19
Maddie
El invierno en el Outback tiene sus propias costumbres, y la primera es congelarte las pestañas si eres tan lista como para ir en moto a un evento nocturno en pleno agosto.
Willow Creek celebra el Festival de las Brasas.
Una tradición para agradecer que el ganado sobreviva al invierno y recaudar fondos para el cuerpo de voluntarios que despeja los caminos rurales.
En La Espuela de Plata no hacen falta fuegos artificiales; basta con música, estofado caliente y vecinos dispuestos a convertir cualquier excusa en una fiesta inolvidable.
Al bajarme de la moto frente al bar, las ventanas del local ya están empañadas por el calor del interior.
Me quito los guantes con los dientes y me miro en el retrovisor, recolocándome el sombrero con un gesto nervioso.
Llevo una camisa color marfil impecable, unos vaqueros oscuros y mis botas nuevas de cuero.
—Qué ridícula eres, Strong —resoplo para mis adentros, dándole un toque al ala del sombrero mientras una ráfaga de aire me azota la nuca—. Como si esto fuera a cambiar algo.
La única persona para la que me he arreglado probablemente estará más pendiente de algún microbio que de mí, pero el pulso se me acelera igual.
Empujo la puerta con decisión y el olor a carne asada, cerveza y madera me golpea, envolviéndome como un abrazo.
El bar está hasta arriba. Las vigas lucen guirnaldas de luces, ramas de eucalipto y cintas de cuadros rojos.
En un rincón, Joyce coordina las mesas sirviendo estofado de cordero humeante, pan casero y tartas de manzana y canela que huelen a gloria.
Me encanta que todo el mundo siempre eche una mano por aquí.
Al fondo del local, sobre una pequeña tarima de madera, descubro la mayor amenaza de la noche: un karaoke que me hace parpadear horrorizada.
—No puede ser —murmuro entre dientes, dando un paso atrás.
—¿Qué pasa, Maddie? ¿Miedo al escenario? —Ricky aparece a mi lado de la nada, plantándome una jarra de cerveza bien fría en la mano y luciendo una sonrisa burlona de oreja a oreja.
—Pensaba que estas torturas colectivas solo pasaban en las películas americanas —respondo, dándole un trago a la cerveza para templar los nervios mientras busco con la mirada entre la multitud.
Él suelta una carcajada que compite con el bullicio general.
—Pues ya ves, la gente se lo toma como si estuviera en Broadway. ¿Te vas a animar a cantar algo con tu chica?
Miro hacia la tarima, donde el viejo Henderson está destrozando sin piedad un tema de Johnny Cash. Nadie afina, pero todo el mundo aplaude y ríe. Supongo que esa es la gracia de estas noches en el pueblo: la imperfección compartida por todos.
—Buenas noches, Strong —me saluda Joyce desde la barra, apuntándome de forma amenazante con una cuchara de madera gigante—. Como rompas algún corazón, te aseguro que tendrás problemas.
¿Cómo no iba a defender a su sobrina adoptiva?
—Qué manera tan bonita de darme la bienvenida —replico con una sonrisa pícara, apoyándome en la barra.
—Te conozco de sobra, Maddie Strong. Y ese brillo que traes en los ojos me dice que no has venido precisamente por mi estofado —añade con un guiño cómplice.
Le guiño un ojo de vuelta, cojo mi cerveza y me adentro entre la gente, sorteando sombreros y camisas de franela. Y de repente, mi respiración se pone en huelga.
Joanie está con Darana, Camila, Ethan, Kira y Luke Henderson.
Lleva un jersey granate de cuello alto que le queda de infarto y resalta su piel, y unos vaqueros oscuros que abrazan sus curvas de una forma que debería estar prohibida.
El pelo le cae sobre el hombro en una trenza ligeramente deshecha que le da un aire despreocupado, salvaje y… , joder, irresistible.
Con poco que haga, consigue que el resto del jodido bar desaparezca en cuanto la miro.
Al sentir mi presencia, levanta la vista y nuestros ojos se cruzan a través de la multitud.
Sus labios se curvan en una sonrisa pequeñita, sugerente, lo justo para que mi corazón decida saltarse tres latidos y arrancar a galope desbocado.
Respiro hondo, me coloco bien el sombrero y me acerco a la mesa intentando mantener esa fachada segura de sí misma que tanto me cuesta sostener cuando ella me mira.
—Buenas noches a todos —saludo, apoyando una mano en el respaldo de la silla libre, que casualmente está justo al lado de Joanie.
Camila levanta inmediatamente su vaso con entusiasmo.
—¡Por fin! Pensábamos que te habías quedado congelada en el camino con la moto.
Darana me dedica una sonrisa tranquila, dándole un sorbo a su copa.
—Estábamos apostando a que te habías quedado en los cobertizos dándole mimos a Trueno. Ese caballo te tiene absorbida. Aunque bueno, yo también tengo a un orejudo exigente.
—Hoy me ha dado permiso —respondo con tono gamberro, deslizando mi cuerpo en la silla vacía.
Joanie gira la cabeza despacio y me recorre de arriba abajo. Sus ojos azules se clavan un segundo de más en los botones superiores de mi camisa marfil y noto cómo traga saliva.
—Que guapa estás —observa en voz baja.
—Gracias. Tú también.
El aire entre las dos se carga de una tensión dulce, caliente y endiabladamente familiar; esa misma electricidad que llevamos semanas alimentando a base de mentiras que empiezan a saber demasiado a realidad.
