El futbolista y yo 13 Lágrimas por la cebolla y algunas mentiras
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13 Lágrimas por la cebolla y algunas mentiras

La cocina de Alba y Toni era un insulto a mi cuenta bancaria.

Situada en el corazón de su piso en Chamartín, con ventanales que enmarcaban las imponentes siluetas de las Cuatro Torres recortándose contra el cielo crepuscular de Madrid, era un paraíso de mármol blanco, electrodomésticos de acero cepillado que probablemente costaban más que la matrícula de mi Grado en Enfermería, y una isla central del tamaño de un portaaviones.

Era una cocina diseñada para que un chef privado preparara menús hiperprotéicos, no para que una estudiante al borde del colapso nervioso masacrara verduras.

Pero allí estaba yo, empuñando un cuchillo cebollero con una agresividad desmedida, picando un pimiento verde como si tuviera la culpa de todos mis fracasos vitales.

Mis padres creían que estaba perfectamente.

Alba creía que estaba perfectamente. Se suponía que mi traslado a Madrid, mi ingreso en la residencia universitaria y mis prácticas en el hospital del norte de la capital eran la prueba definitiva de que Laura Martín Soler había madurado.

La niña que saltaba de una vocación a otra por fin había encontrado su camino.

Mentira.

El cuchillo golpeó la tabla de cortar de bambú con un clac resonante.

Era un fraude. Un fraude absoluto con pijama blanco y zuecos de goma.

Cerré los ojos un segundo, intentando bloquear la imagen que llevaba horas repitiéndose en bucle en mi cabeza.

La sala de juegos de Oncología Pediátrica.

Lucía, con sus quince años, su gorro calado hasta las cejas y sus brazos marcados por la tiranía de las vías intravenosas.

Yo, sentada a su lado, deshaciendo los nudos de su bufanda con los colores del Real Hispania, hablándole de la vida, de la lana, de cualquier cosa para espantar a la muerte que acechaba en la habitación.

En ese momento me había sentido humana. Me había sentido útil.

Pero luego había llegado la cruda realidad en forma de portapapeles.

Mientras yo hacía de hermana mayor, Nerea, mi compañera de habitación —la encarnación de la perfección académica, la futura leyenda de la enfermería que memorizaba vademécums por diversión—, había redactado un ensayo clínico implacable.

Había evaluado disneas, palideces y flebitis con la fría precisión de un escáner médico.

Yo había entregado un folio en blanco. Literalmente, en blanco.

Había huido por el pasillo y me había refugiado en el metro, hiperventilando entre la parada de Begoña y Plaza de Castilla, consciente de que si suspendía la evaluación práctica de Inés Galán, perdería la beca.

Y si perdía la beca, tendría que volver a casa con el rabo entre las piernas, confirmando lo que mi familia siempre había temido en silencio: que no era capaz de terminar nada.

Hice a un lado el pimiento mutilado y agarré media cebolla.

La hoja del cuchillo bajó con furia. Clac, clac, clac.

La cocina olía a aceite de oliva virgen extra y a ajo dorándose en la sartén.

Estaba preparando un guiso, algo contundente y pesado, la antítesis absoluta de las pechugas de pollo a la plancha y la quinoa sin sal que el nutricionista del Real Hispania le pautaba a Toni.

Era mi forma de pedir perdón por invadir su casa casi todas las tardes para huir del ambiente opresivo de la residencia y de la presencia constante y reprobatoria de Nerea.

El escozor en los ojos empezó casi de inmediato.

Es la cebolla , me dije. Solo es la maldita cebolla.

Parpadeé rápidamente, pero el escozor se transformó en una humedad caliente que me nubló la vista.

Me pasé el dorso de la mano por la mejilla, dejando un rastro de jugo de cebolla que solo empeoró las cosas, provocando que la primera lágrima se derramara y trazara un surco ardiente hasta mi barbilla.

—¿Me vas a decir que estás llorando por el pimiento, o vas a admitir que la receta es una excusa para cometer un homicidio vegetal?

Di un respingo tan brusco que casi me rebano el dedo índice.

Me giré de golpe.

Maxime Diarra estaba apoyado en el marco de la puerta de la cocina.

Llevaba el chándal oficial de entrenamiento del Real Hispania, un conjunto azul marino ajustado que abrazaba cada línea y cada vértice de su cuerpo inmenso.

El escudo del club, con la icónica Cruz de Borgoña, descansaba sobre su pectoral izquierdo.

Parecía agotado. Tenía los rizos ligeramente aplastados, sombras de cansancio bajo sus increíbles ojos verdes y una postura menos erguida de lo habitual, como si los noventa minutos de presión táctica que el míster les imponía en la Ciudad Deportiva Valeriano le hubieran drenado la energía.

Sin embargo, al mirarme, una sonrisa torcida, perezosa y peligrosamente atractiva asomó a sus labios.

—No te he oído entrar —dije, con la voz rasposa, girándome rápidamente hacia la tabla de cortar para ocultar mi rostro.

—Toni me dio el código de la puerta hace meses.

Dice que prefiere que entre por mi cuenta antes que soportar mis aporreos en el timbre.

