El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 33
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Maddie

Atravesar Willow Creek con el corazón hecho unos zorros es muy distinto a hacerlo con mi arrogancia de siempre.

No miro el paisaje del Outback que se extiende a los lados del asfalto ni los escaparates de las tiendas por las que tantas veces he paseado con una sonrisa.

Ni siquiera hago caso a los vecinos que me saludan.

Solo veo una y otra vez la expresión de Joanie cuando me ha soltado que todo había terminado entre nosotras.

Jamás la había visto mirarme así. No estaba furiosa, ni siquiera decepcionada. Estaba vacía. Y eso es lo peor de todo.

Hundo el pie en el acelerador durante minutos, hasta que el enorme caserón de mi madre aparece al final del camino. Salgo del vehículo y cruzo el porche con zancadas largas y decididas.

—¡Mamá! —bramo en cuanto entro.

La encuentro en el salón, flanqueada por varias maletas, carpetas de piel, un ordenador portátil y varios archivadores sobre la mesa.

Dos mozos de cuadra y empleados entran y salen cargando varias cajas mientras ella revisa unos balances financieros como si el mundo entero girara únicamente alrededor de sus dividendos.

Y cuando siente que ya puede prestarme atención, cierra una carpeta azul y la deja sobre una pila.

—Has vuelto antes de lo que esperaba —comenta con parsimonia.

La rabia me estalla en el pecho como una tormenta del desierto. Avanzo hacia ella a grandes pasos, plantándole cara con los puños apretados a los costados.

—Nunca pensé que fueras a ser tan rastrera y ruin —escupo, clavándole la mirada.

Uno de los operarios capta la tensión y comprende que sobran en este lugar.

Le da un toque en el hombro al otro con disimulo y ambos desaparecen por la puerta lateral, entornándola tras de sí sin hacer el menor ruido.

Mi madre espera a que el silencio vuelva a adueñarse de la estancia.

Solo entonces se recoloca la ropa y cruza las piernas con una elegancia insultante.

—Ni yo que tú fueras tan infantil, Maddison.

Suelto una carcajada, cargada de incredulidad, y recorto la distancia entre las dos apoyando las manos sobre el borde de la mesa, obligándola a mirarme.

—¿Infantil? ¿A ti te parece normal meterle una puñalada trapera a tu propia hija y soltarle a Joanie punto por punto lo que he estado haciendo?

Ella entrelaza los dedos sobre su regazo, analizándome con esa mirada fría y calculadora que tantas veces he intentado emular sin éxito.

—Elegiste ocultarle la verdad a la mujer de la que dices estar enamorada. ¿Qué esperabas que ocurriera, Maddison? ¿Que el problema se arreglara solo?

—¡Quería protegerla, maldita sea! —exclamo, perdiendo los papeles.

—No —rebate ella con voz gélida—. Lo hiciste porque una vez más, jugaste a ser la amazona indomable que toma el control de las riendas sin consultar a su compañera, como si Joanie fuera incapaz de manejar la verdad a tu lado.

La miro fijamente, estupefacta por la facilidad pasmosa con la que le da la vuelta a la tortilla, transformando mis buenas intenciones en un juego retorcido y sucio.

—No tienes la más mínima autoridad para hablar de nosotras. No tienes ni idea de lo que hay entre Joanie y yo.

—Tengo toda la autoridad del mundo —suelta mi madre, levantándose del asiento—. Porque si algo he aprendido al frente de corporaciones ganaderas durante treinta años es que los secretos en los balances terminan por quebrar la empresa. Y esta mentira te ha estallado de lleno en los morros, Maddison.

—No sabes absolutamente nada de lo que siento por ella.

Joanie no es una filial de la empresa, mamá.

Es la mujer que ha conseguido que mande a paseo mis ganas de estar siempre huyendo y echar raíces en Birdsong Hills.

Es la que me hace reír a carcajadas con sus comentarios científicos, la que me mira como si yo fuera alguien que merece la pena a pesar de mi historial de desastres.

—Sé bastante más de lo que tu orgullo te permite ver —continúa ella, rodeando la mesa con pasos medidos.

—¿Ah, sí? —Mi voz truena en las cuatro paredes del salón—. ¡Pues explícamelo! ¿Por qué demonios tuviste que ir a contarle las cosas? ¿Qué ganabas tú metiendo las narices en mi vida? ¿Destruir lo único real y bonito que he tenido nunca?

—Porque tarde o temprano la verdad iba a salir a la luz —responde inmutable.

