El futbolista y yo 12 El arte de deshacer un nudo
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12 El arte de deshacer un nudo

Me estaba volviendo loca.

O, mejor dicho, la ciudad de Madrid, el sistema de transporte público y el Grado en Enfermería se habían confabulado para llevarme al borde del colapso mental.

Si mi vida fuera una serie de televisión médica, yo no sería la brillante cirujana que diagnostica enfermedades raras con solo mirar a un paciente.

Sería la figurante del fondo del pasillo.

La que tropieza con un carro de la ropa sucia, tira las cuñas al suelo y se pasa el resto de la temporada pidiendo perdón.

Hacía apenas un mes que había regresado a Madrid y me había instalado en la residencia universitaria, dispuesta a empezar de cero, a ser seria, a centrarme.

Había abandonado mi patético intento de ser organizadora de eventos y había abrazado los manuales de anatomía con la desesperación de un náufrago.

Pero, un mes después, no me sentía más enfermera que el primer día.

Me sentía como una impostora que había conseguido colarse en el hospital robando un pijama blanco y unos zuecos de goma.

La líder suprema de esta raza de alienígenas hipercompetentes a la que supuestamente yo debía pertenecer caminaba a mi lado por el pasillo del hospital. Mi compañera de habitación, Nerea Herrera Vidal.

Estábamos en la planta de Oncología Pediátrica del inmenso complejo hospitalario de la zona norte de Madrid.

A través de los ventanales del pasillo se podían ver las siluetas de las Cuatro Torres cortando un cielo encapotado de octubre.

Nerea llevaba el pijama impoluto, el fonendoscopio perfectamente colocado alrededor del cuello y un portapapeles apretado contra el pecho.

Sus gafas de montura estrecha brillaban bajo las luces fluorescentes.

Llevaba tres horas recitando de memoria las diferencias entre la circulación sistémica y la pulmonar mientras veníamos en la Línea 10 de Metro, y yo estaba a punto de tirarla a las vías.

—Presta atención a Inés —me susurró Nerea, dándome un codazo que casi me saca las costillas mientras nos apoyábamos en la pared del control de enfermería—.

Esta es la primera evaluación práctica. Vale el veinte por ciento de la nota de la asignatura de Cuidados Críticos.

Si fallamos aquí, no remontamos en el cuatrimestre.

Tragué saliva, sintiendo cómo el desayuno (un café de máquina de la residencia que sabía a plástico quemado) amenazaba con hacer el viaje de vuelta.

Inés Galán, la enfermera supervisora y nuestra instructora clínica, salió del control. Tenía el pelo recogido en un moño tirante, unas ojeras que hablaban de demasiados turnos de doce horas y una expresión que mezclaba la autoridad militar con una infinita paciencia maternal.

—Silencio, por favor —dijo Inés. Su voz no era alta, pero todos los estudiantes de prácticas cerramos la boca al instante—.

Como ya os he explicado en el aula, hoy vamos a entrar en la sala de juegos.

Es territorio de los niños. Hay juguetes, consolas, mesas para manualidades y plastilina.

La plastilina, por cierto, no es tóxica, pero si veis a alguno de dos años intentando merendársela, se la quitáis con delicadeza.

Varios compañeros asintieron, tomando notas en sus portapapeles como si "quitar plastilina de la boca" fuera un procedimiento quirúrgico complejo. Yo apreté mi propio bolígrafo con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.

—Interactuar con ellos es lo primero —continuó Inés, clavando sus ojos oscuros en nosotros—.

Son niños, están asustados, están cansados y están enfermos.

No sois sus médicos, sois su compañía. Y luego, una vez que estéis integrados y ellos se sientan cómodos, es cuando quiero que empecéis a registrar las observaciones.

Inés dio un golpecito con su bolígrafo en la carpeta.

—Es una valoración clínica silenciosa. No quiero que los interroguéis.

No les preguntéis si les duele, no les preguntéis qué medicación toman.

Tienen bastante con los pases de planta de los oncólogos.

Quiero que utilicéis vuestros propios ojos.

Incluso sin hacer preguntas verbales, un buen profesional de enfermería puede evaluar a un paciente por cómo se mueve, su tono de piel, su ritmo respiratorio, la coloración de sus mucosas o la presencia de hematomas en las vías de acceso.

Quiero que me demostréis que sabéis mirar. ¿Entendido?

Un coro de «Sí, Inés» resonó en el pasillo.

Avanzamos hacia la sala de juegos. Las puertas dobles se abrieron, revelando un espacio que intentaba desesperadamente ser alegre.

Había murales de personajes de dibujos animados pintados en las paredes, un castillo de cartón piedra en una esquina, mesas bajas de colores primarios y estanterías llenas de cuentos.

Pero el paraíso se resquebrajaba cuando mirabas de cerca.

Había goteros rodantes aparcados junto a las mesas de pintura.

Había niños con mascarillas, niños sin pelo, niños tan delgados que parecía que un soplo de aire del sistema de ventilación pudiera romperlos.

Una niña de unos cinco años me miró al entrar; llevaba un vestidito de princesa sobre el pijama del hospital y le faltaban los dos dientes delanteros.

