28
Maddie
Me quito el casco, incluso antes de apagar por completo el motor. El repentino silencio del Outback, contrasta de golpe con el torbellino que llevo grabado a fuego en el corazón.
No hay manera de borrarme la sonrisa de la cara, y mucho menos la conversación con Joanie.
Ese «te quiero» sigue retumbando en mis oídos mientras subo de dos en dos los escalones del porche.
Jamás, ni en mis mejores sueños, imaginé escuchar esas palabras salir de su boca.
Pensar en el desayuno de mañana dan alas a las mariposas de mi estómago.
Aunque no, más bien tengo un zoológico entero revoloteando ahí dentro.
Giro el pomo mientas empujo la puerta para no romper el silencio de la casa.
Mi único objetivo es escabullirme escaleras arriba, y meterme bajo el chorro de agua para saborear a solas este maravilloso desastre emocional.
Necesito procesar cada mirada, cada roce y esa confesión que nos regalamos bajo la última luz dorada del atardecer.
—Al menos podrías tener la decencia de avisar si vas a venir a cenar o no.
Mi madre está de pie junto al umbral del salón. Dejo escapar un suspiro y me paso los dedos por el pelo, que debe de parecer un nido de cacatúas por culpa del casco.
—¿Por qué tienes que hacer siempre una guerra de todo? —pregunto, obligando a mis hombros a relajarse—. Solo ha sido una jornada intensa y no me ha dado tiempo a venir antes ni a avisar.
Ella ni siquiera parpadea.
—Porque necesito que hablemos —sentencia, cruzándose de brazos—. Así que sube, quítate esa ropa y ven al comedor.
Se me acumulan las réplicas. Estoy a un milisegundo de soltarle que soy una mujer adulta, que estoy agotada y que no hace falta que me trate como una cría, pero me contengo al ver el brillo implacable de sus ojos.
Conozco esa mirada a la perfección; es la misma determinación con la que mi madre levanta imperios financieros y entierra los sueños ajenos sin parpadear.
—Cinco minutos —concedo, entornando los ojos.
Subo los peldaños a zancadas antes de que añada nada, sintiendo el aguijón de sus ojos clavado en mi espalda.
En cuanto cruzo el umbral de mi habitación, cierro la puerta de golpe, me apoyo contra la madera y dejo salir todo el aire de mis pulmones.
Me desvisto sin prisa, colgando la camisa, como si al doblarla pudiera evaporarse el aroma a campo y a Joanie que se ha quedado impregnado en el tejido.
Me calzo unos pantalones de chándal gris y me pongo una sudadera de algodón grueso, vieja y desgastada, con el logotipo bordado de Birdsong Hills.
Bajo las escaleras despacio, arrastrando los pies y con un mal presentimiento instalándose en la boca del estómago.
El comedor se siente inmenso y gélido, iluminado solo por la luz directa de la lámpara de araña central, que proyecta sombras afiladas sobre las paredes.
Mi madre, ya sentada, me indica que yo lo haga delante de ella con un sutil movimiento de barbilla.
—Siéntate, por favor —indica, aunque el «por favor» suena protocolario y hueco.
Tomo asiento en silencio, clavando los ojos en el mantel bordado para no soltarle alguna réplica mordaz. Durante unos instantes insufribles, el único sonido en la sala es el tintineo de nuestros cubiertos rozando la porcelana.
Ella es quien decide abrir fuego.
—Supongo que estarás al corriente de que he mantenido reuniones bastante productivas con varios inversores interesados en adquirir los terrenos —comenta con total naturalidad.
—Y yo confío en que les hayas enseñado la puerta de salida —le espeto, sosteniéndole la mirada—. Por el bien de Birdsong Hills. Es el hogar, el refugio y el sustento de muchas familias. Y les joderías el negocio.
Mi madre alza su copa de vino con una lentitud exasperante, toma un sorbo comedido y se toma su tiempo para paladearlo antes de devolver el cristal a la mesa.
—¿Acaso me has dado una sola razón de peso para replanteármelo? —me lanza mientras esconde una sonrisa tras la copa. Después, me apunta con esta—. Porque, que yo sepa, tu única estrategia ha consistido en pasearte de la mano de Joanie Blake fingiendo un idilio de película.
Mi madre esboza otra finísima sonrisa, esa comisura ligeramente elevada que me indica que mi propia reacción corporal acaba de regalarle la confirmación que buscaba.
—¿De verdad pensabas que podrías ocultármelo? —continúa—. En un pueblo tan pequeño como Willow Creek, los secretos tienen las patas cortas, Maddison. Y tú nunca has sabido mentir bien.
Sostengo su mirada con toda la dignidad que logro reunir.
—No tengo la menor idea de qué me estás hablando —miento descaradamente, cruzándome de brazos.
