El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 26
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Maddie

Otra jornada inicia en Birdsong Hills. Los niños me esperan formando un semicírculo alrededor de la valla de madera.

Algunos sujetan cascos de montar demasiado grandes para sus cabezas, que se les van de lado con gracia, y otros apenas pueden contener los nervios mientras observan a Trueno, que aguarda ensillado y relinchando, exhibiendo su elegancia natural.

—Buenos días, equipo —digo, dando una palmada enérgica para captar su atención y ajustándome los guantes de cuero—.

Hoy vamos a aprender algo muy importante que os va a servir para siempre.

Un caballo nunca confía en quien tiene miedo de él, pero tampoco en quien intenta imponerse por la fuerza.

La clave aquí arriba es el respeto mutuo, esa conexión que se construye con paciencia, sin prisa, pero sin pausa.

Una niña de trenzas rubias levanta la mano tímidamente, dando un paso adelante.

—¿Y tú nunca has tenido miedo?

Sonrío con calidez, apoyando una mano en el pomo de mi silla de montar mientras recuerdo mis propias caídas y mis buenas dosis de barro.

—Claro que sí, muchas veces. Quien os diga que nunca ha sentido miedo en la grupa de un caballo, miente.

El truco es respirar hondo, sentir el suelo bajo tus botas, observar la posición de las orejas del animal y dejarle ver que tú tienes el control de la situación.

Así es como se crea la confianza de verdad.

Las risas estallan alrededor, contagiosas, relajando el ambiente de golpe.

Trueno, que se conoce el guion mejor que yo, parece disfrutar siendo el centro de atención.

Baja la cabeza arqueando el cuello para que un par de niños se atrevan a acariciarle el hocico mientras les explico con detalle cómo acercarse siempre por el linde de su campo de visión para evitar sorprenderlo y por qué los caballos leen nuestro lenguaje corporal y el ritmo cardíaco mucho antes de que abramos la boca.

—Nada de correr detrás de ellos ni hacer aspavientos con los brazos —añado, gesticulando para enfatizar mis palabras.

—¿Y si corren ellos hacia nosotros? —pregunta un niño de ojos redondos, dando un paso atrás.

—Entonces procurad que no sea porque les habéis dado un susto de muerte —bromeo, guiñándole un ojo—. Retroceded despacio, habladles tranquilos, y dadles su espacio. Los caballos responden a la paciencia, nunca a la presión.

Ricky, apoyado en la valla con los brazos cruzados, se ríe entre dientes.

—Hacedle caso a la jefa, chicos. Lleva toda la vida traduciendo el idioma de los caballos y, creedme, a veces se entiende bastante mejor con ellos que con las personas.

—Y, conociéndola, tampoco es que tenga mucho mérito —apunta el viejo Bert desde el otro extremo del grupo, guiñándome un ojo.

Las carcajadas vuelven a llenar el ambiente. Siento una calidez reconfortante en el pecho al ver cómo estos pequeños se le van perdiendo el respeto al miedo y se abren al mundo animal. Sin embargo, un rebuzno potente, ronco y completamente descarado rompe mi discurso de forma magistral.

—¡Aaaaan-gus! —gritan varios niños al unísono, señalando entusiasmados hacia la entrada.

El burro aparece trotando con la cabeza alta y un movimiento tan chulo que parece que acabe de heredar la propiedad entera.

Lleva las orejas erguidas y apunta directamente hacia nosotros con ese andar decidido e imperturbable que lo caracteriza.

Su pelaje brilla bajo el sol mañanero y se nota a leguas que le encanta el protagonismo.

—¿Quién le ha abierto la cancela esta vez? —pregunto entre divertida y resignada, colocándome las manos en las caderas.

Darana levanta ambas manos desde la distancia, sacudiendo la cabeza con vehemencia.

Angus se planta junto a Trueno, le da un sutil empujón con el hocico en la grupa y luego se gira hacia los niños con una pose que parece decir: «A un lado, aficionados, que ya ha llegado el rey». Uno de los pequeños señala al burro doblándose de la risa.

