2 Humo de habano, secretos y cactus
He estado en más fiestas de las que mi contrato con el Real Hispania me permite admitir públicamente.
Cuando firmas con el club más grande de Europa, te entregan dos cosas: una camiseta blanca que pesa como una armadura de plomo y una llave invisible para la noche madrileña.
Conozco el circuito de memoria. Conozco los reservados oscuros de los locales de moda en la calle Jorge Juan, donde el champán llega a la mesa con bengalas y cuesta más que un coche de gama media.
Conozco las miradas de las influencers y las modelos de catálogo que te escanean de arriba a abajo como si fueras un cajero automático con abdominales.
Conozco el ruido, el sudor, la música ensordecedora, las limusinas con los cristales tintados y las madrugadas que terminan en afters en chalets de La Moraleja.
Se suponía que una despedida de soltero era la excusa perfecta para abrazar todo ese caos.
Cuando Toni anunció que se casaba con Alba, mi cerebro trazó inmediatamente un plan maestro de proporciones épicas.
Había imaginado un fin de semana salvaje, con un avión privado a Ibiza, un yate, música electrónica hasta que nos sangraran los tímpanos y una lista de invitados que haría temblar a la directiva del club.
Pero no. Toni y Alba lo vetaron todo. Me lanzaron a la cara la carta del "Señorío" del Real Hispania, me sermonearon sobre la prensa rosa española, que es más letal que la línea defensiva del Atlético Metropolitano, y me prohibieron rotundamente cualquier cosa que pudiera terminar en la portada de una revista del corazón.
Nada de bailarinas exóticas saliendo de tartas gigantes.
Nada de chupitos de tequila en el ombligo de nadie. Nada de neones.
¿Y el resultado?
—¡Diarra! ¿Te has quedado dormido con los ojos abiertos?
Parpadeo y el recuerdo de mis frustrados planes ibicencos se desvanece. Salgo de mi ensimismamiento y la realidad me golpea en forma de un espeso humo de tabaco.
Estoy sentado en un pesado sillón de cuero Chesterfield, en un club privado para socios en pleno Barrio de Salamanca.
Las paredes están forradas de madera de nogal oscuro, la luz es tan tenue que casi parece sepia, y el único sonido es el leve murmullo de las conversaciones y el tintineo de los cubitos de hielo contra el cristal tallado.
Giro la cabeza y me encuentro con la mirada divertida de Iván Suárez. A su lado, Toni Müller da un sorbo a su vaso de agua con gas —el muy cabrón ni siquiera bebe alcohol en su propia despedida—, luciendo esa expresión de calma germánica que lo caracteriza.
—Estaba pensando —respondo, ajustándome el cuello de la camisa a medida— en cómo hemos pasado de ser los reyes de Europa a un grupo de jubilados jugando al mus. Faltan las fichas de dominó y el anís.
Lucas Lobo, nuestro capitán, suelta una carcajada desde el sillón de enfrente, levantando su vaso de whisky de malta.
—Agradece que no te hayamos dejado elegir el sitio, Maxime. Si fuera por ti, mañana tendríamos a la mitad de la plantilla en las portadas de todos los panfletos de España, y el presidente nos estaría cortando la cabeza en el despacho de la Ciudad Deportiva. Esto es clase. Esto es... seguro.
—Esto es un funeral con puros caros —replico, llevándome el vaso a los labios. El líquido ámbar quema placenteramente al bajar por mi garganta.
—A mí me gusta —dice Raúl Castillo, acomodándose en su asiento y dando una calada a su habano—. Nadie nos molesta. No hay móviles grabándonos a escondidas. Podemos hablar sin tener que gritar por encima del reggaeton .
Miro a Toni. Es el Novio Número Uno. El centro de todo esto. Aunque su rostro rara vez muestra emociones extremas, noto que sus hombros están relajados. No hay cámaras acechando. No hay groupies intentando sacarle una foto para venderla. En este búnker de cuero y humo, Toni está a salvo.
Y si Toni está feliz, supongo que yo puedo soportar la falta de luces estroboscópicas.
—Admitamos que ha sido el mal menor —digo, alzando mi vaso en dirección a Toni—. Pero que conste en acta que mi idea del enano disfrazado de árbitro con una bandeja de chupitos era oro puro. Oro, Toni.
Toni niega con la cabeza, esbozando una media sonrisa.
—Alba te habría matado a ti, y luego me habría matado a mí por dejarte hacerlo. Y me gusta estar vivo. Me caso mañana.
Esa simple frase, Me caso mañana , flota en el aire pesado del club.
La mayoría de los chicos levantan sus vasos en un brindis silencioso.
Es una buena sensación. Una hermandad forjada a base de sudor, patadas en los tobillos, broncas del entrenador y la presión asfixiante de llevar el escudo del Hispania en el pecho.
Somos una familia extraña, disfuncional y millonaria, pero una familia al fin y al cabo.
Mi mirada se desvía hacia Iván. Aunque ha levantado el vaso junto con los demás, su sonrisa no llega a sus ojos.
Está sentado un poco más hundido en el sillón, con la mirada perdida en los cubitos de hielo que giran en su bebida.
