El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 34
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Joanie

Me apoyo en el respaldo de la silla y doy un sorbo largo a mi botellín de cerveza.

Desde que Christian echó el cierre hace media hora, el local ha mutado a una especie de refugio improvisado.

Ya no tintinean las tazas en la barra ni suena el trasiego de los vecinos y viajeros que paran a tomar algo antes de enfilar la carretera hacia la otra parte del Outback.

Solo quedamos nosotras cuatro, rodeadas por la melodía que mana del altavoz del fondo.

Lily es la última en incorporarse al grupo, arrastrando una bandeja repleta de empanadas de carne crujientes que deja caer en el centro de la mesa.

—Para que nadie se quede con hambre —anuncia, limpiándose las manos en el delantal con una sonrisa triunfante.

Camila se echa a reír, resoplando mientras se acaricia el abdomen por encima del chaleco.

—Madre mía Lily, ¿de verdad pretendes que devoremos todo esto? —le pregunta; sus ojos recorren la bandeja con los ojos bien abiertos.

—Pues sí, sois mis personas favoritas en el mundo. Y os lo merecéis —replica Lily, sujetando una de las empanadas.

Darana niega con la cabeza, aunque el amago de una sonrisa acaba traicionándola.

—Definitivamente, a estas alturas ya nadie puede dudar de tu vocación.

Lily se yergue henchida de orgullo justo antes de darle un mordisco. Apenas pasan unos segundos cuando Darana apoya su vaso sobre la mesa y me observa en silencio.

—No me gusta tener que decir esto, pero…

—Sí, ya lo sé… me lo advertiste —la atajo, mientras muevo el cristal de mi botella sobre el posavasos.

Ella expulsa el aire con lentitud, teñida de cierta compasión.

—Te prometo que habría preferido equivocarme.

—Eso también lo sé —murmuro, bajando la vista hacia la etiqueta mojada—. Y créeme…. yo habría dado cualquier cosa porque estuvieras equivocada.

Lily se queda a medio camino con la comida, parpadea y nos apunta alternativamente con un dedo.

—A ver, un momento. Creo que me he perdido un capítulo entero de este culebrón. ¿Me podéis poner al día?

Camila se acomoda hacia atrás, cruza los brazos sobre el pecho y deja escapar un largo suspiro de resignación.

—Joanie y Maddie no estaban juntas de verdad.

Lily pestañea desorientada.

—¿Cómo dices?

—Fue un montaje. Una estrategia que se sacaron de la manga para evitar que Victoria vendiera las tierras colindantes de Birdsong Hills —aclara Camila.

Durante unos instantes el único sonido en la sala es el murmullo bajo de la música. Lily se queda completamente estática, con la boca abierta.

—¿Qué…? —logra muscular, atónita.

Me paso los dedos por las sienes, frotándome en un intento por frenar la cascada de recuerdos que amenaza con desbordarme.

—Y al final, lo único que he conseguido es que juegue conmigo y me engañe —digo, notando cómo la amargura me raspa la garganta—. Me convenció de algo que jamás existió. O al menos, no con la verdad que yo creía estar poniendo encima de la mesa.

Lily sigue sin reaccionar. Da un bocado mecánico, mastica con lentitud, le da un trago a su bebida, se limpia los labios y termina encogiéndose de hombros con pasmosa tranquilidad.

—Pues qué queréis que os diga, yo no vi a nadie actuando. La forma en la que siempre te buscaba con la mirada… Eso no se ensaya en un guion —comenta, y después levanta las manos en gesto defensivo—. Seré una romántica empedernida, no me escondo —admite.

Darana deja escapar un bufido divertido por la nariz.

—Tú ves demasiadas series románticas, Lily. Y eso te altera la percepción de la realidad.

—Pues sí —asiente ella sin el menor remordimiento, elevando su botella en un brindis improvisado—.

Y sigo manteniendo la fe en que un día conoceré el amor de mi vida, después de que haya pedido hablar con la chef porque uno de mis platos le ha fascinado.

Y lo hará con banda sonora de country alternativo, faltaría más.

Camila estalla en una carcajada que rompe de golpe el hielo de la estancia.

