El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 31
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Joanie

El trabajo tiene una extraña capacidad para silenciar el ruido de la cabeza.

Aunque lo cierto es que ya no necesito preguntarme si lo que siento por Maddie es correspondido o no.

Lo veo en la forma en que me recorre con la mirada, en esos pequeños gestos que antes escondía detrás de una sonrisa burlona y que ahora se le escapan solitos.

Y, aun así… las dudas siempre son capaces de atacarte en cuanto te quedas a solas.

Hace un día y medio que no la he visto, porque supuestamente está investigando varios criadores de caballos para las futuras ampliaciones.

Con las nuevas licencias aprobadas, Darana no ha parado ni un minuto y tiene a todo el mundo corriendo.

Yo misma llevo dos días sin soltar la libreta clínica, revisando las instalaciones actuales, tomando notas, valorando el estrés por transporte que puede provocar el traslado del ganado y preparando protocolos para minimizarlo.

—¿Crees que aguantarán bien el cambio? —me pregunta Ethan, apoyándose en el poste.

Me quito el bolígrafo de la boca, levanto la vista y lo miro fijamente, agradeciendo la distracción que supone su voz.

—Si hacemos el traslado de forma paulatina, sí —le aseguro, echando un vistazo a nuestro alrededor—. Lo vital es que no pierdan las referencias del grupo. Las moveremos en pequeños lotes. Así evitamos que los animales se estresen.

—Menos mal que te tenemos para pensar en todo —responde él, regañándome con una sonrisa sincera y quitándose el sombrero para sacudirle el polvo.

Mientras tanto, Kira vacía un cubo de agua en los bebederos de las gallinas y los tres compartimos un rato de charlas y conversación maravillosa.

Cuando termina la mañana y el hambre empieza a apretar, Luke aparece con la vieja camioneta. Asoma un brazo por la ventanilla bajada y me saluda con un par de toques al claxon.

—¿Lista para la acción, Blake? —Asiento con la cabeza mientras cierro el maletín veterinario—. Bert necesita varios sacos de pienso prensado antes de esta tarde y Darana me ha pedido que aprovechemos el viaje para recoger la carga.

Subo al asiento del copiloto de un salto, coloco el maletín entre las piernas y cierro la puerta con un suspiro.

Durante los primeros metros apenas cruzamos palabra.

El paisaje del Outback desfila a ambos lados de la ventanilla, hermoso y crudo.

Los eucaliptos proyectan sombras alargadas sobre la tierra roja.

—Cada vez me gusta más este maldito secarral —suelta Luke de pronto, sin apartar los ojos de la carretera.

Sonrío levemente, apoyando la mejilla en el cristal.

—Eso es porque todavía no te ha tocado perseguir a caballo un novillo que se ha escapado durante cuatro horas en mitad de la nada. Mucha suerte estás teniendo.

—Dame tiempo —responde él riendo, acomodándose en el asiento—. Seguro que pronto me estrenas en esa experiencia inolvidable.

Al llegar al pequeño polígono agrícola situado a las afueras del pueblo vecino, descargamos primero unas cajas de vacunas y medicamentos que yo había encargado para la clínica.

Después, caminamos juntos hasta el enorme almacén de suministros ganaderos.

El aroma a cereal, heno cortado y melaza inunda el ambiente; un olor reconfortante, denso y familiar que me relaja al instante.

Uno de los operarios ya tiene listos nuestros palés.

—Buenos días, Joanie. Puntual como siempre —me saluda Steve, el encargado.

—Hola, Steve. ¿Nos lo habéis preparado todo? —le pregunto, sacando un bolígrafo del bolsillo de la camisa.

Mientras Luke revisa los conceptos de la factura, yo repaso visualmente la carga para comprobar que todo coincida.

Estoy a punto de estampar mi firma en el albarán cuando la puerta se abre de nuevo y veo a Victoria Strong. Parece un espectro de la alta sociedad completamente ajeno al polvo, al viento del sur y al olor a estiércol y cereal. Como si perteneciera a otra dimensión.

Luke es el primero en reaccionar, enderezando la espalda.

—Buenos días, señora Strong.

Ella nos dedica una mirada fugaz, gélida y analítica. Primero a él; después a mí. Sus ojos recorren nuestras botas sucias, y los pantalones desgastados por el trabajo. Finalmente, inclina la cabeza un milímetro.

—Buenos días.

Doy por hecho que seguirá de largo, pero no es mi día de suerte. Sus ojos idénticos a los de Maddie, se clavan en los míos. Y entonces sonríe. Es una sonrisa tan sumamente ensayada y matemática que me pone los pelos de punta.

—Me alegra enormemente comprobar que, al final, Maddie y yo hemos conseguido llegar a un entendimiento.

Mi corazón se detiene un instante antes de dar un vuelco violento. Frunzo el ceño, sintiendo una punzada de alarma que me recorre el cuerpo con una descarga.

—¿Perdón?

Ella mantiene exactamente la misma compostura imperturbable.

—Debo admitir que en su momento nunca di un duro por la viabilidad de Birdsong Hills. Sin embargo, mi querido Jonathan… que en paz descanse… siempre insistía que ese lugar terminaría teniendo muchísimo más valor estratégico del que yo era capaz de ver.

Hace una pausa dramática, clavando sus pupilas en mí.

—Al final… parece que mi esposo tenía razón.

Pero yo ya no la estoy escuchando. Levanto la vista hacia Victoria, y noto cómo se me seca la garganta.

—¿A qué acuerdo se refiere exactamente, señora Strong?

La mujer alza una ceja con fingida sorpresa.

—¿Es que mi hija no te ha dicho nada?

