El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 27
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Joanie

—A este ritmo voy a necesitar un par de días de descanso… —murmuro mientras cierro el maletín.

Ha sido una jornada intensa, y tengo el cuerpo agotado. Por el contrario, mi cabeza no ha parado de girar.

Los pollitos de Ethan y Kira están creciendo fuertes y sanos; hoy les he comprobado la hidratación y la temperatura, y el lote está impecable.

Además, una de las yeguas gestantes evoluciona de maravilla tras la ecografía de control que Bert me ha ayudado a hacer.

Mientras camino de regreso hacia el área central de la propiedad, sigo dándole vueltas a la idea que Kira ha tenido.

Los dos quieren un par de caballos dóciles, para unirse a las rutas guiadas del atardecer mientras revisan todo el material meteorológico de las colinas y alrededores.

Y aunque yo les he dado mi opinión, está claro que la conocedora del temperamento de los caballos es Maddie.

La encuentro precisamente junto al cercado de Angus.

El burro acaba de devorar una ración de forraje y ella le rasca con mimo justo detrás de las orejas.

«Mírala, la mujer que medio pueblo define como un torbellino indomable, es capaz de pasarse diez minutos susurrándole confidencias a un burro como si este tuviera el poder de arreglar el mundo».

—No le hagas mucho caso a Ricky. Tú eres infinitamente más listo que él, donde va a parar —le dice Maddie a Angus.

El burro suelta un rebuzno ronco y conforme, como si entendiera el cumplido.

—Eso mismo pensaba yo —añade ella antes de soltar una carcajada.

Apoyo los brazos en el travesaño de madera del cercado, incapaz de borrar la sonrisa.

—¿Qué me he perdido? Ricky no se habrá metido otra vez contigo, ¿no Angus?

Él vuelve a rebuznar, como dándome la razón al mismo tiempo que Maddie levanta la cabeza.

Después, me clava la mirada durante un segundo, pero enseguida vuelve a centrar su atención en el pelaje del burro, ignorándome con una frialdad aplastante.

Frunzo el ceño, sintiendo cómo una punzada de alarma se me instala en el pecho.

—Eh… ¿se puede saber qué te pasa?

Ella pasa la cadena por el pestillo del poste y asegura el cierre, antes de girarse, clavando las botas en la tierra y cruzando los brazos sobre el pecho en una postura claramente defensiva.

—No sé, Joanie. Dímelo tú —suelta, y el tono gélido de esas palabras me da un pellizco doloroso en el estómago.

—¿Perdona? —replico, parpadeando, descolocada por su actitud.

—Creía que teníamos un trato —continúa ella—. Y que esta farsa solo la sabría nuestra gente de confianza. Nadie más.

El aire se me atasca en la garganta. «Mierda, se ha enterado». Por eso Luek también ha estado esquivo todo el santo día. Cierro los ojos un instante, maldiciendo mi bocaza y buscando desesperadamente la forma de arreglarlo.

—Maddie… —trato de explicarme, pero ella me corta de raíz con un ademán de la mano.

—No te molestes en buscar excusas —dice con la mandíbula apretada.

Suelto el aire despacio. Mentirle ahora sería cavar mi propia tumba, y ella se merece la verdad.

—Sí —admito—. Se lo conté. Pero Luke es como un hermano para mí. Me quiere demasiado como para usar esto en mi contra. Te juro que él no es así.

La expresión de Maddie flaquea apenas una décima de segundo, dejando ver una sonrisa amarga y herida que enseguida curva sus labios.

—Eso de que te quiere… es la única verdad indiscutible en esta historia —murmura.

Maddie agarra el casco de la moto que había dejado apoyado sobre el poste.

—En fin. Supongo que ya da igual todo.

La sigo casi sin pensar, con el pulso desbocado, y la adelanto en dos zancadas para ponerme frente a ella y cortarle el paso.

—¿Qué se supone que significa eso? —le exijo, bloqueándole el camino, obligándola a detenerse—. Maddie, espera. No puedes soltar una bomba así y largarte como si nada.

Maddie me sostiene la mirada, y en sus ojos veo una tristeza profunda y real que me deja un poco paralizada. Esa es la verdad.

—¿De verdad eres tan ingenua como para no darte cuenta de que ese tío está coladito por ti?

