2 Humo de habano, secretos y cactus #2
—¡Lobo tiene razón! ¡Si no hay mujeres desnudas, al menos que haya otra ronda de este whisky que cuesta más que mi primer coche!
Las risas estallan. Pero antes de que pueda pedirle otra copa al camarero enguantado, siento la vibración insistente de mi móvil en el bolsillo interior de la chaqueta. Lo saco, esperando que sea un mensaje de mi hermana o algún meme idiota en el grupo del equipo.
Pero el nombre en la pantalla me hace detener en seco.
Angela Müller .
Mierda.
Me giro hacia mis compañeros.
—Caballeros, disculpen un momento. Tengo que atender una llamada. El deber de padrino llama.
Me alejo hacia un pasillo enmoquetado cerca de los baños, alejándome del ruido de las conversaciones. Deslizo el dedo por la pantalla y me llevo el teléfono a la oreja.
—¿Angela? Soy Maxime. ¿Ha ido todo bien?
La voz al otro lado de la línea suena vacilante, frágil, tan impropia de la madre de Toni que me parte el corazón.
—Maxime... sí. Acabo de llegar al hotel. El conductor que enviaste estaba esperándome en Barajas.
Suelto un suspiro de alivio. Llevo semanas orquestando esto en absoluto secreto.
Toni es mi amigo, mi hermano en el campo.
Sé el vacío inmenso que lleva por dentro por culpa de su familia.
El hecho de que su padre se haya desentendido y que el contacto con ellos sea nulo es una herida abierta.
No podía permitir que se casara sin que al menos su madre estuviera allí.
Fue necesario mover muchos hilos, pagar vuelos a escondidas y lidiar con la logística, pero lo logré.
—¿Estás seguro de que esto está bien, Maxime? —Su tono está cargado de ansiedad—. Toni no me espera. Klaus, su padre... se puso furioso cuando se enteró de que venía. No quiero arruinarle el día a mi hijo.
—Escúchame, Angela —le digo en voz baja, pero con toda la firmeza que puedo reunir—.
Toni es un muro de hormigón armado, pero por dentro necesita a su madre.
Alba lo necesita. Mañana, cuando te vea allí, será el mejor regalo que nadie le haya hecho.
Tú solo descansa esta noche. Yo me encargaré de recogerte mañana antes de la ceremonia. Todo saldrá bien. Tranquille .
La escucho soltar una respiración temblorosa al otro lado del teléfono.
—Gracias, Maxime. Eres un buen amigo para él.
—Descansa, Angela. Nos vemos mañana.
Cuelgo el teléfono y me froto la nuca. Ha sido una noche larga, y mañana será el día más largo del año. Estoy agotado. No solo físicamente, sino mentalmente. Sostener la careta todo el día, organizar los secretos, lidiar con la prensa... todo pesa.
Miro la hora. Son casi las dos de la madrugada. El club privado se está vaciando y los chicos empiezan a hablar de pedir unos taxis.
Podría irme a mi apartamento, enorme, lujoso y frío. Pero, de repente, la sola idea de estar solo entre esas paredes de diseño me da claustrofobia.
Hay un lugar en el que quiero estar. O, más bien, una persona cerca de la cual quiero estar. La única persona en Madrid que me mira y no ve al jugador del Real Hispania, ni al fiestero, ni al millonario. Solo ve a Maxime, y por lo general, la Maxime que ve le irrita profundamente.
Y, joder, cómo me gusta que se irrite.
Desbloqueo el móvil, le envío un mensaje rápido a mi conductor privado y me despido de los chicos alegando que necesito mi "sueño de belleza" para estar radiante en las fotos de mañana.
Veinte minutos después, estoy frente a una puerta de madera maciza en un edificio clásico de Chamberí.
Son más de las dos de la mañana. Esto es una idea terrible.
Levanto el puño y llamo a la puerta con dos golpes firmes.
Espero. Escucho el eco de mis propios nudillos. El silencio de la escalera me devuelve el sonido. Pienso en irme, pero entonces escucho el arrastrar de unas zapatillas y el clic metálico del cerrojo.
La puerta se abre de un tirón.
Y allí está. Laura Martín Soler.
Parece un hermoso y letal cactus a punto de disparar sus espinas.
Lleva el pelo rubio recogido en un moño desordenado que desafía la gravedad.
Lleva una camiseta gris que le queda dos tallas grande, con un eslogan que reza 'Odio a la gente antes del café.
.. y después también' . Y, para rematar la visión, unos pantalones de pijama de franela estampados con pequeños cactus de un verde chillón.
Es la cosa más jodidamente adorable e intimidante que he visto en mi vida.
—¿Se puede saber qué coño haces aquí? —Susurra a gritos, apretando los dientes para no despertar al vecindario. Sus ojos marrones me fusilan.
Le sonrío, apoyando el hombro contra el marco de la puerta en la postura más encantadora que puedo improvisar.
—Buenas noches, chérie . ¿Te he despertado?
—¡Son las dos y cuarto de la madrugada, Maxime!
¡Me caso a mi hermana en... —mira su reloj imaginario en la muñeca— diez horas!
¡He dormido exactamente veinte minutos y mi cerebro es puré!
Dime que no traes a la policía detrás o a algún paparazzi de Telecinco, porque te juro que te empujo por el hueco del ascensor.
