El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) Epílogo
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Epílogo

Joanie

Unas semanas después.

El rojo intenso de la tierra del Outback se impone con determinación, los eucaliptos dejan escapar su inconfundible aroma y los primeros turistas salen de las cabañas con una taza de café humeante entre las manos, convencidos de que jamás habían visto un lugar parecido y tan bonito como este.

Y, la verdad… yo tampoco. No porque haya cambiado el entorno, sino porque ahora lo miro con otros ojos, con una profundidad que antes mi cerebro no se permitía.

Hace apenas unas semanas, temía que la ilusión se desvaneciera con la primera ráfaga de viento.

Y ahora, contemplo con orgullo cómo los obreros levantan las estructuras de las nuevas caballerizas sobre las antiguas tierras de Victoria Strong, mientras las bases de madera prometen otras tantas cabañas de turismo rural con vistas privilegiadas a las colinas del valle.

Veo el terreno que Darana ya ha reservado para los nuevos paddocks de entrenamiento, la pista cubierta que nos protegerá de las tormentas y la zona destinada a organizar retiros ecuestres y talleres para familias que buscan reconectar con la naturaleza.

Más allá, cerca de la zona principal, también empiezan a marcar el espacio donde Lily tendrá su restaurante aledaño a una de las cabañas: un edificio de piedra y madera, integrado con el paisaje, y una gran terraza orientada al atardecer.

No puedo evitar que una sonrisa se dibuje en mis labios mientras sostengo el bote de clorhexidina y las gasas.

—¿Quieres dejar de hacer el tonto de una vez? —le digo a Angus con tono severo, pasándome el dorso de la mano por la frente para apartarme un mechón de pelo.

El burro me mira como si acabara de insultar a toda su estirpe, con esos ojos grandes y expresivos que parecen juzgar a cualquiera.

—No me pongas esa cara. El culpable eres tú, no yo.

El burro suelta un rebuzno con absoluta dignidad mientras me agacho de nuevo para terminar de limpiar el pequeño corte que se ha hecho en la pata delantera. La herida es superficial, pero en el Outback un rasguño mal curado se puede convertir en un problema en cuatro días.

—¿Sabes cuál es tu problema? —continúo mientras aplico el antiséptico. Otro rebuzno prolongado resuena como una protesta formal—. Exacto. Que no escuchas nunca. Eres terco como tú solo.

Suelto una risa, sacudiendo la cabeza ante su cabezonería.

—Te dije bien clarito que dejaras de perseguir a las gallinas de Ethan. Pero claro, tenías que demostrar quién manda en el corral, y ahora mírate… aquí estás.

Angus mueve las orejas hacia atrás. Le acaricio mientras devora con ansia el trozo de manzana que he sacado del bolsillo de mi chaleco como soborno.

Su pelaje áspero me transmite un calor reconfortante y, por un instante, me apoyo contra su lomo disfrutando de esta rutina tan maravillosa que vivo día tras día.

—Menudo paciente estás hecho —murmuro con cariño.

—Porque sabe perfectamente cómo manipularte —interviene una voz a mi espalda.

Maddie viene caminando desde la casa principal devorando el espacio sin ni siquiera despeinarse.

Lleva unos vaqueros desgastados que parecen diseñados a medida sobre sus curvas, las botas llenas de barro y una camisa de trabajo azul remangada hasta los antebrazos, mientras sujeta el sombrero en una mano.

Sigue siendo la mujer más guapa que he visto en mi vida. Y lo peor del caso es que cada día me lo parece más. Se agacha a mi lado, y antes de decirme nada a mí, le rasca el cuello a Angus justo en el punto exacto que le encanta.

—¿Qué has hecho ahora, campeón? —le pregunta al burro.

El animal entorna los ojos de placer, rindiéndose a sus encantos al instante.

—Mira qué rápido cambia de bando el traidor —comento, cruzándome de brazos.

—Eso es porque tú lo quieres controlar demasiado, Blake.

—Claro, cómo no. Ahora yo voy a ser la mala de la película solo porque él ha decidido perseguir a las gallinas —protesto—. Haces lo que quieres con él.

Maddie abandona al burro, se pone de pie y me dedica esa sonrisa que consigue desmontar en un segundo toda mi compostura.

—También hago lo que quiero contigo —susurra, bajando el tono hasta convertirlo en una caricia peligrosa cerca de mi oreja.

Alzo una ceja, sintiendo un latigazo de calor en el vientre.

—¿Ah, sí? ¿Y qué te hace pensar eso, vaquera?

—Bueno… —Se inclina un poco más—. Digamos que tengo un porcentaje de éxito bastante elevado.

Antes de poder replicar, me atrapa la nuca y me roba un beso corto y cálido. Un beso con sabor a café recién hecho, a aire de montaña y al amor que sigue consumiéndome a diario. De la mejor manera, claro.

El estómago me da la misma sacudida salvaje que la primera vez que nos acorralamos en el granero.

—Buenos días, Blake —murmura sobre mis labios.

—Buenos días, vaquera engreída —respondo, intentando recuperar el aire.

—Me gusta más cuando usas el título de novia —insiste, acariciándome la cadera con el pulgar por encima de mi cinturón.

Me pasa el brazo por la cintura justo en el momento en que Angus decide que la sesión médica ha terminado. El burro da media vuelta y se aleja al trote sin cojear lo más mínimo, buscando el corral de las novillas.

