El futbolista y yo 3 Segundas oportunidades
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3 Segundas oportunidades

La carpa de trescientos metros cuadrados instalada en los jardines de la finca de Soto de Viñuelas olía a dos cosas: a lavanda recién cortada y a dinero implacable.

Había pasado las últimas cuatro horas repasando cada centímetro de la lona, asegurándome de que los vientos estuvieran tensados con la rigidez de un cable de alta tensión y de que los centros de mesa de hiedra silvestre no obstruyeran la visual de los invitados.

El cielo del norte de Madrid, de un azul tan limpio que parecía insultante, amenazaba con una temperatura perfecta de veintidós grados.

Ni el clima se atrevía a contradecir el despliegue logístico de la boda de mi hermana.

Más allá del arco de piedra caliza que daba paso al reservado de los novios, el sutil estallido de una botella de champán me indicó que el servicio de catering de Nuevos Ministerios había comenzado su despliegue a tiempo.

Podía oír la risa alta de mi hermana Tamara doblando la esquina de la barra exterior, tratando de dominar a sus dos hijos en mitad de la pradera.

Mi madre, impecable en un vestido de seda color perla que gritaba "madre de la novia" a un kilómetro de distancia, asomó la cabeza por el umbral de la carpa.

—¡Lau, cariño, es un espectáculo! —exclamó, barriendo el espacio con una mirada de experta en protocolo—. Las mesas están perfectas. Te lo juro, tu padre y yo sabíamos que esta vez saldría bien.

—Gracias, mamá —respondí, enderezando un cuchillo de pescado que ya había alineado tres veces en los últimos diez minutos.

—Siempre nos terminas sorprendiendo, Laurita —añadió ella con una sonrisa, antes de llevarse la copa de champán a los labios y darse la vuelta para saludar a un directivo del Real Hispania que acababa de cruzar el control de seguridad.

En lugar de relajar los hombros y aceptar el cumplido como una persona normal, sentí que el estómago se me cerraba con el peso de una losa de hormigón. Porque no había escuchado las palabras "espectáculo" o "perfectas".

Había escuchado la palabra "sorprendiendo".

Traducido del idioma Martín Soler al mundo real, aquello significaba que toda mi familia había pasado los últimos tres meses conteniendo el aliento, apostando en secreto qué día mandaría a la mierda la organización del evento de Alba para apuntarme a un curso de alfarería o mudarme a un monasterio budista.

Era la etiqueta invisible que llevaba cosida a la nuca desde los veinte años: la niña voluble.

La que tiene ideas brillantes pero se aburre cuando aparece la primera factura o la primera complicación logística.

El desastre de la tienda de joyería egipcia todavía flotaba sobre las cenas de Nochebuena como una maldición gitana.

—Si sigues apretando ese tenedor, vas a terminar modificando la cubertería de plata de la duquesa, Laurita.

La voz de Álvaro llegó desde detrás de mí, arrastrada, teñida de esa ligereza teatral que usaba para camuflarse en los eventos de la alta sociedad madrileña.

Me giré, soltando el cubierto con una rigidez que me dolió en las muñecas.

Álvaro Pardo Benítez estaba apoyado en uno de los pilares de la carpa, sosteniendo una carpeta de pinza con el cronograma del día y luciendo un chaqué gris pizarra que le sentaba ridículamente bien.

Su pajarita de seda morada combinaba de manera exacta con el tono de mi vestido malva, una coincidencia que habíamos negociado tres semanas atrás para parecer un frente unido ante el ecosistema del fútbol de élite.

—Estoy al borde de un síncope, Al —admití, pasándome una mano por la frente—. Siento que si el florista se retrasa cinco minutos con los prendidos de la solapa de los alemanes, voy a tener que empezar a practicar la reanimación cardiopulmonar conmigo misma.

Álvaro soltó una risita corta, acercándose para arrebatarme el plano de las mesas de las manos.

—Para empezar, la reanimación te la tendría que hacer yo, que para algo tengo el título de enfermero del Servicio Madrileño de Salud y tú solo eres una intrusa con un cuaderno de bitácora muy ordenado —dijo, dándole un golpecito al papel con su bolígrafo—.

Y para terminar, relaja el esfínter. Todo está donde tiene que estar.

Los del control de accesos de la entrada norte ya han rebotado a dos fotógrafos de una revista especializada en transferencias y divorcios de futbolistas. La finca es un búnker.

—¿Y los novios? —pregunté, mirando hacia la casa principal de la finca.

—Toni está en el pabellón oeste, vestido, peinado con esa raya lateral que no se movería ni en mitad de un derbi y repasando sus notas tácticas para los votos como si fuera la final de la Copa Continental.

Tu hermana Alba está con el peluquero, tranquila como un monje zen.

Eres la única que parece haber tomado tres cafés de más en Nuevos Ministerios.

Me apoyé contra la mesa presidencial, cruzando los brazos. Álvaro me observó por encima de sus gafas de montura de carey, y la frivolidad de su gesto se atenuó un grado, dejando paso a esa mirada clínica y limpia que solo usaba cuando entraba en modo profesional.