—¡Mira cómo posa para las fotos!

Un matrimonio joven intercambia una mirada llena de ternura y la madre da un par de pasos hacia mí.

—¿Crees que Josh podría subir en él? Está completamente enamorado.

Me agacho frente al niño para ponerme a su altura, apoyando las manos en las rodillas.

—¿Te gustan los burros, Josh?

El crío asiente con tanta energía que casi se le vuela el sombrero vaquero que lleva puesto.

—Mucho. Son súper suaves y tienen orejas de elfo.

Me levanto y miro a Angus, que sigue quieto y firme como si estuviera esperando los aplausos.

—Bueno… tú dirás, compañero. Te ha tocado trabajar. Vamos a hacerlo con cuidado.

Entre Ricky y yo levantamos con delicadeza al pequeño, y lo acomodamos sobre la manta de lana gruesa que le coloco rápidamente sobre el lomo al burro.

Angus se queda de piedra. No se mueve ni un milímetro.

Es increíble cómo estos animales captan la fragilidad; parece comprender a la perfección que lleva la carga más valiosa de la propiedad.

El niño rompe a reír con una risa limpia, sonora y pura que te reconcilia con el mundo.

Los padres no pierden el tiempo y disparan fotos a diestro y siniestro, capturando el momento con auténtica emoción.

—Me parece a mí que a alguien le ha salido un duro competidor en las rutas turísticas —comenta Darana, acercándose con una sonrisa de oreja a oreja.

—No le des alas, por favor —le respondo, riendo mientras acaricio la frente de Angus.

—Demasiado tarde. Mírale la cara que tiene.

El burro suelta otro rebuzno oportuno, desatando una nueva ronda de carcajadas colectivas.

Mientras Ricky guía a Angus despacio, observo la escena sintiendo una paz profunda que hacía semanas que no me visitaba.

El viento mueve las hojas plateadas de los eucaliptos al fondo del valle, las colinas rojizas recortan el horizonte bajo un cielo azul limpísimo y la propiedad rebosa vida por todos sus costados.

Es una energía que hace que todo el cansancio merezca la pena.

Dios, no cambiaría esto por nada del mundo.

Ni el polvo que se te mete en los ojos tras una jornada de trabajo, ni los callos de mis manos, ni los dolores de cabeza que a veces quitan el sueño.

Ni siquiera las tensiones constantes con mi madre, que últimamente se han convertido en una tortura diaria.

Birdsong Hills vale cada maldito segundo.

De pronto, una carcajada sonora estalla al otro lado de la loma, rompiendo mis pensamientos.

Levanto la vista al instante. A unos cien metros, junto a la cabaña de Ethan y Kira, una nube caótica de plumas sale disparada en todas direcciones.

Detrás del torbellino aparece Joanie, que corre con el pelo ondeando al viento y una expresión maravillosa.

—¡Por aquí! ¡La tengo, la ten...!

La gallina amaga hacia un lado y rompe hacia el otro en el último segundo con una agilidad pasmosa.

Me tengo que morder el labio para no soltar una carcajada desde mi posición, aunque el pecho se me llena de una calidez abrasadora al verla.

Esa estampa de Joanie, despeinada, con las mejillas encendidas y dándolo todo por una gallina rebelde, despierta en mí esa punzada traviesa que llevo intentando ignorar desde hace semanas.

—¿Necesitas refuerzas con la estrella del valle? —Luke señala a Angus con un gesto de barbilla mientras se apoya de lado en la valla.

Desvío la vista hacia el burro y luego la clavo en Luke. Durante un segundo, me viene a la mente de golpe la conversación que tuvimos. «Más te vale no hacerle daño».

Respiro hondo, calmando los latidos de mi corazón.

—A ver si consigues que luego no te amenace por unas zanahorias.

Luke cruza la valla. Los niños, que ya se llevan a las mil maravillas con él, le saludan enseguida. Luke se acerca a uno de ellos y le ayuda a ajustarse el barboquejo del casco con total naturalidad, mientras Angus sigue paseando a Josh con parsimonia.

