El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 25
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Joanie

—No os vais a creer la propuesta que Darana acaba de hacerme.

Carraspeo, desviando la mirada para intentar camuflar la tremenda decepción que me provoca haber perdido este instante.

Porque sí, me niego a volver a quedarme con un millón de dudas sin resolver, apretando ese nudo en el estómago que se hace más grande cada vez que Maddie me mira con esa intensidad.

Pero Lily, absolutamente inmune, nos engancha del brazo a cada una y tira de nosotras.

—Esto merece un brindis de los grandes —exclama.

—Lily…

—Ni «Lily» ni leches —sentencia con un guiño, arrastrándonos calle abajo.

Maddie me clava una mirada fugaz por encima del hombro de nuestra amiga.

Sus ojos oscuros reflejan una deliciosa mezcla de alivio y frustración que, desde luego, es el espejo exacto de lo que yo siento.

¿Hasta cuándo vamos a seguir jugando al despiste antes de admitir que nos hemos pasado el contrato por el forro?

Nos dejamos llevar y el gentío empieza a aparecer entre las calles de Willow Creek.

—¿Vosotras sabíais que quiere abrir una especie de restaurante rústico en Birdsong Hills? —nos dice Lily, unos segundos después.

Maddie y yo nos miramos de reojo de inmediato.

—No… —murmuro, picada por la curiosidad.

—Pues quiere que yo me encargue de los fogones. ¡Voy a ser la jefa de cocina! —suelta Lily, dando un saltito de orgullo.

Nos plantamos en seco a mitad del camino, frenando a la vez.

—¡¿Qué?! —exclamamos Maddie y yo al unísono, dejándola sorda.

Lily estalla en una carcajada.

—Esa misma cara de pasmada se me quedó a mí. Os juro que estuve medio minuto con la boca abierta y cara de no saber ni multiplicar por dos.

Maddie parpadea, asimilando el bombazo.

—¿Y qué va a pasar con El Colibrí? —pregunto, mientras retomo el paso.

Lily ensancha aún más la sonrisa, dosificando el misterio como si tuviera un as bajo la manga.

—Pues resulta que dos primos de mi padre, con la mujer de uno de ellos, han decidido mandar a paseo el estrés de la ciudad para instalarse aquí.

Están asfixiados de tanto tráfico, ruido y asfalto.

Mi padre quiere que se queden con las riendas de la cafetería poco a poco, así que yo tendré vía libre para meterme de lleno en un proyecto que sea cien por cien mío.

—¿De verdad? —me detengo de nuevo, encarándola para asegurarme de que no se está quedando conmigo.

—Sí, y no os hacéis una idea de las ganas que tengo. Por fin voy a poder diseñar un menú creativo y dejar de pasarme el día entero sirviendo capuchinos y horneando cruasanes. No es el sueño de ciudad… pero creo que sí es la oportunidad de mi vida.

Maddie sacude la cabeza con una sonrisa, asombrada por el giro que han tomado las cosas.

—Vaya… Eso sí que no me lo esperaba. Va a revolucionar la hacienda por completo —comenta, rascándose la barbilla—. Sí he escuchado muchas veces quejas de los turistas por tener que ir a comer a otra parte o cocinar ellos mismos.

—Va a ser una oportunidad de oro —añado yo.

Reanudamos la marcha por la calle principal del pueblo, y la conversación se vuelve un torbellino de planes.

Lily es un manojo de nervios y emoción; no para de gesticular con las manos, dibujando platos invisibles en el aire mientras describe sus ideas.

Las primeras bombillas de los escaparates empiezan a parpadear bajo el crepúsculo y el ambiente se vuelve fresco y nítido, arrastrando ese aroma tan característico del invierno en el Outback.

Cruzamos por el lado de algunos vecinos que vuelven a sus casas tras la jornada en los campos y esquivamos a un grupo de críos que juegan a perseguirse entre risas.