—No traigo a la prensa —digo, dando un paso adelante que la obliga a retroceder, colándome en su recibidor—. Traigo algo mucho mejor: a mí.
Ella cierra la puerta de un portazo ahogado y se cruza de brazos, haciendo que la tela de su camiseta se tense, un detalle que mi cerebro ebrio de cansancio registra con demasiada precisión.
—Hueles a destilería y a humo de puro. Eres un asco.
—Es el olor del "Señorío" del Real Hispania —bromeo, quitándome la chaqueta del traje y dejándola caer sobre una silla del pasillo—. Hemos tenido una velada muy refinada y aburrida. Toni está sano, salvo y sin tatuajes faciales nuevos. De nada.
—¿Qué haces en mi casa, Maxime? —Su tono pierde un poco de la agresividad inicial y se vuelve puramente defensivo. Sé por qué lo hace. Sé lo que está pensando. La última vez que estuvimos solos, cerca de una cama, acabó gritando mi nombre. El recuerdo me manda una punzada directa a la entrepierna.
—Necesito asilo político —respondo, avanzando hacia el salón.
—Tienes un ático de dos millones de euros en el Paseo de la Habana.
—Está muy lejos —miento—. Y mi cama es demasiado grande. Y me daba miedo la oscuridad.
Ella suelta un bufido, un sonido a medio camino entre la incredulidad y la exasperación. Me sigue hasta el pequeño salón y enciende una luz baja.
—Estás borracho y necesitas atención mental.
—Un poco borracho —admito, dejándome caer de espaldas en su sofá de tela gris, que resulta sorprendentemente cómodo—. Y sí, necesito atención. Mímame, Laura. Soy frágil.
Me mira desde el centro del salón como si estuviera contemplando un mueble hortera que alguien le ha regalado y no sabe dónde meter.
Sus ojos recorren mi camisa blanca, mis pantalones de traje, mis piernas que sobresalen por el extremo del sofá.
Noto cómo sus pupilas se detienen un segundo de más en mis muslos, y una oleada de calor me recorre el cuerpo.
La tensión entre nosotros es tan densa que se podría cortar con un bisturí.
Ella necesita el control. Yo soy el descontrol.
Es una dinámica que me divierte, pero esta noche, en el fondo, solo quería un lugar donde no tener que fingir.
Donde la persona frente a mí no estuviera esperando que yo fuera el héroe o el payaso.
Laura solo espera que yo sea un dolor de cabeza, y eso, irónicamente, es reconfortante.
—No te vas a ir, ¿verdad? —pregunta finalmente, su voz teñida de derrota logística. Sabe que si me echa a la calle y algún fotógrafo me pilla tropezando a estas horas, la boda de su hermana será un circo mediático mañana. Me necesita aquí, a salvo, para que su plan perfecto no se desmorone.
—No. Soy como esos perros callejeros que si les das de comer una vez, no se marchan nunca.
Me lanza una mirada fulminante.
—Ni se te ocurra moverte. Voy a por sábanas.
Desaparece por el pasillo. Mientras estoy solo, sonrío al techo. Esto es un desastre. La chica que me vuelve loco, a la que no puedo sacar de mi cabeza por mucho que lo intente, me tiene durmiendo en su sofá como a un pariente molesto.
Vuelve a los pocos minutos, con una almohada y una manta polar que huele a suavizante. Me las lanza a la cara. Literalmente.
—Ay. Violencia doméstica.
—Acomódate. Y ni se te ocurra vomitar en mis cojines. Son de Ikea pero les tengo cariño.
Me acomodo la almohada bajo la cabeza y me tapo con la manta. Ella se queda de pie, a un metro del sofá, con los brazos cruzados. Sus pantalones de cactus me resultan hipnóticos.
—¿No vas a darme las buenas noches? —pregunto, bajando la voz, inyectando todo el ronroneo del que soy capaz en este estado—. ¿Me vas a arropar? ¿Quizás un beso de buenas noches para el pobre huérfano franco-maliense?
Su postura se tensa. Los ojos de Laura chispean en la penumbra.
—No tientes a la suerte, Diarra. Tienes suerte de que no te haya echado un cubo de agua fría por encima. Duérmete y cállate. Mañana hay una boda que celebrar y si me estropeas la logística, te juro que te enterraremos bajo la carpa de los aperitivos.
Se da la vuelta y comienza a caminar hacia su habitación.
—Laura —la llamo, mi voz perdiendo toda la burla.
Se detiene en seco, pero no se gira.
—¿Qué?
—Gracias. Por abrir la puerta.
El silencio se alarga durante unos segundos. Sus hombros bajan una fracción de milímetro.
—Sofá. Y a dormir —murmura, antes de desaparecer por el pasillo.
Escucho el suave clic de la puerta de su habitación al cerrarse. Me quedo a oscuras, rodeado por el olor a vainilla de su casa y el calor de la manta.
Mañana será una locura. Habrá cámaras, estrés, familia, la sorpresa de Angela, y yo tendré que volver a ser el bufón del equipo. Pero esta noche, en este pequeño piso de Chamberí, bajo la guardia de un cactus malhumorado, siento que, por primera vez en todo el día, por fin puedo descansar.