21
Maddie
Han pasado apenas treinta minutos desde que he salido de la cabaña de Joanie y todavía siento el calor de su piel pegado a la espalda.
Conduzco mi moto por la pista de tierra rojiza que une Birdsong Hills con Willow Creek, mientras el aire se cuela sin piedad por el cuello de mi chaqueta. El mundo parece exactamente el mismo de siempre, pero yo ya no me siento igual.
Anoche dormí abrazada a una mujer a la que juré que jamás volvería a acercarme, al menos, no de la manera en que siempre lo he hecho.
Y ahora mismo, no tengo ni la más remota idea de qué demonios estoy haciendo.
Cuanto más intento apartar de mi cabeza la imagen de Joanie dormida, con el pelo desordenado sobre la almohada, con más fuerza me golpea lo que estoy empezando a sentir.
Al atravesar la calle principal de Willow Creek, veo camionetas aparcadas frente al taller de los McKenzie, varias bicicletas apoyadas junto a El Colibrí y un pequeño grupo de vecinos curioseando ante la fachada de la vieja librería de los Wilson.
Después de tantos meses cerrada, por fin arranca la reconstrucción para poder venderla.
Aparco la moto junto a la acera, me quito el casco y me sacudo el pelo para espabilarme.
Un enorme camión de carga está descargando vigas de eucalipto, paneles de yeso, sacos de cemento y ventanas nuevas.
Entre el caos de herramientas y gritos, distingo enseguida a Ricky —este chico tiene tiempo para todo—, que carga un tablón sobre el hombro mientras protesta como si estuviera arrastrando un remolque él solo.
A su lado trabajan Luke Henderson y otros dos vecinos: Owen Carter, el carpintero del pueblo, y Ben O’Connor, un electricista grandullón que siempre tiene una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Cuidado con esa esquina, Ricky! —brama Owen—. Como rayes el marco de la puerta, te las verás tú con Nicole.
En ese momento, la puerta principal de la librería se abre y Nicole Wilson aparece limpiándose las manos con un trapo viejo. A sus setenta años, esa mujer tiene más energía que tres caballos desbocados. En cuanto me ve, abre los brazos de par en par con alegría.
—¡Pero bueno! ¡Qué ven mis ojos! Si es la motorista más guapa. Ven aquí y dame un abrazo, anda.
Resoplo, sintiendo un calorcito agradable en el pecho mientras me acerco.
—No exagere. Que hoy vengo con cara de pocos amigos y el pelo alborotado.
Ella pasa de mis protestas, me planta un beso ruidoso en cada mejilla y me deja un rastro de olor a pintura fresca y esencia de vainilla.
—Tu padre decía exactamente las mismas tonterías cuando quería hacerse el duro. Y mírate ahora, Strong, al pie del cañón dispuesta a arrimar el hombro.
La sonrisa se me congela en los labios. Durante un segundo, el ruido de los golpes desaparece.
Solo me queda esa frase rebotando en la cabeza.
Hace años que el cáncer se lo llevó y, sin embargo, todavía hay mañanas en las que espero encontrarlo en el porche de casa, arreglando sus plantas. Haciendo que mamá vuelva a sonreír.
Trago saliva con dificultad y levanto la barbilla.
—Bueno… menos charla y más acción. ¿Hay algo en lo que pueda ayudar antes de las rutas de equitación de esta tarde?
Nicole me clava una mirada astuta.
—Puedes ayudar con las vigas de soporte. Y luego, cuando terminemos, te exijo que te quedes a probar mi pastel de manzana.
—Trato hecho.
Durante la siguiente hora me dedico a trabajar como una bestia, y lo agradezco.
El esfuerzo físico tiene esa maravillosa cualidad de anestesiar el cerebro.
Cargo tablones pesados, arrastro sacos de cemento y transporto cajas de herramientas pesadas de un lado a otro.
Luke y yo terminamos levantando a pulso una enorme puerta de madera mientras Owen nos da las instrucciones.
—Un poco más a la izquierda, Maddie… Gira despacio… Cuidado con el yeso… ¡Ahí!
Conseguimos encajarla en las bisagras sin cargarnos nada por el camino, lo cual ya es un logro histórico.
—Un auténtico milagro de la ingeniería de Willow Creek —resopla Ben, secándose el sudor de la frente con el dorso de la mano—. Estaba convencido de que acabaríamos aplastando a Ricky.
Las risas llenan el local, y yo me descubro riendo también a carcajadas.
Pero en cuanto el eco de las risas se apaga, ella vuelve a colarse en mis pensamientos.
Su boca deliciosa buscando la mía, el calor abrasador de su piel bajo mis dedos…
Siento un sofoco traicionero que me tiñe el cuello de rojo y me obligo a agarrar la siguiente caja.
—¡Eh, Strong! ¡Despierta! —me grita Ricky.