Nos echamos a reír al mismo tiempo. El sonido se me mezcla con la brisa fresca que agita las copas de los eucaliptos.

A unos metros, en la explanada, Pecas y Canela corren completamente desatadas alrededor del cercado donde Trueno, Byron y el grupo de caballos de ruta pastan tranquilamente.

Trueno apenas levanta la cabeza, observa a las dos perras dar vueltas como posesas y sigue masticando con la calma regia de un veterano de mil batallas.

—Cada día admiro más la paciencia de Trueno —comento, dejándome caer contra el hombro de Maddie.

—¿Porque también te ignora cuándo te pones en modo veterinaria? —bromea, rodeándome la espalda con el brazo.

—No, graciosilla. Porque acepta con filosofía que esas dos no van a madurar en la vida.

Pecas pega un brinco enérgico intentando incitar a uno de los potros más jóvenes. El potrillo da dos corvetas torpes antes de salir corriendo tras ella, con la cola levantada y desbordando energía. Canela se suma como un rayo, convirtiendo el prado en una pista de carreras.

—Me encanta verlas así con los caballos. Cuando las rescaté estaban tan aterrorizadas que se escondía debajo de las mantas de mi todoterreno.

Maddie sonríe.

—Yo tampoco lo habría creído. Hemos cambiado un rato largo… todos nosotros.

La miro de perfil, fascinada por la sombra que sus pestañas crean sobre los pómulos.

—Supongo que todos necesitábamos nuestro propio tiempo para aprender a confiar —murmuro.

Maddie gira la cabeza despacio. No es tonta; sabe perfectamente que esto no va de las perras. Sus ojos se clavan en los míos con intensidad, sin escudos ni ironías.

—Gracias por no tirar la toalla conmigo, Joanie. Por darme cancha cuando ni yo misma daba un duro por mí.

Entrelazo mis dedos con los suyos, sintiendo la calidez de su piel.

—Gracias a ti por demostrarme que valías cada maldito segundo.

El silencio nos envuelve unos segundos y solo se escucha el relincho de un potro al fondo y las risas de un grupo de turistas que cruzan la pasarela recién instalada.

Maddie suelta una bocanada de aire fresco.

—Por cierto —dice, cambiándome el paso—, ayer Ricky, los chicos y yo terminamos de montar los estantes en la librería del pueblo. Menuda paliza que nos dimos.

Sonrío, imaginándome el cuadro. Maddie se ríe con ganas, contagiándome la calidez de su risa.

—Ha quedado espectacular. Madera, luces cálidas… tiene un aire acogedor brutal, y parece que ya hay una candidata para quedarse la librería.

Abro los ojos de par en par.

—¿En serio? ¿Tan rápido?

—Una profesora de educación secundaria. Se ve que quiere dejar la ciudad y buscar una vida más tranquila por aquí. Que Willow Creek es exactamente lo que estaba buscando.

—Cuando Agnes se entere, no tarda ni media hora en averiguar hasta su árbol genealógico.

—Totalmente. Esa mujer tiene un radar.

Nos quedamos apoyadas contra la valla de madera, hombro con hombro, dejando que el sol de la mañana empiece a calentar la tela de nuestras chaquetas.

—¿Y bien? —digo, rozando disimuladamente mi cadera contra la suya—, ¿qué plan de trabajo tienes para hoy?

—Tengo una ruta guiada con dos familias alemanas a primera hora. Luego, clase particular de salto con la hija de los granjeros del norte. Y por la tarde me reúno con Darana para trazar el perímetro de la nueva pista de doma. Un día tranquilo de los míos.

—Vamos, que no vas a parar de dar órdenes en todo el día.

—Es mi especialidad, Blake —aclara guiñándome un ojo—. ¿Y la veterinaria del pueblo? ¿Qué batallas tiene pendientes hoy?

—Ecografía de control a tres yeguas preñadas. Y después me toca desplazarme para vacunar a un lote de terneros en una finca vecina. También una jornada en mi línea.

Maddie vuelve a acortar la distancia entre las dos. Apoya su frente contra la mía, dejando que nuestras respiraciones se mezclen.

—Me encanta poder preguntarte cómo va a ser tu día para saber qué hacer cuando acabamos la jornada.

La miro fijamente. Esa mirada que durante tanto tiempo usó la ironía como un muro infranqueable.

—¿Y se puede saber qué planes tienes para esta noche? —pregunto, dejando que mis dedos se cuelen bajo la solapa de su camisa.

Sus labios rozan los míos con una lentitud exasperante, prometiendo todo lo que se viene.

—Llegar a casa… Preparar algo sencillo de cenar y recordarte, sin ninguna prisa, por qué este contrato no tiene fecha de caducidad.

«Casa». Qué palabra tan sencilla y qué inmensa resulta cuando la encuentro en la forma en que ella me sujeta la cintura.

Llevo la mirada hacia nuestro alrededor mientras entrelazo los dedos con los de Maddie. El martilleo retumba con fuerza en las obras, los turistas pasean tranquilos, las perras siguen correteando en la distancia y Angus rebuzna de nuevo reclamando otro trozo de manzana.

Hay quien dice que las mejores historias de amor empiezan con una mirada. La nuestra empezó con una farsa. Pero algunas mentiras tienen la manía perfecta de enseñarte el camino hacia la verdad. Y la mía camina pegada a mi lado, sujetando mi mano como si no pensara soltarla jamás.