—suelta unos segundos después. Me quedo helada.

Maddie esboza una sonrisa, carente de cualquier atisbo de humor—.

Y, para qué nos vamos a engañar… hacéis una pareja estupenda.

Solo hay que ver cómo te mira, cómo corre a protegerte en cuanto abres la boca.

Con él todo sería sencillo, ¿verdad? Sin mentiras y sin farsas que valgan.

Doy un paso hacia ella, acortando la distancia, pero ella no da un brazo a torcer.

—Así que no hace falta que sigamos fingiendo este teatro —concluye.

La miro con el corazón en un puño, aterrorizada ante la idea de que este sea el final.

—¿Me estás diciendo que quieres acabar con esto? —pregunto, y mi voz flaquea de forma evidente por mucho que intente disimularlo.

—Te estoy diciendo… —Maddie hace una pausa eterna, tragando saliva como si las palabras le quemaran la garganta—, que quizá esto nunca debió empezar. Al principio me pareció una locura divertida, pero la verdad… ya no le veo el sentido.

Algo se rompe definitivamente dentro de mí. El miedo se desmorona en un segundo.

—¡Pero es que… yo te quiero! —exclamo, y mis palabras rasgan el aire del atardecer.

El silencio que se instala a continuación casi se puede palpar. Hasta Angus ha dejado de mascar, como si la propiedad entera se hubiera detenido a contemplarnos. Le he dicho que la quiero. Por fin. Después de callarme durante meses. Se lo he dicho.

Me tiemblan las manos de una forma ridícula.

Llevo la mirada un segundo hacia el suelo, sintiendo un huracán absoluto de emociones: un alivio infinito mezclado con el terror más puro junto a una chispa de esperanza.

No sé si salir corriendo a esconderme o echarme a llorar aquí mismo.

No sé nada. Solo sé que no puedo dar un paso atrás.

Levanto los brazos, con el pulso temblando, y coloco las manos con delicadeza alrededor de su cuello, acariciando la piel cálida de su nuca.

Maddie no se aparta. Al contrario; se queda completamente inmóvil, conteniendo el aliento como si el más mínimo movimiento pudiera romper este instante de cristal.

—Te quiero —susurro de nuevo—. Siempre te he querido, Maddison Strong. Mucho antes de que se nos ocurriera la ridícula idea de engañar a medio pueblo.

Noto un nudo tremendo en la garganta, pero la obligo a mirarme, necesitando que me crea.

—Y mi único error… ha sido ser una cobarde y no decírtelo el mismo día que me propusiste este pacto. Tenía miedo. Un miedo atroz a que te burlaras, a que no sintieras lo mismo. Pero ya no puedo seguir tragándome lo que siento.

Maddie me sostiene la mirada. Sus ojos oscuros han perdido toda la coraza defensiva, dejando al descubierto una vulnerabilidad tan inmensa y pura que me encoge el alma.

—No quiero hacerte daño, Joanie —responde con la voz rota por la emoción—. Yo soy… un desastre de mujer. Arrastro un pasado lleno de puertas cerradas y no quiero arrastrarte a ti también. Te mereces algo más fácil, alguien que no te haga dudar a cada paso que das.

No la dejo seguir boicoteándose. Niego con la cabeza con ternura y deslizo mi pulgar por su mejilla, acariciando su piel con un movimiento suave y pausado.

—No —le digo con total firmeza—. Tú ya no eres esa mujer que va por ahí fingiendo que todo le resbala para que nadie se acerque a sus heridas.

Al menos, conmigo ya no lo eres. He visto a la Maddie real.

La que mima a Angus y a Trueno, la que pasa noches en vela revisando los números de la propiedad, la que me busca con la mirada cuando piensa que estoy distraída.

Esa eres tú, y esa es la mujer de la que estoy enamorada.

Su respiración se vuelve errática, rápida, y noto cómo su mano libre busca la mía de forma casi refleja, entrelazando sus dedos con los míos con una calidez que borra de un plumazo toda la tensión de hace unos minutos.

—¿Y si terminamos haciéndonos pedazos de todas formas? —pregunta en un susurro, con los ojos empañados fijos en los míos—. ¿Y si mi madre o cualquiera de los problemas de Birdsong Hills lo acaban destrozando todo?

