9 La ley de la gravedad
A mis veintiséis años, la madurez se medía en el número de cajas de cartón corrugado que era capaz de encajar en el maletero de un taxi sin que estallara la luneta trasera.
—En la esquina de Cea Bermúdez con la calle Andrés Mellado, por favor —le dije al conductor, apartando un mechón de pelo que se me había escapado de la pinza—. Justo donde los colegios mayores.
El taxista gruñó algo ininteligible y metió la primera con el desgana propio de un domingo por la mañana en Madrid.
Yo me pegué a la ventanilla, contemplando cómo el perfil señorial de Chamberí se tragaba mis últimas defensas.
Oficialmente, había vuelto. El exilio voluntario tras el desastre de la organización de eventos y las miradas de compasión de mi madre había terminado.
Tenía dos maletas grandes, tres cajas de libros de fisiología con las esquinas peladas, una matrícula pagada en la escuela de enfermería y una cuenta bancaria tan tiritante que ver el precio del diésel en los paneles de las gasolineras me provocaba arritmias.
La residencia universitaria era un edificio de ladrillo visto, ventanas estrechas y un olor institucional a cera para suelos y rancho dominical que me golpeó el estómago nada más cruzar el umbral.
No era el lujo discreto del Barrio de Salamanca, desde luego.
Era el purgatorio de los que necesitaban una nota media de sobresaliente para conservar la beca.
Cuando empujé la puerta de la habitación 214, el silencio que me recibió tenía el grosor de un manual de anatomía.
—Hola —dije, sosteniendo la caja más pesada contra el pecho.
La chica que ocupaba el escritorio del fondo ni siquiera pestañeó detrás de sus gafas de montura metálica.
Tenía el pelo castaño, cortado en una melena recta tan simétrica que parecía revisada con escuadra y cartabón, y sostenía un subrayador fosforito sobre un tomo de farmacología clínica que duplicaba el tamaño de mi cabeza.
Era Nerea Herrera Vidal. Mi compañera de cuarto para los próximos diez meses.
—Eres Laura Martín —declaró. Su voz tenía la aridez de un tribunal de oposición—. El armario de la izquierda es el tuyo. Ya he despejado mis cosas de los estantes comunes del baño.
—Gracias —murmuré, dejando la caja sobre la cama elástica con un chirrido que sonó a sacrilegio.
Nerea dejó el subrayador sobre la mesa con un golpe seco, perfectamente alineado con el borde del cuaderno.
—Tengo un par de reglas básicas para la convivencia —continuó, volviéndose en la silla ergonómica con una rigidez militar—.
El silencio de estudio es sagrado de seis de la tarde a seis de la mañana.
Sin música, sin visitas y sin llamadas de teléfono.
El primer cuatrimestre es un filtro de exclusión; la mitad de la clase no llega a las prácticas de enero si no memoriza el sistema nervioso central en las primeras tres semanas.
Ah, y no quiero comida en la habitación.
El edificio es viejo y la cocina comunitaria tiene tendencia a atraer hormigas si nos volvemos descuidadas.
Parpadeé, asimilando la ráfaga de disciplina.
Miré mi escritorio, donde lo único que había conseguido colocar era una postal antigua del Coliseo Blanco que Alba me había mandado hacía años y un bote de bolígrafos de colores.
El de Nerea parecía la biblioteca de un neurocirujano de urgencias.
El síndrome de la impostora, ese viejo amigo que se había instalado en mi nuca desde que abandoné Historia del Arte, se despertó con un bostezo hambriento.
—De seis a seis —repetí, tragando saliva—. Entendido. Tampoco pensaba organizar cenas de gala aquí dentro.
Nerea no sonrió. Volvió a su tomo de farmacología con la velocidad de un autómata y el color amarillo fosforito regresó a las páginas con un trazo implacable.
—¿No te ibas? —soltó, sin mirarme—. Habías dicho que cenabas fuera.
—Sí —dije, agarrando el bolso como si fuera un escudo térmico—. Me voy ya. No te interrumpo más el sistema nervioso.
Salí de la habitación con la clara sensación de que si no aprobaba el primer parcial con un ocho, Nerea Herrera me utilizaría como cadáver para las prácticas de disección.
El piso de Alba y Toni en el distrito de Chamartín era lo más parecido a un búnker de alta seguridad que se podía pagar con el sueldo de un mediocentro de élite.
Para llegar al portal había que pasar dos controles de seguridad privada, una barrera neumática y un conserje con modales de diplomático que revisó mi documento de identidad como si sospechara que llevaba tres kilos de dinamita en el bolso.
Cuando Alba abrió la puerta, el olor a lasaña casera y el aire acondicionado me devolvieron la condición de ser humano.
—Laurita, menos mal —mi hermana me plantó dos besos rápidos en las mejillas y me arrastró hacia el pasillo de parqué reluciente—.
