El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 22
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Maddie

Ya de vuelta en Birdsong Hills, aparco la moto junto al cobertizo principal, apago el motor y me quedo unos segundos sentada, con las manos apoyadas sobre el manillar.

Aunque no tengo ninguna prisa por bajar, sí que me muero de ganas de verla, pero me acojona enfrentarme a Joanie, porque la conversación con Luke no ha parado de dar vueltas en mi cabeza.

«Pero yo llevo observándote desde que regresé. Y tú no eres esa mujer cuando estás cerca de Joanie. Y está claro que tienes miedo».

Resoplo con fuerza, dándole un golpe al manillar.

—Menudo filósofo de pacotilla está hecho… —murmuro para mí misma, aunque sé de sobra que sus palabras me han dejado pensando.

Cojo aire con profundidad, y no doy ni diez pasos en dirección a las caballerizas cuando escucho la voz que lleva poniéndome los pelos de punta desde hace días.

—Bienvenida de nuevo.

Joanie viene hacia mí a paso decidido, con las manos metidas en los bolsillos de su cazadora de trabajo. Lleva el pelo en un recogido desordenado. Incluso con pinta de haber estado limpiando corrales, esa mujer consigue que todo a su alrededor parezca una pasarela de modelos.

Se detiene justo delante de mí, a una distancia de seguridad que de repente me parece un abismo insalvable. No parece furiosa, lo cual es casi peor. Solo está contrariada; tiene ese pequeño y sexi ceño fruncido y sus ojos azules se han vuelto un par de tonos más oscuros.

—Podrías haberme despertado esta mañana.

—Pensé que querrías descansar un poco más —respondo, encogiéndome de hombros—. Además, le prometí a Nicole que la ayudaría con la librería una vez que llegara todo. No quería desvelarte solo para eso.

—Ya… claro. Qué considerada —replica ella, cruzándose de brazos y dando un paso hacia mí—. ¿Y no pensaste que a lo mejor me apetecía saber que te marchabas? Por mucho que esto sea lo que es, no habría estado de más.

Mierda, otra cagada más en la lista de Maddison Strong.

Trago saliva, pero mantengo la barbilla alta. Me está escudriñando la expresión como si fuera un mapa del tesoro, buscando la respuesta a por qué salí huyendo de su cabaña como si tuviera al mismísimo demonio en los talones.

—Tengo que preparar los caballos para la ruta —murmuro, dando un paso lateral para esquivarla.

—Maddie…

No me giro. Porque si me doy la vuelta, la estamparé contra el cobertizo y le plantaré un buen beso en vez de permitirle tanta cháchara barata.

—Luego hablamos. Te lo prometo.

Ojalá fuera tan fácil. Entro en el establo principal, donde el ambiente es un remanso de paz.

A lo lejos, veo a algunos turistas merodeando por la zona de pernocta mientras Ricky termina de su soltar su habitual rollo cómico sobre el Outback a una familia con niños antes de pirarse a La Espuela de Plata a currar.

Más allá, Darana revisa concienzudamente los bastes de unas monturas junto a Bert, y Camila charla animadamente con Ethan frente al almacén.

Todo el engranaje de la hacienda funciona a pesar de no saber qué va a pasar en el futuro más próximo.

Abro la puerta del box de Trueno. Este levanta el cuello al escuchar mis pasos y emite un bufido, sacudiendo las crines.

—Hola chico guapo —susurro, metiéndome dentro. Le acaricio con la palma de la mano, pegando mi frente a la suya para contagiarme de su tranquilidad—. ¿Cómo has pasado la noche? Prometo no ser un dolor de cabeza.

Trueno me empuja el hombro, reclamando su ración de mimos.

Empiezo a cepillarlo con movimientos enérgicos y rítmicos.

El sonido de las cerdas contra su pelaje azabache me sirve de terapia.

Le coloco el sudadero, ajusto la silla de montar, compruebo la cincha un par de veces y le reviso los cascos.

Necesito centrarme en tareas mecánicas, en algo que no tenga la boca de Joanie, que no huela a Joanie y que no me haga preguntas internas de las que no tengo ni la más remota idea de cómo salir invicta.

El rebuzno cantarín de Angus rompe mi concentración. Me asomo por encima del tabique del box y se me escapa una carcajada. El burro entra trotando por el pasillo central, luciendo un trozo de paja enganchado en la oreja derecha como si fuera el último grito en moda animal.

—Pero bueno… ¿Se puede saber quién te ha dado permiso para entrar en mis dominios?

Angus ni se inmuta. Se planta ante mí, estira el cuello y me embiste suavemente el estómago con el hocico, buscando mimos sin un ápice de pudor.

—Eres un interesado, gordinflón —le murmuro con cariño, rascándole justo en el punto ciego detrás de las orejas. El burro entorna los ojos, completamente entregado al placer—. Lo sabía. Solo me quieres por interés… o por las zanahorias que crees que llevo en los bolsillos de la chaqueta.

El animal suelta otro rebuzno tan exagerado y dramático que Trueno asoma la cabeza por encima de la puerta y le da un empujón amistoso en la grupa, como diciéndole que no sea tan teatrero.

—Vaya, lo que me faltaba por ver.

Justo en ese instante, el pasillo se convierte en una pista de carreras.

