El futbolista y yo 10 Límites (de velocidad y de los otros)
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10 Límites (de velocidad y de los otros)

El Range Rover negro de Maxime Diarra olía a cuero caro, a aire acondicionado con filtro de iones y a un perfume de sándalo y pimienta negra que debería estar clasificado como arma de destrucción masiva.

Cerré la puerta pesada y blindada, atrapándonos a los dos en una burbuja insonorizada que dejó el ruido del tráfico del Paseo de la Castellana convertido en un murmullo lejano.

Me abroché el cinturón de seguridad, muy consciente de que mis vaqueros de rebajas y mis zapatillas rozadas desentonaban agresivamente con la tapicería de aquel vehículo.

—Respira, Laura —dijo Maxime, arrancando el motor con un ronroneo profundo que vibró en la planta de mis pies—. No te voy a secuestrar y llevarte a un descampado.

Lo miré de reojo. Conducía con una sola mano en el volante, la manga de la sudadera de diseño arremangada hasta el codo, exhibiendo un antebrazo musculoso y un reloj que probablemente costaba más que los cuatro años de mi carrera de enfermería.

—Eso es exactamente lo que diría un secuestrador, Diarra —repliqué, cruzándome de brazos y pegándome a la puerta—. Además, ya eres perro viejo en esto de sacar a chicas de los pisos a altas horas de la noche. Seguro que tienes una ruta de huida planeada.

Maxime se incorporó al carril central de la Castellana con una suavidad insultante, esquivando a un taxi. Las luces anaranjadas de las farolas bañaron el interior del coche, iluminando su perfil.

—Yo no soy un perro viejo, chérie —ronroneó, lanzándome una mirada fugaz cargada de pura electricidad verde—. Los perros obedecen y traen la pelota. Yo soy un zorro.

Sentí que el calor me subía por el cuello.

—¿Un zorro? —bufé, intentando inyectar todo el escepticismo académico del que era capaz—. ¿Por qué? ¿Porque robas gallinas en la oscuridad?

Maxime soltó una carcajada profunda que le sacudió el pecho.

—Porque soy astuto, elegante, y sé exactamente cómo colarme en lugares donde supuestamente no soy bienvenido —giró el volante con destreza, dejando atrás la mole iluminada de Nuevos Ministerios—.

Y hablando de lugares donde no soy bienvenido.

.. ¿por qué esa cara de terror cada vez que intento acercarme a ti?

En el salón de tu hermana parecías a punto de llamar a las fuerzas especiales.

Tragué saliva y clavé la vista en el asfalto mojado.

A nuestra derecha, en la distancia, la inmensa estructura de acero del Estadio Carlos Alcázar, el Coliseo Blanco, se alzaba como una nave espacial aterrizada en el centro de Madrid.

Era el símbolo físico de la presión bajo la que vivía este hombre; el santuario de la Cruz de Borgoña donde ochenta mil personas coreaban su nombre cada domingo.

Y yo era... yo. Una estudiante que compartía un baño diminuto con una fanática del sistema nervioso central.

—No tengo cara de terror —mentí, alisando una arruga inexistente en mi pantalón—.

Es cara de cansancio. Y de fastidio. Te he dicho que Nerea es muy estricta con los horarios.

Si llego y la despierto, me hará la vida imposible.

Tengo que centrarme en mis estudios, Maxime. No tengo tiempo para tus jueguecitos.

Él redujo la velocidad al llegar a la plaza de Gregorio Marañón.

—¿Mis jueguecitos? —repitió, y esta vez el tono lúdico había desaparecido ligeramente de su voz—. Solo me he ofrecido a llevarte a casa. Eso es lo que hacen los amigos.

—¿Amigos? ¿Nosotros? —solté una risita seca, cargada de nerviosismo—. Hace media hora, en el piso de mi hermana, me estabas mirando como si fueras a... como si fueras a...

—¿A comerte viva sobre el sillón de masaje de Toni? —completó él, sin el menor pudor, girando la cabeza para clavarme una mirada que me dejó sin oxígeno—. Sí. Lo estaba haciendo. Y tú me estabas mirando exactamente igual.

—¡Eso es mentira!

—Tu pulso en la vena del cuello dice otra cosa.