—Por supuesto que lo sabes —insiste ella, apoyando las palmas de las manos sobre el mantel—. Así que ahórrate el teatro. ¿Hasta dónde pensabais llevar esta farsa?
Frunzo el ceño, notando cómo la tensión en el comedor sube poco a poco.
—Mira, incluso si fuera… —intento defenderme, pero ella alza una mano con autoridad.
—Incluso si no lo fuera, tus idilios sentimentales son irrelevantes para el negocio —sentencia ella con desdén—. He tomado una decisión. No voy a vender las tierras colindantes a Birdsong Hills.
El comedor entero parece quedarse suspendido en el vacío. Me quedo a cuadros, parpadeando un par de veces para asegurarme de que la he escuchado bien.
—¿Qué… qué acabas de decir? —pregunto, sintiendo que un hilo de esperanza, cálido y repentino.
—Has escuchado perfectamente —replica ella—. No las voy a vender.
Se me escapa una sonrisa enorme. Las rutas ecuestres que organizo al amanecer, los caballos rescatados que vuelven a confiar en los humanos… Todo ese universo que hemos construido sigue y seguirá latiendo con fuerza. Y de repente, siento que el alivio me recorre las venas como una corriente cálida.
—Sabía que en el fondo acabarías entrando en razón —añado, mientras siento mi corazón ligero como una pluma—. Ese trozo de tierra significa demasiado para…
—No cantes victoria tan rápido. —Mi madre me frena en seco con un tono que borra mi sonrisa en un parpadeo—. He dicho que no las venderé a terceros. Pero ese acuerdo está condicionado a que aceptes una propuesta que he puesto sobre la mesa.
La miro fijamente, congelada con el tenedor a medio camino entre el plato y mi boca. Se me eriza la piel de la nuca con un mal presentimiento.
—¿De qué tipo de propuesta estamos hablando? —inquiero, tensando los hombros.
—La dirección general de un nuevo y ambicioso departamento ecuestre en Brisbane —desglosa mientras se sirve otro poco de vino—.
Un importante holding internacional está financiando un centro de alto rendimiento hípico junto a varios complejos deportivos de élite.
Buscan a una profesional con tu reputación y experiencia para liderar el área de doma, adiestramiento y el diseño de rutas por la naturaleza.
Se pusieron en contacto conmigo directamente porque saben de lo que eres capaz.
De hecho, estos días te han visto en acción, y es lo que les ha hecho decidirse.
La escucho con una mezcla de indignación y asombro, viendo cómo mi burbuja de felicidad estalla en mil pedazos.
—Olvídalo. No pienso hacerlo —sentencio de inmediato, cruzándome de brazos.
—Ni siquiera te has molestado en escuchar todos los términos del acuerdo —rebate ella.
—No me interesan —repito, clavando mis ojos en los suyos.
—Estamos hablando de un contrato de cinco años —insiste mi madre—.
Una residencia privada, participación directa en los beneficios anuales del complejo y carta blanca para diseñar tus propios planes de entrenamiento.
Podrías revolucionar el sector hípico en el estado, Maddison.
Dejar de limitarte a una pequeña hacienda rural y hacer algo verdaderamente grande.
Niego con la cabeza repetidamente, sintiendo cómo la frustración se apodera de mí.
—He dicho que no. Mi lugar, mi vida y mi trabajo están en Birdsong Hills. No se me ha perdido nada en la gran ciudad, rodeada de extraños que solo ven a los animales como números.
Mi madre no pierde las formas, pero noto una pequeñísima chispa de irritación cruzando sus ojos.
—Nadie te está pidiendo que te desvincules —añade, apoyándose en el respaldo como si fuera la solución perfecta a todos mis dramas—. Mantendrás la titularidad y la dirección ejecutiva de estas tierras. Por lo tanto, podrás hacer lo que quieras con ellas.
La observo ladeando la cabeza, tratando de encajar las piezas de su trampa.
—¿Qué significa eso? —pregunto, apoyando los codos.
—Significa que mantendrás la responsabilidad jurídica de esos terrenos, pero tu despacho y tu día a día estarán a mil kilómetros de aquí —aclara con frialdad—. Es un trato justo.
Siento que la sangre me empieza a hervir en las venas. Me levanto de la silla, apoyando las palmas en la mesa.
—¿Un trato justo? ¡Y una mierda! —estallo—. Mi labor con esos animales, mis rutas, mi vida entera y mi corazón están sembrados en esta tierra. No puedes jugar al ajedrez con mi futuro como si fuera una de tus malditas acciones de bolsa.
—Estás mezclando el plano profesional con un sentimentalismo absurdo —me frena ella, sin alterar un solo decibelio de su voz.
Dejo escapar una carcajada, sacudiendo la cabeza.
—No tienes ni la más remota idea de lo que estás diciendo.
