35
Maddie
—¿Ya has hecho las maletas?
La pregunta de Agnes me recibe incluso antes de que el aroma a café logre escapar por la rendija de la puerta.
Sostengo el casco bajo el brazo contra la cadera.
El amanecer acaba de teñir de un tono rojizo los tejados ondulados de Willow Creek, y el pueblo despierta con ese letargo que me resulta reconfortante.
Levanto la vista hacia el porche. Agnes está con los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula apretada. Expulso el aire en un suspiro cansado.
—Yo no soy la mala de la película, Agnes.
Ella deja ir un resoplido mientras da un paso hacia el borde de las tablas de madera.
—Eso no te corresponde decidirlo a ti.
—Pues para tu información… —Sujeto el casco con más fuerza, intentando contener el cansancio que me nubla la mente tras una noche en blanco—, no me voy a ninguna parte. La cabezota de tu hija se negó en redondo a escucharme ayer.
La mención explícita a Joanie provoca que Agnes arquee una ceja con autoridad. Aunque Joanie no lleve su apellido, el vínculo entre ellas no entiende de formalidades legales.
—Acláramelo.
Echo un vistazo al entorno. Mi idea inicial no era rendir cuentas aquí; necesitaba encontrar a Joanie, ver la luz en sus ojos, explicarle que el contrato de Brisbane está cancelado y que la farsa ha muerto para dar paso a lo único real que he sentido en años.
Pero la vida parece disfrutar interponiendo barreras.
—Rechacé la oferta. No voy a incorporarme a ningún centro ecuestre ni a dirigir holdings internacionales.
La expresión de Agnes sufre una ligera variación.
—He pasado toda la noche en vela cruzando llamadas con el bufete de abogados. Mi madre dejó preparado todo el papeleo legal de las tierras y yo solo he tenido que firmar la cesión para poder hacer la ampliación de Birdsong Hills. Tal y como Darana y yo teníamos pensado.
La tensión en sus hombros afloja un milímetro.
—Quería darle la sorpresa a Joanie. Pero no hay manera de que me responda.
Agnes aguarda unos segundos antes de disparar:
—No entiendo de qué te sorprendes.
Tiene razón. ¿Qué esperaba? ¿Que tras el desastre me recibiera con un abrazo en la entrada? Me paso una mano por la nuca, frotándome los músculos agarrotados.
—Supongo que tenía la esperanza de que confiara un poco más en lo que hemos construido.
—La confianza no se regala en una rifa, Maddison.
Asiento en silencio.
—Lo sé.
—Y fuiste tú quien la hizo pedazos.
Agnes se apoya contra el marco de la puerta, observándome con minuciosidad.
—Mira… no pienso formar parte del enredo que os habéis montado entre las dos. —Niega con la cabeza—. Sigo pensando que poneros a jugar a las novias de mentira ha sido una imprudencia monumental.
Ahí no hay debate posible. Eso debo de admitirlo.
—Pero hay algo que no admite discusión. —Se me acerca un paso más, clavándome una mirada penetrante—. Joanie lleva enamorada de ti desde hace muchísimo más tiempo del que te imaginas. Y no voy a quedarme de brazos cruzados por volver a romperle el…
—Yo también estoy enamorada de ella.
Agnes me analiza como si tuviera delante a un ente desconocido.
—¿Cómo has dicho?
Trago saliva, sosteniéndole la mirada sin dar un paso atrás.
—Que estoy enamorada de Joanie. Y probablemente sea la primera vez que sé exactamente lo que quiero sin tener que fingir un papel.
Agnes afloja los brazos lentamente.
—Pues has tardado un siglo.
Guardamos silencio unos instantes mientras el viento agita el follaje, y unos segundos después Agnes esboza una sonrisa.
—Jonathan habría disfrutado de lo lindo viéndote igual de obstinada que él.
El recuerdo de mi padre trae de nuevo un cosquilleo en el estómago.