Iba a replicar, dispuesta a soltar un discurso sobre la falacia de las respuestas fisiológicas involuntarias, cuando la enorme pantalla táctil del salpicadero del Range Rover se iluminó de golpe. Un suave ping llenó el habitáculo insonorizado.

El sistema de CarPlay mostraba un mensaje entrante. El nombre en la pantalla decía Céline. «Max, tu viens quand? On t'attend.»

Apenas tres segundos después, otro ping . Camille: «C'est la folie ici. Dépêche-toi!»

Y casi inmediatamente, un tercero. Élodie: «Si tu ne viens pas, je te tue.»

Me quedé mirando la pantalla parpadeante. Tres nombres de mujer. Tres mensajes en francés exigiendo su presencia, hablando de locura, de esperarlo, de impaciencia.

Un nudo frío y desagradable se me instaló en el estómago, aplastando cualquier rastro de la calidez que había sentido instantes antes. Claro. Por supuesto.

—Vaya —dije, y mi voz sonó tan afilada como el bisturí de un cirujano—. Parece que el zorro tiene el gallinero alborotado esta noche.

Maxime miró la pantalla un segundo, frunció el ceño ligeramente y luego volvió la vista a la carretera, subiendo por Cea Bermúdez en dirección a Chamberí.

—Son solo mensajes —dijo, restándole importancia.

—Ya veo —crucé las piernas y me pegué aún más a la puerta—.

Tres mensajes, de tres chicas francesas distintas, a medianoche, pidiéndote que te des prisa.

Supongo que el reservado VIP en el Teatro Barceló o en Opium debe estar aburridísimo sin el gran centrocampista del Real Hispania invitando a botellas de champán.

Maxime pisó el freno un poco más fuerte de lo necesario al llegar a un semáforo en rojo.

—¿Qué estás diciendo, Laura?

—Estoy diciendo que esta es exactamente la razón por la que no voy a entrar en tu juego —estallé.

El cansancio de la mudanza, el pánico a fracasar en la carrera, la presión aplastante de mi madre observando cada uno de mis pasos.

.. todo convergió en una bola de fuego que disparé directamente hacia él—.

Vivo en una residencia de estudiantes que huele a cera barata, Maxime.

Tengo que aprobar un examen de fisiopatología porque si pierdo mi beca, me quedo en la calle.

Y tú... tú eres un futbolista del Real Hispania.

—¿Y qué tiene que ver mi profesión con esto? —su voz ya no era un ronroneo; era un bloque de hielo.

—¡Tiene que ver con todo! —grité, incapaz de detener el veneno que brotaba de mis propias inseguridades—.

Tu mundo es un circo de focos, de portadas en la prensa deportiva, de chicas de piernas kilométricas que te mandan mensajitos a medianoche exigiéndote que vayas a sus fiestas exclusivas.

No soy idiota, Maxime. Conozco cómo funciona vuestro ecosistema.

Las cazafamosas, los rumores, las WAGs de diseño.

Tienes a tres chicas distintas reclamándote en tu pantalla ahora mismo.

El semáforo se puso en verde. Maxime no arrancó de inmediato.

Sus manos de nudillos oscuros apretaron el volante revestido de cuero con tanta fuerza que vi tensarse los tendones de sus antebrazos.

Cuando finalmente pisó el acelerador, el coche se movió con una rigidez brusca, muy diferente a su conducción fluida de antes.

Dobló por la calle Andrés Mellado y detuvo el coche frente a la fachada de ladrillo de mi residencia universitaria. Puso las luces de emergencia y apagó el motor. El silencio en el habitáculo fue repentino y ensordecedor.

No me miró. Mantuvo la vista fija en la calle desierta, iluminada por los faroles ámbar de Chamberí.

—Camille, Céline y Élodie —dijo Maxime. Su voz era baja, plana, y extrañamente áspera—. Son mis hermanas.

El oxígeno abandonó mis pulmones.

Me quedé petrificada, sintiendo cómo el asiento de cuero de repente me quemaba a través de los vaqueros. Mi cerebro procesó los nombres de nuevo. Camille. Céline. Élodie.

Dios mío. Sus hermanas.

—Mi madre organizó una cena en casa de Élodie esta noche —continuó Maxime, sin girar la cabeza, manteniendo la vista clavada en el parabrisas—.

