32
Maddie
La gravilla cruje bajo las ruedas mientras atravieso la entrada principal de Birdsong Hills.
El polvo rojizo se levanta detrás del todoterreno formando una nube que el viento arrastra hacia los eucaliptos.
Apago el motor durante unos segundos antes de bajar, y me quedo con las manos apoyadas sobre el volante, dejando que el ronroneo muera por completo.
Ha merecido la pena. Brisbane ha sido agotador, pero también el paso definitivo para dejar claro lo que quiero hacer.
La reunión con el holding agropecuario y legal de mi madre ha salido exactamente como necesitaba.
He tenido que tragar saliva y comerme mis propios nervios, pero al menos, es el primer paso para conseguir el objetivo: salvar las tierras que asegurará la extensión de Birdsong Hills tal y como Darana y yo planeamos hace unos meses.
También he aprovechado las horas libres para visitar a un criador especializado cerca de Toowoomba y he reservado varios potros jóvenes y yeguas de la línea Australian Stock Horse; animales equilibrados, inteligentes y con una resistencia perfecta para las nuevas rutas turísticas que se van a diseñar.
Cojo la mochila del asiento del copiloto y bajo del coche de un salto. El aire fresco y cortante me azota la cara, trayendo el olor limpio a eucalipto, a heno y a la tierra húmeda del Outback. Por fin estoy en casa.
Apenas doy tres pasos hacia el patio principal cuando veo a Ricky salir del almacén cargando varias cajas de herramientas.
—¡Ramírez! —le llamo, clavando los ojos en él con una sonrisa de oreja a oreja.
Ricky levanta la cabeza de golpe. Durante un instante creo que va a soltar una de sus puyas habituales. Pero no lo hace. A cambio, su expresión se vuelve rígida.
—Has vuelto —dice, con un tono plano y neutro que me escama al instante.
Frunzo el ceño, acortando la distancia entre los dos.
—Pues claro que he vuelto. ¿Qué cara es esa? Parece que hayas visto a un fantasma.
—Nada —responde él, desviando los ojos demasiado rápido hacia los corrales.
—Ricky —insisto, plantándome justo delante de él y cruzándome de brazos—. A mí no me la das. Vamos, suéltalo. ¿Ha pasado algo con el ganado o con las obras en el pueblo mientras estaba fuera?
Él baja la vista, soltando un suspiro. Ricky se muerde el labio inferior, evitando por completo mi mirada.
—En fin, ¿está Joanie por aquí? —pregunto, cambiando de tercio.
Él tarda un mundo en responder.
—Está en los corrales de aclimatación.
—Perfecto —comento, dando media vuelta dispuesta a echar a andar hacia allí.
—Aunque dudo mucho que quiera dirigirte la palabra, Strong —suelta él a mis espaldas.
Me detengo en seco, como si me hubieran pegado un tiro. Siento un impacto helado justo en mitad del pecho. Me giro muy despacio, con el pulso empezando a desbocarse dentro de mí.
—¿Qué demonios significa eso, Ricky?
Él suspira de nuevo. Esta vez, mirándome con auténtica lástima.
—Ya lo sabrás.
No le digo nada más. Echo a caminar a zancadas hacia la zona de los corrales traseros, con el corazón perdiendo el control absoluto de mis acciones.
Al doblar la esquina de las caballerizas, Angus aparece trotando a su aire con una enorme manzana entre los dientes.
El burro rebuzna orgulloso, agitando las orejas como si acabara de ganar el premio a mejor animal de compañía en todo el Outback.
—Quita, gordinflón… —murmuro, dándole un par de caricias antes de seguir mi camino.
Joanie sale del cobertizo sosteniendo a un pequeño pollito amarillo entre sus manos.
Lleva el pelo en un recogido deshecho del que se escapan varios mechones, las botas cubiertas de barro y la chaqueta de trabajo abierta.
Al verla, todo el viaje a Brisbane se borra de mi mente.
Solo existe ella, su figura recortada contra la luz cruda del invierno, y esos gestos que llevan mucho tiempo volviéndome loca.
—Joanie.
Ella levanta la cabeza de golpe al escuchar mi voz. El impacto de sus ojos clavándose en los míos me deja sin aire, porque veo una frialdad y un escudo de hielo que me sorprende.
—Necesito hablar contigo —digo, deteniéndome a un par de metros.
Ella baja la vista un segundo, acariciando con el dedo índice el plumón del pollito, antes de volver a mirarme.
—No necesito que me expliques nada.
—Joanie, por favor, escúchame solo dos minutos. No es lo que crees.
—Tu madre ya se encargó de ponernos al corriente —responde, y su voz suena completamente plana y controlada. Como si estuviera leyendo un informe clínico en lugar de hablar con la mujer a la que supuestamente quiere.
Ese «ponernos» me cae encima, y antes de que pueda defenderme o preguntarle a quien se refiere, Luke aparece desde el pasillo de los establos cargando un saco de mezcla mineral sobre el hombro.
Al verme se tensa, reduce el ritmo y deja caer el saco junto a la valla.