Esbozo una pequeña sonrisa, sintiendo cómo el pecho se me llena de un calor reconfortante.

—Entonces nos haremos pedazos juntas y nos volveremos a reconstruir —le respondo—.

No te prometo que vaya a ser un camino llano.

Solo te pido que lo intentemos de verdad, sin mentiras de por medio.

Quiero besarte sin tener que mirar si hay testigos.

Quiero acostarme y despertarme sabiendo que lo que tenemos no es un guion.

Durante unos segundos, el tiempo se congela. Todo lo que importa está latiendo en la presión de su mano contra la mía, en la distancia mínima que nos separa y en el brillo dorado que el sol poniente proyecta en sus pupilas. Podría quedarme toda la vida así, memorizando cada peca de su nariz.

Ella desvía la mirada hacia mis labios, y yo hago lo mismo. El mundo exterior se difumina por completo. Ya no hay propiedad, ni amenazas familiares, ni deudas, ni falsos contratos, ni miedos. Solo ella y yo.

Nos inclinamos lentamente, milímetro a milímetro, sintiendo el calor de nuestros alientos mezclarse…

—¡¡¡LA CENA YA ESTÁ EN LA MESA, MUEVE EL CULO DE UNA VEZ, JOANIE BLAKE!!! —el grito de Agnes desde la casa principal rompe el silencio del atardecer con tal potencia que Angus rebuzna por el susto.

Maldita la hora en la que Joyce la invitó.

Maddie y yo nos miramos durante un segundo de estupefacción y, de repente, estallamos en una carcajada que disuelve todo lo demás. Maddie se apoya en la barandilla del cercado, sujetándose el pecho mientras intenta recuperar el aire entre risas.

—Madre mía… —dice, sacudiendo la cabeza—. Por el tono, diría que está a punto de salir con la escoba.

Me limpio una lágrima de risa del rabillo del ojo, asintiendo todavía tentada por la risa.

—Ha tenido un día de perros —le explico—. Entre los turistas impertinentes y los retrasos de los proveedores… Joyce y ella han estado todo el día con eso.

Seguimos riéndonos durante unos segundos. Maddie vuelve a acomodarse el casco de la moto bajo el brazo, aunque da un paso atrás arrastrando las botas, como si le costara romper el contacto.

—¿Te vienes mañana a desayunar? —le pregunto, sin ocultar la ilusión que me hace la idea—. Me gustaría explicarte bien lo de Luke. No quiero que quede el menor malentendido entre nosotras.

Ella asiente de inmediato. Me acerco un paso más y, con infinita delicadeza, le rozo los labios con la yema del pulgar.

—Me parece un plan perfecto —responde, inclinándose sutilmente hacia mi mano.

Nos sostenemos la mirada un instante más, dejando que la confesión flote y se asiente bajo el cielo rosado del Outback.

Entonces, ella me regala una sonrisa. Una sonrisa de las de verdad.

Sin sarcasmos, sin escudos defensivos. Una de esas sonrisas auténticas que muy poca gente en este mundo tiene la suerte de ver.

Se coloca el casco, monta en su moto y arranca el motor, que ruge con fuerza quebrando el silencio de la tarde. Antes de enfilar el camino de salida, levanta dos dedos a modo de saludo. Le devuelvo el gesto con una sonrisa boba dibujada en la cara y el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.

Sigo con la vista la estela de polvo rojizo que deja su moto hasta que el sonido del motor se pierde por completo en la lejanía. Solo entonces, con un suspiro de felicidad, me doy la vuelta y entro en la casa principal de la propiedad.

No me da tiempo ni a cerrar la puerta a mis espaldas cuando el recibimiento habitual se me echa encima.

—¡Eh! Echad el freno de mano que tú todavía estás curándote —proclamo entre risas, intentando mantener el equilibrio mientras señalo a Pecas. Me agacho en el suelo, riendo a carcajadas mientras las acaricio a las dos—. ¿Qué pasa? ¿Tanto me habéis echado de menos?

Canela me da un lametón entusiasta en la mejilla mientras Pecas empuja mi mano con la cabeza, reclamando su dosis exclusiva de mimos. Las rodeo con los brazos, dejándome querer mientras ambas compiten por mi atención.

Las cosas han cambiado. Y lo han hecho para bien.