—¿Os lo imagináis? —pregunta Lily, deteniéndose bajo una de las farolas. La observo de lado, contagiada por su entusiasmo—. Las tres trabajando codo con codo en Birdsong Hills. Seríamos un equipo imbatible, chicas. Decidme que no es el plan perfecto. Ya no vais a querer ir a comer a otro lugar.

Maddie suelta una carcajada franca y espontánea, de esas que le arrugan los ojos de esa manera tan condenadamente.

—Eso sería un peligro público. Te conocemos de sobra.

—¿Perdona? ¿Por qué lo dices? —protesta ella con una mueca de falsa indignación.

—Porque acabarías con nuestra línea en tres semanas. Tu comida es una tentación constante y no tenemos tanta fuerza de voluntad.

—¡Qué exagerada! —se defiende Lily, dándole un empujoncito cariñoso en el brazo.

—De exagerada nada, es una verdad como un templo —intervengo yo con una sonrisa traviesa—. Como me descuide, voy a tener que ensanchar las cinchas de montar y pedir una talla más de vaqueros porque no me va a abrochar ni el primer botón.

Lily se planta con los puños en las caderas, mirándome.

—A callar, Blake. En todo caso, serían curvas de felicidad. Además, Maddie ya se encargará de hacerte sudar la gota gorda y quemar las calorías con esas «caminatas» tan largas y misteriosas que hacéis a solas.

Maddie y yo nos congelamos un instante antes de estallar en carcajadas junto a ella, pero el comentario me deja una punzada de deliciosa tensión en el pecho.

Maddie y yo… Esas caminatas ya no tienen nada de rutinarias ni de fingidas.

Por un segundo, me permito soñar con que todo es tan fácil como parece, sin secretos de por medio, sin un supuesto contrato falso… Qué bonita sería esa realidad.

· · ·

Llegamos a las puertas de La Espuela de Plata, que hoy presenta un ambiente espectacular.

La música country resuena con fuerza a través de los viejos altavoces y varias parejas ya le están dando lustre a la pista de baile.

Detrás de la barra, Ricky maneja botellas y vasos como si fuera el mejor bartender del mundo.

—¡Vaya, vaya! Las chicas de moda —nos recibe con una sonrisa amplia, pasándose un paño por las manos—. ¿Qué se celebra hoy?

Lily alza un dedo índice con un dramatismo digno de un premio Óscar.

—Mi salto al estrellato.

—Uf, eso suena serio.

—Y que lo digas —responde Lily. Y en un abrir y cerrar de ojos, le pone al corriente de la jugada sin ahorrarse un solo detalle.

—Me lo imaginaba. Darana no se queda quieta ni durmiendo —comenta Ricky, deslizando tres botellas de cerveza bien frías sobre la barra—. Esa mujer siempre va dos pasos por delante del resto del mundo. Y seguro que Joyce estará encantada de echarte una mano.

Agarramos los tercios y Lily alza el suyo, mirándonos con solemnidad.

—Por Birdsong Hills y por nosotras.

—Por Birdsong Hills —repetimos Maddie y yo casi al unísono, haciendo chocar los vidrios.

El bar se va llenando y la charla fluye con facilidad. Lily sigue desgranando recetas con una pasión desbordante, hablando de texturas y fusiones, mientras Maddie, entusiasmada, le propone organizar noches temáticas, combinando música y menús de temporada.

—¿Y si hacemos una jornada dedicada exclusivamente a los productores locales? —sugiero, dando un sorbo a mi botella —. Podríamos contar con todo el producto y las hortalizas orgánicas. Le daría una identidad increíble.

Lily me señala con el cuello de su cerveza, entusiasmada.

—Me encanta cómo piensas, Blake. Siempre aportando el toque práctico y con los pies en la tierra. Maddie, ¿tú qué dices? ¿Crees que tendría tirón con los turistas?

Maddie se apoya en la barra y se encoge de hombros, pero sus ojos se clavan en mí con una lentitud que me eriza la piel.

—Rotundamente sí. Especialmente si Joanie se encarga de la publicidad exterior con esas fotografías tan brutales que hace. Y yo podría organizar rutas a caballo al atardecer que terminen directamente en las mesas. Sería un éxito redondo.

