El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 23
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Joanie

—No me mires con esa cara de cordero degollado —le susurro a Pecas.

La border collie ladea la cabeza con esa elegancia natural que solo ella posee, evaluando cada uno de mis gestos. Juro que, si la perra pudiera hablar, ahora mismo me estaría llamando exagerada y neurótica.

—No me vas a convencer. Tienes que guardar reposo absoluto, así que nada de visitar a Angus en un par de días —insisto, aunque una sonrisa traicionera asoma a mis labios mientras le acaricio el hocico.

Canela, tumbada junto a la puerta, levanta apenas una oreja al escucharme. Después, vuelve a apoyar el mentón sobre sus patas delanteras soltando un suspiro.

—Muy bien. Veo que os habéis aliado en mi contra —murmuro, sacudiendo la cabeza.

Pecas aprovecha el movimiento para acercarme el hocico a la mano, buscando mi contacto.

Le acaricio entre las orejas, y tras realizar la palpación diagnóstica, confirmo aliviada que la inflamación en la articulación ha bajado notablemente desde ayer.

Ha sido un susto, pero podría haber sido una desgracia real.

—Ya sé que Maddie no lo hizo a propósito… Pero eso no cambia las cosas.

No cambia que últimamente todo se esté complicando a una velocidad de vértigo. No cambia que hace apenas dos noches, estuviera convencida de que por fin podía bajar la guardia. Y no cambia que ayer bastara un puto segundo, para recordarme la realidad.

Les dedico un último mimo, rodeándoles el cuello con los brazos y estrechándolas contra mí.

—Más vale que hoy os portéis bien.

Me incorporo de un salto, dándome un par de palmaditas en los muslos.

La casa de Agnes siempre huele a pan recién tostado y a café fuerte de filtro, un aroma hogareño que envuelve cada rincón como un abrazo de los que te reinician la vida.

Da igual la estación del año, el día de la semana o lo que marque el termómetro.

Entrar aquí es desconectar del mundo y sentirse a salvo de inmediato.

Agnes levanta la vista del periódico cuando aparezco en la cocina con el dúo dinámico pisándome los talones.

—Vaya, pensaba que te habías quedado en la cabaña —comenta, doblando el periódico.

Canela se encamina directa hacia su cuenco de agua, bebiendo con un ruido espantoso y salpicando la mitad del suelo. Pecas la sigue a un trote mucho más comedido, asentando la pata vendada con cuidado, pero sin muestras de dolor.

—No. Creo que voy a pasar más tiempo por aquí estos días. Necesito centrarme y no dispersarme con tonterías.

Agnes arquea una ceja, mirándome por encima de sus gafas de lectura. Ella siempre ha tenido un radar infalible para mis mentiras.

—¿Qué te pasa?

Abro la nevera para ganar algo de tiempo, metiendo la cabeza entre las baldas mientras finjo buscar algo vital para mi supervivencia.

—Nada que no tenga solución —miento descaradamente mientras saco el cartón de leche—. Solo quiero centrarme en el trabajo. Hoy tengo varias visitas programadas por el pueblo y por algunas propiedades de los alrededores, así que tengo que ponerme las pilas ya mismo.

Cuando por fin cierro la puerta de la nevera y me doy la vuelta, Agnes me sigue observando, con los brazos cruzados sobre la mesa.

—Está bien —responde con sencillez y después, le pega un sorbo a su taza.

Su falta de insistencia hace que me sienta aún peor. No sé por qué esperaba que me diera batalla.

Desayunamos hablando de banalidades para despejar el ambiente. Me pone al día de los chismes de la asociación de vecinos y la eterna disputa por las nuevas farolas que quieren instalar en la calle principal. También comentamos los avances en la reforma de la librería.

Hago un esfuerzo titánico por engancharme a la conversación y no parecer un alma en pena.

Incluso me río con ganas cuando Agnes me cuenta que el caradura de Angus se escapó ayer por la tarde para perseguir al camión del repartidor, totalmente convencido de que el cargamento entero de zanahorias llevaba escrito su nombre.

—Ese burro es un caso perdido —comento entre risas, pero el alivio me dura poco. Cada tres minutos, mi mente se escapa de la cocina y vuela a Maddie. A la expresión de dolor que se le quedó en la cara cuando le grité que se largara y me dejara en paz.

Cuando termino el último trago de café, me pongo en cuclillas para despedirme de las perras, dándoles unas palmaditas en los costados.

—Vosotras a quedaros tranquilitas aquí.

Canela protesta de inmediato con un ladrido corto y protestón, clavándome esos ojos de no haber roto un plato en su vida.

—No. No. No —le dejo claro—. Pecas tiene que reposar y tú vas a hacerle compañía. Nada de carreras por hoy.

—No te preocupes por estas dos consentidas, que yo me encargo de que cumplan la condena —asegura Agnes con una sonrisa.

