El futbolista y yo
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1 La preparación de la boda perfecta
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Si hay algo que detesto más que perder el control, es la compasión en los ojos de mi madre.
El control, para mí, es un mecanismo de supervivencia.
Me gustan las listas. Me gustan las hojas de cálculo codificadas por colores.
Me gusta saber exactamente qué va a pasar en el minuto siguiente porque, históricamente, cuando dejo espacio a la improvisación, el resultado suele ser un desastre con mi nombre escrito en él: Laura Martín Soler.
En mi familia, todos tienen un rol definido.
Mi hermana Tamara es la perfección maternal; Sergio es el detective serio y responsable; Alba, mi otra hermana, es el refugio emocional de todos.
¿Y yo? Yo soy la veleta. La que empezó Historia del Arte y lo dejó porque las perspectivas laborales le daban ataques de pánico.
La que intentó montar un negocio de joyería que fracasó antes de vender el primer collar.
La niña voluble. La eterna becaria de la vida que necesita que papá y mamá le cubran las espaldas.
Por eso, cuando Alba anunció que se casaba, supe que esta era mi oportunidad. Iba a organizar la boda perfecta. Iba a demostrarles a todos que puedo empezar un proyecto, liderarlo bajo una presión asfixiante y cruzar la línea de meta sin tropezar.
Solo había un pequeño problema: mi futuro cuñado no era un oficinista de Chamberí. Era Toni Müller. El metrónomo, el cerebro y el mediocentro organizador del Real Hispania C. F.
Organizar una boda ya es estresante. Organizar la boda de uno de los jugadores de fútbol más famosos del mundo, esquivando a los paparazzi del corazón, firmando acuerdos de confidencialidad draconianos con los floristas y asegurándome de que ningún periodista deportivo se colase entre los canapés, era como desactivar una bomba nuclear con una pinza de depilar.
El estrés de las últimas doce semanas había sido tan abrumador que mis niveles de cortisol probablemente podrían haber alimentado la red eléctrica de todo Madrid.
Pero el verdadero detonante de mi caos no fueron los fotógrafos ni los contratos de confidencialidad. Fue un hombre de un metro noventa, hombros anchos como un acorazado y una sonrisa capaz de derretir el hielo polar.
Maxime Diarra.
Centrocampista del Real Hispania. El motor anímico del vestuario, el mejor amigo de Toni y el padrino de la boda.
Francés, mulato, con un cuerpo que parecía esculpido por un artista renacentista en un día de extrema inspiración y una personalidad que ocupaba todo el oxígeno de cualquier habitación en la que entrara.
Maxime era el caos encarnado. Ruidoso, irreverente, teatral y alérgico al famoso "Señorío" que el club exigía a sus jugadores.
Y yo me había acostado con él.
Cierro los ojos con fuerza cada vez que el recuerdo me asalta, pero la memoria física es una traidora.
Ocurrió hace unos meses, la noche en que el Real Hispania se clasificó para la final de la Copa Continental.
Fue un partido agónico en el Coliseo Blanco, una de esas legendarias Noches del Imperio donde la grada invoca el Espíritu de Valeriano y el equipo remonta en el minuto noventa.
El estadio era una caldera de locura. Yo estaba en el pasillo de los palcos VIP, lidiando con la lista de invitados para la fiesta posterior, con los nervios a flor de piel, sintiéndome pequeña e incompetente porque me temblaban las manos.
Y entonces apareció él. Maxime acababa de salir de la zona de vestuarios.
Llevaba el chándal blanco del club con la Cruz de Borgoña roja atravesándole el pecho, el pelo húmedo por la ducha y la adrenalina de la victoria irradiando de su piel como calor del asfalto en agosto.
Me vio estresada, hiperventilando junto a una puerta de servicio, y en lugar de soltar una de sus habituales bromas de doble sentido, su expresión cambió.
Me arrastró dentro de una pequeña sala de juntas cercana y vacía, lejos del ruido, de las cámaras y de la presión. Solo íbamos a respirar, me dijo. Solo iba a ayudarme a calmarme.
Pero el espacio era demasiado pequeño y él era demasiado grande.
Olía a gel de ducha caro y a pura electricidad masculina.
No recuerdo quién dio el primer paso, pero de repente sus manos estaban en mi cintura, mi espalda contra la pared y su boca devorando la mía con una urgencia que me hizo olvidar mi nombre, mis listas de tareas y mi complejo de fracasada.
Fue un torbellino de manos frenéticas, respiraciones entrecortadas y un deseo tan crudo que me aterrorizó.
Durante treinta minutos, no fui la hermana menor que lo arruina todo.
Fui el centro absoluto del universo de Maxime Diarra.
Me dio orgasmos que me dejaron viendo estrellas, me susurró cosas en francés contra el cuello que me hicieron temblar y me hizo sentir poderosa.
Y al día siguiente, cuando recuperé la cordura, me di cuenta del monumental error que había cometido.
