7 La resaca del éxito
El domingo por la mañana, el silencio en el piso de mis padres en el Barrio de Salamanca era tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo para untar mantequilla.
Estaba sentada en uno de los taburetes de la cocina de diseño, sosteniendo una taza de café negro con ambas manos como si pudiera robarle algo de calor.
La adrenalina de los últimos tres meses —y muy especialmente la de la noche anterior en aquella caseta de piedra— había desaparecido, dejándome con una resaca emocional que me pesaba en los hombros como una losa de hormigón.
Habíamos sobrevivido. La boda de Alba y Toni había sido un triunfo absoluto del protocolo y la discreción.
Ningún paparazzo había logrado colarse en la finca.
No había fotos borrosas de jugadores del Real Hispania bailando con corbatas en la cabeza circulando por Twitter, y la revista Hola!
tendría que conformarse con el posado oficial que Alba y Toni habían pactado.
Todo estaba bajo control. Todo excepto mi vida.
El sonido de unos tacones bajos y firmes resonó en el pasillo.
Mi madre, Carmen, entró en la cocina luciendo tan inmaculada como siempre, con una blusa de seda impecable y ni un solo cabello fuera de lugar.
Cualquiera diría que había estado hasta las cuatro de la madrugada coordinando la salida de los autobuses de invitados.
—Buenos días, Laura —dijo, acercándose a la cafetera italiana con movimientos precisos—. Acabo de hablar con el servicio de la finca. Todo el mobiliario está recogido y la fianza ha sido devuelta intacta.
—Me alegro —murmuré, dándole un sorbo al café.
Carmen se apoyó en la isla de la cocina, sosteniendo su propia taza, y me miró con una expresión que era mitad orgullo y mitad evaluación exhaustiva.
—Has estado brillante, hija —dijo, y el tono de su voz era inusualmente cálido—.
Sé que no he sido la persona más fácil estas últimas semanas, pero el resultado ha sido magnífico.
El mismísimo presidente del club me felicitó por la discreción.
Has protegido el Señorío del Real Hispania mejor que su propio departamento de prensa.
Cualquiera que te contrate para planificar su gran día se estará llevando una joya.
Me encogí instintivamente. Cada palabra de elogio se sentía como una aguja clavándose bajo mi piel. Porque organizar la boda de un extraño sería infinitamente más fácil que lidiar con la montaña rusa mediática de Toni Müller, pero seguía sin tener la más mínima intención de repetirlo.
—No voy a planificar más bodas, mamá —las palabras salieron de mi boca antes de que el pánico pudiera frenarlas.
Carmen detuvo su taza a medio camino de sus labios. El silencio volvió a apoderarse de la cocina, esta vez cargado de una tensión eléctrica.
—¿Cómo que no vas a planificar más bodas? —preguntó, bajando la taza muy despacio—. Han pasado cuatro meses desde que nos anunciaste que la organización de eventos era tu vocación definitiva. Cambiaste las tarjetas de visita. Nos hiciste invertir en aquel programa de software ...
—Lo sé —la interrumpí, sintiendo cómo se me cerraba la garganta—.
Y no es porque no pueda hacerlo. Te he demostrado que puedo.
Es que... no es mi sitio. Hay algo más importante que quiero hacer.
Algo que de verdad aporte algo al mundo, más allá de elegir el color exacto de las peonías para el centro de mesa.
Mi madre suspiró. Fue un suspiro corto, afilado y profundamente familiar. El suspiro que reservaba en exclusiva para su hija desastrosa. La que iba saltando de idea en idea mientras Alba se casaba con una estrella mundial y mis otros hermanos consolidaban sus carreras de éxito.
—Laura... —empezó, y el tono decepcionado me revolvió el estómago—. Otra vez no.
—Quiero estudiar enfermería —solté de golpe, cortando su reproche—. Sé que va a ser muy duro. Pero quiero hacerlo.
Me miró fijamente. Podía ver los engranajes de su mente pragmática girando a toda velocidad, calculando riesgos, evaluando daños.
—La enfermería no es organizar fiestas, Laura —dijo finalmente, su voz desprovista de cualquier suavidad—.
Son turnos de doce horas. Es limpiar sangre, tratar con el dolor, estudiar hasta la extenuación.
Y lo que es más importante, cuesta dinero.
Las universidades públicas en Madrid tienen unas notas de corte altísimas.
Si tienes que irte a una privada, a la Cruz Roja o a Comillas.