—Estoy aquí, pesado —le espeto, fulminándolo con la mirada.
—Sí, claro.
Ricky me regala una sonrisa de superioridad y, después, seguimos descargando el material restante durante otros quince minutos hasta que el remolque del camión queda impecable.
Nicole aparece triunfal por la puerta trasera llevando una bandeja enorme con tazas de café y unos pasteles recién horneados que huelen a canela y mantequilla.
—Descanso obligatorio para todo el mundo.
Ante la comida de Nicole no hay valiente que proteste. Nos dejamos caer donde podemos. Me siento sobre un cajón de madera, soplando mi café para no abrasarme la lengua, mientras Ricky se acomoda justo enfrente con una expresión de lo más sospechosa.
—Bueno, Maddie… —empieza a decir, alargando la última vocal.
Ni siquiera me molesto en mirarlo.
—No.
—¡Si ni he abierto la boca! —se defiende.
—Sé perfectamente por dónde vas, Ramírez, y la respuesta es no.
—Madre mía… qué humor —protesta de nuevo—. Solo quería saber cómo acabó la noche de las brasas.
Dejo la taza de café en el suelo, levanto la cabeza y le clavo una mirada que derretiría el glaciar más grande del planeta.
—No es asunto tuyo, Ricky. Métete en tus cosas.
Él se lleva la mano libre al corazón.
—Oye, que yo solo me preocupo por el bienestar de mis amigas. Y creo que te hacía falta una buena dosis de… «atención médica».
Nada más decirlo, vuelve a reír a carcajadas.
—Como sigas por ahí, te aseguro que la atención médica la vas a necesitar tú para que te extraigan mi bota del trasero —le advierto, señalándole con el índice.
Seguidamente, le dedico un gesto poco sutil con el dedo corazón mientras le doy un sorbo a mi café. A mi lado, noto que la conversación ha dejado de tener gracia para uno de los presentes. Luke Henderson está inusualmente callado.
No dice ni una sola palabra hasta casi una hora después, cuando el grupo se divide de nuevo y nos toca a los dos trasladar unas estanterías hacia la parte trasera del local.
—¿Puedo decirte algo? Sin que te pongas a la defensiva, a ser posible.
Dejo caer mi lado del mueble y me cruzo de brazos, apoyando la cadera en la madera.
—Depende. Si vas a darme un sermón o a meterte donde no te llaman, ahórratelo.
—Joanie es una gran mujer —suelta sin rodeos, sosteniéndome la mirada con una seriedad pasmosa—. De las mejores que tiene este maldito pueblo.
Siento cómo la mandíbula se me tensa al instante.
—Ya sé perfectamente la clase de mujer que es. No necesito que me lo recuerdes tú.
—Pues más te vale no cagarla —continúa—. No se merece que jueguen con ella. Y tú tampoco estás para más dramas, por mucho que te empeñes en ir de dura por la vida y fingir que todo te resbala.
—Ya conoces mi reputación por aquí, Henderson. No engaño a nadie.
—La conozco, sí —admite dando un paso al frente—. Pero sé de sobra que lo que hay entre vosotras dos no tiene nada que ver con tus historias habituales.
Algo muy profundo y doloroso se retuerce en mi estómago. Porque me aterra la idea de enamorarme, de perder el control de mis propios sentimientos. Pero antes muerta que reconocerlo delante de él.
—Métete en tus putos asuntos, Luke, y déjanos en paz.
No espero a ver qué cara pone. Dejo las herramientas junto a Owen y retomo el trabajo.
La librería ya empieza a cobrar vida. Las grietas causadas por el viento y el agua han desaparecido bajo capas de yeso, y el aroma a madera nueva empieza a adueñarse de la estancia.
—Tu padre estaría inmensamente orgulloso de ti, Maddie.
De la mujer tan fuerte y valiente en la que te has convertido —comenta Nicole a mi lado, echando un vistazo a cómo está quedando todo.
Trago saliva, sintiendo cómo se me vuelve a hacer un nudo en la garganta.
¿Por qué demonios hoy todo el mundo se ha puesto de acuerdo para resucitar mis fantasmas familiares?
—No estoy yo tan segura de eso… —murmuro entre dientes, apretando el gatillo del taladro.
Nicole me da un palmadita cariñosa en la pantorrilla.
—Pues yo sí lo estoy, mi niña. Y sé de buena tinta que Joanie también lo ve en ti. Esa chica tiene un don especial para ver el corazón de las personas, y contigo no se equivoca.
Me muerdo el labio inferior tan fuerte que casi me hago daño para evitar soltar la verdad. Porque Joanie jamás estaría conmigo de no ser por esta mentira que nos hemos montado.
· · ·
Dos horas más tarde, el camión está completamente vacío y las estanterías de eucalipto lucen perfectas en su sitio. Ricky se apoya contra el mostrador provisional con las manos en la cintura, contemplando el resultado con orgullo.