Las perras se meten en el salón y yo camino hacia el Nissan Patrol, aparcado junto a la verja. Abro la puerta del conductor, pero apenas me da tiempo a dejar el maletín y las vacunas en el asiento del copiloto cuando una voz masculina y familiar me saca de mi ensimismamiento.

—¡Buenos días!

Me giro sobre mis talones. Luke sale de la pequeña tienda de ultramarinos del pueblo cargando una caja de madera. Lleva un saco pequeño de pienso bajo el brazo y una bolsa que sujeta como puede.

—¿Vas a abrir un economato o qué? —bromeo, cruzándome de brazos.

—Ya sabes cómo es Bert. Dice que un jackaroo con el estómago no rinde como debe. Y yo con Bert no discuto, que me juego el pellejo.

—No seré yo quien le lleve la contraria —respondo.

Se detiene junto al coche, y apoya la caja sobre el estribo lateral del Nissan para aliviar el peso.

—¿Vas de camino a Birdsong Hills?

Niego con la cabeza, acomodándome el pelo detrás de la oreja.

—Qué más quisiera. Primero tengo que pasar por la granja de los Martin para una revisión rutinaria. Después tengo un par de visitas más en algunas explotaciones de la zona. Me espera una mañana de carretera de lo más entretenida.

—Pues estás de suerte, porque ahora mismo estoy libre —anuncia con una sonrisa de oreja a oreja.

Lo miro de arriba abajo, arqueando una ceja con escepticismo.

—¿Tú? ¿Un día libre en plena temporada de turistas? No me lo creo.

—Bert me ha dado la mañana para compensar las horas extras. Esta tarde sí que me toca revisar los vallados perimetrales y los cobertizos para asegurarnos de que todo está en orden. Con tanto turista despistado, no podemos arriesgarnos a que se nos escape algún animal.

—Hacéis bien. El mes pasado una familia se dejó abierto el portón del sector norte y casi tenemos que ir a buscar a tres potros a la otra punta del valle.

—Si quieres… te acompaño —propone—. Así no te tragas la carretera sola y a mí me vendrá de perlas despejarme un poco.

Lo cierto es que la idea de pasar las próximas cuatro horas sola en la cabina del todoterreno, con mis propios pensamientos y el recuerdo de la cara de Maddie, no es la mejor idea de todas.

Termino esbozando una sonrisa.

—Venga, sube antes de que me arrepienta. Me vendrá bien tu cháchara.

Él coge la caja y la coloca en los asientos traseros.

—¡Trato hecho! A partir de este momento soy tu asistente de confianza.

—No te flipes, ni siquiera podría pagarte un buen sueldo ahora mismo —bromeo, subiendo al asiento del conductor.

—Con que me pagues un buen café con donuts me doy por satisfecho —responde él con una carcajada mientras se abrocha el cinturón.

—Hecho. No se hable más.

· · ·

Abandonamos el centro de Willow Creek dejando atrás una nube de polvo que se eleva sobre la pista. Luke va apoyado cómodamente contra la ventanilla, contemplando el horizonte con una expresión tranquila.

Unos minutos después, aparco el todoterreno frente a la granja de los Martin, una pareja de ancianos encantadores que gestionan una pequeña explotación ovina y caprina.

La señora Martin sale a recibirnos al porche, limpiándose las manos de harina en el delantal y con una sonrisa que irradia una calidez reconfortante.

—¡Joanie! Menos mal que has venido rápido. Nuestra Daisy lleva un par de días que no quiere apoyar la pata trasera y está muy decaída. Nos tiene preocupados.

Le devuelvo la sonrisa.

—Tranquila. Vamos a echarle un vistazo ahora mismo y seguro que la dejamos como nueva.

Luke me sigue a un par de pasos de distancia mientras me adentro en el corral de madera de las cabras.

Daisy, una cabra angora de pelaje blanco y espeso, me reconoce al instante y viene hacia mí cojeando visiblemente.

Me coloco en cuclillas a su altura, acariciándole el cuello antes de realizar cualquier exploración física.

En veterinaria de campo, ganarte la confianza del animal es el setenta por ciento del éxito de la consulta.

—¿Esto te funciona siempre? —comenta Luke con una sonrisa juguetona.

—Te aseguro que me da mucho mejor resultado que discutir con humanos.

Él se ríe y yo vuelvo a concentrarme en la pezuña de Daisy y, al separar los dedos interdigitales, veo que tiene una espina bastante gruesa y endurecida que se le ha clavado, provocando una infección localizada.

—Ya tenemos la culpable —anuncio, y los Martin, que observan desde la valla, suspiran aliviados.

Saco una pinza hemostática de mi maletín, desinfecto la zona y, con un movimiento rápido y preciso de muñeca, extraigo la espina. Daisy da un pequeño respingo, pero se queda quieta mientras limpio la herida con clorhexidina y aplico una pomada antibiótica local.

