29
Joanie
Apenas ha amanecido, y aunque la propiedad brilla bajo una fina capa de la escarcha matutina, los turistas más madrugadores deambulan entre las cabañas, cobijando las manos en los bolsillos de sus abrigos.
Algunos sostienen cámaras listas para capturar el amanecer; otros se limitan a contemplar los caballos y el resto de animales pastando tras las cercas, contagiados por la parsimonia del Outback.
Respiro hondo, mientras apoyo las manos en el volante antes de bajar.
No deja de asombrarme que Birdsong Hills logre transmitir esta paz cuando mi cabeza parece un pinball que no deja de golpearse con innumerables pensamientos.
Porque jamás pude llegar a imaginar que la mismísima Maddison Strong podría corresponderme.
Cada vez que la tengo cerca, el pulso se me dispara.
Aunque en realidad, no necesito tenerla delante de mí para eso.
Canela y Pecas salen disparadas en cuanto el icónico motor de la moto de Maddie resuena en el camino de grava. Las dos border collies agitan las colas con esa bendita hiperactividad que las caracteriza.
—Has llegado a la hora perfecta —murmuro para mis adentros, mientras una sonrisa involuntaria me delata.
Me adelanto y abro la puerta del porche justo cuando ella alza la mano para llamar.
Las perras no le dan ni un segundo de tregua: se le lanzan encima como si hubiera vuelto de una expedición al fin del mundo.
Maddie se tambalea, pierde el equilibrio por un instante y suelta una carcajada sonora y endemoniadamente contagiosa mientras intenta contener el asalto de las perras con manos firmes.
—¡Eh, eh…! ¡Echad el freno! —protesta, aunque las estruja contra su pecho con un cariño que me derrite.
Se agacha por completo para quedar a su nivel. Les rasca la base de las orejas y el pecho, terminando sentada de rodillas porque Pecas decide plantar las patas delanteras sobre sus hombros. Me cruzo de brazos, apoyando el hombro en el marco de la puerta, disfrutando del espectáculo visual.
—Vaya, veo que ya eres su nueva mejor amiga —le digo, arqueando una ceja con tono burlón.
—Y yo que Pecas ya está recuperada del todo —le dice a la perra, que menea el culo con una energía que por poco manda al traste una maceta de helechos.
—Sí… ya está perfecta —respondo, observándola bien. Su cazadora vaquera entreabierta deja ver un jersey color crema que dibuja sus curvas a la perfección, y esos vaqueros desgastados, combinados con los mechones rebeldes que caen en sus mejillas, me dejan… literalmente, babeando.
Maddie se pone en pie de un salto, se sacude el polvo de los pantalones y recorta la distancia entre nosotras.
—¿Por qué hemos quedado aquí? Pensaba que íbamos a desayunar a solas —murmura, y ese deje de decepción me tamborilea el corazón.
Estira el cuello, y mira por encima de mi hombro hacia el interior. Desde el comedor nos llega el estrépito de tazas, risotadas y la voz de Joyce comandando el cotarro culinario con su habitual energía.
Suelto un bufido divertido y acorto el espacio entre nosotras, reduciendo mi voz a un mero susurro:
—Ese era el plan maestro. Quería encerrarte en un sitio donde no tuvieras escapatoria para hablar…, pero Darana quería decirnos algo. Ha sido imposible escaquearse.
Maddie enarca una ceja con escepticismo, cruzándose de brazos mientras da un paso que casi me obliga a retroceder.
—Ya. Suena muy conveniente. ¿Segura de que no es una maniobra de distracción para evitar que te acorrale? —apunta con picardía.
Lo suelta con una sonrisa ladeada, pero la tensión en su mandíbula delata que el dardo va en serio.
—Ni de coña —le aseguro. Aprovechando que la atención del comedor está fija en las tostadas, le atrapo la mano con firmeza. Ella clava la vista en nuestros dedos entrelazados y yo me muevo lo justo para rozar la comisura de sus labios con un beso rápido y cargado de intención.
—Luego te cobras la deuda —le susurro al oído, guiñándole un ojo con toda la picardía del mundo.
