12 El arte de deshacer un nudo #2
—Yo sé hacer punto calado —dije rápidamente.
—¿En serio? —La hostilidad se evaporó de su rostro por un segundo, reemplazada por pura necesidad. El cambio le quitó diez años de encima, dejándola como lo que era: una niña enferma buscando un salvavidas—. ¿Por qué se me hacen nudos extraños en las vueltas pares?
—Déjame ver.
Extendí las manos y ella me pasó las agujas.
Alineé el tejido. Las franjas rojas y blancas en punto bobo estaban perfectas. Pero la sección donde había intentado hacer el calado era un desastre de lazadas mal hechas y puntos montados unos sobre otros.
—El punto de jersey liso lo tienes dominado —dije, buscando las palabras adecuadas para no ofender su orgullo.
—Gracias.
—Pero el calado... digamos que ha sufrido un accidente de tráfico.
—Es una mierda.
—Creo que sé por qué. Al alternar entre el punto del derecho y la lazada, tienes que mover el hilo antes de tomar el siguiente punto.
Esos nudos y vueltas adicionales te pasan porque la lana está en el lado equivocado de la aguja.
Cuando vas a hacer el punto del derecho, el hilo tiene que estar por detrás.
Si haces la lazada para el calado, lo pasas por delante.
Si no lo mueves, creas un punto extra que te jode toda la fila.
—Ah... —Dijo ella, observando el estropicio con detenimiento—. ¿Puedes arreglarlo?
—Todo tiene arreglo en esta vida —dije. Y entonces, agarré los extremos de las agujas y tiré de ellas, sacando todo el tejido y dejándolo libre.
La chica pegó un grito ahogado y se llevó las manos a la cabeza.
—¡Hostia puta! ¿Qué haces?
—Tranquila —dije, sonando mucho más segura de lo que estaba en realidad.
Señaló con un dedo tembloroso a la bufanda de lana. —Lo acabas de asesinar.
—No, no lo he asesinado. —Agarré el hilo de trabajo y di un tirón seco. Los nudos defectuosos y las vueltas mal hechas comenzaron a deshacerse, deshaciendo filas enteras de trabajo en un abrir y cerrar de ojos.
—Madre mía... —escondió la cara entre las manos y se asomó entre los dedos—. Vas a deshacerlo todo. Llevo dos semanas con esta sección. No puedo mirar. Es como... ¡ver una operación a corazón abierto! Tripas y sangre por todos lados.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté, mientras mis dedos trabajaban con rapidez.
Me llevó exactamente ochenta segundos deshacer los puntos defectuosos, detener el hilo justo antes de que se deshicieran las franjas limpias, y volver a ensartar los puntos sanos en la aguja, uno a uno, salvando la estructura.
—Lucía —dijo desde detrás de sus manos.
—Mira ahora, Lucía. ¿Ves?
Le tendí las agujas.
Ella bajó las manos y parpadeó. La zona destrozada había desaparecido, y el tejido estaba listo para continuar de forma limpia desde la última franja de colores.
—Guau. —Cogió las agujas y acarició la lana roja—. Vale. Eres buena. —Me miró con los ojos entrecerrados—. Enséñame el truco del hilo.
Me pasé los siguientes diez minutos guiando sus dedos.
Le enseñé a pasar la hebra por delante para la lazada, a coger dos puntos juntos por detrás, a mantener la tensión constante.
La hostilidad había desaparecido de sus hombros.
Su respiración, que antes era agitada y superficial, se volvió rítmica y profunda al concentrarse en el compás mecánico de las agujas.
De repente, levantó la labor hacia la luz del ventanal.
—¡Parece un calado de verdad! —dijo, y vi asomar una sonrisa genuina.
—Porque lo es. Oye, rojo y blanco... —Señalé el tejido—. ¿Es para alguien del Atlético Metropolitano?
Ella me lanzó una mirada de puro asco. —¿Del Metropolitano? Me ofendes, tía. Son los colores de la segunda equipación del Real Hispania. Con la Cruz de Borgoña. Es para mi hermano pequeño. Está obsesionado con el club.
Sonreí, pensando involuntariamente en el ático de Chamartín de cierto jugador francés y en la pasión absurda que despertaba ese equipo en Madrid.
—Le va a encantar —dije con suavidad—. Llevas muy buen ritmo. Si sigues así, lo tendrás terminado muchísimo antes de Navidad.
Lucía bajó las agujas lentamente. Su sonrisa se desvaneció, dejando paso a una sombra gélida que pareció oscurecer sus ojos oscuros. Dejó reposar las manos huesudas sobre la mesa.
—Tiene que estarlo —dijo, y su voz sonó tan frágil que casi me rompe por dentro—. Soy fase cuatro, Laura. Tengo metástasis. Puede que no llegue a diciembre. Necesito que se lo ponga el día de Reyes y sepa que se lo dejé hecho.
El aire abandonó mis pulmones.
Fue como si el suelo del hospital desapareciera bajo mis pies.
Todo mi interior se encogió, arrugándose en un puño de dolor agudo y asfixiante.