Toni está insoportable. Jugó ayer contra el Sevilla, ganaron dos cero, pero lleva desde las cuatro de la tarde analizando el partido del FC Condal en la tableta del club porque dice que la cobertura del mediocentro de ellos es demasiado simétrica.
—Un comportamiento completamente normal para un domingo por la tarde, Alba —ironicé, dejando la chaqueta en el perchero de diseño—.
—Pasa, anda. Necesito que haya otra persona en el salón que no hable en clave de transiciones defensivas.
El salón era un espacio diáfano, inundado por la luz crepuscular que caía sobre el Paseo de la Castellana.
A través de los ventanales dobles, las cuatro torres del norte de Madrid recortaban el cielo con una geometría fría.
En el centro del sofá de cuero, Toni Müller estaba sepultado bajo una manta elástica de recuperación térmica, con los ojos fijos en la pantalla gigante de la televisión.
No había fútbol americano, ni ligas extranjeras, ni tertulias irrelevantes.
En la pantalla se reproducía un plano cenital, de cámara táctica, del partido que el FC Condal estaba jugando en el Camp de Les Corts contra el Atlético Metropolitano.
El sonido estaba al mínimo, reduciendo el rugido de la grada rival a un zumbido doméstico, pero Toni sostenía la tableta digital sobre las rodillas, anotando flechas y círculos sobre la disposición del rombo del centro del campo enemigo.
—Hola, Laura —dijo Toni, sin levantar la vista de la tableta.
Su voz tenía esa cadencia pausada, grave y sin florituras que usaba para ordenar los rondos en Valeriano—.
Siéntate donde quieras. El Condal está saltando la presión en tres pases hoy.
Como el domingo que viene no cerremos el pasillo interior, Maxime va a tener que correr doce kilómetros solo para tapar las líneas de pase.
El nombre golpeó la base de mi estómago con la fuerza de un balonazo de falta directa. Maxime .
Hacía cuatro semanas que no escuchaba su nombre pronunciado en voz alta.
Cuatro semanas desde que lo dejé plantado en el asfalto ardiente de la calle Velázquez, tras la boda de mi hermana, con su Range Rover negro ronroneando y su propuesta de escape desestimada por mi propio pánico a volverme dependiente.
Había pasado agosto repitiéndome que lo de la caseta de la finca había sido una anomalía biológica, un subidón de adrenalina protocolaria que no significaba nada.
—Maxime tiene buen físico para la presión —murmuré, intentando que la voz me saliera con la neutralidad de una funcionaria de correos—. Aguantará el pasillo.
Toni soltó un gruñido escéptico, deteniendo el vídeo de la pantalla táctil con un dedo preciso.
—Maxime corre demasiado cuando se enfada —declaró el alemán, entornando los ojos de mediocentro cerebral—.
Y lleva dos semanas enfadado. No sé qué le pasa, pero está perdiendo la posición en los entrenamientos tácticos.
Lobo ha tenido que llamarle la atención dos veces porque llega tarde a las coberturas.
—Estará desajustado por el cambio de tiempo —soltó Alba desde la cocina, salvándome del abismo introspectivo con el ruido de los platos—. Toni, deja de analizar a los rivales y ayuda a tu cuñada a sentarse. Está muerta de la mudanza.
—Hay un sitio libre ahí —Toni señaló con el extremo del lápiz digital hacia el mueble que ocupaba la esquina derecha del salón, justo al lado del ventanal.
Era un sillón ergonómico de masaje y crioterapia pasiva, una bestia de cuero negro inmaculado, llena de rodillos mecánicos y almohadillas calefactoras que el departamento médico del Real Hispania le había facilitado a Toni para sus sesiones regenerativas en casa.
Se veía denso, caro y absurdamente erótico en su forma envolvente.
—Pruébalo, Laurita —dijo Alba, entrando con la fuente de la lasaña—. A mí me quita el dolor de espalda de las horas de oficina en la gestoría.
Me acerqué al sillón con la precaución de quien se aproxima a una escena del crimen.
Me senté en el borde, apoyando una sola nalga en el cojín elástico, intentando conservar el control de mi propio cuerpo.
Pero el parqué reluciente y el olor a cuero nuevo sabotearon mi sistema defensivo en un ardiente segundo.
La última vez que había estado cerca de un sillón ergonómico como ese...
Fue en marzo. En Toronto. Cuando Alba y Toni todavía no se habían mudado a Madrid y yo había viajado para cuidar a mi hermana de un amago de neumonía.
Maxime había aparecido en el apartamento con la ligereza de un perro masivo que invade un espacio ajeno.
Habíamos discutido por todo: por el vaso de agua de Alba, por el horario de los antibióticos, por la temperatura de la habitación.
Yo estaba agotada, asustada por el fracaso de mi tienda de joyería y vulnerable hasta la extenuación.
Me había sentado a llorar en la oscuridad del salón, limpiándome las lágrimas con la manga del jersey, creyendo que nadie me veía.