Si mi familia se enteraba de que me había liado con el mejor amigo y compañero de equipo del futuro marido de mi hermana, me colgarían la etiqueta de groupie inestable más rápido de lo que Toni tarda en dar un pase al hueco.
Lo que me faltaba. Además, Maxime representaba todo lo que yo no podía permitirme: descontrol, fama mediática y decisiones impulsivas.
Así que lo clasifiqué como un error. Un desliz propiciado por la dopamina y el estrés.
Levanté mis defensas, afilé mi sarcasmo y le dejé claro que no volvería a repetirse.
Por supuesto, Maxime no compartía mi visión. Para él, mi resistencia era solo el saque de inicio de un partido que estaba dispuesto a ganar.
Y bueno, aquí estoy ahora.
El exclusivo restaurante del Paseo de la Castellana zumba con el suave murmullo de conversaciones educadas y el tintineo de copas de cristal. Las vistas de la noche madrileña, con sus rascacielos iluminados, sirven de telón de fondo perfecto para la cena de ensayo.
Me acerco a la mesa principal y ajusto milimétricamente un cuchillo de mantequilla.
Compruebo las tarjetas de asiento por cuarta vez.
El protocolo mantiene la armonía: la familia de Alba en un extremo, los compañeros del Real Hispania en otro, asegurándome de que Lucas Lobo, el estricto capitán del equipo, esté lo suficientemente lejos de cualquier barra libre para que no tenga que ejercer de niñera.
Todo fluye con la elegancia que exigía el club y la discreción que Toni necesitaba.
—Sigo sin creérmelo, Laurita —dice una voz a mis espaldas.
Me tenso de inmediato. Me giro y me encuentro con mi madre, Carmen. Lleva un vestido azul marino impecable y sostiene una copa de cava con la elegancia propia de una matriarca acostumbrada a tener siempre la razón.
—¿El qué, mamá? —pregunto, forzando una sonrisa neutra.
—Todo esto. —Hace un gesto amplio que abarca los centros de mesa florales, la iluminación tenue y el servicio impecable—. Está precioso. Elegante. Me sorprende lo bien que te ha quedado, de verdad. No pensé que aguantarías la presión sin... ya sabes.
Sin tirar la toalla. Sin abandonar. Las palabras no dichas cuelgan entre nosotras, pesadas y tóxicas.
—Gracias, mamá —respondo, tragándome el nudo de frustración que amenaza con cerrarme la garganta—. He trabajado muy duro.
—Y se nota, mi amor. Nos tienes a todos sorprendidos.
Ese es el problema. Mi éxito es una sorpresa.
Mi fracaso es la expectativa. Asiento y me giro hacia las minutas de los menús, fingiendo revisar un detalle en la tipografía para no tener que mirarla.
Carmen me da una palmadita afectuosa en el hombro y se aleja para saludar a Tamara, que acaba de llegar pareciendo sacada de la portada de Vogue Madres .
Intento respirar. Inhalo contando hasta cuatro. Exhalo. Soy una profesional. Mañana a estas horas, la boda habrá terminado, Alba y Toni estarán casados, y yo podré...
— ¡Magnifique, jefa! Pero te ha faltado algo esencial.
La voz profunda, retumbante y cargada de un ligero y exótico acento francés hace que mi corazón dé un salto completamente involuntario y traicionero.
Me giro despacio. Maxime Diarra está de pie a menos de medio metro de mí.
Lleva un traje negro hecho a medida que abraza cada línea de su atlético cuerpo con una precisión letal.
La camisa blanca está ligeramente desabrochada en el cuello, sin corbata, proyectando esa mezcla exacta de elegancia de élite y arrogancia desenfadada.
El carísimo reloj en su muñeca capta la luz del salón, pero lo único en lo que puedo fijarme es en la intensidad de sus ojos verdes mirándome con diversión.
—No me llames jefa —replico al instante, cruzándome de brazos como si eso pudiera crear una barrera física entre nosotros—. Y no falta nada. El salón está perfecto.
Maxime chasquea la lengua y niega con la cabeza, acercándose un paso más. Su colonia —un aroma amaderado, limpio y muy masculino— invade mi espacio personal.
—Falta la escultura de hielo con la Cruz de Borgoña que te sugerí —dice, fingiendo gravedad—. Y los cañones de confeti. Y el letrero de neón rosa que dijera "Tonalba forever". Te lo envié por WhatsApp. Varias veces.
—Lo ignoré. Varias veces. —Lo miro con frialdad—. Maxime, esto es una cena de ensayo elegante. No es la inauguración de una discoteca en Ibiza. Toni es una persona reservada. Si le pongo un letrero de neón con el nombre "Tonalba", probablemente cancele la boda y se vuelva a Múnich.
Maxime suelta una carcajada, un sonido rico y contagioso que hace que un par de cabezas se giren en nuestra dirección.
—Eres demasiado estricta, mon amour —murmura, bajando la voz hasta convertirla en un ronroneo que me pone la piel de gallina—. El control te queda muy sexy, no lo niego, pero de vez en cuando hace falta un poco de caos.
—Tu concepto de caos es un riesgo para mi salud mental.