—Escuché el sonido de su bolsa de deporte de lona cayendo al suelo del pasillo con un golpe sordo.

Sus pasos lentos y pesados se acercaron a la isla de la cocina—. ¿Alba no ha llegado del trabajo?

—No. Y Toni tiene cena de conjura con los capitanes del equipo. Se supone que hoy cenaba sola.

—Entonces el destino es sabio, estudiante —murmuró, arrastrando una de las altas banquetas de cuero y dejándose caer en ella con un gemido de puro agotamiento—.

Porque vengo de Valeriano con un hambre que podría comerme el césped del Coliseo Blanco, y esto huele a algo que indignaría profundamente a mi nutricionista. ¿Hay para dos?

Mantuve la cabeza gacha, concentrada en picar la cebolla en trozos microscópicos. Un par de lágrimas más se deslizaron por mis mejillas. Fruncí el ceño, enfadada conmigo misma. Se suponía que yo era sarcástica, blindada, dueña de la situación. No una llorona patética cocinando en una casa prestada.

—No creo que debas saltarte la dieta, diva del césped —repliqué, forzando la ironía—. Toni te fulminará con la mirada mañana en el vestuario si se entera de que te he atiborrado de hidratos y grasas saturadas.

—Toni Müller no sabe lo que es vivir. Tiene horchata alemana en las venas. Yo, en cambio, necesito pasión en el paladar.

Hubo un silencio. Solo el sonido de mi cuchillo rascando la madera.

Y entonces, el tono ligero y juguetón de Maxime desapareció por completo.

—Deja el cuchillo, Laura.

—Tengo que terminar el sofrito —mentí, la voz temblándome traicioneramente.

—Laura. Mírame.

—Es la cebolla, Maxime. Pica.

No escuché que se levantara de la banqueta, pero de repente sentí su calor.

La presencia física de Maxime era algo abrumador; ocupaba el espacio, desplazaba el oxígeno.

Se colocó a mi lado, invadiendo mi zona de seguridad.

Podía oler el gel de ducha caro que usaban en los vestuarios del club, mezclado con el aroma limpio y almizclado de su propia piel.

Una mano grande, de dedos largos y oscuros, se posó suavemente sobre la mía, deteniendo el movimiento errático del cuchillo.

—Suéltalo —susurró.

La suavidad de su voz fue mi perdición. Solté el mango del cuchillo. Él lo apartó a un lado de la tabla y, con una delicadeza que contrastaba brutalmente con su tamaño, me agarró por los hombros y me hizo girar para quedar frente a él.

Mantuve la mirada clavada en la cremallera de su chaqueta de chándal.

No quería que me viera así. Maxime Diarra, el bromista, el showman , el tipo que coleccionaba titulares y rumores de fiestas en palcos VIP, no era la persona adecuada para presenciar mi patético colapso existencial.

Él vivía en un mundo de éxito y victorias; yo era un desastre en formación.

Pero él no me soltó. Su pulgar rozó mi barbilla, alzando mi rostro hasta que no tuve más remedio que encontrarme con sus ojos.

Estaban fijos en mí, carentes de cualquier atisbo de burla. Su mirada era un escáner profundo, directo y absolutamente centrado.

—Las cebollas no hacen que te tiemblen los hombros de esa manera, J-Babe —dijo en voz baja, usando el estúpido apodo que había adoptado para desquiciarme—. ¿Qué ha pasado?

—No me llames así —murmuré, sorbiendo por la nariz de la forma menos atractiva posible.

—Dime qué ha pasado.

El muro de contención se derrumbó. Quizás fue el cansancio.

Quizás fue la tensión acumulada de un mes sintiéndome una inútil, o la amarga certeza de mi cuenta bancaria acercándose a los números rojos.

O quizás, solo quizás, fue la forma en que él me miraba, como si mis problemas fueran en ese instante lo único importante en todo Madrid.

—He suspendido la evaluación clínica silenciosa en el hospital —solté de golpe, las palabras atropellándose en mi boca—.

Bueno, técnicamente no me han dado la nota, pero entregué el portapapeles en blanco.

En blanco, Maxime. Mientras todos mis compañeros identificaban flebitis, disneas y alteraciones mucocutáneas, yo estaba desliando el punto calado de una bufanda rojiblanca para una niña de quince años que me acababa de decir que no creía llegar viva a Navidad.

Tragué aire, sintiendo cómo las lágrimas caían libremente, despojadas ya de la excusa de la cebolla.

—Soy una impostora. Nerea, mi compañera de cuarto, es una máquina perfecta de precisión médica.

Es fría, rápida, y diagnosticó a su paciente sin siquiera hablarle.

Esa es la enfermería real. Y yo... yo no vi la enfermedad.

Solo vi a una adolescente asustada. No sirvo para esto.

Voy a perder la beca. Mi madre tenía razón, nunca termino lo que empiezo, y esto va a ser otro fracaso monumental que sumar a la maldita lista.

Cerré los ojos, esperando el momento en que él diera un paso atrás, incómodo ante mi arrebato de histeria. Los hombres, por lo general, huían despavoridos ante las crisis emocionales complejas que no podían resolverse con un destornillador o una tarjeta de crédito.