El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 30
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Maddie

El bullicio del desayuno empieza a dispersarse en cuanto todos se levantan de la mesa para retomar sus tareas diarias.

La emoción por la noticia que ha dado Darana aún flota en el aire, pero la presión que yo siento me sigue pesando muchísimo.

Necesito aire. Necesito escapar de este escrutinio antes de que alguien más note que mi sonrisa es teatro puro.

Aprovecho un descuido generalizado para escaquearme. Pero Joanie, que no pierde un solo detalle de mis movimientos, tarda exactamente tres segundos en seguirme.

El viento me da de lleno nada más cruzar el porche, despejándome a medias la cabeza. Camino hacia el granero de heno, ese rincón resguardado que siempre me ha dado cierto refugio.

—Strong, alto ahí —escucho que me llama.

Giro sobre mis talones justo al cruzar el portón. La penumbra del interior y el calor nos envuelven al instante, aislándonos del resto de la propiedad. Joanie entra justo detrás de mí, cerrando el portón de un empujón decidido.

—Has estado esquivándome todo el rato —me acusa, dando dos pasos hacia mí con las manos en los bolsillos—. ¿Se puede saber qué te ronda la cabeza?

La miro fijamente. Verla ahí, preocupada por mí, con las mejillas encendidas y esos ojos capaces de leer cada una de mis mentiras, hace que todo el ruido de mi mente se apague por completo.

Y de repente, solo me queda esta necesidad física y brutal de refugiarme en ella, de dejar de pensar en el resto, aunque sea por unos minutos.

—Me pasa que no quiero esperar más —respondo, avanzando hacia ella.

La agarro por la cintura y la empujo suavemente contra una pila de los fardos que preparé ayer mismo.

Mi boca busca la suya con urgencia, un beso profundo, húmedo, donde mi lengua invade cada rincón.

Me encanta esa mezcla de sabores a café y menta que siempre percibo en sus labios.

Mis manos bajan por su espalda hasta apretar su culo firme, atrayéndola contra mi cuerpo. Puedo sentir cómo se le endurecen los pezones bajo la tela.

Joanie gime contra mis labios y eso me enciende aún más.

Deslizo una mano bajo su camiseta, subiendo por su vientre hasta alcanzar uno de sus pechos.

Lo amaso con fuerza, pellizcando el pezón entre mis dedos hasta que se pone duro como una piedra.

Ella arquea la espalda, presionando su pecho contra mi palma.

—Tómame por completo —me pide Joanie.

Sonrío contra su cuello y bajo la boca para morderlo suavemente, dejando una pequeña marca roja.

Mis dedos desabrochan su pantalón con habilidad y los bajo de un tirón junto con las bragas, dejándola expuesta para mí.

Me arrodillo frente a ella, separándole las piernas con las manos.

Su coño ya está mojado, hinchado. El olor de su excitación me vuelve loca.

—Me encanta cómo te pones… joder… —murmuro, pasando un dedo por su humedad, recogiendo sus jugos.

Joanie tiembla y abre más las piernas. Sin avisar, entierro la cara entre sus muslos.

Mi lengua lame su clítoris, succionándolo entre mis labios mientras introduzco los dedos en su coño caliente y resbaladizo.

Está tan apretada que gimo contra su carne.

—Oh… sí, así —jadea ella, enredando sus dedos en mi pelo y empujándome más contra su sexo.

La chupo con más fuerza, follándola con los dedos en un ritmo constante, curvándolos para rozar ese punto que la vuelve loca.

Sus caderas se mueven contra mi cara, follándose mi boca sin vergüenza.

Sus jugos me resbalan por la barbilla y yo los recojo con avidez.

No tardo en sentir cómo se tensa. Sus muslos tiemblan alrededor de mí y su coño se contrae alrededor de mis dedos en espasmos fuertes mientras se corre con un gemido largo y ahogado.

Me levanto y la beso de nuevo. Joanie me busca mi ropa con impaciencia y me desabrocha la camisa, exponiendo mis pechos. Sus manos se mueven ansiosas: aprieta mis tetas, chupando un pezón con fuerza mientras pellizca el otro. Siento descargas de placer directo en mi clítoris.

—Quiero follarte —le digo, empujándola sobre los fardos, y pronto la busco con mis dedos.

Comienzo a moverme, frotando mi clítoris contra su muslo mientras la penetro una y otra vez.

Joanie gruñe, agarrándome las caderas para guiarme. Acelero el ritmo, follándola con fuerza, sintiendo cómo nuestros cuerpos empiezan a temblar. El placer crece rápido. El granero se llena de nuestros gemidos y, de vez en cuando, sonríe para mí.

—Quiero correrme contigo —suplica Joanie, y no detengo mis movimientos. No hasta que me corro y noto que ella lo hace, soltando un grito gutural.

Joanie me mira con sorpresa y deseo cuando me inclino de nuevo sobre su cuerpo, separándole las piernas con las rodillas y acomodándome entre ellas. Es tan adictiva que no puedo estar ni un segundo sin tocarla, joder.

La beso mientras deslizo dos dedos entre los pliegues de su coño, recogiéndole los jugos, y la penetro de nuevo mientras ella también busca mi clítoris.

—¡Ah! ¡Sí! —grita Joanie. Cada embestida hace que mis tetas rocen las suyas y que el placer se intensifique poco a poco.

—¿Te gusta sentirme así? —gruño, sin dejar de mirarla. Ella asiente, levantando las caderas para encontrarse con cada movimiento y murmurando un «sí» que es delicioso.

Con la otra mano busco su mano y froto con ella mi clítoris hinchado mientras la beso, mordiéndole el labio inferior. Joanie se corre de nuevo, gritando mi nombre, y yo hago lo mismo poco después.

Ahora solo quiero sentirla cerca. Me siento y la atraigo hacia mí, abriendo los brazos. Joanie se acomoda entre mis piernas, apoyando la cabeza en mi pecho. Paso los dedos por su pelo, despacio, mientras ella traza círculos suaves en mi costado con la yema de los dedos.

—Qué tranquilidad hay aquí, estando contigo —susurra, mirando el techo de madera—. Como si el mundo de ahí fuera no existiera.

Yo asiento, sin levantar la cabeza.

—Sí… me gusta.

Le paso la mano por la espalda, subiendo y bajando con lentitud, notando cómo se relaja bajo mis dedos. Ella me imita, deteniéndose un segundo en mi muñeca para entrelazar sus dedos con los míos.

—¿Estás bien? —me pregunta.

Y yo suelto una pequeña risilla.

—Perfectamente, Blake.

Le aparto un mechón de pelo de la frente y le sonrío.

—Entonces quédate así un rato más —me responde.

Asiento y ella apoya la cabeza otra vez en mi pecho antes de cerrar los ojos y notar, cómo mi corazón, solo respira con ella.