11 El eco en el Coliseo #2
—Toni estaba viendo el partido del Atlético Metropolitano contra el Valencia —explicó Alba, señalando con la espátula hacia el salón—.
Analizando los espacios de transición, o como sea que llame a pasarse tres horas mirando a once tipos correr en la pantalla y tomando notas en una libreta.
Yo estaba haciendo pollo al ajillo. Hay de sobra, si te quedas a cenar.
—Me quedo a cenar —dije inmediatamente. La sola idea de volver arriba y enfrentarme a mi teléfono me provocaba náuseas.
Fui directo al salón y me dejé caer de espaldas en el inmenso sofá de tela, ocupando al menos tres plazas. La televisión estaba pausada en un plano táctico del Metropolitano. Toni volvió a entrar y se sentó en el sillón individual contiguo, cogiéndo el mando a distancia con gesto resignado.
No me echó. No me hizo preguntas invasivas.
Esa era la magia de Toni Müller. Podía ser el jugador más distante del vestuario del Real Hispania, un tipo de hielo y disciplina, pero conocía los códigos silenciosos del equipo mejor que nadie.
Sabía que si su compañero más ruidoso y expansivo aporreaba su puerta a las diez de la noche un martes, pidiendo asilo disfrazado de broma, era porque necesitaba un refugio. No juzgaba. Solo daba espacio.
—A la defensa del Metropolitano le cuesta girar cuando les buscan la espalda a los laterales —comentó Toni, reanudando la reproducción, con los ojos fijos en la pantalla.
—Son lentos —asentí, apoyando los codos en mis rodillas e intentando centrarme en el césped virtual—. Si Raúl Castillo cae a banda y tira la diagonal, su central derecho sufre.
—Exacto.
Nos quedamos en silencio, solo roto por el sonido de la retransmisión deportiva y el siseo del pollo friéndose en la cocina. El ambiente era tan jodidamente normal que casi dolía. Era un puerto seguro en medio de la tormenta perfecta que asolaba mi vida.
Observé a Toni anotar algo en su cuaderno. Luego escuché a Alba tatarear una canción pop española mientras abría la nevera. Eran un equipo. Un frente unido contra la locura de los focos, los viajes, la prensa y la soledad. Eran exactamente lo que yo nunca había tenido.
Cerré los ojos un instante. El fantasma de Manon seguía acechando en las sombras de mi mente.
Élodie m'a donné ton adresse.
Mi propia hermana. ¿Cómo había sido Manon capaz de manipularla de nuevo?
Seguro que había utilizado el aniversario de la fecha falsa, o algún otro truco de victimismo refinado que Élodie, en su lealtad ciega e informada a medias, había tragado sin dudar.
Porque yo había decidido protegerlas a ambas.
Yo había tragado el veneno para que la ilusión de la pobre Manon "traumatizada" no se rompiera.
Y este era el pago. Venía a reclamar terreno. Venía a asfixiarme de nuevo.
Si la prensa lo captaba... si la veía entrar en mi edificio o si ella decidía ir a la puerta de la Ciudad Deportiva Valeriano.
.. El departamento de comunicación del Real Hispania tendría un infarto.
Me llamarían al despacho de presidencia.
Se acabaría el respeto que me había ganado a pulso sobre el césped.
—Toma —dijo Alba, sacándome de mi espiral catastrófica.
Abrí los ojos. Me estaba tendiendo un plato humeante con pollo al ajillo, patatas doradas y una ensalada. Olía a gloria.
—Alba, si no estuvieras a punto de casarte con este témpano de hielo alemán, te pediría matrimonio aquí mismo —dije, cogiendo el plato y hundiendo el tenedor con ansiedad.
Toni no apartó la vista de la televisión. —Llegas tarde, Diarra. Y ella tiene buen gusto.
—Cierto, el buen gusto de compensar tu aburrimiento crónico con mi carisma esporádico.
Alba se sentó en el sofá, a una distancia prudencial de mis piernas estiradas, con su propio plato en el regazo. Me observó comer durante unos segundos. Sus ojos oscuros, tan parecidos a los de su hermana, me escrutaron con la perspicacia de alguien que sabe leer más allá de los titulares.
—¿Estás bien, Max? —preguntó suavemente. Su tono no era acusatorio ni invasivo; era pura calidez maternal, algo a lo que no estaba acostumbrado fuera de mi propia familia.
Me detuve un instante con el tenedor en alto. La mentira automática pugnaba por salir: «¡Claro, nena! ¡Maxime Diarra siempre está a tope!» . Pero sentí el peso de la mirada de Toni desde el sillón, también esperando, dándome apoyo táctico silencioso.
—Sí —mentí a medias, bajando el volumen de mi voz—. Es solo... mi piso es demasiado grande a veces. Demasiado gris.
Alba asintió lentamente, comprensiva. —La próxima vez que vayamos a IKEA, te arrastraré con nosotros para que compres unas plantas o unos cojines con color. Algo que le dé vida a ese mausoleo.
