El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 24
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Maddie

Aparco la moto frente a la casa de Agnes y dejo que el motor de mi inseparable y ruidosa compañera de dos ruedas se apague poco a poco, suspirando como si ella también necesitara recuperar el aliento tras el trayecto. Llevo toda la mañana con la cabeza a punto de estallar: dándole vueltas a todo.

Me quito el casco con parsimonia, sacudiendo la melena para desentumecer el cuello, y lo sostengo contra la cadera.

«¿Qué demonios hago aquí?» Pues buscar problemas, para variar.

Subo los escalones del porche con el corazón repicando en las costillas y llamo a la puerta.

Unos segundos que se me antojan eternos después, Joanie aparece en el umbral luciendo unos vaqueros oscuros, una camiseta arena y una coleta deshecha de la que escapan varios mechones rebeldes que le enmarcan la cara.

—¿Qué haces aquí?

Adiós a mi habitual repertorio de respuestas ingeniosas y picantes.

—¿Cómo está Pecas? —consigo soltar.

La comisura de sus labios se relaja apenas un milímetro, lo suficiente para que parte de mis nervios empiecen a desaparecer.

—Mucho mejor —responde, apoyando el hombro contra el marco de la puerta—. Al final solo ha sido una contusión. Con el vendaje compresivo y el antiinflamatorio que le administré, ya está casi perfecta.

—Menos mal… —murmuro, mirándola con honestidad.

Como si tuviera un radar para su nombre, Pecas asoma el hocico por el pasillo, moviendo la cola como si le fuera la vida en ello, y se planta a un par de metros, ladeando la cabeza con curiosidad.

—Hola, preciosa… —susurro, esbozando una sonrisa.

En cuanto me acuclillo y estiro la mano, Pecas acorta la distancia de un salto y apoya su hocico directamente sobre mi rodilla, buscando mimos.

—Vaya, veo que no me guardas rencor, ¿eh? —le digo en voz baja, rascándole justo detrás de las orejas.

La perra cierra los ojos, batiendo la cola contra el suelo.

—Eres demasiado buena para este mundo —añado, dejándole un beso rápido en la frente—. Te prometo que he aprendido la lección.

Pecas me pasa la lengua por los dedos con entusiasmo, sellando el trato.

—De acuerdo, acepto el lametón como perdón oficial —añado con una risa.

Una risita cantarina me hace levantar la vista. Joanie sigue en el umbral, ahora con los brazos cruzados bajo el pecho, contemplando la escena. Su mirada ya no es fría. Y eso, damas y caballeros, es mi perdición.

—Me alegro muchísimo de que no haya sido nada —repito, clavando mis ojos en los suyos.

Ella asiente, dando un paso fuera del umbral.

—Yo también. Has sido días de locos, pero ellas son duras como rocas.

—¿Te apetece dar una vuelta? —propongo, metiendo las manos en los bolsillos de mi cazadora.

Joanie me entorna los ojos, escaneándome como si buscara la letra pequeña. Después, baja la mirada al suelo del porche, sopesando mis palabras durante unos tensos segundos. Cuando vuelve a mirarme, su expresión ha perdido parte de la armadura.

—Vale —acepta con un suspiro—. Pero solo un rato. Tengo que revisar unos análisis más tarde.

Dejamos a Pecas y a Canela bajo la supervisión de Agnes, que sale al porche con una taza de té humeante entre las manos y una sonrisa pícara que no se esfuerza lo más mínimo en disimular.

—No volváis muy tarde, parejita —nos suelta con tono cantarín.

—Agnes, por favor, que ya no somos unas crías —protesta Joanie, cruzándose de brazos.

—Precisamente por eso me preocupo —replica Agnes, guiñándome un ojo.

No puedo evitar soltar una carcajada, encantada con la impertinencia de la mujer.

Joanie resopla dramáticamente, aunque el amago de una sonrisa delata que se muere de ganas de reírse.

—No le sigas el juego, Maddie.

—Lo siento, pero es que siempre ha sido mi ídolo.

—Eso es porque no tienes que sufrir las consecuencias de sus cotilleos —replica Joanie, dándose la vuelta para empezar a caminar.

Hacerlo a su lado sin la presión de interpretar un papel para complacer a mi madre es un puto soplo de aire fresco.

Cruzamos la calle principal de Willow Creek sin prisa.

La antigua librería sigue rodeada de andamios.

Al pasar junto a la panadería de la señora Gable, el aroma de los últimos bollos horneados nos golpea con tanta fuerza que casi doy media vuelta para asaltar el negocio.

Unos metros más adelante, bajo el porche del club social, el viejo Henderson disputa una enconada partida de cartas con sus eternos compañeros de jubilación.

Al vernos, el hombre interrumpe la jugada y nos señala con sus cartas.

—¡Buenas noches! —brama con entusiasmo para que lo oiga todo el vecindario.

Joanie carraspea al instante, buscando fijamente el suelo. Yo, en cambio, le dedico mi mejor sonrisa y levanto la mano.

—Buenas las tenga. No los vaya a desplumar.

—¡Cuida bien de esa muchacha, Strong! —insiste el viejo, apuntándome ahora con el dedo índice.

—Lo intento todos los días —respondo de sopetón.

La verdad de mis propias palabras me golpea con tanta fuerza que me deja un regusto agridulce en la boca. Joanie gira la cabeza con rapidez y me clava una mirada intensa, indescifrable. No dice nada, pero su respiración se ha vuelto un poco más agitada.