La frase quedó suspendida en el aire, pesada, real e irreversible.
Puede que no llegue a diciembre. Miré a esa niña de quince años, intentando desesperadamente tejer un recuerdo físico para que su hermano pequeño la recordara, y sentí que la garganta se me cerraba por completo.
Pero no lloré.
Algo dentro de mí, un instinto protector que no sabía que tenía, tomó el control de mi cuerpo. Mi exterior permaneció en absoluta calma. Extendí la mano sobre la mesa y cubrí sus dedos helados con los míos. Le di un apretón firme, suave, anclándola a la silla, anclándome a mí misma.
Hice contacto visual, directo y sostenido, y le dije: —Entonces vamos a asegurarnos de que el punto calado quede perfecto, Lucía.
Para que sea el mejor gorro del Real Hispania que se haya visto en Madrid.
Y yo me encargaré de pensar en ti y mandarte toda la energía del mundo para esa punción de mañana, ¿vale?
Ella me miró. Me apretó la mano de vuelta, un roce débil, pero agradecido. Y asintió.
—Laura. —Un toque en mi hombro me hizo saltar.
Me giré. Inés Galán estaba detrás de mí, mirándome con su expresión inescrutable.
—El tiempo se ha acabado —dijo en voz baja—. Salid al pasillo, por favor.
—Gracias —me susurró Lucía cuando me puse en pie.
Agarré mi portapapeles y me dirigí hacia la puerta. Mis piernas se movían en piloto automático. La mitad de mis compañeros ya estaban en el pasillo, agrupados. Estaban inclinados sobre sus tablas, los bolígrafos volando sobre el papel, intercambiando susurros clínicos.
Cuando llegué a la altura de Nerea, mi compañera de cuarto estaba terminando de escribir un párrafo. Mi vista captó fragmentos de su letra impecable: «...hematomas en fosa antecubital izquierda, posible flebitis, palidez mucocutánea evidente, disnea leve al esfuerzo menor...» .
Nerea se dio cuenta de que estaba mirando por encima de su hombro. Levantó la cabeza, abrazó el portapapeles contra su pecho y me fulminó con la mirada.
—¿Se puede saber qué haces? ¿Me estás copiando?
Por supuesto que no la estaba copiando.
Pero no fue hasta que vi la lista exhaustiva de síntomas, observaciones y deducciones médicas de Nerea que recordé las instrucciones de Inés. Tono de piel. Ritmo respiratorio. Valoración clínica silenciosa.
Bajé la vista hacia mi propio portapapeles.
Estaba en blanco.
Completamente en blanco. No había anotado ni el ritmo respiratorio de Lucía, ni la descripción clínica de sus hematomas, ni su nivel de astenia.
Me había pasado veinte minutos enteros comportándome como un ser humano, deshaciendo un nudo de lana y conectando con una niña moribunda, y había olvidado por completo que se suponía que debía estar actuando como una enfermera en formación.
Había fallado.
Otra vez.
Esa conclusión fue como una segunda estocada en el pecho.
La primera bombilla —la tristeza desgarradora por Lucía— se unió a la segunda: mi absoluta incompetencia profesional.
Era un fraude. Nerea era una enfermera; yo era una chica que sabía hacer manualidades porque no sabía qué hacer con su vida.
—Laura, Nerea, entregad las hojas —pidió Inés, acercándose con la mano extendida.
No podía hacerlo. No podía entregarle un folio en blanco y soportar la mirada de decepción en los ojos de Inés, ni la sonrisa de superioridad de Nerea. El pánico, frío y pegajoso, se apoderó de mi sistema nervioso.
Me di la vuelta y eché a caminar por el pasillo en dirección contraria, hacia los ascensores.
—¿A dónde vas? —escuché la voz indignada de Nerea a mis espaldas—. ¡La clase no ha terminado!
Ni siquiera miré hacia atrás. No podía, porque la primera lágrima ya se había desbordado, caliente y humillante, trazando un surco por mi mejilla.
Empujé las puertas de las escaleras de emergencia antes de que nadie pudiera verme y bajé los escalones de dos en dos, huyendo del hospital, huyendo del olor a antiséptico y del peso aplastante de mi propio fracaso.
Cuando, veinte minutos después, me subí a un vagón de la Línea 10 en la estación de Begoña, ya era imposible recordar por qué había querido estudiar esto en primer lugar.
La enfermería no solo era técnicamente inalcanzable para mi cerebro caótico, sino que, además, cuando terminara, solo me esperarían cosas tristes.
Muerte. Dolor. Familias rotas y niñas tejiendo bufandas para no ser olvidadas.
Todos los que había dejado atrás en esa sala de juegos estaban mejor preparados que yo. Nerea sabía mirar un hematoma y ver una flebitis; yo solo veía dolor. Ninguno de ellos estaba huyendo en el metro.
Abrí mi inmenso manual de fisiopatología y me escondí detrás de él, usándolo de escudo contra las miradas de los pasajeros, hasta que el traqueteo del vagón me llevó de vuelta al centro de Madrid y las lágrimas, finalmente, se detuvieron.