Sonreí, una sonrisa pequeña y rota, pero genuina. —Las plantas se me morirían en tres días, Alba. No se me da bien mantener cosas vivas que requieran atención delicada.
—Mentira —dijo Toni, apuntándome con el bolígrafo sin mirarme—. Tienes el mayor porcentaje de balones recuperados sin falta de toda la Liga. Eres el jugador más cuidadoso del equipo cuando toca proteger el balón. Eres capaz de cuidar cosas, Diarra. Solo necesitas dejar de fingir que no te importa.
Tragué saliva. Toni Müller y su precisión letal, incluso para la psicología humana.
Las palabras de Toni flotaron en el aire, mezclándose con el olor a ajo y la voz del comentarista deportivo. Me concentré en masticar, intentando que el nudo del estómago bajara junto con la comida.
«Eres capaz de cuidar cosas» .
Pensé en Harley. En lo fácil que me había resultado cuidar de él, y en lo brutal que había sido la traición de que me lo arrebataran.
Y entonces, sin pedir permiso, mi mente derivó hacia la otra persona a la que, últimamente, me descubría queriendo cuidar en contra de mi propio sentido de conservación.
Laura.
La imagen de Laura, sentada en el asiento del copiloto de mi Range Rover, con los nudillos blancos apretando el asa de su bolso, los ojos marrones brillando de furia y miedo.
Laura, usando su vocación de enfermera como un escudo antidisturbios para mantenerme a raya.
Laura, convencida de que yo era un payaso superficial coleccionista de mujeres, un cliché mediático incapaz de mantener una conversación seria.
Si Manon representaba el terror de mi pasado, Laura era la incertidumbre absoluta de un presente que me atraía como un imán.
Con Laura no había filtros. No había "Señorío" que valga.
Ella no estaba impresionada por mi reloj, por mi cuenta bancaria o por los goles en la Copa Continental.
De hecho, me despreciaba activamente por la fama que me rodeaba.
Me veía como una distracción, un riesgo tóxico para su beca y su estabilidad, y no tenía reparos en decírmelo a la cara.
Pero debajo de su sarcasmo, de su armadura académica y de su aparente frialdad, había visto la fragilidad. Había visto el pánico a fracasar que compartíamos en secreto, aunque ella lo proyectara en los exámenes y yo en las portadas de los periódicos.
Si Laura estuviera aquí ahora, no me ofrecería consuelo suave como Alba. Me miraría, resoplaría y me diría algo como: «Vaya, el gran futbolista herido. Sécate las lágrimas y ayúdame a fregar los platos, que los de fisiopatología no se estudian solos» .
Dios, habría pagado la mitad de mi sueldo por tenerla aquí insultándome. La echaba de menos con una intensidad que rozaba lo ridículo. Echaba de menos la fricción real, la chispa de contacto verdadero que me hacía sentir vivo, no la falsa adulación a la que estaba acostumbrado.
El teléfono vibró en mi bolsillo. El corazón me dio otro latigazo. Manon. Otra vez. Seguramente impacientándose porque no había respondido.
Saqué el teléfono del bolsillo del pantalón con dos dedos, como si fuera un explosivo sin desactivar, y miré la pantalla de reojo, preparado para bloquear el número.
Pero no era un número francés. Era Laura.
Laura: «¿Sobreviviste al ataque de tus aterradoras hermanas o sigo teniendo que preocuparme de que vengas a secuestrarme con tu tanque británico?»
Dejé escapar un bufido que era mitad risa y mitad suspiro de alivio. La presión en el pecho disminuyó de golpe. Toni y Alba me miraron, curiosos por el cambio drástico en mi expresión.
No iba a dejar que Manon entrara en mi cabeza esta noche.
No iba a permitirle arruinar el pequeño y frágil ecosistema que estaba empezando a construir en Madrid.
Tenía a Toni, tenía a Alba, y, de algún modo retorcido e incomprensible, tenía a Laura al otro lado de la línea, lanzando granadas verbales para mantener la distancia.
Tecleé una respuesta rápida, con los pulgares volando sobre la pantalla, dejando que el humor me sirviera de ancla una vez más.
Maxime : «Sobreviví, estudiante. El tanque británico está repostando en territorio seguro. Duerme bien, mañana tendrás que lidiar con toda mi presencia deslumbrante.»
No hubo respuesta inmediata. Probablemente me estaba maldiciendo en silencio desde su cama individual en la residencia con olor a cera.
Apagué la pantalla del móvil y lo guardé en el bolsillo. Miré a Alba, que me sonreía desde el sofá, y a Toni, que había vuelto a centrarse en su partido. Cogí el tenedor y di otro bocado al pollo al ajillo. Sabía a hogar.
—¿Sabéis qué? —dije, masticando con lentitud y dejando que mi cuerpo se relajara por fin contra los cojines—. Al final, el gris marengo es una mierda de color para un salón. Voy a necesitar esa excursión a IKEA, Alba.