El futbolista y yo 8 El peso de la Cruz de Borgoña
18%

8 El peso de la Cruz de Borgoña

El césped de la Ciudad Deportiva Valeriano olía a humedad, a tierra removida y al plástico recalentado de los conos de señalización tras dos horas bajo el sol de septiembre.

Maxime Diarra se dejó caer sobre el banco de madera del vestuario principal, sintiendo que los cuádriceps le temblaban en un eco rítmico.

Tenía el cuerpo al límite, cubierto por una fina costra de sudor salado que hacía que el peto elástico de entrenamiento se le pegara a la piel como una segunda piel oscura.

Se desabrochó las botas de tacos con dedos torpes por el cansancio, escuchando el zumbido constante de las turbinas del sistema de ventilación y el murmullo amortiguado de los fisioterapeutas que preparaban las bañeras de hielo en la sala contigua.

Había sido un rondo criminal. El míster no levantaba el pie del acelerador desde que empezó la pretemporada, y la exigencia de la Cruz de Borgoña no entendía de periodos de adaptación.

En el Real Hispania, si no corrías hasta que los pulmones te ardieran, estabas fuera de la convocatoria del domingo.

—Diarra, si dejas las botas en mitad del paso otra vez, te las tiro a la piscina de crioterapia —gruñó una voz grave a su izquierda.

Maxime levantó la mirada, forzando una sonrisa expansiva que no le llegó a los ojos.

Lucas Lobo, el capitán silencioso, estaba de pie frente a su taquilla, alisándose el vello del antebrazo con un peine pequeño antes de meterse en la ducha.

Lobo era un One-Club Man de manual; llevaba el escudo del club tatuado en el tejido cicatrizal de la rodilla y trataba las instalaciones de Valeriano con la reverencia de quien pisa una catedral.

—Tranquilo, capitán —respondió Maxime, arrastrando las palabras con su característico acento parisino mientras apartaba las botas con el talón—. Mis niños están cansados hoy. Han hecho doce kilómetros persiguiendo los cambios de orientación de Toni. Deberías multarlo a él por exceso de velocidad.

Toni Müller, que se estaba quitando la camiseta interior tres taquillas más allá, ni siquiera se volvió.

Su espalda, cruzada por las marcas rojas del arnés de geolocalización, permaneció inmóvil, una pared de músculo alemán disciplinado que rara vez participaba en las bromas posteriores al esfuerzo.

—Si controlaras el espacio en lugar de correr como un pollo sin cabeza, no estarías pidiendo la hora, Max —soltó Toni con su habitual frialdad germánica, aunque la comisura de sus labios se curvó apenas un milímetro—.

—Eso es una falacia táctica y lo sabes —bramó una tercera voz desde el fondo.

Iván Suárez, el lateral derecho veterano, entró en el vestuario arrastrando una bolsa de hielo sujeta al tendón de Aquiles con tres vueltas de film transparente—.

El rondo ha sido una carnicería porque el niño nuevo no sabe lo que es soltar el balón a un toque.

El vestuario se quedó flotando en uno de esos silencios tensos que se producen cuando un peso pesado señala una grieta.

Las miradas se desviaron inconscientemente hacia la taquilla del extremo opuesto, donde Guillermo Ocaña se ajustaba unos auriculares inalámbricos dorados de trescientos euros.

El chaval era un fichaje de campanillas, un extremo eléctrico que acumulaba millones de seguidores en TikTok pero que todavía no había entendido que el Señorío del Real Hispania se ganaba en el barro de los entrenamientos, no en los photocalls de la Gran Vía.

Ocaña se quitó un auricular, sosteniendo la mirada de Iván con una arrogancia que rozaba la insolencia.

—El míster me pide que encare, Iván —dijo el chaval, con una media sonrisa ensayada—. Si los veteranos no llegáis a la cobertura, a lo mejor el problema no es mi conducción.

Iván dio un paso al frente, la toalla apretada en el puño, pero Lucas Lobo se cruzó en su trayectoria con la sutileza de un muro de carga. No hubo gritos. El capitán simplemente se plantó delante de Ocaña, obligando al chaval a levantar la cabeza para mantener el contacto visual.

—Aquí no hay veteranos y niños, Guillermo —dijo Lobo, con una voz baja que hizo que el murmullo de las duchas pareciera desaparecer—.

Hay jugadores que llevan la Cruz de Borgoña y jugadores que se la tienen que ganar.

Si vuelves a contestar a un capitán en este tono, la próxima tertulia deportiva de la televisión la vas a ver desde la grada de Valeriano. ¿Está claro?

Ocaña tragó saliva, perdiendo parte del brillo de las redes sociales, y asintió una vez de forma brusca antes de meterse en la zona de aguas.