.. estamos hablando de miles de euros al año.
—Entraré en la pública. Haré la prueba para mayores de veinticinco si hace falta. Y si no, buscaré la forma —me enderecé en el taburete, levantando la barbilla—. Trabajaré de día y estudiaré de noche.
—¿Cuánto cuesta la matrícula en una privada, si no llegas a la nota? —insistió, implacable.
Tragué saliva. Lo había mirado.
—Unos ocho mil o diez mil euros el primer año. Sin contar materiales.
El rostro de Carmen palideció ligeramente.
—Laura, tu padre y yo te hemos apoyado siempre. Pagamos tu carrera de Historia del Arte que no te sirvió para nada. Pagamos el traspaso de aquel intento tuyo de tienda de joyería que duró seis meses. No tenemos esa cantidad de dinero en efectivo ahora mismo para otra de tus... aventuras.
—¡No os estoy pidiendo dinero! —estallé, poniéndome de pie. Las patas del taburete chirriaron contra las baldosas—. Ya soy adulta. Me haré cargo de mis decisiones. No voy a pedirte un solo euro, mamá.
—Ese no es el problema, hija. El problema es tu constancia —Carmen me miró con una tristeza que dolía mil veces más que la ira—. Te rindes cuando las cosas se ponen difíciles. Y en un hospital, no puedes simplemente dejarlo a medias porque te has aburrido.
Apreté los puños a los lados del cuerpo hasta clavarme las uñas en las palmas. Toda la seguridad que creía tener se resquebrajó, dejando a la vista mi mayor temor: que ella tuviera razón. Que yo fuera incapaz de terminar lo que empezaba.
Iba a responderle, iba a prometerle que esta vez sería diferente, cuando mi móvil vibró sobre la encimera.
El nombre iluminó la pantalla, rescatándome de la confrontación.
Maxime.
Me disculpé con la mirada, agarré el teléfono y salí de la cocina hacia la privacidad de mi antigua habitación juvenil. Cerré la puerta y me dejé caer en el borde de la cama, soltando el aire tembloroso que había estado conteniendo.
Desbloqueé la pantalla.
Maxime: He sobrevivido al desayuno protocolario con los suegros alemanes de Toni. Estoy en mi coche, a dos calles de la casa de tus padres. Baja o subo yo a rescatarte.
Un latido acelerado me golpeó el pecho. La sola idea de su coche, de su presencia masiva y cálida bloqueando el mundo exterior, era la tentación más fuerte que había sentido en meses.
Anoche, en la oscuridad de la caseta, había sido puro fuego.
Ahora, a plena luz del día, Maxime me ofrecía una vía de escape.
Caminé hacia la ventana y asomé la cabeza. Efectivamente, un imponente Range Rover negro con los cristales tintados estaba aparcado en doble fila en la esquina de la calle Velázquez, desafiando a las multas de tráfico con la arrogancia de quien puede pagarlas cien veces.
Cogí una chaqueta ligera y bajé a la calle en silencio, sin volver a pisar la cocina.
Cuando abrí la puerta del copiloto y me subí, el olor a cuero nuevo y a sándalo me envolvió. Maxime llevaba unas gafas de sol oscuras, una sudadera negra de diseño que costaba más que el alquiler de mi piso, y una sonrisa que podría haber derretido el asfalto.
— Bonjour, chérie —saludó, bajándose las gafas un poco para guiñarme un ojo—. Tienes una pinta terrible.
—Yo también me alegro de verte, Diarra —murmuré, hundiendo la espalda en el asiento de cuero—. Ha sido una mañana intensa.
Maxime apagó el motor del coche, girándose en su asiento para observarme con atención. Su sonrisa pícara se suavizó, dando paso a una mirada analítica que desnudaba mis defensas.
—¿Qué ha pasado con tu madre? —preguntó directamente.
—Le he dicho lo de enfermería.
—¿Y bien? No ha descorchado champán, asumo.
—No. Me ha recordado mi largo e ilustre historial de proyectos abandonados y me ha preguntado de dónde voy a sacar los diez mil euros que me puede costar el capricho si me obligan a ir por lo privado.
Maxime se cruzó de brazos. Los músculos de sus antebrazos se tensaron bajo la tela negra.
—El dinero no es un problema —dijo con la ligereza de alguien para quien, efectivamente, el dinero era un concepto abstracto—. Yo...