—Te has matado a trabajar en esto, Lau —dijo de verdad, dejando la carpeta sobre el mantel de hilo—. Está precioso. El esquema de color, la distribución de la luz... Todo. No pareces una aficionada.

—Odié cada llamada para negociar el precio de las mantelerías, Al —confesé, bajando la voz al notar que dos camareros pasaban cerca cargando bandejas de cristalería—.

Odié perseguir a los tíos de Zaragoza para que confirmaran si venían en el AVE de las once o en el de las dos.

Odié tener que explicarle al representante de Toni por qué no podíamos poner un photocall con marcas de relojes en mitad del jardín.

Lo he hecho bien porque es mi hermana, pero si tengo que volver a organizar una boda para trescientas personas en Madrid, me meto a monja de clausura.

Álvaro soltó una carcajada limpia y regresó a su tarea de doblar servilletas de hilo en forma de cisnes con una destreza manual que me daba una envidia espantosa.

—Bueno, al menos tu falso acompañante va impecable —dijo, estirando el extremo de su pajarita con un gesto teatral—. Aunque sigo pensando que si nos hubiéramos puesto de acuerdo para vestir ambos en tono salmón, habríamos sido el terror del palco del Real Hispania.

—Te he dicho cien veces que el salmón te da un tono de piel de enfermo hepático, Álvaro. No te favorece nada.

Antes de que pudiera rebatir mi diagnóstico estético, una voz cansada y cortada por la prisa llegó desde la entrada de la carpa.

—¡Lau! Mamá pregunta por los prendidos de los testigos. ¿Están ya en el pabellón?

Mi hermana Tamara se acercó a nuestra mesa, arrastrando los pies con una fatiga que resultaba evidente incluso bajo el maquillaje perfecto y el vestido amarillo pálido que llevaba.

Tenía las manos hinchadas y los ojos rodeados por una sombra grisácea que delataba semanas de noches interrumpidas.

Había tenido a su segundo bebé hacía apenas catorce semanas, y su hijo mayor, Teo, parecía estar dándole el día corriendo entre los setos de la finca.

—El padrino los tiene —respondí, poniéndome recta de inmediato—. Maxime envió un mensaje hace diez minutos. Su coche venía retrasado desde el hotel de Salamanca pero llegará en cualquier momento.

Tamara dejó escapar un suspiro largo, apoyándose contra una de las sillas de tijera.

—Menos mal. Mamá estaba a punto de entrar en Defcon 1. Hola, Álvaro, no te había visto. Qué bien te queda ese chaqué, hijo.

—Gracias, fiera —Álvaro dejó la servilleta que estaba doblando y se puso de pie, barriendo a mi hermana con una mirada rápida de arriba a abajo—. Pero tú no estás bien. Te ves cansada.

Tamara intentó forzar una sonrisa de suficiencia, esa pose de "yo puedo con todo" que compartíamos todas las mujeres de la familia, pero Álvaro dio un paso hacia ella y le tomó las manos sin pedir permiso.

—Estás pálida —dijo, dándoles la vuelta a sus palmas con una firmeza clínica que no admitía réplicas—. Las manos heladas. Las uñas un poco frágiles. Tamara, ¿te estás cuidando? Podrías estar un poquito anémica después del parto. ¿Estás metiendo suficiente hierro en tu dieta?

—¿Qué dieta? —Tamara soltó un suspiro inestable, dejando que la máscara de superheredera madrileña se agrietara un segundo—.

Con Teo corriendo por la Castellana cada vez que nos descuidamos y la niña llorando con cólicos toda la noche en casa, apenas tengo tiempo para respirar, mucho menos para pensar en el hierro.

Me acerqué a ella, sintiendo una punzada de culpa por haber estado tan concentrada en mis listas de proveedores que apenas había prestado atención al desgaste de mi propia hermana.

—¿Por qué no has dicho nada, Tami? —le reproché con suavidad—. Sabes que Alba o yo habríamos ido a tu casa en Chamartín a quedarnos con los niños cualquier tarde.

Tamara retiró las manos del agarre de Álvaro con una timidez extraña en ella, alisándose el dobladillo del vestido sobre las rodillas.

—Está bien —insistió, recuperando el tono firme—. Soy madre de dos niños en Madrid, por supuesto que la vida va a ser agotadora. Pero haré una cita con el médico del hospital del norte y pediré una analítica de sangre si eso os deja más tranquilos.

Nos lanzó una mirada de advertencia y se dio la vuelta, regresando hacia el edificio principal con ese paso rápido de las madres que siempre van tarde a alguna parte.

Me quedé mirando el hueco por el que se había marchado, estupefacta.

—No puedo creer que hayas conseguido que acceda a ver a un médico, Al —admití, volviéndome hacia mi amigo—. Tamara nunca admite que le pasa algo. Es más terca que una mula de carga.

Álvaro volvió a caer en su silla con elegancia y retomó la construcción del cisne de hilo con un guiño pícaro.

—Soy enfermero, Laurita. Eso me da poderes mágicos y una capacidad de observación que tú todavía no comprendes —dijo, moviendo las cejas—. Las mujeres cansadas en las bodas son mi especialidad clínica.