Maxime observó la secuencia sin moverse, sintiendo un vacío extraño en el estómago.

En otras circunstancias, Fernando Bergara habría estado sentado a su lado, metiendo un comentario jocoso en portugués para rebajar la tensión, palmeándole la espalda con esa mano pesada de mediocentro defensivo que destruía ataques rivales y arreglaba vestuarios.

Pero Bergara ya no estaba. Su taquilla, la número 14, estaba vacía, limpia de pegatinas y botas, un recordatorio frío de que el mercado de fichajes de agosto no tenía piedad con los anclajes emocionales del equipo.

Lo habían vendido a la liga inglesa por una cifra obscena, y su marcha había dejado a Maxime desprotegido frente a su propio ruido interno.

—Vaya ambiente, ¿no? —Raúl Castillo se sentó al lado de Maxime, dejándole caer un bote de gel de ducha sobre las rodillas—. El niño nuevo va a durar menos que un cruasán en la puerta de un colegio si sigue tocándole las narices a Iván.

Maxime forzó una carcajada ruidosa, la habitual, la que usaba para que nadie le preguntara cómo estaba.

—Déjalo, Raúl. El chaval solo necesita un par de viajes de los defensas del Atlético Metropolitano en el derbi para aprender geografía madrileña —soltó, poniéndose en pie con un gemido dramático—. Me voy a la ducha antes de que Lobo me multe por oler a sudor francés común.

El agua caliente de Valeriano cayó sobre sus hombros con la fuerza de una cascada, pero no logró limpiar la sensación de aislamiento.

Rodeado de las voces de sus compañeros, del eco de las botas contra el suelo de gres y de los comentarios sobre el partido del próximo domingo de Liga, Maxime se sintió completamente fuera de juego.

Era el motor anímico, el bufón oficial, el que ponía la música trap en el altavoz portátil antes de salir al césped; pero cuando el ruido se apagaba, la taquilla de Bergara seguía vacía y su piso cerca de Chamartín se sentía demasiado grande para un solo hombre.

Treinta minutos más tarde, el Range Rover negro de Maxime cruzaba el Paseo de la Castellana en dirección a Nuevos Ministerios.

El tráfico de Madrid a las dos de la tarde era un hervidero de claxon y autobuses de la EMT, un recordatorio de que la ciudad seguía girando ajena a las agujetas de los futbolistas de élite.

Maxime aparcó en el garaje subterráneo del edificio de Chamartín y subió en el ascensor directo al piso de Alba y Toni.

No se lo habían pedido, pero tampoco hacía falta; el piso de la pareja espejo se había convertido en su reducto de supervivencia doméstica desde que empezó septiembre.

Allí podía comer sin que un camarero le pidiera un selfi o un periodista de la prensa rosa intentara descifrar con quién había salido la noche anterior.

Abrió la puerta con su propia llave, escuchando el arrastrar metálico de las sartenes en la cocina.

—¡He traído el hambre de toda la cantera, Alba! —anunció a gritos, tirando la bolsa de entrenamiento en el pasillo con la familiaridad de un hermano invasivo—. Espero que haya hidratos de carbono suficientes para alimentar a un atleta de élite maltratado por el cuerpo técnico.

Alba Martín Soler asomó la cabeza por el umbral de la cocina, sosteniendo una cuchara de madera manchada de salsa de tomate. Tenía el pelo recogido en una pinza y una camiseta vieja de Toni que le quedaba tres tallas grande; la viva imagen de la normalidad que Maxime tanto ansiaba.

—Llegas tarde, Max —dijo Alba con una sonrisa afectuosa, volviendo a los fogones—. Toni lleva diez minutos sentado en el sofá analizando los vídeos tácticos del FC Condal que le ha mandado el analista. Lávate las manos si no quieres que te eche de la mesa.

Maxime entró en el salón y vio a Toni Müller sepultado en el sofá de cuero, con la tableta corporativa del club apoyada en las rodillas y el ceño fruncido en esa línea de concentración rígida que usaba para desarmar líneas de presión rivales.

En la pantalla de la televisión, a volumen mínimo, el canal del Real Hispania emitía un resumen de la jornada de Liga anterior, pero Toni no miraba los goles; miraba los espacios vacíos, las transiciones defensivas del rival directo, buscando el pase al hueco que nadie más veía.

—Müller, apaga esa máquina. Te va a salir una úlcera táctica antes del derbi —dijo Maxime, dejándose caer a su lado con un suspiro exagerado que hizo que el sofá crujiera—.

Toni ni siquiera levantó la vista de la tableta, pero movió las piernas para dejarle espacio a su compañero de facto.