Birdsong Hills no es un simple negocio de ganado o una estación de recreo; es un santuario, el sitio donde la gente del pueblo respira aire limpio y donde Joanie…
—me muerdo la lengua de golpe, pero su nombre ya está flotando por el comedor.
—Tengo una visión muchísimo más realista que la tuya, Maddison —rebate mi madre, ignorando olímpicamente mi desliz verbal con una elegancia que me enferma—. Hablas exactamente igual que tu padre, perdiéndote en utopías en lugar de trazar una estrategia empresarial sólida.
La mención a mi padre me da de lleno en el estómago, reabriendo heridas que nunca han llegado a cicatrizar. Me tenso por completo, apretando los puños a los costados.
—Pues quizás él tenía la inmensa fortuna de entender cosas que tú jamás comprenderás —le devuelvo, con el cuerpo temblando—. Entendía el amor por lo que hacía, la conexión real con los animales, con el Outback y con las personas. Para ti, el mundo se reduce a balances de pérdidas y ganancias.
Por primera vez en toda la noche, veo cómo se le tensa levemente la línea de la mandíbula.
—Tu padre era un idealista incorregible —suelta ella, entornando los ojos—. Y ya sabes perfectamente adónde nos condujo su falta de realismo.
—Y tú llevas toda una vida confundiendo el éxito personal con la cuenta de resultados —replico.
Empiezo a caminar a lo ancho del comedor, gesticulando—.
No tienes ni idea de lo que representa esta propiedad para la gente.
O para Darana, que se desvive por mantener cada rincón con vida.
Para Ricky, Bert, Joyce… para cada una de las personas que se calzan las botas al amanecer porque creen en este proyecto. Igual que para mí, mamá.
Mi madre permanece sentada, rígida e impasible, siguiéndome con la mirada como si estuviera analizando los movimientos de un socio hostil en mitad de una junta de accionistas.
—Precisamente por todo eso que describes es por lo que debes dar el salto —insiste—. ¿De verdad pretendes pasar el resto de tu vida guiando paseos turísticos y domando potros de vez en cuando? Estás desperdiciando un potencial brillante en una escala demasiado pequeña, Maddison.
Me presiono el pecho con la mano derecha, notando el latido desbocado de mi corazón contra las costillas.
—Pues mi talento está exactamente donde debe estar. Donde mis acciones cambian vidas de verdad. Donde puedo quitarme las herraduras y ser yo misma, sin tener que fingir delante de nadie.
El silencio vuelve a caer sobre el comedor. Mi madre, con una parsimonia irritante, dobla su servilleta de lino con pliegues perfectos y la deposita junto a su copa.
—No tomes decisiones en caliente —sugiere con condescendencia—. Piénsalo bien durante el fin de semana.
—No necesito ni un segundo para pensarlo —le aseguro, clavando los talones en el suelo con una determinación inquebrantable—.
Mi respuesta hoy, mañana y dentro de cinco años va a ser exactamente la misma.
No pienso moverme de Birdsong Hills. No voy a dejar tirado a mi equipo, ni a mis caballos, ni la vida que he elegido construir aquí.
Y… —hago una pequeña pausa, tragando saliva al recordar la mirada de Joanie y el calor de su confesión, que todavía me hace vibrar—, tampoco voy a alejarme de Joanie.
Lo que hay entre nosotras es real. Mucho más de lo que alcanzas a comprender.
Mi madre me sostiene la mirada durante unos eternos y tensos segundos, escudriñando cada facción de mi rostro.
—Si esa es tu última palabra, Maddison, me veré obligada a tomar medidas drásticas que no van a ser de tu agrado —advierte, con un hilo de voz tan afilado y definitivo que hiela la sangre—. Ni tampoco del de Darana.
Un escalofrío helado me recorre la espalda entera.
Conozco esa entonación a la perfección; cuando Victoria Strong utiliza ese tono, no está amenazando en balde ni improvisando sobre la marcha.
Sus jugadas siempre van tres pasos por delante, y la sola idea de lo que es capaz de maquinar me revuelve las tripas.
Sin añadir una sola sílaba, doy media vuelta sobre mis talones y enfilo la salida del comedor, subiendo las escaleras de dos en dos sin mirar atrás.
Cada peldaño se siente como si llevara grilletes en los tobillos.
Al entrar en mi habitación, empujo la puerta y la cierro con pestillo, buscando desesperadamente aislarme de esta maldita tormenta.
Estoy tan exhausta que no me quedan fuerzas ni para arrojar un cojín contra la pared.
Me dejo caer de espaldas sobre el colchón, con la ropa puesta, el corazón latiendo desbocado y la mente echando chispas.
Cierro los ojos, buscando un refugio que no encuentro.
Y el frío silencio me confirma que la pesadilla no ha hecho más que empezar.