La expresión de Maddie se relaja al instante, como si mi boca hubiera reseteado el ruido de su cabeza. Sus ojos retienen los míos un segundo de más, encendidos por un brillo de deseo que me revoluciona las pulsaciones.
—Te tomo la palabra, Blake —advierte en un murmullo, apretándome los dedos antes de romper el contacto.
Entramos al comedor y el contraste nos golpea como un muro de calor.
La maciza mesa de madera es todo un despliegue para el desayuno: café negro, fuentes rebosantes de tostadas gruesas de pan, tacos de mantequilla, mermeladas de la casa, huevos revueltos en su punto exacto de cremosidad, beicon crujiente, salchichas de campo, tomates asados con finas hierbas y boles con aguacate machacado y queso feta.
Joyce se ha superado horneando un enorme damper tradicional que humea junto a una jarra de miel y un par de bizcochos.
Canela y Pecas se unen a la reunión.
—¡Por fin estáis aquí! —brama Ricky, apuntando con un tenedor hacia dos sillas libres—. Un minuto más y os quedáis sin desayuno.
—No le hagáis caso, es un bocazas —interviene Lily entre risas, plantándole un codazo en las costillas—. Lleva salivando cinco minutos porque no tenía el permiso de Joyce para saquear el beicon. Confiésalo, Ricky.
—Bueno, el estómago no atiende a razones —se defiende él, encogiéndose de hombros con una mueca pícara.
El comedor estalla en carcajadas.
—Este chico no tiene remedio —me dice Maddie al oído mientras se acomoda a mi lado.
—Ni lo quieras —le respondo—. Su locura mantiene viva esta estación.
Joyce distribuye las últimas tazas de café humeante.
—Muy bien, ya estamos todos —declara, dando una palmada al aire.
Darana se levanta del extremo de la mesa. Sonríe y nos recorre a todos con la mirada, con las pupilas encendidas por el triunfo.
—He querido que desayunemos juntos para deciros algo importante —anuncia.
El tintineo de los cubiertos cesa al instante.
Hasta Angus, que asoma el hocico por una de las ventanas de la cocina husmeando el beicon, se queda quieto—.
Esta madrugada el departamento de urbanismo ha ratificado la aprobación de las licencias.
Me cuesta un segundo asimilar la información. Y cuando lo hago, la mesa estalla de emoción.
—¡¡¡¿Qué?!!! —chilla Lily, saltando de la silla.
—¡Venga ya! ¡Los hemos conseguido! —brama Ethan, dándole un golpe seco a la mesa.
Lily suelta un grito agudo. Kira se cuelga del cuello de Ethan riendo, mientras Ricky alza los puños al techo emulando a un boxeador victorioso. Incluso Agnes y Bert esbozan una sonrisa de orgullo, asintiendo en silencio.
Darana alza las manos pidiendo tranquilidad, saboreando el impacto de la noticia.
—Podremos iniciar la ampliación de la propiedad en cuanto se completen los visados municipales complementarios. Ha sido un calvario, pero cada maldita hora de papeleo ha valido la pena.
Elizabeth junta las manos con elegancia, aplaudiendo suavemente.
—Estaba destinado a pasar. Jamás dude de ello, Darana.
—Eso se traduce en… —arranca Lily, con los ojos como platos.
—En que sí, vas a ser jefa de cocina —le confirma Darana.
Lily se lleva las manos a las mejillas, conteniendo el aliento. Joyce no se lo piensa y la envuelve en un abrazo que casi la deja sin aire.
—Vas a dar de comer a todos los visitantes, querida. Y los vas a dejar sin palabras.
—Eso va a ser un imán para el turismo —añade Camila, alzando su taza en un brindis improvisado.
—Y para vosotros, que vais a ser mis conejillos de indias —replica Lily, con los ojos empañados por la emoción.
—A ese sacrificio me apunto el primero —suelta Ricky, robando una tira de beicon directamente del plato de Lily, lo que desata una nueva oleada de burlas.
Las bromas vuelven a cruzarse por toda la mesa antes de que Darana retome la palabra:
—El plan maestro incluye aumentar la capacidad de las cabañas y diversificar las rutas. Será un salto cuantitativo brutal, pero vital para consolidar la viabilidad de Birdsong Hills en esta zona del valle.