—Listo —les digo a los dueños mientras me pongo en pie y me quito los guantes de látex—. En un par de días estará correteando como si nada. Intentad mantenerla alejada de la zona del matorral bajo hasta que la herida cicatrice por completo para evitar que se le infecte con la tierra.

—Eres un ángel, Joanie. Sabíamos que contigo estaríamos en las mejores manos —dice el señor Martin.

—No es para tanto. Solo aplico la ciencia y un poco de paciencia.

De camino de vuelta, Luke espera a que arranque el motor y pongamos rumbo a la siguiente visita antes de romper el silencio.

—¿Te pasa algo? Me da la sensación de que tienes la cabeza en otra parte.

Aprieto los dedos alrededor del volante, sintiendo cómo los nudillos se me quedan completamente blancos por la fuerza.

—Cosas del trabajo, Luke. No te preocupes.

—Sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea. No te voy a juzgar, Joanie. Jamás lo haría.

Mantengo la boca cerrada, clavando los ojos en la llanura infinita que se extiende ante nosotros.

—Joanie… ¿Qué está pasando?

Doy un suspiro profundo, sintiendo cómo el aire me quema en el pecho.

Sé que no debería meterlo en mis líos. Sé que no debería involucrar a nadie más en esta locura.

Pero llevo demasiadas noches fingiendo que tengo el control de mi vida cuando la realidad es que me estoy ahogando en mis propios sentimientos.

Y estoy cansada. Jodidamente cansada de fingir.

Me humedezco los labios secos, tratando de ordenar el torbellino de pensamientos.

—Maddie y yo no estamos saliendo. Todo es una maldita farsa.

Luke frunce el ceño, visiblemente desconcertado por mi revelación.

—¿Cómo que una farsa? Si todo el pueblo habla de vosotras como si fuerais la pareja del año.

—Es mentira —repito—. Victoria Strong quiere forzar la venta de los terrenos colindantes que rodean Birdsong Hills. Y Maddie pensó que, si le mostraba que ha sentado la cabeza de verdad, con el trabajo y su vida personal, cambiaría de idea.

Luke se gira por completo en el asiento, con los ojos abiertos de par en par por el impacto de la noticia.

—¿Qué me estás contando?

—Al principio me negué, pero terminé aceptando para proteger el futuro de Birdsong Hills.

Darana y Camila han estado al tanto de todo desde el primer minuto.

Todo ha sido un burdo teatro para convencer al resto de Willow Creek y, sobre todo, a Victoria.

El problema es que el plan ha funcionado demasiado bien…

y ahora las cosas se nos han ido de las manos. Al menos… a mí.

Luke se queda en absoluto silencio durante un trayecto largo.

—Eso es… una auténtica locura, Joanie —murmura, sacudiendo la cabeza.

Se me escapa una sonrisa triste y amarga.

—Sí, lo sé. Es la mayor estupidez en la que me he metido en toda mi vida.

—Y el problema es que estás enamorada de ella hasta las trancas ¿verdad? —confirma Luke.

Aprieto la mandíbula, luchando desesperadamente por contener las lágrimas que amenazan con desbordarse.

—No lo sé… —miento—. Se suponía que esto iba a ser una mentira, puro teatro para salvar los muebles —mi voz empieza a quebrarse y noto el temblor en mis propias palabras—.

Y ahora ya no soy capaz de distinguir qué parte de lo que hacemos es guion y qué parte es real.

Entonces me viene el recuerdo quién es ella.

La eterna motorista rebelde que nunca echa raíces en ninguna parte.

La mujer que siempre tiene un pie fuera del camino y que jamás promete quedarse.

La que va coleccionando corazones rotos por el mundo con la misma facilidad con la que respira. Entre ellos, el mío.

»Tengo un miedo atroz, Luke. Porque si toda esta mentira se acaba y ella se marcha como siempre hace, yo me voy a quedar aquí tirada… y esta vez no sé si voy a tener fuerzas para volver a recoger mis propios pedazos.

Tras un largo silencio que se me hace eterno, Luke habla con una tranquilidad que me sorprende gratamente.

—¿Quieres que te diga qué es lo más gracioso de toda esta historia?

Le miro de reojo.

—¿El qué?

—Que, por lo que yo he podido ver… me da la ligera impresión de que Maddie tampoco está fingiendo.

—Luke baja la mirada un instante, observando sus propias manos entrelazadas sobre el regazo—.

Puede que tengas razón y que Maddie haya sido una fugitiva toda su vida.

No te lo voy a negar. Pero también cabe la posibilidad de que algunas personas solo necesiten encontrar el lugar idóneo y a la persona correcta para dejar de correr de una vez por todas.

Y quizás ella no es la misma Maddie de antes.