante que había llevado sobre el pecho durante todo el trayecto en metro se había disipado, dejando en su lugar una calidez extraña. Y, con el alivio emocional, llegó otra sensación mucho más peligrosa.
Fisicidad pura y dura.
Me di cuenta de lo cerca que estábamos. La isla de la cocina a mis espaldas y el cuerpo imponente de Maxime frente a mí.
Su calor irradiaba hacia mí, casi palpable.
El olor de su piel me resultaba repentina y brutalmente adictivo.
Mi mirada bajó desde sus ojos hasta su boca.
Tenía el labio inferior ligeramente más grueso que el superior.
Una boca que parecía diseñada para hacer cosas inconfesables en la oscuridad.
Recordé, de pronto y con una claridad gráfica, la boda. La finca. Sus dedos debajo de mi vestido. El espasmo de placer que me había dejado sin respiración en un rincón oscuro de los jardines.
Él también pareció registrar el cambio en la atmósfera. Sus ojos, que hace un momento eran todo comprensión y lucidez, se oscurecieron. La pupila se dilató, devorando el verde del iris. El jugador de fútbol relajado desapareció, sustituido por el depredador que yo sabía que llevaba dentro.
Se movió. Fue un desplazamiento sutil, un paso lateral que lo colocó casi pegado a mí. Apoyó una mano en el mármol de la isla, justo detrás de mi cadera, encerrándome.
—Deberías seguir mi consejo —dijo. Su voz había perdido volumen; ahora era un murmullo grave y vibrante que resonó directamente en mi bajo vientre—. Funciona.
—¿Lo de las cañas? —Mi voz sonó ahogada. Levanté la barbilla. Estaba tan alto que tuve que arquear el cuello.
—Lo de soltar la presión —corrigió, acercando su rostro al mío. Su mirada descendió a mi boca, trazando la forma de mis labios con una lentitud desesperante—. Estás muy tensa, estudiante . Llevas demasiadas cosas sobre esos hombros. Necesitas que alguien te ayude a desconectar.
Mi pulso, que se había calmado, volvió a acelerarse, pero esta vez la adrenalina no tenía nada que ver con el hospital ni con Nerea.
—No voy a emborracharme contigo en Chamberí, Maxime.
—Yo no te llevaría a un bar de Chamberí —replicó.
Levantó su mano libre y rozó con el dorso de los nudillos la piel expuesta de mi cuello, justo debajo de la oreja.
Un escalofrío eléctrico me recorrió la columna vertebral de arriba abajo.
Apreté los muslos instintivamente—. Yo te llevaría al sofá del salón de ahí al lado.
O a esta misma encimera de mármol. Te tumbaría sobre ella y te haría olvidar hasta tu propio nombre, y mucho menos el de la enfermera Inés Galán.
El aire se quedó estancado en mis pulmones. Dios mío.
Mi cerebro racional gritó: ¡Peligro! ¡Esto es exactamente lo que dijiste que no harías! ¡Es una distracción! ¡Es el caos!
Pero mi cuerpo no escuchaba a mi cerebro.
Mi cuerpo se inclinó hacia él. Mis manos, que hasta entonces habían permanecido a mis costados, se alzaron por voluntad propia y se apoyaron en su pecho.
Sentí la dureza de la placa del escudo del Real Hispania, y, debajo de ella, el latido potente y rítmico de su corazón.
—Dijimos que aquello fue una excepción —susurré, sintiéndome como una hipócrita total mientras mis dedos acariciaban el tejido de su chaqueta.
Maxime bajó la cabeza. Su nariz rozó la mía, un contacto tan íntimo y electrizante que cerré los ojos.
—Me pones muy duro cuando te haces la dura, Laura —murmuró contra la comisura de mi boca. Su aliento cálido se mezcló con el mío—. Todo ese control... toda esa necesidad de ser la adulta responsable en la habitación. Y luego, cuando te toco, te desarmas. Me encantas cuando te desarmas para mí.
Un gemido estrangulado escapó de mi garganta.
Sus manos bajaron de la isla y se posaron en mis caderas, apretando con firmeza, atrayéndome contra su cuerpo.
Sentí la erección sólida y brutal contra mi vientre a través de la tela del chándal.
