6 Química y vigilancia
El beso continuó, denso, devastador y completamente ajeno a cualquier plan de contingencia que yo hubiera trazado en mi vida.
El mundo entero se redujo a la presión de la boca de Maxime Diarra sobre la mía, al sabor del champán caro mezclado con su calidez, y a la forma en que sus manos grandes, duras por el gimnasio de la Ciudad Deportiva Valeriano, me sostenían contra él como si fuera la Copa Continental.
Pero entonces Maxime deslizó su lengua contra la mía, ahogando cualquier protesta, y mi cerebro racional simplemente se apagó.
Se me escapó un sonido ahogado, un gemido ronco que no reconocí como propio.
Mis manos, que hasta hacía un segundo estaban apretadas en puños defensivos, se abrieron para aferrarse a las solapas de su chaqué.
Sentí el calor que irradiaba su pecho a través de la camisa a medida.
Estaba duro como una roca, imponente, y la diferencia de tamaño entre nosotros me hizo sentir un vértigo delicioso.
Me apretó más contra él, deslizando una mano desde mi nuca hasta la base de mi columna, pegando mis caderas a las suyas. El roce confirmó lo que la fricción de nuestros cuerpos ya sugería: Maxime estaba tan encendido como yo.
— Merde , Laura —gruñó contra mis labios, con el aliento entrecortado—. Eres... me vas a matar.
Iba a responderle, iba a decirle que esto tenía que acabar, cuando el crujido rítmico de unas botas sobre la grava nos congeló a los dos.
— Atención, perímetro norte despejado. Asegurad la zona de los olivos, han reportado un dron cerca de la tapia.
La voz de un guardia de seguridad, metálica a través del auricular de su emisora, sonó a menos de diez metros de nosotros.
Maxime se separó de mí en una fracción de segundo.
Sus ojos, antes nublados por el deseo, recuperaron al instante la agudeza del jugador de élite acostumbrado a escanear el campo bajo presión.
Me puso una mano firme sobre la boca y me tiró del brazo, arrastrándome hacia la espesura de la arboleda con la suavidad de una pantera.
Caminamos agachados en la penumbra, esquivando las ramas bajas de los olivos, hasta que chocamos contra la pared de piedra de una antigua caseta de aperos de la finca.
Maxime empujó la pesada puerta de madera desvencijada, me metió dentro y cerró tras nosotros justo cuando el haz de luz de una linterna barría el sendero que acabábamos de abandonar.
Me quedé pegada a la pared de mampostería, respirando con fuerza en la oscuridad. El lugar olía a tierra seca, a madera vieja y a sándalo. Su sándalo.
Escuchamos los pasos del guardia acercarse, detenerse frente a la caseta y, tras un par de segundos que se sintieron como horas, alejarse hacia el muro exterior.
Solté el aire acumulado en mis pulmones de golpe.
—Estás loco —susurré en la oscuridad, frotándome los brazos—. Casi nos pillan, Diarra. Si la seguridad de tu club le filtra una foto mía a un periodista, mi familia me mata y me entierra bajo el estadio.
Escuché el roce de la tela de su traje mientras se movía. Su silueta masiva se recortó contra la escasa luz de luna que entraba por una pequeña ventana en lo alto.
—El club nos protege, chérie . Además, la seguridad trabaja para nosotros, no para la prensa —su voz sonaba grave, ronca, reverberando en el espacio cerrado—. Y vale la pena el riesgo.
—No, no lo vale —mentí, cruzándome de brazos como si pudiera crear un escudo físico—. Ha sido un error. Una estupidez fruto del estrés de la boda. Los niveles de cortisol los tenía por las nubes y... ha sido una reacción puramente biológica.
Maxime soltó una carcajada baja, un sonido oscuro y vibrante que me erizó el vello de la nuca. Dio un paso hacia mí, acorralándome suavemente contra la piedra fría. Apoyó una mano en la pared, justo encima de mi cabeza, inclinándose hasta que su aliento chocó contra mi cuello.
—Me encantan tus explicaciones médicas, Laurita —susurró, rozando con la nariz el lóbulo de mi oreja—. Pero tú y yo sabemos que el cortisol no tiene nada que ver con lo apretada que estás agarrando la tela de tu vestido ahora mismo.
Tragué saliva. Maldito bastardo observador.
—Esto no significa nada, Maxime. No somos compatibles. Tú eres... tú. El exceso, la fama, los globos horteras con la Cruz de Borgoña. Y yo... yo no soy una de las groupies que te esperan a la salida de Valeriano.
—Lo sé —su otra mano encontró mi cintura, cálida y firme—. Por eso me gustas tanto. Por eso me vuelves loco. Porque no me doras la píldora. Porque me odias un poquito.
—No te odio.
—Entonces demuéstramelo. Un beso más —me desafió en un susurro, trazando con el pulgar la curva de mi cadera.
—No hay tiempo. Nos estarán buscando...
—Encontraremos el tiempo.
No me dio margen para elaborar otra excusa patética. Su boca encontró la mía de nuevo, pero esta vez no hubo frenesí apresurado. Fue lento, metódico. Un beso calculado para derribar mis murallas una por una.
Me levantó por la cintura con una facilidad asombrosa y me depositó sobre lo que parecía ser una vieja mesa de trabajo de madera. El borde me clavó un poco en los muslos, pero me dejó a su altura.
Abrí las piernas instintivamente para dejarle espacio y él se acomodó entre ellas, pegando su cadera a mi centro. La dureza de su erección contra la tela de mi vestido malva me arrancó un suspiro trémulo.