—¡Una mierda! —grito, dando media vuelta sobre mí misma—. ¿Sabes lo que has provocado? Has conseguido que crea que solo la he estado utilizando para pasar el invierno mientras organizaba mi huida a la gran ciudad.

Un nudo ardiente me atenaza la garganta. Siento que las lágrimas amenazan con desbordarse, pero me trago el llanto por orgullo. No voy a romperme delante de ella. Jamás.

—Creo que todavía no eres consciente de lo que has hecho —me espeta mi madre.

Levanto la barbilla con rabia y la clavo en sus ojos, sosteniéndole el pulso visual sin pestañear.

—Claro que sí. Seguir mi corazón. —Mi voz deja de temblar de golpe porque nunca he estado tan jodidamente segura de algo en toda mi vida—.

Puede que esas diecisiete hectáreas no signifiquen nada para tu imperio.

Puede que mañana decidas vender el terreno al mejor postor y te quedes tan ancha.

Puede que Birdsong Hills solo sea una cruz más en el mapa de tus propiedades.

Pero mi corazón... —Respiro hondo, forzando los pulmones para calmar el torbellino que me ruge dentro—.

Mi corazón y mi alma se quedan en ese suelo rojo.

Con Trueno galopando por las pistas de arena, con Angus y las payasadas de burro viejo que siempre consiguen sacarme una sonrisa cuando tengo el día torcido.

Con los niños que vienen a las rutas turísticas y me miran como si fuera su heroína.

Con Darana y su lealtad inquebrantable. Con Ricky y su maldito humor.

Con Lily y el resto de la panda de La Espuela de Plata, que me han demostrado que una familia no se mide por la sangre, sino por quién se queda contigo cuando cae el diluvio.

La emoción me obliga a frenar en seco. Trago saliva con dificultad, notando el pecho en carne viva.

—Y por encima de todo está Joanie —continúo—. Esa veterinaria cabezota que me planta cara y me hace sentir viva de una manera que ninguna mujer había logrado jamás. No voy a perderla, mamá. Y mucho menos por tu culpa.

Mi madre me sostiene la mirada sin parpadear, pero por primera vez detecto un sutilísimo parpadeo en sus ojos de hielo.

—Mi trabajo con los caballos está allí. Mi vida entera está allí.

Todo lo que quiero y me importa está allí —sentencio, señalando la puerta principal con un gesto cargado de furia contenida—.

Y grábate esto a fuego, mamá: esto no te lo voy a perdonar en la vida.

Birdsong Hills va a salir adelante y a mantener su producción y turismo aunque intentes devorarnos.

Lo juro por papá. Por todo lo que él defendía en este maldito pueblo.

Me quedo quieta, esperando la réplica mordaz por su parte, el enésimo latigazo despectivo o una lección de macroeconomía disfrazada de consejo.

Sin embargo, ocurre algo que me descoloca.

Los labios de mi madre se curvan en una sonrisa pequeñísima, con una melancolía extraña y una pizca de tristeza que jamás le había visto en toda mi vida.

Niega con la cabeza muy despacio, como si estuviera viendo un fantasma de su pasado.

—Te pareces tanto a él... —murmura.

Frunzo el ceño, completamente descolocada por el cambio de tercio.

—¿Qué?

Da un paso hacia mí, acortando la distancia.

—Cuando tu padre decidió quedarse en Willow Creek y rechazar la oferta de la capital, todo el mundo en el sector le dijo que estaba loco.

Que desperdiciaba su talento. Que jamás entendería cómo funcionaban las grandes ligas de los negocios.

Yo misma se lo repetí hasta la saciedad, una noche tras otra —hace una pausa larga, desviando los ojos hacia los grandes ventanales—.

Y él se me plantó delante y me soltó exactamente el mismo discurso que acabas de escupirme tú.

Que el corazón tenía sus propias deudas.

La observo con la boca abierta, incapaz de procesar que estemos hablando del mismo hombre y de la misma mujer de hierro que tengo enfrente.

—No sé ni qué decir a eso —admito, dejando caer los hombros mientras la hostilidad se evapora un poco.

Ella esboza una mueca que casi parece una sonrisa nostálgica, aunque la calidez no llega a rozar sus pupilas.

—Lo sé, Maddison.

—No, no tienes ni idea —sacudo la cabeza con vehemencia, negándome a que lo simplifique—.

No sabes lo que se siente al estar bajo tu lupa constante.

Has dinamitado lo mejor que me había pasado en años.

Joanie confiaba en mí. Me dejó entrar en su vida después de que la hubieran hecho pedazos en el pasado, y ahora...

ahora me ha cerrado la puerta en las narices como si yo fuera una farsante de mierda.

