El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 36
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Joanie

Maddie Strong está apoyada contra la pared del recibidor, respirando con dificultad, con las mejillas encendidas por el frío del exterior y los ojos brillando como dos ascuas.

Mi cerebro analítico, el que habitualmente clasifica constantes vitales y mide parámetros científicos, se apaga en el preciso instante en que me acorrala contra el marco de madera.

—Poco te ha durado la compostura, Blake —murmura contra mi oreja, deslizando la punta de la nariz por mi cuello en un roce que me eriza hasta el último poro de la piel.

—Agradéceselo a tus métodos poco ortodoxos, Strong —respondo con un hilo de voz.

No pierdo el tiempo. Mis dedos, torpes por la prisa y la electricidad que nos recorre, buscan su chaqueta de cuero. La piel de su cazadora cae al suelo, seguida de inmediato por parte de mi ropa.

—¿Te molesta el vestuario? —se burla entre besos, atrapando mi labio inferior con una mordida juguetona que me hace dar un respingo. Sus brazos me rodean la cintura, pegándome tanto a ella que apenas hay aire entre las dos.

—Me molesta cualquier cosa que no seas tú ahora mismo —confieso, perdiendo el control y agarrándola de la ropa para arrastrarla en un beso hambriento, fiero y profundo.

Maddie suelta un suspiro entre mis labios que suena a victoria.

Nos desplazamos a tropezones hacia el centro del salón, impulsadas por el impulso ciego del deseo.

Mi bota tropieza con la alfombra y ambas soltamos una pequeña carcajada entre beso y beso, pero la risa se evapora cuando la ato con la mirada y la empujo con decisión hacia el sofá.

Ella cae de espaldas con esa gracia indomable que la caracteriza, mirándome de arriba abajo mientras se quita las botas y las lanza sin contemplaciones.

—Mírate, Joanie Blake… —musita Maddie, apoyándose sobre los codos mientras yo me coloco de rodillas entre sus piernas. Su mirada recorre el mapa de mi cuerpo con una devoción y un descaro que consiguen acelerar mi pulso de nuevo. —Parece que la chica sensata ha decidido romper el contrato.

—Ese maldito contrato nunca tuvo cláusulas para lo que me haces sentir, Strong —le espeto, bajando las manos por sus caderas, sintiendo la firmeza de sus músculos marcados.

Le quito la camiseta rápido. La luz dora la piel de sus hombros, dibujando sombras sensuales en su abdomen. Paso la palma de la mano sobre sus costillas, registrando la agitación desenfrenada de sus pulmones, y cómo el pulso se le dispara bajo mis dedos.

—Estás temblando —susurro cerca de su comisura, provocándola.

—Es el frío, Blake, no te lo tengas tan creído —miente con una sonrisa pícara, aunque se le corta la respiración en cuanto mi boca desciende por la curva de su cuello hasta la clavícula.

—Claro, el viento… —me burlo justo antes de succionar la piel justo encima de la lencería, sacándole un jadeo ahogado que hace vibrar todo mi pecho.

Maddie pasa sus dedos por mi pelo, enredándolos con fuerza, tirando ligeramente hacia atrás para obligarme a mirarla.

Sus ojos están desbordados de pasión. El tira y afloja juguetón se transforma en una urgencia desmedida.

Mis manos buscan el botón de sus pantalones mientras ella se deshace los míos.

Nos despojamos de la tela sobrante entre roces desesperados, hasta que las prendas terminan tiradas por cualquier parte.

Mi piel caliente busca la suya, y Maddie curva la espalda hacia arriba en busca de mi fricción.

—Eres increíble, ¿lo sabes? —murmura Maddie, acunando mi rostro entre sus manos.

Me besa con una intensidad que me deshace por dentro.

Sus pulgares me acarician los pómulos antes de que sus manos vuelvan a descender por mi espalda, recorriendo la curva de mis caderas y apretándome con fuerza contra ella.

—Menos cháchara y más acción —protesto, perdiendo el juicio de nuevo.

Maddie sonríe contra mi garganta y me da la vuelta con un movimiento ágil y rápido, quedando ella sobre mí en el sofá.

Su melena despeinada cae como una cortina a los lados de mi rostro, aislándonos por completo del universo.

La fricción directa de nuestros cuerpos desnudos despierta una oleada de calor que me recorre desde la punta de los pies hasta el último pensamiento consciente.

Sus dedos bajan lentamente por mi vientre, trazando un camino de fuego hasta el centro mismo de mi deseo. Un gemido claro y alto se me escapa cuando me toca por primera vez. Estoy completamente húmeda, esperándola.

—Maddie… —suplico.

—Dime, Joanie… —responde ella, bajando la voz hasta convertirla en un susurro grave y raspado cerca de mi oído—. Dilo otra vez.

—Te quiero… y te necesito ahora mismo —confieso.

Sus dedos comienzan a moverse con un ritmo preciso y experto, conociendo cada punto exacto para llevarme al límite.

Me arqueo, aferrándome a sus hombros, clavando mis uñas en su piel mientras el calor y el ritmo de sus caricias me empujan hacia el abismo.

Maddie no me da tregua; aumenta la intensidad, acompañando el movimiento con besos húmedos en mi pecho y susurros picantes que me vuelven loca.

—Eres mía, Blake. Ya no hay marcha atrás —me dice cerca del cuello.

—Tuya… absolutamente tuya —logro articular justo antes de que la corriente eléctrica se vuelva insoportable.

El orgasmo me alcanza con una violencia hermosa y descontrolada. Los espasmos me recorren entera mientras mi cuerpo se estremece. Suelto un grito ahogado contra el hombro de Maddie mientras ella sostiene mi cadera para prolongar cada segundo.

Maddie aprovecha para buscar su propia satisfacción.

Me acomodo sin perder un segundo, y deslizo mi mano entre sus piernas para encontrarla mojada e hinchada.

Sus gemidos rotos se estrellan en mi boca en cada beso que le devuelvo con ansia y ella me busca de nuevo, penetrándome sin pensárselo ni un segundo más.

Se aferra a mí con fuerza hasta que su cuerpo se tensa y explota en un orgasmo increíble, soltando un gemido largo y rasgado que termina de desaparecer en mi boca.

Maddie apoya la frente contra mi hombro, respirando hondo, mientras sus manos acarician mis costados lentamente.

—Definitivamente… —musita Maddie entre risas ahogadas, besando la piel de mi hombro—, … me gusta mucho tenerte sin la ropa de trabajo.

Sonrío, enredando mis dedos en su pelo revuelto.

—No te acostumbres, que mañana hay que revisar el ganado al amanecer y tú me vas a ayudar —respondo con ternura, volviendo a buscar sus labios—. A partir de ahora, trabajaremos juntas mucho más.

—Y yo estaré más que encantada, Joanie Blake.