Darana la sigue al instante. Yo intento contener la mueca, pero el alivio me gana la partida y termino soltando una risa franca y espontánea.

Hacía días que no sentía esa liberación en el pecho, ese pequeño paréntesis en el luto emocional que llevo a cuestas.

—Estás desquiciada —le digo, negando con la cabeza.

—Muchísimo —remata Camila, todavía riéndose.

—Pero decidme que no tengo razón —insiste Lily, señalándome esta vez con el dedo índice—. Estabais demasiado compenetradas para que todo fuera un decorado. ¿Me vas a decir que eso también era parte del contrato, Blake?

El eco de las risas se extingue gradualmente. La pregunta se queda suspendida sobre la mesa como un mapa de verdades que nadie se atreve a desdoblar. Ninguna dice nada. Porque la realidad es incuestionable: la química con Maddie no era un simulacro, ni mucho menos.

Camila da un trago a su cerveza, seleccionando las palabras.

—El detonante fue una mentira, sí. Pero los sentimientos no siguen órdenes. A veces las ficciones terminan atrapando a los propios mentirosos.

Miro hacia el ventanal que da a la calle.

Fuera, la noche del Outback se despliega en su inmensidad.

Las farolas amarillentas iluminan la calzada solitaria por la que cruza un todoterreno a poca velocidad.

La vida sigue su curso habitual mientras la mía parece haberse quedado atascada en un bucle del que no sé salir.

—Da igual —murmuro y me encojo de hombros—. Se acabó. No hay vuelta atrás.

Darana se inclina hacia mí sobre la mesa, buscando mi mirada con serenidad.

—¿De verdad estás convencida de eso?

—Necesito convencerme de ello —murmuro y trago saliva—. Porque si me permito volver a pensar en lo que vivimos… en fin, no sé ni qué pensar.

Lily deja la servilleta sobre la mesa y se frota las palmas de las manos.

—¿Queréis saber lo que opino yo? —interrumpe.

Las tres nos giramos hacia ella.

—Maddie Strong será todo lo testaruda y caótica que queráis. Un auténtico huracán emocional sin manual de instrucciones…, pero cuando esa mujer estaba contigo, Joanie, el resto del mapa dejaba de existir —sentencia Lily—. No hay actriz en este país capaz de impostar eso.

Siento una punzada en el estómago.

—Sabe fingir extraordinariamente bien —respondo, y le doy un sorbo a la cerveza—. Me hizo creer que podíamos tener algo real. Y ahora solo me queda lidiar con el vacío.

El silencio vuelve a instalarse. Al menos, hasta que Darana redirige el curso de la conversación.

—En cualquier caso, es una lástima.

La miro, frunciendo el ceño.

—¿El qué?

—Que ya no vaya a estar por aquí —explica, ajustándose el cuello de la camisa—.

Los caballos están adaptados a su forma de trabajar.

Y Angus ni siquiera se molesta en asomar el hocico por las caballerizas si no reconoce su voz.

Ahora me va a costar encontrar a alguien con su sensibilidad para el manejo de los caballos durante los entrenamientos y las rutas.

—Por mi culpa has terminado con un problema mayor —le digo a Darana.

—Oye —me corta ella—. Ni se te ocurra entrar por ahí. Nada de esto es culpa tuya.

—Pero…

—Sin peros —insiste, cubriendo mi mano con la suya—. Las decisiones las tomó Maddie. Las presiones las puso Victoria. Tú te limitaste a abrirte y sentir.

Camila asiente, ofreciéndome una sonrisa reconfortante.

—Sentir nunca es malo. Pero mereces a alguien que no dude, sin estrategias ni giros de guion.

Se me hace un nudo en la garganta. Las miro a las tres, sintiendo una corriente de gratitud que me recompone por dentro.

—Gracias. En serio. No sé cómo habría gestionado esto sin vosotras. Teneros cerca es lo único que me mantiene con los pies en la tierra.

Lily esboza una sonrisa.

—No te pases, que guardo un as en la manga. Todavía queda el postre. Y he preparado una receta específica para subir los niveles de serotonina de esta mesa.

Volvemos a reír. Cruzamos bromas sobre las pruebas fallidas de Lily con varios ingredientes locales y las anécdotas de Camila guiando a turistas despistados por las rutas del valle.