Me están escribiendo porque llegaba tarde.

Porque me quedé más tiempo en casa de Toni.

.. esperando a ver si te dignabas a hablarme como a un ser humano normal en lugar de huir de mí como si fuera la peste.

La vergüenza me inundó con la fuerza de un tsunami. Abrí la boca para articular una disculpa, para decir algo, lo que fuera, pero el instinto de supervivencia de la vieja Laura, la que prefería quemar los puentes antes de que la empujaran por ellos, tomó el control.

—Da igual —murmuré, agarrando el asa de mi bolso con los nudillos blancos—.

Aunque sean tus hermanas... el problema de fondo sigue ahí, Maxime.

Eres un jugador. Eres todo lo que yo no necesito ahora mismo.

Necesito seriedad. Necesito estabilidad.

No necesito a un tipo que se toma la vida como una broma constante. No eres serio.

Finalmente, giró la cabeza.

El golpe de sus ojos verdes fue físico. No había ni rastro del bufón de vestuario, ni del futbolista mediático, ni del chico que hacía bromas pesadas a Toni Müller.

Su rostro, enmarcado por las luces de la calle, mostraba una vulnerabilidad cruda, una decepción tan profunda que me hizo sentir físicamente enferma.

—Así que eso es lo que soy para ti —dijo. Cada palabra estaba medida, desprovista de cualquier rastro de su acento coqueto—. Un cliché. El futbolista tonto. El negro con dinero y un coche caro que solo sirve para que la gente seria como tú se ría un rato antes de volver a su vida real.

—Maxime, yo no he dicho...

—Sí, Laura. Lo has dicho —me cortó, y la quietud de su tono fue más dolorosa que un grito—.

Crees que porque sonrío mucho, porque no llevo un traje y una corbata y no hablo con palabras de diez sílabas, soy una broma.

Crees que porque gano mi dinero corriendo detrás de un balón, no tengo sustancia.

Que no merezco la pena más allá de... ¿qué?

¿Un rato de diversión que te avergüenza admitir?

Sentí un pinchazo de dolor real en el pecho.

—No me avergüenzo —susurré, pero sonó a mentira incluso para mis propios oídos.

—Me ves como un estereotipo —continuó, inclinándose ligeramente hacia mí, y por primera vez sentí el peso completo de la soledad que habitaba detrás de su fama—.

Crees que porque tengo a la prensa deportiva detrás y a la Cruz de Borgoña en el pecho, soy incapaz de ofrecer nada real.

Me usas como tu excusa perfecta. Te aterra tanto fracasar, te aterra tanto lo que tu familia o tu compañera de cuarto piensen de ti, que prefieres reducirme a un chiste antes que admitir que tienes miedo de sentir algo por mí.

—Tengo que estudiar —repetí, aferrándome a mi escudo vocacional como un náufrago a una tabla podrida—. De verdad, Maxime. No tengo espacio mental para ti.

Maxime me miró un segundo más. Luego, su mandíbula se tensó y asintió una sola vez, lento.

Activó el desbloqueo central de las puertas con un clic seco.

—Entonces vete a estudiar, futura enfermera Martín —dijo, mirando al frente de nuevo, con la máscara de fría cortesía del Real Hispania cayendo sobre sus facciones como un telón de acero—. No seré yo quien te distraiga de tus importantísimas sinapsis.

El aire frío de noviembre me golpeó la cara cuando abrí la puerta. Salí a la acera de la calle Andrés Mellado, sintiendo que las piernas me temblaban bajo los vaqueros. Me giré antes de cerrar.

Él seguía sin mirarme, con las manos apoyadas en el volante, la mandíbula apretada y la vista fija en la oscuridad de la calle.

—Buenas noches, Maxime —murmuré.

No respondió.

Empujé la puerta y el pesado blindaje se cerró con un sonido definitivo, separando nuestros mundos. Me quedé en la acera, abrazada a mí misma, viendo cómo el Range Rover negro se alejaba en silencio por la calle, hasta que sus luces traseras rojas desaparecieron al girar la esquina.

Me di cuenta, mientras subía las escaleras hacia mi residencia oliendo a cera barata, de que había ganado la discusión. Había establecido mis límites. Había protegido mi espacio académico.

Y nunca me había sentido tan jodidamente estúpida en toda mi vida.