En ese punto, clava sus ojos directamente en Maddie:
—Y si logramos que tu madre no venda esos terrenos, podremos hacerlo el doble y adjuntar las nuevas caballerizas y las zonas de entrenamiento.
Siento cómo el cuerpo de Maddie se tensa a mi lado, transformándose en una estatua.
La observo de perfil, analizando su expresión.
Su boca dibuja una réplica perfecta de cordialidad, pero es una fachada, lo noto enseguida.
Sus ojos están fijos en un punto de la mesa, velados la preocupación.
Busco su mano bajo el mantel por segunda vez, pero esta vez tropiezo con cierta resistencia antes de que sus dedos cedan mínimamente a mi presión.
—Va a ser un proyecto espectacular —consigue articular—. Me alegro de corazón por todos. De verdad.
Nadie en la mesa parece captar el sutil cambio de frecuencia; están demasiado ebrios de éxito.
Nadie excepto yo, que tengo un máster en sus estados de ánimo.
Una punzada de alerta me muerde el estómago.
«¿Qué demonios me está ocultando?». La atmósfera entre las dos se vuelve densa, cargada de una estática incómoda que me eriza la piel.
Joyce rompe el instante alzando su taza de café con energía desbordante.
—¡Pues menos charla y arriba esos cafés! ¡A vuestra salud!
Las porcelanas chocan en un estruendo desordenado y alegre.
Durante la siguiente media hora, el comedor se convierte en un hervidero de ideas que vuelan sobre los platos de comida.
Y cuando la tía de Darana se sienta con nosotros, propone la idea de implementar jornadas de inmersión rural para los huéspedes.
—Sesiones de fotografía artística con las primeras luces del Outback. El contraste lumínico es un reclamo brutal para el turismo. ¿No os parece?
Camila interviene sugiriendo talleres de interpretación atmosférica enfocados en los frentes de tormentas estivales, explicando cómo registrar los cambios de presión en el valle.
Lily ya está recitando el menú de inauguración como si tuviera las sartenes delante.
—Pienso instaurar el brunch australiano definitivo cada domingo. Imaginaos: huevos con un giro de carne de emú ahumada, pavlovas crujientes con fruta de la pasión… Va a ser un escándalo.
—Con que mantengas el suministro porcino estable, yo te firmo el contrato —la pincha Ricky, guiñando un ojo.
Paseo la mirada por el grupo, empapándome de la calidez que desprende esta mesa.
Agnes maneja la cafetera. Joyce amonesta a Ricky con un golpe cariñoso en la mano por intentar sisar más comida.
Camila descansa la sien en el hombro de Darana.
Luke discute con Ethan de tú a tú sobre la topografía idónea para los nuevos senderos de los caballos.
Lily sigue gesticulando en el aire, dibujando platos invisibles con las manos.
Y en mitad de la fiesta… Maddie los contempla con una expresión indescifrable. Me pego más a su lado, inclinando la cabeza para que mis palabras mueran en su oído.
—¿Qué te pasa? —le lanzo, directa al grano—. Tu cabeza está a millas de distancia.
Durante un instante, el brillo de sus ojos me dice que está a punto de derrumbarse, pero la máscara vuelve a encajar y me regala una sonrisa prefabricada.
—Tranquila, que no es nada. Es solo el vértigo de ver cómo cambia todo —justifica, señalando la mesa con un movimiento vago de la mano—. Hace nada esto era un proyecto cogido con pinzas y ahora va sobre raíles. El ritmo me supera un poco, eso es todo.
Asiento despacio, aunque no me trago del todo el anzuelo. Bajo el mantel, le busco la mano de nuevo y entrelazo mis dedos con los suyos.
—Y está ocurriendo ahora —le recalco—. Se vienen meses brutales para Birdsong Hills, pero sobre todo para nosotras dos.
Nuestras manos siguen unidas, ocultas por el faldón del mantel.
Sin romper el contacto visual, deslizo mi índice por el dorso de su mano.
Maddie reacciona al instante, enganchando su meñique con el mío.
Un gesto minúsculo, ridículamente íntimo y casi infantil, pero con la carga suficiente para devolverme la sonrisa y convencerme de que, a pesar de las nubes que presiento en el horizonte, tenemos una oportunidad.