Dejamos atrás las últimas casas y nos adentramos en un sendero de tierra rojiza.

A nuestra izquierda, los imponentes eucaliptos susurran con cada ráfaga de viento, desprendiendo ese olor mentolado tan característico; a la derecha, las acacias retorcidas estiran sus ramas desnudas proyectando sombras alargadas sobre la tierra.

Es un paisaje áspero, vasto y jodidamente indómito, pero tiene una honestidad que me reconforta.

—Hacía bastante que no paseábamos así… sin un propósito —comenta Joanie tras unos minutos de silencio.

—Siempre estamos corriendo de un lado para otro. O fingiendo que somos la definición gráfica de la felicidad para que nadie sospeche de nuestro trato.

La palabra «fingiendo» planea sobre nosotras como un nubarrón.

Seguimos caminando en silencio, ascendiendo por una pequeña loma rocosa hasta llegar a un mirador natural desde el que se domina todo el valle.

A lo lejos, bajo la luz dorada y fría de la tarde, se recortan los tejados de chapa de Birdsong Hills, los establos principales y las pistas de arena donde entreno a los caballos.

Y un poco más allá, la tierra que mi madre está empeñada en malvender al macrocomplejo, amenazando con destruir todo lo que amamos.

Nos sentamos en una roca plana que conserva algo de calor residual. Dejamos que el viento invernal juegue a colarse entre nosotras. Joanie juguetea con una piedrecita rojiza, haciéndola girar entre sus dedos con un nerviosismo que me contagia.

—¿Quieres que te confiese una cosa? —dice de pronto, manteniendo la vista fija en el horizonte.

Me giro un poco hacia ella, devorando su perfil con la mirada.

—Dispara.

—Últimamente me cuesta un mundo saber cuándo estás actuando y cuándo no —admite—. Al principio del acuerdo… Sabía perfectamente qué era parte del guion. Pero ahora... ahora todo se ha vuelto borroso.

Joanie exhala un suspiro tembloroso, frustrada por mi mutismo.

—Es que hay momentos en los que vuelves a ser la insoportable y arrogante Maddie Strong de siempre.

La que va de dura, la impulsiva, la que parece que tiene un escudo contra los sentimientos.

—Hace una pausa, humedeciéndose los labios, y a mí se me va la mirada ahí sin remedio—.

Y luego, de repente, vas y apareces muerta de preocupación por Pecas.

O me traes el desayuno sin que venga a cuento.

O juegas con Canela hasta acabar cubierta de babas y riéndote a carcajadas.

O me miras de una manera que… —Su voz se quiebra a mitad de la frase—.

Ya no sé qué pensar, Maddie. Ni qué se supone que debo sentir.

El corazón me da un vuelco tan violento que temo que Joanie pueda escuchar sus latidos en este páramo.

Me pongo de pie de un salto, incapaz de seguir sentada.

Ella me imita al instante, enfrentándose a mí.

Estamos tan cerca que puedo sentir el calor de su aliento contrastando con el aire gélido, y distinguir esos destellos dorados que salpican sus ojos.

Un mechón rebelde de su pelo le cruza la mejilla y tengo que apretar los puños en los bolsillos para no apartárselo con los dedos.

Entonces, Joanie da un paso hacia mí. Solo uno. Pero es más que suficiente para que mi estabilidad emocional salte por los aires.

—¿Qué demonios estamos haciendo? —pregunta en un susurro que me eriza la piel.

No hay rastro de su habitual ironía; solo una necesidad casi dolorosa de respuestas—.

¿Qué somos, Maddie? —insiste, clavando sus ojos en los míos con una intensidad que me muerde el alma—.

Porque hay días en los que pondría la mano en el fuego a que esto es real, que lo que siento cuando me tocas no puede ser una maldita farsa.

Y otros… otros en los que me muero de pánico pensando que todo esto se evaporará en cuanto sepamos qué va a pasar con esas tierras.

Abro la boca, sintiendo una urgencia desesperada por gritarle la verdad.

Que ya no hay farsa que valga. Que hace días que me despierto y me acuesto pensando únicamente en ella.

Que verla reír y bromear con Luke me provocó unos celos tan absurdos e intensos que quise romper algo.

Que tengo miedo. Miedo de quererla como una loca.

Miedo de no estar a la altura de lo que se merece.

Miedo de terminar huyendo de Willow Creek, confirmando que soy exactamente la cobarde incorregible que todos piensan que soy.

Doy un paso adelante, rompiendo la última barrera de distancia física entre nosotras, y le acuno suavemente el rostro con las manos, sintiendo su piel fría bajo mis palmas templadas.

—Joanie… yo… —empiezo. Pero la vida es una comedia con muy mala uva.

En ese preciso instante, un sonidito metálico rompe la magia del valle. un estruendo ensordecedor rompe la magia del valle. Las dos nos giramos al unísono, rompiendo el contacto, y vemos a Lily corriendo hacia nosotras a toda velocidad, con una enorme sonrisa traviesa en la cara.

—¡Vaya, vaya! ¡Sabía que os encontraría aquí! —exclama—. ¡Agnes me ha dicho que habíais salido a «estirar las piernas», pero esto tiene pinta de ser otra cosa! Pero bueno… que no os estaba buscando por eso, vaya. ¡Me ha pasado algo increíble!

Cierro los ojos con fuerza, apretando los dientes para no soltar lo primero que se me ha venido a la cabeza, mientras las palabras que estaban a punto de cambiar nuestras vidas se quedan flotando en el aire, perdidas y atrapadas una vez más detrás de mis labios.