El futbolista y yo 9 La ley de la gravedad #2
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9 La ley de la gravedad #2

Y Maxime, ese futbolista expansivo que yo había clasificado como un trozo de carne con coche de alta gama, se había plantado delante de mí.

No me había soltado un chiste sexual. Me había traído un vaso de agua, me había secado la cara con un pañuelo limpio y, antes de que pudiera protestar, me había levantado del suelo como si mi peso fuera una broma para sus brazos de centrocampista box-to-box .

Me había sentado en su regazo, en un sillón idéntico a este.

«Eres una gran bola de estrés, Laurita» , me había susurrado al oído con esa voz grave que me hacía vibrar las costillas. «Tengo la cura» .

Había pulsado el interruptor. El zumbido mecánico de la silla había empezado a recorrer mi espalda, pero el verdadero calor no venía de las resistencias eléctricas.

Venía de sus manos grandes, aposentadas en mis hombros, masajeando el tejido tenso con una paciencia que no guardaba ninguna relación con el circuito de las fans o los afters madrileños.

En la televisión se reproducía una película de acción irrelevante, pero mi atención entera se había concentrado en el punto exacto donde la pelvis de Maxime se había vuelto rígida, desmesurada y urgente debajo de mí, en mitad de la vibración mecánica.

Yo había arqueado la espalda apenas un milímetro, solo para comprobar que el deseo seguía allí, consumiéndonos a los dos en mitad de la oscuridad.

Cerré los ojos en el salón de Chamartín, sintiendo un espasmo de calor tan violento entre las piernas que tuve que aferrarme a los reposabrazos del sillón de Toni para no perder el equilibrio.

La memoria corporal era una traidora implacable.

Mi piel recordaba la presión de sus dedos, el olor a sándalo de su cuello y la ley de la gravedad que me empujaba hacia él cada vez que intentaba racionalizar el deseo.

—¿Estás bien, Laura? —la voz de Alba me sobresaltó. Mi hermana me miraba desde la mesa del comedor con el plato de lasaña suspendido en el aire—. Tienes una cara rarísima. ¿Te ha dado una descarga el aparato?

—No, no —me puse de pie de un salto, sintiendo las mejillas encendidas como si me hubieran pillado robando en una tienda de lujo—. Estoy perfecta. Es que... impresiona un poco el mecanismo. Tiene mucha potencia.

Toni Müller soltó una risita seca, la primera de la tarde, apuntando algo en su tableta táctica.

—A Maxime también le impresiona —soltó el alemán, con una ironía cortante que me heló la sangre—. Dice que va a comprarse uno para cada habitación de su piso de la Castellana.

Tragué saliva, sentándome a la mesa con una rigidez que amenazaba con romperme las vértebras.

La puerta del piso de Alba y Toni se abrió de golpe, chocando contra la pared del pasillo con un impacto metálico que hizo temblar las sartenes de la cocina.

—¡ Wesmie ! —gritó una voz expansiva, cómica y masiva desde la entrada—. ¿Qué partido estamos analizando hoy que no sea el mío? He traído cerveza de importación porque sé que el alemán no tolera el producto nacional si no viene con instrucciones tácticas en Berlín.

Maxime Diarra entró en el salón cargando un pack de seis botellas en la encimera de la cocina con la familiaridad invasiva de quien es dueño del espacio.

Llevaba unos vaqueros ajustados que le marcaban la musculatura de los muslos, una sudadera negra de diseño con el cuello holgado y esa sonrisa arrogante que hacía que el aire del salón se volviera tres veces más espeso.

Se detuvo en mitad del parqué, congelándose al verme sentada a la mesa.

Su mirada verde me barrió de la cabeza a los pies, deteniéndose en mis vaqueros ajustados y en la tirantez de mis hombros con la precisión de un láser. El brillo de lujuria que cruzó sus facciones fue tan explícito que sentí que el vello de los brazos se me erizaba en una descarga eléctrica.

—Laura Martín —dijo Maxime, bajando la voz hasta un registro áspero que me recorrió la columna como una caricia prohibida—. Bienvenida a Madrid.

—Gracias —chillé.

El tono me salió tan agudo, tan lleno de pánico defensivo, que Alba y Toni levantaron la vista al mismo tiempo, fijos en mi cara de culpable.

Por suerte, Maxime era lo bastante rápido como para no dejar que el silencio delatara la carnicería táctica que estaba ocurriendo en mi cabeza.

Cruzó el salón, apartándome del sillón de masaje con un movimiento perezoso de la cadera, y se sentó en él, pulsando el interruptor de encendido con un clic desafiante.

El zumbido mecánico de la silla empezó a vibrar en el salón, y Maxime me miró por encima del hombro, con los ojos verdes encendidos en una provocación directa. Dio un golpecito suave con los dedos sobre su propio muslo, indicándome el espacio vacío.

—Hay sitio libre aquí, chérie —susurró, con una sonrisa sucia que prometía todos los desastres que yo llevaba un mes intentando evitar.

Mi boca se cerró en un espasmo de pánico académico y autodefensa. Levanté la botella de agua elástica, dándole un trago largo para intentar sofocar el incendio de mis regiones inferiores.

—Tengo que irme —tartamudeé, poniéndome de pie antes de que la lasaña tocara mi plato—.

Tengo clase mañana a las nueve. Fisiopatología.

Nerea dice que si no memorizo las sinapsis antes del parcial, estoy fuera de la lista de becas.

De verdad necesito dormir doce horas para estar brillante. ¡Viva la escuela!

Toni Müller se levantó del sofá, mirándome como si hubiera perdido el juicio por completo, pero Alba se interpuso con esa mirada protectora de hermana mayor.

—Te vas a desmayar en el metro si no cenas, Laura —dijo Alba, agarrándome del brazo—. Toni, acompáñala a la parada de la Castellana. Es tarde y no conoce las líneas todavía.

Maxime se puso de pie en un latido mecánico, con los vaqueros ajustados desafiando la ley de la gravedad y una sonrisa que me cortó la respiración.

—No hay necesidad, Müller —dijo Maxime, dándole una palmada masiva en la espalda a Toni que sonó a vestuario del Coliseo Blanco—.

Yo la llevo en el Range. Me pilla de paso hacia mi piso y me aseguraré de que la estudiante de enfermería llegue a su celda de estudio sin perder ninguna sinapsis por el camino.

Incluso la acompañaré hasta el portal para asegurarme de que no se la traga Chamberí.

Sistema de amigos, ya sabes. Tomados de la mano para que no nos separe el tráfico.

Me tragué un gemido de pura desesperación defensiva.

—Ni se te ocurra tocarme la mano, Diarra —gruñí entre dientes, agarrando el bolso con una ferocidad ridícula—. Pero si no hay más remedio que usar tu vehículo para ahorrarme el transbordo de la línea 6, muévete.

Maxime dio un paso atrás, abriendo el brazo con una reverencia teatral que costaba más que mi matrícula universitaria.

—Después de usted, futura enfermera. El Range Rover espera abajo.