—Un brindis —propone Darana, alzando su botellín de cerveza—. Por el nuevo rumbo de Birdsong Hills.

Camila hace chocar la suya.

—Porque Lily nos va a tener con sobrepeso a base de alta cocina.

Lily suma su botella.

—Y porque Angus va a seguir creyéndose el pura sangre del valle y nadie va a sacarlo de ahí.

La risa generalizada vuelve a resonar en el local. Chocamos los cristales. Cierro los ojos un par de segundos, fijando este instante exacto en la memoria.

Ojalá pudiera congelar el tiempo aquí. En esta mesa. Sin la sombra de Maddie. Sin despedidas pendientes. Solo la calidez de esta comunidad que lleva siendo toda la vida mi verdadera red de seguridad.

· · ·

Una hora más tarde…

—Creo… —habla Lily, tambaleándose mientras intenta mantener el equilibrio—, …que hemos superado la dosis diaria recomendada de alcohol.

—Habla por ti —replica Camila, haciendo el ademán de ponerse de pie. Aguanta exactamente dos segundos antes de volverse a caer sobre la silla—. De acuerdo… puede que tengas razón.

Darana se echa a reír con tanta gana que termina contagiándonos el ataque de risa a todas.

—¡A la calle las cuatro! —grita Lily.

Nos calzamos las chaquetas entre tropiezos y risas. A mí se me queda atascada la manga izquierda de mi cazadora. Camila acude en mi ayuda, pero termina metiendo la mano en mi bolsillo delantero por error.

—Somos un desastre —murmuro, riéndome de nuestra torpeza.

Al salir, el cielo del Outback se despliega sobre nosotras como una lona inmensa cuajada de constelaciones nítidas.

Las luces de los faroles dibujan sombras cálidas sobre la calle principal mientras algunos vecinos caminan tranquilamente de regreso a sus casas.

De La Espuela de Plata sale un grupo de visitantes comentando la noche, acompañados por el vapor que desprende su aliento en el aire frío.

Lily inhala una bocanada profunda de aire.

—¡Que noche tan espectacular! —exclama, abriendo los brazos—. ¡Y qué bien me sienta la libertad!

Sin previo aviso, arranca a cantar a pleno pulmón. Desafinando con un entusiasmo devastador.

— Country rooooads …

Camila se golpea la frente con la mano.

—Por favor, no…

— To the plaaaaace ! —prosigue Lily, venida arriba.

Darana se parte de la risa.

—No le sigáis el juego, por favor —nos pide.

Pero llega tarde. Lily me engancha del brazo derecho. Camila lo hace del izquierdo.

—¡Todas juntas!

Y antes de que mi sentido común pueda objetar nada, terminamos avanzando por el centro de la calzada desafinando. Un matrimonio que cruza por la acera se frena a mirarnos y estalla en carcajadas.

Lily da una pirueta sobre las botas.

—¡Formación!

—¿Qué demonios estás haciendo? —pregunto entre la risa y el pánico.

—Solo déjate llevar —responde con una sonrisa diabólica.

Lily empieza a marcar los pasos de una coreografía absurda: taconazo a la derecha, taconazo a la izquierda, giro completo y palmada al aire. Darana amaga con plantarse.

—Yo no voy a hacer el ridículo de esta manera en mitad del pueblo.

Pero a los cinco segundos está marcando el taconazo con más ímpetu que nadie.

Camila se suma de inmediato improvisando giros exagerados.

Y yo intento salvar un mínimo de dignidad, aunque el intento fracasa estrepitosamente.

Las cuatro acabamos bailando en mitad de la calle principal ante la mirada divertidísima de los vecinos.

Alguien aplaude desde el porche del pub. Luego se suma otro vecino. Y en cuestión de segundos, la calle entera nos regala una ovación al terminar la última nota.

Hago una reverencia teatral hacia el público.

—Gracias. Gracias. Gracias.

Lily alza los puños como si estuviera cerrando un concierto multitudinario.

—¡Buenas noches, Willow Creek! ¡Mañana repetimos!

Las risas de la gente vuelven a resonar. Y yo no puedo evitar sentir que todavía puedo tener el control de las cosas. Aunque solo sea por este instante.