—Oye, Luke, ¿es verdad que los burros son súper listos? —pregunta la niña de las trenzas, mirándole con curiosidad.

—Mucho más que algunos de nosotros, te lo aseguro —responde él con un guiño—. Este de aquí sabe perfectamente cuándo le toca hacerse el loco para conseguir comida gratis.

Durante los siguientes minutos trabajamos mano a mano en silencio.

Tengo que admitir, muy a mi pesar, que el tío sabe lo que hace.

Se mueve con tranquilidad entre los caballos, comprende su lenguaje corporal, es firme pero increíblemente paciente.

Y eso hace que me caiga todavía peor. Porque verlo aquí, tan integrado, es un recordatorio constante de todo lo que me estoy jugando.

Cuando el último niño baja de la grupa de Trueno y los padres se deshacen en agradecimientos y elogios por la experiencia, Luke aprovecha el revuelo para acortar la distancia entre nosotros.

—¿Cómo va la guerra fría con tu madre? Me ha llegado el rumor de que el ambiente está bastante cargado.

Me tenso al instante.

—¿Y a ti qué se te ha perdido en mis asuntos familiares? ¿Quién te ha ido con el chisme?

Tarda apenas un segundo en responder.

—A ver… Willow Creek no es Sídney, Maddie. Aquí todo vuela en cuanto sopla un poco de viento. Y la gente se preocupa.

No me hace falta oír más. Cazo al vuelo a qué se refiere.

No por lo que dice, sino por cómo desvía ligeramente la mirada hacia el suelo, por ese leve carraspeo de incomodidad que le cruza la cara y por la forma en que parece medir cada palabra para no meter la pata.

Joanie. Ha sido Joanie. Le ha contado lo nuestro, y no ha tenido los ovarios de decírmelo.

Un pinchazo agudo, frío y doloroso se me clava bajo las costillas.

Aprieto los dientes con fuerza.

—Ocúpate de devolver a Angus —le espeto, señalando al burro con un gesto seco de la cabeza—. Y hazme un favor: mantente al margen de lo que no te incumbe. No es tu territorio.

La mirada de Luke pierde la amabilidad y se endurece ligeramente, aunque mantiene el tono bajo.

—Solo intento evitar que salgáis heridas.

La frase me golpea de lleno en el pecho como un puñetazo directo. ¿Joanie aireando nuestros miedos con él? Siento cómo la sangre me hierve.

—¿Y desde cuándo te has convertido tú en el consejero de nuestra relación?

—le devuelvo el golpe—. Lo que pase entre Joanie y yo es cosa nuestra.

No tienes ni la más remota idea de lo que hay aquí metido, así que ahórrate el papel de salvavidas.

Si ella tiene algún problema, que venga y me lo diga a la cara. No necesito intermediarios.

Él suelta un suspiro pesado, pasándose una mano por el pelo revuelto.

—Mira, no busco pelea contigo, de verdad. Pero las cosas saltan a la vista.

—Pues empieza por aplicarte el cuento y no cruzar la línea —zanjo con frialdad, dándole la espalda.

Sin darle opción a réplica, agarro las riendas de Trueno y me alejo hacia los establos.

El semental gira una de sus orejas hacia mí al instante, acusando mi cambio de ritmo y la rigidez de mis pasos.

Le acaricio el cuello con movimientos largos y profundos, buscando en su calor la forma de serenar las pulsaciones que me martillean las sienes.

Sin embargo, mi mente está a metros de distancia, fija en Joanie: en su risa lejana que aún resuena en el aire, en el brillo de sus ojos cuando cuida a los animales y en esa conexión tan real y física que sentí desde el primer día y que ahora, por culpa de mis propios demonios, temo estar echando a perder.

—Bueno chicos —saludo a los nuevos visitantes que vienen a la zona, forzando una sonrisa impecable y cien por cien profesional—. ¿Listos para montar?