Todo mi cuerpo se encendió como una hoguera regada con gasolina.
Abrí los labios, buscando su boca, dispuesta a rendirme por completo, a dejar que me consumiera y que el mármol frío de la cocina de mi hermana fuera testigo de mi absoluta falta de principios. Quería que me besara. Necesitaba que me besara.
El sonido metálico de las llaves girando en la cerradura principal fue como un disparo en la habitación.
—¡Toni, ya estoy en ca...!
La voz cantarina de Alba resonó desde el recibidor y se cortó abruptamente cuando la puerta de entrada se cerró. Escuchamos el ruido de su bolso cayendo en el banco del pasillo.
Maxime y yo nos separamos como si nos hubieran aplicado un desfibrilador.
Me pegué contra la isla de la cocina, agarrando frenéticamente el cuchillo cebollero y atacando la media cebolla restante con los ojos desorbitados y el corazón a doscientas pulsaciones por minuto.
Maxime dio un paso atrás, se giró hacia la puerta del salón y se pasó las dos manos por el pelo, intentando serenar la respiración y, presumiblemente, calmar la muy evidente situación en la entrepierna de su pantalón deportivo.
—¡Hola! —gritó Alba, asomando la cabeza por la cocina apenas tres segundos después—. Vaya... ¡qué bien huele! ¿Estás haciendo pisto, Lau?
Su mirada viajó rápidamente de mí —pálida, empuñando un cuchillo como una psicópata y con el pecho subiendo y bajando erráticamente— a Maxime, que estaba rígidamente apoyado contra la nevera, fingiendo un interés absoluto en la etiqueta magnética del servicio técnico de Toni.
Alba levantó una ceja, perfecta y suspicaz.
—Hola, Alba —dije, rogando a todos los santos que mi voz no sonara tan ronca como la sentía—. Sí. Un guiso.
—Maxime, ¿qué haces tú aquí? ¿No deberíais estar todos en vuestras casas recuperando fuerzas para el derbi? Toni me dijo que el míster os ha matado hoy.
Maxime se giró, exhibiendo de inmediato su radiante y ensayada sonrisa pública, aunque sus ojos todavía conservaban un brillo oscuro y salvaje que me puso los pelos de punta.
—¡Alba! —exclamó, con su habitual tono expansivo—. Estaba tan deprimido y agotado en mi ático, rodeado de mis trofeos y mi soledad, que bajé a robaros comida. Pero he llegado en el momento equivocado, tu hermana casi me apuñala porque me he atrevido a criticar su técnica con la verdura.
Alba soltó una carcajada, sacudiendo la cabeza mientras se quitaba la chaqueta.
—Dios, dejad a mi hermana en paz. Lau, cariño, ¿tienes los ojos rojos? ¿Estás bien?
—La cebolla —dijimos Maxime y yo al unísono.
Nos miramos durante una fracción de segundo. En la mirada de Maxime no había rastro del payaso del vestuario, ni del futbolista agotado. Solo había promesa. Una promesa ardiente, firme y peligrosa.
La próxima vez no habrá llave en la puerta. El mensaje flotó en el aire, pesado y denso, tan claro como si lo hubiera gritado en medio del Coliseo Blanco.
Tragué saliva, apartando la vista. —Es una cebolla muy fuerte —murmuré, volviendo la vista a la tabla de cortar.
—Pues id poniendo la mesa —ordenó Alba alegremente—. Yo me cambio y vengo a cenar con vosotros. Espero que hayas hecho para tres, chef.
—Para un regimiento —murmuré.
Alba desapareció hacia el dormitorio. Me quedé a solas con él unos segundos más. Sentí su paso acercándose de nuevo. Se detuvo justo a mi lado. Rozó con los nudillos mi mano, la que no sostenía el cuchillo, en un roce furtivo e invisible.
—Recuerda mi consejo, Laura —susurró, con la voz cargada de subtexto que no tenía nada que ver con el hospital ni con mi compañera de cuarto—. Sácala de su entorno. Bájale la guardia. A veces, las cosas más estrictas se rompen de la forma más divertida.
Se apartó y caminó hacia el salón para sacar los platos, dejándome sola con la cebolla, mi respiración agitada y la terrible certeza de que, de los dos, yo era la que estaba a punto de romperse.