—Ni lo intentes —lo corté, levantando una mano como un guardia de tráfico—. Ni se te ocurra acabar esa frase, Maxime. No voy a aceptar tu dinero. Sería exactamente lo mismo que pedírselo a mis padres. Sería depender de alguien más para limpiar mis propios desastres. Esta vez tengo que hacerlo sola.
Me miró durante un largo segundo, evaluando mi expresión. Afortunadamente, era lo bastante inteligente como para no insistir en la estupidez del rescate financiero.
—De acuerdo. Respeto eso —asintió lentamente—. Eres terca. Me gusta. Entonces, ¿qué puedo hacer por ti hoy?
Su voz bajó un tono, volviéndose áspera y aterciopelada.
Su mano se despegó del volante y rozó el dorso de la mía, que reposaba tensa sobre mi pierna.
El calor de sus nudillos me envió un eco de lo que había pasado la noche anterior.
Mi piel todavía recordaba la presión de sus dedos y el peso de su cuerpo.
—Vente a mi casa —sugirió en un susurro grave—.
Tengo las persianas bajadas, aire acondicionado, y una televisión del tamaño de una pared donde no daré las noticias deportivas.
Pido comida tailandesa. Duermes. Y si te apetece.
.. continuamos lo que tuvimos que dejar a medias anoche porque los de Prosegur estaban paseando los perros.
Tragué saliva, luchando contra la necesidad física de decirle que sí.
Quería ir a su casa. Quería esconderme bajo las sábanas de una estrella del Real Hispania y dejar que él me hiciera olvidar la mirada de decepción de mi madre.
Quería usar el sexo, la dopamina y su cuerpo para evadirme de mi propia crisis.
Y exactamente por eso no podía hacerlo.
Retiré mi mano de la suya, despacio pero con firmeza, y me abracé a mí misma.
—No puedo, Maxime.
El desconcierto cruzó sus facciones, arrugando su frente perfecta.
—¿Por qué no? Nadie lo sabrá. Te garantizo privacidad total. Mi parking es subterráneo.
—No es por la prensa. Es por mí —cerré los ojos un segundo—. Anoche... anoche fue la adrenalina. Fue la tensión de la boda, el estrés acumulado de meses. Fue un error biológico de cálculo.
Maxime tensó la mandíbula. La sombra de una herida cruzó sus ojos verdes antes de que pudiera enmascararla con su habitual coraza de ironía y desapego.
—Un error biológico —repitió, paladeando las palabras como si tuvieran sabor a ceniza—. Eres increíble, Laura. Tienes una forma muy poética de decir que no quieres nada conmigo.
—No es que no quiera —dije, sintiendo cómo se me agrietaba la voz—.
Es que no puedo. Acabo de tener la conversación más dura del mundo con mi madre.
Me ha llamado inconstante en mi cara. Si me voy ahora contigo, si me dejo arrastrar a tu cama y a tu mundo, le estaré dando la razón.
Estaré demostrando que, en cuanto me siento presionada, busco una distracción fácil.
Y tú... tú eres la distracción más peligrosa que conozco.
Maxime apoyó la cabeza en el reposacabezas del asiento, mirándome de perfil. Había perdido toda la actitud juguetona del chico de vestuario. Ahora solo parecía un hombre adulto, silencioso y calculador.
—No soy un hobby , Laura —dijo finalmente, con una gravedad cortante—. Ni un parche para tu ansiedad.
—Lo sé. Por eso no voy a ir contigo.
El silencio llenó el habitáculo del coche. Me sentí la persona más miserable del planeta por rechazar la única mano que se había ofrecido a sostener la mía esta mañana, pero sabía que si cedía, perdería el control de mi vida antes incluso de empezar a enderezarla.
Maxime asintió secamente. Volvió a colocarse las gafas de sol, ocultando sus ojos por completo, y encendió el motor del coche. El ronroneo del motor V8 vibró bajo mis pies.
—Como quieras, chérie —dijo, mirando al frente, con la voz desprovista de cualquier calor—. Concéntrate en tu vida. Yo me iré a la mía.
Agarré el tirador de la puerta, sintiendo un nudo en la boca del estómago.
—Gracias, Maxime. Por entenderlo.
Abrí la puerta y salí al asfalto ardiente de Madrid. Antes de cerrarla, le di una última mirada. Él no giró la cabeza.
Cerré la puerta y caminé de vuelta hacia el portal de mis padres, sintiendo el peso de mi propia independencia como una armadura demasiado pesada, completamente sola.