Iván, el pulmón de nuestra banda derecha, el jugador que no da un balón por perdido ni aunque le cueste la rodilla, parece hoy un hombre al que le han vaciado los pulmones.
Dejo que la conversación general derive hacia el próximo partido de Copa Continental y me deslizo sutilmente hacia el asiento contiguo al de Iván.
Apoyo los codos en las rodillas y bajo el tono de voz, para que el sonido no pase de nosotros dos.
—Anímate, fiera —le murmuro—. Pareces el único aquí al que le han pitado un penalti en contra en el minuto noventa. Es una boda. Hay comida gratis.
Iván parpadea, sacudido de sus pensamientos, y me mira con una expresión de culpabilidad que me encoge el estómago.
—Lo sé, Max. Lo intento —su voz es apenas un rasgueo—. Y me alegro muchísimo por Toni, de verdad que sí. Es solo que... joder. Las bodas. El sí, quiero . Todo el mundo sonriendo, pensando que es para siempre. Cuando yo dije mis votos, te juro por Dios que me los creí. Pensé que era invencible.
Mierda. El divorcio.
A Iván lo acaba de dejar su mujer. Quince años juntos, desde que él estaba en la cantera y no era nadie. Y de repente, justo antes del tramo final de la Liga, ella recogió sus cosas y se marchó. El vacío que ha dejado en Iván se nota hasta en los entrenamientos.
Conozco esa mirada. Conozco ese dolor sordo, agudo y constante que te taladra el pecho cuando te das cuenta de que la persona por la que habrías puesto la mano en el fuego era precisamente la que sostenía la cerilla.
El instinto del vestuario me dicta soltar una broma.
Darle una palmada en la espalda, decirle que ahora es libre, que las madrileñas van a hacer cola en su puerta, que vamos a organizar una fiesta para celebrar su soltería.
Es lo que se espera de mí. Soy Maxime Diarra, el bufón oficial, el tipo que nunca se toma nada en serio.
Pero mirando los ojos derrotados de mi compañero, el bufón da un paso atrás.
—No eres el único que se los creyó, hermano —digo en voz baja, dándole un trago a mi whisky.
Iván enarca una ceja, incrédulo.
—¿Tú? ¿De qué hablas?
—Te sorprendería. —Miro fijamente el líquido ámbar, sintiendo cómo los fantasmas de hace cinco años se arremolinan en la habitación—. ¿Alguna vez te he contado la vez que casi me casé?
Iván suelta una risa corta y amarga.
—¿Qué pasa, fue en un pueblecito perdido en las montañas de Teruel con la hija de algún cabrero?
Niego con la cabeza, sonriendo, pero sintiendo la opresión familiar en la garganta.
—Frío, frío. Fue en mi primer año de profesional.
Tenía poco más de veinte años. Llevaba tres años con ella.
Estaba tan enamorado que no veía más allá de sus ojos.
Te lo juro, Iván, me habría tirado debajo de un tren por esa chica.
Teníamos fecha. Teníamos el banquete pagado, las invitaciones enviadas. Trescientos invitados. Todo perfecto.
El rostro de Iván cambia. La ironía desaparece, reemplazada por una sorpresa genuina.
—Hostia... No tenía ni idea, Max. ¿Qué pasó? ¿Te entró el pánico?
—No fui yo. Faltaban dos meses para la boda y lo cancelé todo.
Ella... —Hago una pausa, tragando saliva.
Incluso ahora, el recuerdo de Manon y su red de mentiras tiene el poder de envenenarme la sangre—.
Hizo algo imperdonable. Una traición de esas que te rompen los esquemas desde los cimientos.
Descubrí que la persona con la que iba a compartir mi vida era capaz de mirarme a la cara y mentirme sobre lo más sagrado.
Iván se queda en silencio, asimilando mis palabras. El humo de su puro asciende en lentas espirales hacia el techo oscuro.
—Joder, Max. Lo siento. De verdad. Siempre pensé que tú eras de los que nunca se ataban a nadie porque no te importaba.
—Es más fácil que la gente piense eso —admito, alzando los hombros en un gesto de indiferencia fingida—. Si te ven como el tipo que solo quiere divertirse, nadie busca las grietas.
Le doy una palmada en el hombro, un golpe firme y solidario.
—Lo que quiero decirte, Iván, es que esa mierda duele como si te arrancaran una pierna sin anestesia.
Sientes que no vas a respirar igual nunca más.
Pero se supera. Es como una lesión de ligamentos.
Tarda en curar, la rehabilitación es un infierno, pero un día te levantas y ya no cojeas.
Y, sinceramente, es mejor que se rompa antes, o ahora, a vivir una vida entera basada en una mentira.
Iván asiente lentamente, pareciendo absorber mis palabras.
—Gracias, hermano.
—Para eso estamos. Pero a Toni y a Alba no les va a pasar. —Señalo a Toni con la barbilla—. Esos dos son roca pura.
—Sí que lo son —coincide Iván, levantando su vaso en dirección a la pareja.
El ruido del club parece volver a subir de volumen de golpe. Lucas Lobo da un silbido fuerte.
—¡Eh, menos caras largas en el rincón! ¡Es una despedida, no el velatorio de mi abuela! —grita nuestro capitán.
Sonrío, poniéndome de pie y volviendo a mi papel de inmediato.