— Mon Dieu —murmuró él, separándose apenas unos milímetros de mis labios—. Hueles a lavanda y a pánico. Relájate, chérie . Te tengo. No voy a dejar que caigas.
Su mano bajó desde mi cintura, recorriendo el contorno de mi muslo, subiendo la falda de mi vestido poco a poco. La piel se me erizó bajo sus dedos ásperos. Estaba jugando con fuego, rompiendo mi regla de oro de mantener a este hombre a distancia, pero mi cuerpo dictaba sus propias normas.
—Maxime... esto... solo esta vez —logré articular, la voz cortada.
—Lo que tú digas, jefa —respondió con una sonrisa ladeada, aunque sus ojos brillaban con la promesa de una continuidad que yo me negaba a aceptar.
Sus dedos encontraron el encaje de mi ropa interior. La apartó a un lado con una destreza que denotaba mucha práctica, y yo solté un jadeo cuando el contacto directo de su piel con la mía me envió una descarga eléctrica hasta la coronilla.
—Mírame, Laura —exigió, su voz ronca de necesidad.
Abrí los ojos, encontrando los suyos en la penumbra.
Estaban fijos en mí, carentes de cualquier atisbo de burla.
Había una intensidad en Maxime Diarra que el mundo del fútbol nunca llegaba a ver, una vulnerabilidad camuflada bajo el ego que me aterraba porque sabía que, si la miraba demasiado tiempo, me iba a enganchar.
Sus dedos acariciaron mi centro, encontrándome empapada y lista para él.
Cerré los ojos de golpe y eché la cabeza hacia atrás, golpeando suavemente la pared de piedra.
Maxime conocía la anatomía del placer con la misma precisión con la que leía un pase al hueco en el minuto noventa.
Su pulgar encontró el ritmo exacto, aplicando la presión justa mientras me besaba el cuello, la clavícula, la curva del hombro.
—Así... —murmuró contra mi piel—. Déjate llevar, Laura. Estás tan tensa siempre. Conmigo no tienes que ser perfecta. Conmigo solo tienes que ser tú.
Esas palabras fueron el golpe de gracia para mis defensas. No era solo el placer físico abrumador que me estaba proporcionando; era la confirmación de que me veía. De que entendía el peso del juicio familiar que yo arrastraba y me ofrecía un espacio donde ese juicio no existía.
Mi respiración se volvió errática. Aferré sus hombros anchos, clavando mis uñas a través del tejido caro de su chaqué.
—Max... por favor —gimoteé, perdiendo el control del vocabulario.
—Estoy aquí, chérie —susurró, acelerando el ritmo de sus dedos, empujándome hacia el borde con una firmeza que me hizo temblar—. Suéltalo. Todo.
La onda expansiva del orgasmo me atravesó con la violencia de un rayo.
Apreté los muslos alrededor de sus caderas, ahogando un grito contra su cuello para no alertar a los guardias del exterior.
Mi cuerpo convulsionó en sacudidas intensas, derritiéndome sobre él.
Maxime me sostuvo con fuerza, absorbiendo cada espasmo, besándome la sien con una devoción que me descolocó por completo.
Tardé varios minutos en recuperar la noción del tiempo y el espacio. La respiración de Maxime chocaba contra mi cabello, cálida y rítmica. Me sentía flotar, pero al mismo tiempo, el pánico logístico de la realidad empezó a filtrarse de nuevo en mi cerebro.
Me bajé de la mesa de madera con torpeza, tambaleándome un poco sobre los tacones, y me alisé el vestido apresuradamente. Mis manos temblaban mientras intentaba recolocar los mechones sueltos de mi recogido.
—Vale —dije, aclarando la garganta, forzando el tono clínico y distante—. Esto... ha sido una necesidad fisiológica. Estábamos bajo mucha presión, el entorno, el dron... Una descarga de adrenalina. Ya está. Fin de la anomalía.
Maxime se había cruzado de brazos, apoyado contra la mesa de trabajo. No hizo el menor intento de arreglarse la ropa. Me observaba con una media sonrisa ladeada, esa que usaba cuando sabía que tenía la sartén por el mango.
—¿Fin de la anomalía? —repitió, arrastrando las palabras—. Si tú lo dices, Laurita. Pero a mí me parece que la anomalía es intentar negar que esto —señaló el espacio entre nosotros— es más real que cualquier plan de boda que hayas diseñado en tu cuaderno.
—No va a ser un hábito, Diarra —sentencié, señalándolo con un dedo que me temblaba de forma humillante—. Tú tienes tu mundo. La fama, los afters , la prensa acosándote en cada semáforo. Yo me voy a meter en una sala de estudio de la Complutense a memorizar fisiopatología. No encajamos.
—Me pareció que encajábamos perfectamente hace diez segundos —replicó con calma, sin dejarse pinchar por mi hostilidad defensiva—. Pero de acuerdo. Jugaremos con tus reglas, jefa. Una sola vez.
Se separó de la mesa y se acercó para abrir la puerta de la caseta. Antes de salir al aire fresco de la noche, se detuvo y me miró por encima del hombro.
—Aunque te advierto una cosa —añadió en voz baja—. Soy un atleta competitivo. Nunca me conformo con ganar el partido de ida. Siempre voy a por la vuelta.
Desapareció en la oscuridad de los jardines, dejándome sola con el corazón acelerado, las defensas hechas añicos y la absoluta y aterradora certeza de que estaba en graves, gravísimos problemas.