Canela, entra disparada, derrapando en el suelo.

Justo detrás, Pecas aparece haciendo gala de su agilidad; salta sobre una caja de madera para luego lanzarse al suelo y morder juguetonamente el mechón de paja que le cuelga a Angus de la oreja.

Los tres animales se enzarzan en baile de patas y soniditos deliciosos.

Me apoyo en el poste del box, riéndome y olvidando por un segundo del nudo que me atenaza el pecho.

—¡Eh, nada de morder los talones, Canela! —les grito, aunque me ignoran.

—Así que aquí estáis…

La voz de Joanie llega desde la entrada principal y la burbuja de risas estalla al instante.

Canela corre a su encuentro batiendo la cola y Pecas se sienta a sus pies, estirando el cuello para recibir una caricia experta entre los ojos.

Yo borro la sonrisa de inmediato y vuelvo al box de Trueno, fingiendo un interés desmedido por comprobar una hebilla que ya he revisado tres veces.

—¿Vienes a pasar consulta? —pregunto, e intento que parezca que no le presto muchísima atención.

—He terminado hace un rato —responde ella, deteniéndose justo en el umbral del box.

Se apoya contra el marco de madera, cruzando las piernas—.

Los clientes están encantados con la ruta que organizó Ricky, aunque nunca mejorarán las tuyas.

Pero no he venido por eso, Maddie. ¿Se puede saber qué mosca te ha picado hoy? ¿Estás bien?

—Estoy perfectamente —miento.

—No te creo ni una palabra —insiste Joanie, dando un paso hacia el interior del box—. Te conozco demasiado bien. ¿Ha vuelto a incordiarte tu madre? ¿O ha pasado algo en el pueblo mientras ayudabas a Nicole?

Aprieto los dientes, sintiendo la frustración recorrerme.

—Joanie, en serio, déjalo ya —le espeto, girándome hacia ella con brusquedad—. No me pasa nada. Simplemente estoy cansada. No busques fantasmas donde no los hay.

—Maddie… —Su mano sube y me roza la manga de la chaqueta—. ¿Qué está pasando?

—¡Que no insistas! —le grito con aspereza.

Me arrepiento en el mismo instante en que veo cómo parpadea, sorprendida por mi arrebato.

Pero no puedo recular. Si sigo tirando de ese hilo, voy a terminar confesándole que Luke tiene razón, que tengo miedo a lo que estoy sintiendo por ella y que este maldito contrato se ha convertido en la verdad más absoluta y aterradora de mi vida.

Sintiéndome acorralada por mis propias emociones, me giro con brusquedad para apartarme de ella y agarro del estante superior una pesada caja de herramientas, donde guardamos las llaves inglesas, desatornilladores y herrajes de repuesto.

Lo hago demasiado rápido, y el asa metálica se me resbala de los dedos.

—¡Mierda!

Intento atraparla sobre la marcha, pero solo consigo darle un manotazo que la desvía. La caja sale despedida hacia el pasillo, golpea el borde de una viga y se abre de golpe en el aire. Las herramientas salen disparadas.

Pecas, que estaba curioseando justo al lado de la bala de paja en el pasillo, levanta las orejas al oír el impacto metálico. Una llave inglesa cae en su pata delantera derecha.

La perra suelta un gemido de dolor desgarrador.

—¡Pecas! —grito, con el corazón saliéndoseme por la boca.

Joanie se lanza al suelo de rodillas antes de que yo logre dar dos pasos.

La perra intenta apoyar la pata delantera, pero no puede; gime de forma lastimera, encogiéndose sobre sí misma mientras levanta la extremidad afectada.

El lugar se convierte en caos en un segundo: Canela empieza a ladrar como loca alrededor de su compañera, Angus rebuzna sobresaltado dando un paso atrás, y Trueno suelta un relincho de nerviosismo, coceando el lateral del box y contagiando al resto de caballos.

—Déjame ver… —digo, arrodillándome a su lado e intentando alargar una mano hacia la perra.

—¡No la toques! —me grita Joanie.

Me quedo inmóvil. Joanie ignora por completo mi presencia. Sus manos tiemblan de forma imperceptible mientras acaricia a Pecas.

—Tranquila, cariño… déjame ver. Shhh, ya está.

Cuando Joanie levanta la cabeza para mirarme, desearía que la tierra me tragara. Jamás en la vida me ha mirado así.

—Sal de aquí. Estoy harta de que pagues tus mierdas con todo el mundo.

—Joanie… ha sido un accidente… —las palabras me salen atropelladas.

—He dicho que te largues.

Bajo los brazos despacio, dejando caer las manos a los lados del cuerpo, sintiéndome la mujer más despreciable del mundo.

Pecas sigue lloriqueando mientras Joanie le palpa la articulación. Canela se coloca justo delante de su dueña, interponiéndose entre ellas y yo, y me dedica un gruñido, enseñándome los colmillos. Se ha acabado la tregua. Vuelvo a ser el enemigo público número uno.

En cuanto cruzo la puerta junto a Trueno, el aire me azota la cara, secándome el sudor de la frente. Vamos sin rumbo fijo por la pista, con la mirada perdida en el horizonte, a sabiendas que necesito poner distancia de por medio.