—Pues oye… nos ha quedado de revista.
—Aún nos falta más de la mitad del trabajo, fantasma —le corta Owen, aunque no puede ocultar su sonrisa de satisfacción—. Pero sí, ya vuelve a parecer una librería decente.
—Una vez se venda, va a ser el nuevo corazón del pueblo —añade Ricky, guiñándole un ojo a la dueña.
Nicole se pasa discretamente un pañuelo por los ojos, visiblemente emocionada.
—Muchísimas gracias a todos… No sé qué habríamos hecho.
Nadie dice nada durante unos instantes, porque todos los presentes recordamos perfectamente el desastre que dejó la tormenta. Ben rompe el momento solemne dando una sonora palmada que resuena en todo el local.
—Bueno, basta de sentimentalismos. ¿Quién va a tener el honor de invitarnos a una ronda de cervezas bien frías para celebrar que hemos sobrevivido?
—¡Ricky! —gritamos Luke, Owen y yo al unísono, señalándolo sin dudar.
El aludido abre mucho los ojos y levanta los brazos como si lo estuviéramos atracando a punta de pistola.
—¿Pero se puede saber por qué siempre me toca pagar a mí?
—Porque eres el que echa una mano en el bar, tacaño —le espeta Luke.
—Vaya panda de sanguijuelas. Está bien, acepto. La primera ronda de la noche la pago yo… siempre y cuando nuestra querida Maddie nos confiese de una vez qué tal fue el «servicio de urgencias veterinarias» de anoche.
Los chicos rompen a reír con ganas, y hasta Luke se une al cachondeo. Yo no puedo evitar soltar una risa, sintiendo cómo la tensión acumulada cede un poco por primera vez en todo el día.
—Oye, Maddie —dice Luke, rascándose la nuca.
No le facilito las cosas. Sigo limpiando el polvo de mis botas con un trapo.
—¿Qué quieres, Henderson?
—Lo de antes… de verdad que no iba con mala intención. No quería presionarte ni buscar pelea contigo.
—Olvídalo —le respondo, deseando dar por zanjado el tema.
—No iba de malas, en serio —insiste, cruzándose de brazos y suspirando—. Es solo que me preocupo por ella.
—Pues parece que te gusta el peligro, porque estás tentando a la suerte —replico.
Él niega con la cabeza, esbozando una sonrisa.
—Solo quería asegurarme de una cosa, Maddie. De verdad.
Me detengo, dejo el trapo sobre una caja y me yergo para mirarlo directamente a los ojos.
—¿De qué?
—De que, por una vez en tu vida, vas en serio con alguien. De que esto no es solo otro de tus rollos para pasar el rato.
Resoplo con fuerza y me paso una mano por el pelo revuelto.
—¿Sabes cuál es vuestro gran problema, Luke?
—Ilumíname.
—Que todos en este maldito pueblo os creéis con el derecho de conocer de qué pie cojeo.
Luke se queda en silencio unos segundos, analizándome.
—No, Maddie. Te equivocas. Creo que precisamente nadie en Willow Creek te conoce de verdad.
Frunzo el ceño, picada en mi orgullo a mi pesar.
—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?
—Porque la gran mayoría solo ve la máscara que tú misma te has encargado de esculpir —explica Luke, gesticulando con las manos—.
Ven a la tía dura que de vez en cuando bebe más de la cuenta, la que cambia de cama muy a menudo, la rebelde sin causa que siempre tiene un chiste sucio a mano y que se niega a tomarse nada en serio para que nadie pueda acercarse lo suficiente como para herirla.
Hace una pausa, clavándome una mirada tan franca que siento que me está desnudando el alma en mitad de la librería.
—Pero yo llevo observándote desde que regresé. Y tú no eres esa mujer cuando estás cerca de Joanie. Y está claro que tienes miedo.
«¿Y qué si eso es verdad?»
Me recompongo a marchas forzadas, carraspeando para recuperar el tono burlón.
—Te montas unas películas dignas de un Óscar, de verdad. Deberías escribir novelas.
—Puede ser —concede él, dibujando una sonrisa apenas perceptible en las comisuras de los labios—.
Pero hazme caso: si de verdad la quieres, no te duermas en los laureles.
Joanie es una mujer increíble y no va a quedarse esperando eternamente en su porche a que decidas armarte de valor, y tú lo sabes mejor que nadie.
Luke me observa unos instantes en silencio, como si supiera perfectamente que la verdadera batalla no la tengo con él. La tengo con mi propio reflejo en el espejo.
Al final, doy un paso atrás.
—No tienes ni la más remota idea de lo que estás diciendo, Henderson.
—Puede que no —concede él, manteniendo esa serenidad que tanto me crispa los nervios—. Pero, por el bien de las dos, ojalá seas tú la que tenga razón.