No dice una sola palabra, pero su postura protectora y su maldita lealtad silenciosa hacen que se me revuelva el estómago por culpa de la frustración.
Levanto ambas manos, en un gesto de tregua.
—Puedo explicártelo todo, Joanie.
Ella niega con la cabeza, y el movimiento hace que un mechón de pelo roce la línea de su mandíbula.
—No hay nada que explicar.
—¡Claro que sí! Hay un mundo entero que no sabes —insisto, dando un paso decidido hacia adelante, ignorando la mirada de aviso de Luke.
—¿Para qué, Maddie? —replica ella, dando un paso idéntico hacia atrás para mantener la distancia conmigo—. No me hacen falta más versiones de tus historias. Creí que por una vez… que esta farsa que nos habíamos montado se había convertido en algo de verdad.
—Es que es de verdad, joder. Claro que lo es.
—No, no es así —insiste ella, y sus ojos se clavan en mí como si fueran dos cuchillos—. Siempre has dejado claro que te encanta jugar con ventaja. Es tu especialidad. Te has acercado a mí, me has hecho confiar y creer que estarías conmigo al cien por cien, y en cuanto me he descuidado…
—Joanie, escúchame… —le pido.
—Y sí, yo tengo la culpa por aceptar el trato —continúa ella, mirando fijamente al pollito, que emite un piído débil entre sus dedos—.
Por ser una necia que pensó que después de todo lo que hemos pasado, tendrías la decencia de ser sincera conmigo.
Pero está claro que me equivoqué. Lo que no alcanzo a entender…
—Vuelve a levantar la cabeza, y su mirada es un muro infranqueable—, …
es cómo he sido tan estúpida de volver a caer en tus redes.
Quiero acortar la distancia, agarrarla por los hombros y besarla hasta que se nos olvide todo, pero su lenguaje corporal me frena.
—No era un juego —le aseguro otra vez, sintiendo una presión brutal en el pecho—. Jamás ha sido un juego contigo, Joanie. Lo que siento cuando estoy a tu lado es lo más real que he tenido en mi puñetera vida.
—¿Segura? —Su boca se curva en una mueca amarga—.
Te acostaste conmigo, me aseguraste que estabas cansada de huir y de ser una cobarde, me dejaste creer que te importaba el futuro de nosotras en este lugar…
mientras negociabas a mis espaldas tu marcha a Brisbane.
¿Tienes idea de cómo me sentí cuando tu madre nos lo dijo y también que te marchabas en dos días?
—¡Que las cosas no son así, maldita sea! —Mi grito resuena con tanta fuerza en el patio que hasta Angus deja de masticar y levanta las orejas con curiosidad.
Joanie se me queda mirando durante unos segundos eternos, analizando mi arranque con frialdad.
—Entonces... ¿por qué no tuviste los ovarios de decírmelo a la cara? ¿Por qué dejaste que me enterara por ella? Después de todo lo que ha pasado entre nosotras, ¿ni siquiera merecía tu confianza?
Me quedo completamente muda. El maldito silencio se me atraganta en la garganta. Y ella lo interpreta de la peor manera posible.
—Eso es todo lo que necesitaba saber —asiente.
Aprieto los puños a ambos lados, conteniendo las ganas de mandar todo al demonio.
—Espera Jo…
—No. Tú y yo hemos terminado de jugar a las mentiras, y con todo lo demás.
El pollito vuelve a piar entre sus manos. Joanie lo recoloca con un mimo y me da la espalda. Durante un microsegundo albergo la estúpida esperanza de que se vuelva, de que dude. Pero a cambio, empieza a alejarse de mí
De repente, Birdsong Hills se vuelve un lugar completamente hostil y ajeno.
El aire al anochecer menea las copas de los eucaliptos.
Ricky baja la cabeza, visiblemente incómodo, y se mete en el almacén sin decir palabra.
Luke me dedica una última mirada antes de dar media vuelta y seguir los pasos de Joanie.
Me quedo completamente sola en mitad del patio, con una sensación de fracaso quemándome el pecho.
Angus se acerca despacio, arrastrando los cascos por la grava, y me apoya el hocico húmedo sobre el muslo con un resoplido bajo, como si el maldito burro fuera el único en todo el estado que entiende que acabo de cagarla hasta el fondo a pesar de haber buscado lo mejor para Birdsong Hills.
Le acaricio el pelaje basto entre las orejas.
—La he fastidiado bien, pero bien… —susurro con la voz rota.
El burro vuelve a resoplar, apartando la cabeza.
Cierro los ojos, tragándome el nudo de la garganta. Ni de coña esto va a terminar así. Voy hacia el vehículo, lanzo la mochila al asiento del copiloto y me subo de un salto. Me abrocho el cinturón, meto la llave y arranco el motor.
Las ruedas traseras derrapan en la grava, levantando una polvareda tremenda mientras enfilo el camino de salida hacia el pueblo. Las lágrimas me nublan la vista, pero me las limpio con el dorso de la mano antes de que se atrevan a caer.
—Maldita sea… —murmuro entre dientes, pisando el acelerador a fondo mientras el coche devora la pista de tierra—. Esto no se va a quedar así.