Antes de que pueda soltarle alguna réplica de las mías, Luke Henderson interrumpe el momento ofreciéndome la mano con amabilidad.
—Hola, Maddie. Hace días que no te veía.
Le estrecho la mano.
—Mucho trabajo con las rutas turísticas. ¿Tú qué tal? Estás desaparecido.
—Papeleo de la estación ganadera anterior —explica con un suspiro cansado—. Ya sabes cómo es la burocracia. Un infierno de formularios para que te den el dinero que te corresponde.
—Por desgracia, lo sé —admito, aunque mis ojos se desvían de inmediato hacia el perfil de Joanie, que se está recolocando un mechón suelto de la trenza.
Él asiente, ajeno a mi distracción.
—¿Y cómo va la adaptación de los nuevos sementales?
—Todo bajo control, respondiendo bien —respondo cortante. No tengo ganas de hablar de mi trabajo con los caballos. Menos aun cuando Luke se inclina hacia Joanie y le dice algo al oído que la hace soltar una carcajada.
No me gusta un pelo esta sensación. Es irracional, ardiente y me quema por dentro. No soporto verla reír así con otro que no sea yo.
Por suerte, Camila y Darana deciden romper el grupo y se levantan hacia la pista improvisada donde varias parejas intentan bailar country sin pisarse.
Van tan pegadas que da envidia verlas. Ethan y Kira las siguen poco después, metidos en su propia burbuja de complicidad.
Desde otra mesa, Lily levanta una botella de cerveza y me grita:
—¡Strong! ¡Ven aquí a contarnos cómo va todo!
Le devuelvo el saludo con el dedo índice pegado a los labios, divertida.
El ambiente es tan caótico y alegre que casi logro relajarme. Casi. Hasta que Luke vuelve a la carga, inclinándose hacia Joanie con una confianza que me revuelve las tripas.
—Venga, por favor… Tienes que cantar una conmigo. No me dejes hacer el ridículo.
Ella lo mira abriendo mucho los ojos, negando con la cabeza.
—¿Te has vuelto loco, Luke? Sabes perfectamente que canto como una gallina afónica. Mis conocimientos científicos se limitan a la salud animal, no a la música.
—Por favor, solo una —insiste él, cogiéndole la mano—. Prometo desafinar más que tú. Por los viejos tiempos.
Joanie duda un segundo, mordiéndose el labio inferior de esa manera que me dan ganas de arrastrarla fuera del bar. Al final, cede.
—Está bien… Solo una. Pero si los vecinos nos tiran tomates, te pones tú delante.
—¡Hecho! —exclama Luke triunfante. Se levanta y le ofrece la mano para ayudarla a subir al pequeño escenario.
La música arranca. Es un tema clásico de country rural que todo el pueblo se sabe.
Luke canta fatal, destrozando las estrofas, y Joanie no lo hace mucho mejor, pero se ríen tanto entre ellos que terminan contagiando a todo el local.
Los vecinos acompañan dando palmas rítmicas y Joyce se une al coro desde la barra.
Yo me quedo petrificada en mi sitio, devorándolos con la mirada. Analizo cada gesto, cada roce «accidental» de sus hombros en el escenario, cada carcajada compartida.
—Siempre pensé que esos dos acabarían casándose —comenta Lily, sentándose de golpe en la silla que acaba de dejar libre Joanie y ofreciéndome otra cerveza.
La rechazo con un bufido, sin apartar los ojos de la tarima.
—¿Ah, sí? —pregunto, entornando los ojos.
—Claro. De adolescentes eran uña y carne. Él siempre andaba detrás de ella, cuidándola cuando tenía problemas, y Joanie… Bueno, siempre le ha querido muchísimo.
Ese «muchísimo» me cae en el pecho como una coz de un caballo. Lily bebe un trago de su botella y me observa de reojo antes de sonreír con picardía.
—Aunque, siendo sincera… Me mola mil veces más verla contigo, Maddie. Es bonito de ver, de verdad.
No respondo. No puedo. Luke acaba de hacer una reverencia exagerada al terminar la canción y Joanie se ríe tanto que tiene que sujetarse el estómago con las dos manos. Él le ofrece el brazo de broma y ella lo acepta entre risas mientras bajan de la tarima.
Me doy cuenta de que Luke no necesita fingir nada ni impresionar a Joanie.
Él ya forma parte de su mundo. Conoce sus manías, sabe cómo hacerla reír en dos segundos y comparte un pasado que yo nunca tendré.
Y yo… yo solo soy la tía que intenta arreglar las cosas tras haber metido la pata una y otra vez.
—¿Maddie? ¿Estás bien? —La voz de Lily me devuelve a la realidad, con un tono de preocupación real.
Asiento, forzando una sonrisa que no me cree ni el apuntador.
—Sí, claro. Solo pensaba en el trabajo que nos espera mañana.
Pero ni yo misma me trago el cuento.
Bajo la mirada hacia mi cerveza, que sigue prácticamente llena. Dejé de beber hace rato. Joanie regresa a la mesa, con las mejillas encendidas y el pelo ligeramente alborotado por el movimiento. Sus ojos buscan los míos al instante. Joder, estoy colgada de Joanie Blake hasta las trancas.
Me levanto de la silla, doy un paso hacia ella acortando la distancia y bajo la voz para que solo ella me escuche, ignorando al resto del universo.
—Has estado increíble. Aunque hay algo que lo puede mejorar.