—Ojalá me hubiera pillado con esta versión más asentada.
—Te garantizo que lo está viendo, y sonriendo por ver cómo has madurado. —Agnes me dedica una sonrisa—. En fin. Joanie se ha ido pronto a Birdsong Hills. Tenía que hacer unas rondas antes de iniciar las visitas a los vecinos.
—Gracias, Agnes.
Doy media vuelta para descender los escalones del porche, pero me freno en seco. Regreso dos pasos, y ella me observa con varias arrugas de desconcierto en la frente.
—¿Qué haces?
Sin darle margen a reaccionar, me inclino y le dejo un beso rápido en la mejilla.
—Largo de mi porche, Maddison Strong.
—A sus órdenes.
Bajo los tres peldaños de un salto. Me encajo el casco, me acomodo sobre el asiento y el motor responde enseguida. Engrano la marcha, y echo una última ojeada a la casa. Agnes continúa en la entrada, observando mi salida sin gestos de despedida, pero con la mirada fija en mi trayectoria.
El polvo rojizo se eleva tras la rueda trasera formando una estela densa que el viento de cara dispersa con rapidez.
A los lados, la panorámica mantiene su sobriedad habitual: hectáreas de pasto, vegetación baja adaptada a la aridez del terreno y la silueta inconfundible de los eucaliptos dibujando el horizonte bajo un silencio majestuoso.
Sin embargo, yo no soy la misma que recorría este camino semanas atrás.
Anoche daba por perdido todo lo que me importaba.
Ahora me dirijo hacia el único lugar donde encajo.
Hacia ella. «Yo también estoy enamorada de ella».
Haberlo verbalizado borra cualquier rendija de huida.
Me he cansado de atrincherarme en la suficiencia, de fingir que la soledad es una elección inteligente o de adelantarme a la despedida antes de que me hagan daño.
Antes de convertirme en mi madre tras perder al amor de su vida.
La realidad es que Joanie se ha vuelto indispensable en mi día a día. Tenía razón al reprocharme mi coraza. La palabra amor es imponente, pero describe exactamente lo que siento.
Acelero al divisar la entrada de madera de Birdsong Hills. Mi hogar. Nuestro territorio. Al cruzar el acceso principal, los ladridos preceden a la bienvenida. Antes de detener por completo la moto, Canela y Pecas ya vienen derrapando sobre la tierra. Detrás de ellas, Angus avanza a la carrera.
—Mírate, siempre en pleno espectáculo.
El burro rebuzna, sacudiendo las orejas. Las perras frenan a mi altura. Me ven dudar, pero el recelo anterior ha desaparecido. Me agacho para responder a sus embestidas afectuosas, frotándoles el lomo con una risa genuina que no me reconocía desde hace días.
—¡AQUÍ AHORA MISMO, LAS DOS!
La voz, rotunda y familiar, detiene el movimiento. Las perras giran la cabeza hacia Joanie, aunque Pecas me da un último empujón con el hocico antes de trotar hacia ella.
Y ahí está. Pantalón vaquero gastado, camiseta de trabajo y el pelo sujeto de cualquier manera.
Tras sus pasos aparece Darana secándose las manos. Al percatarse de mi presencia, entorna los ojos.
—¿Alguien me explica qué ocurre? Me acaban de llamar del registro y…
—Sí, las tierras no se venden. Mi madre ha retirado la oferta del mercado. Y yo me quedo gestionándolas aquí.
Todo se queda en silencio. Angus continúa mascando con parsimonia a pocos metros.
—¿Maddie…?
Miro a Joanie a los ojos.
—Mi vida no está en una oficina de Brisbane. He rechazado el contrato. Por primera vez en mi vida he tomado una decisión acertada. Mi sitio está aquí, en Birdsong Hills.
A Joanie se le escurre el estetoscopio de los dedos, y el gesto me saca una sonrisa involuntaria.
Darana carraspea, dando un paso atrás.