La velada avanza y el grupo se va ampliando de forma natural.

Ricky se mete con Lily y sus delirios de grandeza culinaria, y hasta el viejo Bert pasa a saludarnos antes de retirarse para regresar a su cabaña.

Las risas, las bromas y las cervezas se suceden sin que miremos el reloj.

De pronto, la música sube de revoluciones con ese un ritmo country que te obliga a mover los pies y Lily me agarra de la muñeca sin previo aviso.

—¡Al ruedo!

—¿A dónde vas? —le pregunto, aunque su cara ya lo dice todo.

—A la pista. ¡A mover el esqueleto!

—Ni en broma.

—De «ni en broma», nada. ¡Vamos! —insiste, tirando de mí con fuerza.

—Que no, Lily…

—¡Que sí!

Antes de que pueda oponer resistencia, me veo empujada al centro de la pista. Maddie aparece a mi lado casi de inmediato, con cara de resignación, pero con una sonrisa divertidísima iluminándole el rostro.

—Asúmelo, no tenemos escapatoria —murmura muy cerca de mi oreja, y su aliento cálido me provoca un escalofrío delicioso.

Acabamos riéndonos a carcajadas, dejándonos llevar por la canción alegre que recorre el local.

Ninguna de las dos va a ganar un concurso de baile, pero nos importa un pimiento.

Lily baila como un torbellino en mitad de la pista, acaparando risas y aplausos, y Maddie, al intentar imitar uno de sus giros locos, termina perdiendo el equilibrio y chocando de lleno contra mi pecho.

Sostengo su cuerpo contra el mío durante un segundo que se siente eterno, sintiendo el calor de su piel a través de la ropa.

—Eres una patosa, Strong —le provoco.

—La culpa ha sido del suelo, que tiene un relieve defectuoso.

—Ya, claro.

Volvemos a reírnos. Sus dedos se deslizan por mis brazos hasta entrelazarse con mis manos en un paso improvisado, y el calor de su tacto me quema la piel de una manera deliciosa. Al acabar la canción, regresamos a la mesa hechas un desastre, despeinadas y con el corazón en la garganta.

—Uf, necesito beber algo —dice Maddie, abanicándose el cuello con una mano.

En ese momento, noto una mirada persistente clavada en mi nuca.

Me giro y veo a Luke al otro lado del pub, charlando animadamente con Ricky.

Al notar que le miro, alza su vaso con un gesto tranquilo y una sonrisa.

Le devuelvo el saludo con un cabeceo amigable, pero mis ojos regresan de inmediato a Maddie.

Ella también ha captado la interacción, pero para mi sorpresa, esta vez no hay rastro de celos en su rostro.

¿Siente esta misma locura, este vértigo constante entre el miedo y las ganas de arriesgarlo todo?

Salimos un momento al porche para que nos dé el aire fresco.

La inmensidad del Outback nos recibe con un abrazo.

El cielo es un manto oscuro tan cuajado de estrellas brillantes que parece irreal, un lienzo denso donde es imposible distinguir una constelación de otra.

Nos apoyamos en la barandilla, hombro con hombro, sintiendo el calor mutuo.

La observo de reojo, perdiéndome en su perfil. Maddie gira la cabeza y me sostiene la mirada. Sus ojos descienden un segundo imperceptible hacia mis labios antes de volver a clavarse en mis pupilas. El corazón me da un vuelco.

Sin pararme a pensar en las consecuencias, con la valentía de los tragos y la tensión acumulada, las palabras se me escapan del pecho.

—¿Te vienes a casa?

Maddie parpadea despacio, sorprendida. Baja la vista, mordiéndose el labio inferior con timidez. Es como si tuviera miedo de dar un paso en falso, como si temiera romper este delicado hilo de seda que estamos tejiendo entre las dos.

Finalmente, una sonrisa pequeñita, casi secreta, curva la esquina de sus labios.

—Claro que sí.