Sonreía, pero sus ojos estaban hundidos en sombras moradas.

Un instinto visceral y aterrorizado me gritó que diera media vuelta y echara a correr hacia el ascensor. No podía soportarlo. El dolor en aquella habitación era tan denso que casi se podía masticar.

Mi indecisión me costó cara. El resto de mis compañeros, estudiantes de veinte años armados con ambición clínica, se dispersaron por la sala como misiles teledirigidos.

Cada uno escogió a un niño, se sentó a su lado y, bajo la apariencia de jugar a las construcciones o dibujar, comenzaron a diseccionarlos con la mirada, anotando furiosamente en sus portapapeles. Eran como tiburones clínicos.

Miré a mi alrededor, sintiéndome inútil, fuera de lugar y al borde del hiperventilamiento.

Todos los niños pequeños ya estaban "ocupados".

Nerea, desde la otra punta de la sala, me lanzó una mirada de suficiencia por encima de la cabeza de un niño de siete años al que le estaba ayudando a montar un puzle.

Maldita sea.

Recorrí la sala con la mirada una vez más. Había padres exhaustos en las sillas de la periferia, celadores charlando en la puerta y... una adolescente.

Estaba sentada sola en una mesa al fondo, dándonos la espalda en parte.

Llevaba un gorro de lana calado hasta las cejas y un pijama del hospital que le quedaba dos tallas grande.

Estaba apuñalando furiosamente un amasijo de hilo rojo y blanco con dos agujas de tejer.

Sus dedos, pálidos como el yeso, se movían con una agresividad que amenazaba con partir las agujas por la mitad.

Me acerqué, dudando en cada paso, apretando mi portapapeles en blanco contra mi pecho.

—No quiero a nadie —murmuró ella, sin molestarse siquiera en levantar la vista de su labor, en cuanto detectó mi sombra proyectándose sobre su mesa.

Tragué saliva. Podría haberme dado la vuelta. Podría haber buscado a Inés y decirle que no me encontraba bien. Pero me dejé caer en la sillita de plástico a su lado, ignorando que mis rodillas casi chocaban con mi barbilla.

—Bueno —dije, apoyando los codos en la mesa—. Yo vengo a obligarte a jugar al Uno o a pintar mandalas conmigo. Me juego mi futuro en el Grado de Enfermería en esta interacción, así que, por favor, finge que te caigo bien o mi compañera de cuarto se reirá de mí hasta junio.

La chica levantó la cabeza de golpe. Debajo del gorro de lana no había ni rastro de pelo, ni cejas, ni pestañas. Tenía unos inmensos ojos marrones cargados de hostilidad y ojeras que parecían magulladuras. Durante un segundo de confusión, me miró como si yo fuera una marciana.

—¿De qué coño vas? —preguntó.

Me encogí de hombros, intentando que mi sonrisa no pareciera tan temblorosa como me sentía por dentro.

—Estoy de prácticas. Y estoy aterrorizada. Lo siento.

Algo parecido al humor parpadeó en sus ojos oscuros, antes de que el ceño fruncido volviera a instalarse en su rostro demacrado.

—¿Eres estudiante de las nuevas?

—Sí.

—Pues a ver si prestas mucha atención cuando os enseñen a pinchar vías —dijo, su tono cargado de un resentimiento afilado y adulto que no pegaba nada con sus quince años—. La mayoría de las enfermeras nuevas de esta planta son unas inútiles. Mírame. Parezco una yonqui de Lavapiés.

Levantó el brazo, apartando la manga del pijama. El interior de su codo y su antebrazo estaban cubiertos de una constelación de hematomas amarillentos, morados y verdosos, producto de incontables extracciones de sangre y vías mal canalizadas.

Hice una mueca de simpatía real. Me dolía solo de verlo.

—Joder, lo siento. Tiene una pinta horrible.

Mi empatía no le impresionó demasiado.

—Da igual —masculló, bajándose la manga con un tirón agresivo—. Mañana me hacen una punción lumbar. Eso duele diez veces más.

Miró con rabia su tejido y, de repente, tiró las agujas sobre la mesa con un ruido sordo.

—Mi madre dice que tejer relaja el sistema nervioso. Mi madre no tiene ni puta idea. Este patrón es una mierda, se me han caído los puntos y solo tengo ganas de clavarle la aguja en el ojo al psicólogo del hospital que me lo recomendó.

Dada la intensidad asesina de su mirada, no dudé ni por un segundo de que fuera capaz de cumplir la amenaza. Bajé la vista hacia el amasijo de lana que descansaba en la mesa. Rojo y blanco. Y estaba tejiendo lo que parecía ser... ¿un punto calado?

En mis veinte años de vida, había saltado de una vocación a otra como quien cambia de canal de televisión.

Antes de querer ser organizadora de eventos, había intentado ser diseñadora de joyas.

Antes de eso, artesana textil. Antes de eso, restauradora de muebles.

Mi currículum de fracasos era extenso, pero había una ventaja en ser una desertora crónica de hobbies: sabía hacer un montón de cosas inútiles.