El futbolista y yo 1 La preparación de la boda perfecta #2
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1 La preparación de la boda perfecta #2

—Mi concepto de caos te hizo gritar mi nombre hace unos meses —responde, acercándose lo suficiente para que solo yo pueda escucharlo—. Y no sonabas muy preocupada por tu salud mental en ese momento.

Siento que el calor me sube por el cuello y me tiñe las mejillas de rojo.

—Eso... —silabeo, mirando nerviosamente alrededor para asegurarme de que mi familia está lejos— fue un error bajo presión. Y acordamos no hablar de ello.

— Tú acordaste no hablar de ello —me corrige con una sonrisa pícara, sus ojos devorando la línea de mi cuello—. Yo sigo esperando la segunda parte del partido.

—Pues vas a perder por incomparecencia del rival. —Doy un paso atrás, rompiendo la tensión física a la fuerza—. Si me disculpas, tengo que ir a comprobar que el maitre tiene claras las alergias de Iván Suárez. Compórtate. No quiero salidas de tono, ¿entendido?

Maxime se lleva dos dedos a la frente en un saludo militar improvisado.

—A sus órdenes, jefa.

Huyo hacia las cocinas antes de que pueda ver cómo me tiemblan las manos.

Este hombre es letal. Si no mantengo la distancia, va a desenterrar todas mis inseguridades y las va a envolver en un deseo tan fuerte que no podré pensar con claridad.

Necesito enfocarme. Quedan veinticuatro horas. Solo veinticuatro horas.

La cena comienza y, por un milagro atribuible al diseño de mi impecable seating plan , la primera hora transcurre sin incidentes.

Toni se ve relajado junto a Alba, algo raro en un hombre que suele llevar el peso de la "Exigencia de los Reyes" en sus hombros con estoicismo germánico.

Mi hermana le acaricia la mano bajo la mesa y él la mira con una devoción absoluta.

Forman una imagen perfecta de estabilidad, una seguridad emocional que me provoca una punzada de envidia que me niego a analizar.

Cerca del momento de los postres, llega la hora de los brindis. Mi hermano Sergio dice unas palabras breves y cordiales, y luego, el silencio recae sobre la mesa cuando Maxime se pone en pie.

Sostengo la respiración y aprieto los puños sobre mis rodillas.

Dios mío. Por favor, que no haga un chiste sobre vestuarios.

Que no saque a relucir ninguna anécdota bochornosa de la última concentración del equipo en Milán.

Le lanzo una mirada de advertencia, pero él ni siquiera me está mirando. Toda su atención está puesta en Toni.

—Buenas noches a todos —empieza Maxime, y su tono es sorprendentemente serio. No hay rastro del payaso extrovertido. Se abrocha el botón de la chaqueta del traje, un gesto de respeto genuino—. Para los que no me conocen, soy Maxime. Soy el que corre para recuperar los balones que Toni pierde.

La mesa entera se echa a reír, incluido Toni, que niega con la cabeza, sonriendo.

—Cuando Toni llegó al Real Hispania —continúa Maxime, paseando la mirada por la mesa—, era un chico alemán muy serio.

Una máquina. El metrónomo perfecto. Pero el fútbol en España, y en un club como este, te devora si estás solo.

Y Toni estaba solo. Su familia... bueno, la distancia a veces no se mide solo en kilómetros.

La atmósfera en el salón cambia sutilmente.

Observo a Toni; su mandíbula está tensa, pero sus ojos permanecen fijos en Maxime.

Sé por Alba lo mucho que le duele a Toni la ausencia de sus padres, una fractura fría y silenciosa cuyas razones nunca he llegado a comprender del todo, pero que lo dejó emocionalmente aislado en Madrid.

—Le costó entender que en este club el vestuario no es solo un lugar donde te cambias las botas.

Es tu trinchera. Y los que están a tu lado son tu sangre —Maxime levanta su copa de cristal—.

Y luego conoció a Alba. Y el metrónomo empezó un tempo siguiendo los latidos de su corazón.

Alba, le has dado un hogar a un hombre que pensaba que solo necesitaba un estadio. Le has dado una familia de verdad.

Maxime hace una señal a uno de los camareros, y una pantalla discreta desciende desde el techo en un lateral del salón.

—No quería hacer un brindis aburrido, así que preparé algo. Nada de neones rosas, lo prometo, Laurita —añade, lanzándome un guiño rápido antes de que las luces se atenúen.

Me quedo helada. No es un montaje de fotos vergonzosas de borracheras o fallos en el campo.

Es un vídeo exquisitamente editado. Muestra a Toni en sus primeros entrenamientos en la Ciudad Deportiva Valeriano, serio y solitario.

Luego, el vídeo avanza, mostrando momentos robados captados por teléfonos móviles: Toni e Iván Suárez riendo en un rondo; Lucas Lobo pasándole el brazo por el hombro tras ganar un derbi contra el Atlético Metropolitano; Maxime y Toni abrazándose en el césped, exhaustos pero victoriosos.

Y finalmente, fotos de Toni con Alba. Con nuestra familia.

En la barbacoa del domingo en casa de mis padres, Toni riendo mientras mi hermano Bruno intenta, sin éxito, enseñarle a cortar jamón.

El vídeo no es una burla. Es un testamento. Es Maxime demostrándole a Toni, frente a toda la familia Martín Soler, que aunque su familia alemana no esté aquí esta noche, él no está solo. Nunca más estará solo.

Cuando el vídeo termina y las luces vuelven a subir, hay un silencio espeso en la sala.

A Alba se le escapan unas lágrimas que se seca rápidamente con la servilleta.

Toni, el hombre de hielo, tiene los ojos vidriosos.

Se levanta, acorta la distancia y abraza a Maxime con una fuerza que trasciende la simple amistad. Es pura gratitud.

Yo me quedo petrificada en mi asiento, con la garganta apretada.

Observo a Maxime palmeando la espalda de Toni, restándole importancia al momento con una sonrisa cálida y protectora.

Mi escudo de cinismo se agrieta peligrosamente.

Yo creía que Maxime era solo un físico espectacular, un ego mediático y un bromista incapaz de tomarse nada en serio.

Pero lo que acaba de hacer... esa capacidad para leer la herida de su amigo y crear un puente emocional para sanarla, requería una empatía y una inteligencia emocional brutal.

Es peligroso. Mucho más peligroso que sus brazos fuertes o sus besos. Porque si Maxime Diarra no es solo un bufón, si en realidad es un hombre que protege a los suyos con esta ferocidad silenciosa... ¿qué defensa me queda contra él?

Sus ojos verdes encuentran los míos por encima del hombro de Toni. La diversión ha vuelto a ellos, pero ahora hay algo más. Una promesa. Una advertencia.

Trago saliva y aparto la mirada, concentrándome obsesivamente en el pliegue de la servilleta sobre mi regazo.

No puedo dejar que se acerque. Si lo dejo entrar, con su caos, su fama y esa ternura oculta, no solo pondré en riesgo la imagen de control que tanto me esfuerzo en proyectar ante mi madre.

Correré el riesgo de que, cuando inevitablemente me estrelle y fracase, él también esté ahí para verlo.

Y eso, sencillamente, no me lo puedo permitir.