—El Condal está saltando la primera línea con tres pases, Max —dijo Toni, con su voz ronca y pausada—. Si el domingo no cerramos el pasillo interior, Iván va a sufrir una sangría en su banda. Necesito que saltes a la presión antes, no cuando el mediocentro ya ha girado.

—Saltaré, alemán, saltaré —Maxime le quitó la tableta de las manos con un movimiento rápido y la tiró sobre la mesa de centro, ganándose una mirada gélida que ignoró por completo—.

Pero primero necesito que tu chica me alimente.

Siento que mis niveles de cortisol están destruyendo mi masa muscular de forma irreversible.

Alba entró en el salón cargando una fuente humeante de rigatoni con boloñesa que olía a gloria campestre. Se detuvo un segundo, mirando la tableta sobre la mesa y a los dos futbolistas agotados, y negó con la cabeza con esa paciencia infinita de las mujeres Martín Soler.

—Dejad el fútbol fuera de la mesa, por favor —dijo Alba, repartiendo los platos con movimientos precisos—. Bastante tengo con aguantar las tertulias deportivas de la radio del coche como para que me analicéis la boloñesa en clave táctica.

—Jamás osaría analizar tu boloñesa, Alba. Es una obra de arte exenta de juicio —Maxime se sirvió una ración criminal de pasta, devorando los primeros tenedores con el apetito feroz de quien ha corrido doce kilómetros bajo el sol—.

Comieron en una familiaridad cómoda, rota solo por el tintineo de los cubiertos y el murmullo de la televisión de fondo.

Toni comía de forma metódica, limpia, alternando miradas discretas hacia Maxime entre bocado y bocado.

El mediocentro alemán era reservado, pero no era tonto; conocía a Diarra desde hacía tres temporadas y sabía que cuando el francés exageraba las payasadas y el apetito, normalmente estaba intentando tapar un agujero.

—¿Has hablado con tu hermana Élodie? —preguntó Alba casualmente, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta—. Me dijo el otro día que Manon ha vuelto a Madrid por temas de trabajo.

El tenedor de Maxime se detuvo a un milímetro de su boca. El vacío del estómago volvió a abrirse, esta vez frío, punzante. Sintió la mirada cerebral de Toni Müller clavada en su perfil, escaneándolo con la misma precisión con la que leía un desmarque en el minuto noventa.

—No, no he hablado con ella —respondió Maxime, metiéndose la pasta en la boca y masticando con una normalidad ensayada que no engañó a nadie en la mesa—.

Élodie está ocupada con los preparativos de la mudanza a Alcobendas, ya sabes.

Y Manon... bueno, Manon siempre tiene temas de trabajo en todas partes.

Alba asintió, inocente, pero Toni estiró la mano para coger su vaso de agua sin apartar los ojos de su centrocampista.

—Si necesitas quedarte aquí un par de días antes del partido de Copa Continental para aislarte del ruido, la habitación de invitados está libre, Max —soltó Toni, con un tono tan casual que parecía plano, pero que llevaba implícito el código de protección del vestuario—.

El club va a empezar a exigir concentraciones previas si la prensa sigue acosando en los semáforos de la Castellana.

Maxime tragó la pasta, sintiendo que le costaba bajar por la garganta.

Sabía perfectamente a qué se refería Toni.

Sabía que el alemán había detectado la sombra de Manon Lefèvre sobrevolando el norte de Madrid, y que le estaba ofreciendo un escudo antes de que el ego de la prensa rosa destruyera su rendimiento en el campo.

—Estoy bien en mi piso, alemán —Maxime forzó una sonrisa expansiva, dándole una palmada ruidosa en el hombro a Toni que casi le hace derramar el agua—.

Tengo mi propio sistema de seguridad y una nevera que pienso vaciar en cuanto aprenda a cocinar algo que no requiera microondas.

Además, no quiero interrumpir vuestra luna de miel táctica.

Alba se rio, recogiendo los platos vacíos, pero Toni no se rio. Se limitó a coger la tableta táctica de la mesa de centro, encender la pantalla de nuevo y mirar a Maxime por encima del borde del cristal.

—El rondo de mañana empieza a las nueve, Max —dijo el alemán, volviendo al análisis del FC Condal con una frialdad protectora—. Llega antes. No quiero tener que saltar a la presión por ti porque estás pensando en otra cosa.

—Llegaré antes, alemán. Llegaré antes —murmuró Maxime, recostándose en el sofá y clavando la vista en el videomarcador de la televisión, donde el Real Hispania seguía repitiendo los goles de la jornada en un bucle eterno de gloria y exigencia pública de la que no se podía escapar.