—Creo que mi presencia aquí sobra.
Al volver a centrarme en Joanie, la encuentro quieta, procesando el giro de los acontecimientos. Me acerco despacio, midiendo la distancia para no invadir su espacio de forma agresiva.
—Joanie…
Ella alza el rostro. Hay una tormenta contenida en su mirada: recelo, cansancio y esa chispa de esperanza que intenta sofocar por prudencia.
Extiendo las manos hacia ella. Tras un instante de duda, me permite tomar las suyas.
—Sé que te he hecho daño —susurro, sosteniendo la presión de sus manos—. Y no voy a inventar excusas piadosas porque no hay justificación que borre el desorden que te he provocado todo este tiempo. Monté este teatro para salvar las tierras, pero jamás pude prever lo que ocurriría a continuación.
Una lágrima pugna por salir de sus ojos.
—Maddie…
—Tú has sido mi mentira más sincera, Joanie Blake.
La lágrima termina por rodar por su mejilla.
—Y no tengo la menor intención de renunciar a lo que ha derivado de ella. —Dejo escapar una risa nerviosa—. Resulta que soy una actriz pésima cuando los sentimientos son de verdad.
Un conato de sonrisa asoma en la comisura de sus labios, dándome el oxígeno que necesito para continuar.
—Quiero todo esto, los grupos de turismo, las rutas a caballo, las mañanas de polvo y la fatiga al cerrar el día. Quiero a estas dos perras, y quiero lidiar con Angus —añado, mirando de reojo al burro.
Él emite un rebuzno prolongado en respuesta.
—Queda registrado su visto bueno —comento.
Joanie se ríe abiertamente, y recupero su mirada por completo.
—Te quiero, Joanie. Te quiero cuando me analizas. Te quiero cuando me discutes. Te quiero cuando te desvives por los animales del pueblo sin pedir nada a cambio. Te quiero porque a tu lado me olvido del personaje de Maddie Strong, la que no concede una derrota.
Le acerco las manos unidas hacia mi pecho, apoyándolas sobre el latido firme de mi corazón.
—Contigo no necesito defensas. Y soy consciente del trabajo que tengo por delante. Sé que las palabras no reparan la confianza de la noche a la mañana y que tendré que ganarme el crédito de nuevo. Pero si me das la oportunidad, pienso dedicar cada día a demostrártelo.
El viento de la mañana le mueve un mechón de pelo sobre la frente. La observo con una serenidad inédita en mí. El burro vuelve a emitir su rebuzno característico. Ambas nos echamos a reír al mismo tiempo.
—Y contigo —susurro, acortando el último margen—. Siempre contigo.
Le acaricio el dorso de las manos con los pulgares, sintiendo el calor de su piel.
—Te quiero. Y esta vez no hay ninguna cláusula falsa. Es lo más real que he sentido en mi vida.
Joanie entrelaza sus dedos con los míos, apretándolos con la misma fuerza contenida que lleva días guardándose en la garganta. Deja escapar una respiración entrecortada, pero sus ojos, brillantes y fijos en los míos, ya no albergan ni un solo matiz de duda.
—Más te vale, Strong —responde, con una pequeña sonrisa temblorosa pero cargada de esa ironía suave que me vuelve loca—. Porque como me salgas con otra cláusula de letra pequeña, te juro que te las verás conmigo —bromea—. Yo también te quiero.
Sin darme tiempo a réplica, reduce la distancia que nos separa.
Me rodea el cuello con un brazo, tirando de mí hacia abajo hasta que sus labios encuentran los míos en un beso hambriento, cálido y firme.
Un beso que sabe a tregua, a café matutino y al polvo del Outback, pero sobre todo a una verdad sin trampas ni cartón.
Deslizo mis manos por su cintura para pegarla del todo a mi cuerpo, respondiendo al choque con una intensidad que borra de un plumazo cualquier contrato, farsa o miedo del pasado.