—Me trae sin cuidado que me odies con todas tus fuerzas ahora mismo, Maddison —suelta ella, recuperando esa compostura férrea que tanto me desespera—.

Pero al menos he conseguido que dejes de ser una veleta y tengas un maldito propósito en la vida.

Ya no te veo dando tumbos de hacienda en hacienda porque no querías estar solo en Birdsong Hills, ni cambiando de cama cada fin de semana.

Me quedo petrificada en el sitio, encajando el golpe de sus palabras.

—¿Te ha hecho falta urdir toda esta mierda solo para darte cuenta de eso?

Mi madre se da la vuelta hacia la mesa y recoge su bolso de marca.

—Joder, es que no entiendo a lo que estás jugando, mamá.

Deja escapar un suspiro largo, delatando que ella también está exhausta de esto.

—Esas tierras de la discordia son tuyas, Maddison. Para siempre.

El mundo entero parece frenar su rotación.

—¿Qué has dicho? —susurro, necesitando que lo repita para asegurarme de que no estoy alucinando.

—Que no se las voy a vender a nadie. Solo necesitaba comprobar si realmente estabas dispuesta a sacar las garras y defender lo que decías amar. Exactamente igual que hizo tu padre conmigo hace tres décadas.

Siento que las piernas me tiemblan tanto que estoy a punto de acabar en el suelo. Ella me dedica una mirada donde se mezcla el orgullo y una extraña melancolía.

—Jonathan jamás dio un brazo a torcer. Ni conmigo, ni con el potencial de Willow Creek, ni con la cría o con sus diferentes negocios. Y tú tienes la misma casta que él.

Me llevo las manos a las sienes para intentar quitarme la presión.

—Reconozco que jugar la carta de Joanie no estuvo bien —admite, clavando sus ojos en los míos sin pestañear—.

Debí haber mantenido las distancias. Pero consideré que una relación que pretendía ser real no podía florecer rodeada de estrategias ocultas.

Aunque mis formas no han sido las más adecuadas, lo admito.

Asiento muy despacio. La rabia sigue quemando en mi interior, no nos engañemos, pero ya no es ese fuego incontrolable. Se han abierto grietas por las que empieza a entrar una lucidez aplastante.

Mi madre da un paso al frente y amaga con alargar la mano. Dudo un segundo, pero finalmente me dejo arrastrar hacia ella. Me rodea con los brazos un instante y me planta un beso en la frente. Hace tantos años que no lo hace así.

—Espero que tengas la valentía de arreglar el desastre con esa chica —dice, y su voz suena más cercana y humana que nunca—.

Joanie Blake tiene pinta de ser una mujer de armas tomar.

Pero hasta las mujeres más fuertes necesitan escuchar verdades claras y ver que la persona que tienen enfrente tiene el valor de pedir perdón sin escudarse en el orgullo.

Mamás se gira hacia el equipaje y abrocha la última cremallera de la maleta de viaje.

—Yo me marcho una temporada a Brisbane para supervisar la integración del nuevo departamento ecuestre del holding y reorganizar varias explotaciones ganaderas en el norte de Queensland.

Me vendrá bien poner tierra de por medio y salir de este pueblo.

—Se coloca la cazadora de ante con elegancia—.

Birdsong Hills ya no necesita que yo mueva los hilos desde la sombra, Maddison.

Te necesita a ti al frente de esas tierras.

Camina decidida hacia el vestíbulo. Yo me quedo clavada en mitad del salón, con el cerebro revolucionado a mil por hora. Justo antes de atravesar el umbral, se detiene y me dedica una última mirada.

—No eches a perder lo que tu padre habría dado la vida por mantener a salvo, vaquera. Ni a la mujer que ha logrado que dejes de esconderte detrás de esa fachada de chica indomable y solitaria. Lucha por ella como Jonathan luchó por mí. Con todo lo que tengas.

Y dicho esto, sus pasos se alejan por el pasillo. La puerta principal se cierra. Y por primera vez en toda mi existencia... este caserón me parece jodidamente inmenso. Vacío. Silencioso.

Me quedo varios minutos clavada en el mismo trozo de parqué, mirando el hueco de la puerta sin mover un solo músculo, permitiendo que las palabras de mi madre bajen hasta lo más profundo de mi orgullo.

Entonces bajo la vista y me miro las manos.

Se acabaron las excusas baratas. Se acabaron los secretos y las mentiras piadosas.

Solo quedamos una mujer a la que he herido en lo más profundo y yo, dispuesta a partirme la cara por conseguir otra oportunidad…