El estómago se me contrae. A mi lado, Luke deja caer despacio el último saco de pienso que sostenía.

—¿Decirme qué? —pregunto. Temo que lo que va a salir de esa boca no vaya gustarme nada.

Victoria dibuja una línea mínima con los labios.

—Vaya. Y yo que pensaba que estabais… enamoradas.

La palabra «enamoradas» resuena falsa. Luke carraspea a mi lado, visiblemente incómodo, mientras el aire se me atasca en la garganta.

Victoria continúa su discurso con una tranquilidad insultante:

—Mi hija está ahora mismo en Brisbane —suelta—. Está firmando su incorporación como directora ejecutiva del departamento ecuestre de Southern Horizon Holdings. Es uno de los consorcios de turismo y desarrollo agropecuario más potentes del estado de Queensland en estos momentos.

Se toma un segundo para mirarme las manos temblorosas antes de rematar la jugada:

—Gestionará en exclusividad desde la sede central todos los proyectos de cría y entrenamiento de caballos.

La corporación tiene complejos ecuestres de primer nivel repartidos por toda Australia y parte del extranjero.

Es una oportunidad de oro para alguien con la ambición de Maddie.

Una responsabilidad inmensa, un salario excelente con acciones de la compañía y posibilidades reales de expansión en los circuitos europeos.

Me quedo petrificada, congelada en el sitio. El ruido de una carretilla se convierte en un zumbido lejano.

—Pero…

Victoria sonríe con una condescendencia insufrible.

—Tranquila, supervisará desde allí las tierras de Birdsong Hills y lo que quiera hacer con ese terreno. En un par de días tendrá todo cerrado y se marchará a Brisbane.

Esa última frase termina de reventar algo vital en mi pecho.

No puede ser verdad. Hace apenas dos noches me estrechaba contra su cuerpo con desesperación, con sus labios húmedos recorriendo mi cuello y susurrándome promesas que me hicieron temblar.

¿Y durante todo ese puto tiempo tenía ya el contrato en la mano?

Victoria examina mi rostro descompuesto durante un largo e incómodo silencio. Satisfecha con el destrozo emocional, asiente despacio.

—En fin —dice, consultando su reloj de pulsera—. Ha sido un verdadero placer saludaros, chicos. Que tengáis buen día.

Luke hace un ademán con la cabeza. Yo sigo clavada al suelo, incapaz de articular palabra o mover un solo músculo. Victoria se da la vuelta sobre sus talones.

—Espero que la distancia no os afecte, Joanie. Las relaciones kilométricas suelen ser… complejas y abocadas al fracaso, ¿verdad?

Intento responderle, pero no puedo. De repente, empiezo a notar un pitido agudo dentro de las orejas.

—Joanie, mírame —repite Luke, colocándose delante de mí.

Intento fijar la mirada en él, pero todo mi entorno empieza a girar a una velocidad vertiginosa.

—No…

Luke reacciona rápido y me sujeta con fuerza por los brazos antes de que termine estampada contra el suelo.

—No… no puede haber hecho esto…

· · ·

En lugar de tomar la pista de regreso a la hacienda, Luke conduce directo hacia el núcleo urbano de Willow Creek.

Cinco minutos después, frena en seco frente a El Colibrí.

El local está desierto a estas horas. En menos de dos minutos, Christian nos ofrece dos tazas de café humeante y nos deja solos.

Yo ni siquiera toco la porcelana. Me limito a rodear la taza con las palmas de las manos, buscando de forma desesperada algo de calor que mitigue el hielo que se me ha instalado en los huesos. Luke rompe el denso silencio.

—Joanie… lo siento de verdad.

Sacudo la cabeza despacio, clavando la mirada en el café negro.

—No digas nada.

Él suelta un suspiro largo y remueve su taza con la cucharilla sin llegar a dar un sorbo.

—Creo que deberías hablar con ella antes de darlo todo por perdido. Maddie tiene muchos defectos, pero no me parece el tipo de persona que cometería una canallada de este calibre sin una razón de peso detrás.

Entonces levanto la cabeza y lo miro directamente a los ojos.

—¿Y qué maldita razón de peso lo justificaría, Luke? Dime una sola explicación que tenga un mínimo de sentido común.

Él se queda mudo, buscando argumentos en el aire y no encontrando ninguno. Luke baja la vista hacia la mesa.

—No tengo ni idea, Joanie.

—¿Sabes qué es lo que más me jode? Que no haya tenido el valor de contármelo. Si me lo hubiera dicho a la cara, al menos… lo habría entendido.

Las lágrimas me queman los párpados, acumulándose con fuerza, pero aprieto los dientes y me niego en redondo a dejarlas caer. Luke desliza con delicadeza una servilleta de papel hacia mis manos.

—Búscala, Joanie. No te quedes con la duda devorándote. No permitas no escuchar su versión.

Esbozo una sonrisa, pero es una mueca cargada de amargura y cinismo, una sonrisa que no reconozco en mí misma.

—Siempre hay una versión y una excusa maravillosa para los mentirosos, ¿verdad?

Giro la cabeza para mirar a través del ventanal de la cafetería.

El cielo del Outback sigue mostrando ese azul limpio e imperturbable de hace una hora.

Los vecinos continúan caminando por la acera, entrando y saliendo de las tiendas, completamente ajenos al cataclismo que acaba de ocurrir en mi vida.

El mundo no se detiene porque a ti te rompan el corazón.

Aprieto la taza, pero el calor del café apenas consigue atravesar la barrera de hielo que se ha instalado definitivamente en mi interior.

Y ahora, empiezo a preguntarme si Maddie, en el fondo, nunca dejó de hacer lo que mejor se le da.

Huir como una cobarde y marcharse sin mirar atrás.