El fuego tiene memoria (Birdsong Hills 2) 18
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Joanie

—Yo creo que no está todo perdido.

Mi voz resuena entre las vigas de madera de los cobertizos mientras Maddie ajusta con un movimiento firme la cincha de Trueno.

El semental resopla, rompiendo el aire con un vaho blanco, y golpea el suelo con un casco, impaciente.

Cualquiera le tendría respeto a semejante mole, pero Maddie lo domina con una palmadita en el cuello y una mirada que a mí me acelera el pulso.

Termino de palpar los tendones flexores de la última yegua de la fila, asegurándome de que no haya inflamación ni sensibilidad antes de la caminata por el terreno pedregoso.

Me yergo, sacudiéndome un poco de paja de la chaqueta, y la observo de reojo.

Maddie podrá venderle al mundo la moto de que es una vaquera indomable, impulsiva y con el gen de la insolencia incrustado en el ADN, pero cuando trabaja con los animales, se convierte en otra mujer.

Sus manos se mueven en calma, con una madurez que me deja embelesada.

Me muerdo el interior de la mejilla, conteniendo una sonrisa.

En momentos como este, con el sol tiñendo de un rojo casi violento las colinas de Birdsong Hills, me cuesta recordar que lo nuestro es solo un acuerdo.

Una farsa bendecida por parte de nuestros amigos.

Sin ningún futuro aparente. «Tal y como siempre han sido las cosas con Maddie».

A nuestro alrededor, la propiedad empieza a bullir. Los primeros turistas salen de sus respectivas cabañas, tiritando y frotándose las manos. El aire huele a leña quemada, a eucalipto y al café cargado que Ricky ya está sirviendo.

Darana se acerca a nosotras a paso rápido, esquivando una carretilla de alfalfa. Lleva un dosier bajo el brazo y unas buenas ojeras.

Estoy segura de que la charla con Victoria Strong, no ha sido muy agradable.

—La empresa de ecoturismo de Melbourne ha vuelto a enviar un correo esta mañana —anuncia, mientras agita los papeles con alivio—. Si la ocupación de este mes se queda en estos ratios, quieren firmar la exclusividad para la próxima temporada.

—Joder, pues eso es muy buena notica —apunta Maddie, que levanta la cabeza.

—Todo un respiro, sí —sonrío yo, guardando el estetoscopio en mi maletín de campo. Sé que todos estamos preocupados por lo que pueda pasar con Birdsong Hills—. Te lo mereces. Has sudado sangre para continuar adelante después de la tormenta.

—Muchísimo —admite Darana, aunque su mandíbula se tensa de inmediato—. Pero con números verdes o sin ellos, necesito que las cosas sigan bien antes de que Victoria decida presentarse aquí con sus abogados para vender su parte de las tierras.

Ricky, que está repartiendo los cascos de seguridad a los clientes con su habitual sonrisa de galán, se gira hacia ella, guiñándole un ojo.

—Para lo que haga falta, Darana. Sabes que haré cualquier cosa por mantener este negocio a flote.

A Darana se le escapa una sonrisa.

—Te agradezco el apoyo, Ricky, pero hay que tener las cosas claras.

Maddie carraspea, y la sonrisa se le borra de la cara en cuanto comprueba la cabezada del caballo.

—No voy a permitir que mi madre destruya Birdsong Hills. Ni con abogados ni con sus amenazas. Antes quemo los corrales conmigo dentro.

El tono es tan tajante que Darana y Ricky se quedan mudos un segundo. Yo doy un paso hacia ella. Sé perfectamente qué hay detrás de esa rabia. Su madre la está asfixiando con el chantaje, y ahora mismo, yo soy su escudo humano.

Ricky, que tiene el radar puesto, nos observa con una ceja alzada.

—Me encanta que haya tanto romanticismo en este valle —bromea, y yo lo fulmino con la mirada.

—Mejor vamos al lío —propongo yo—. Hoy puedo acompañaros.

· · ·

Media hora más tarde, la comitiva está lista. El grupo es pintoresco: una familia de Brisbane con Oliver, de nueve años, y su hermano mayor; una pareja de jubilados franceses pertrechados con cámaras réflex; y dos amigas alemanas que le hacen fotos hasta a las briznas de pasto.

Maddie se coloca al frente, impecable con su sombrero, y señala el sendero.

—Hoy mantendremos el ritmo constante. Disfruten del paisaje, pero recuerden las indicaciones de los guías.

Me coloco a la zaga del grupo a lomos de mi yegua. La sigo con la mirada mientras se empareja con el pequeño Oliver para comprobar su postura en los estribos. La dulzura con la que trata al chiquillo me saca una sonrisa.

—A ver, Oliver, regla de oro —le dice Maddie con cara de póquer—. Si el caballo nota que estás asustado, se reflejará en sus movimientos. Así que mantén los talones abajo y la espalda recta.

El crío abre los ojos. La madre del niño se muerde el labio, asustada, pero Maddie rompe a reír de inmediato, guiñándole un ojo al pequeño.

—Que es broma, campeón. Trueno es un trozo de pan, solo le gusta hacerse el importante. Dale una palmadita suave aquí, justo entre las orejas. Eso es.

El niño se relaja y se echa a reír, contagiando a su madre. El semental resopla, como si entendiera el halago, y el grupo avanza finalmente hacia el sendero rodeado de acacias y eucaliptos centenarios.

El paisaje es imponente en esta época del año: la tierra desértica vibra bajo una luz dorada y limpia, y a unos doscientos metros, un grupo de canguros se mueve entre los rastrojos.

Los niños contienen el aliento. Un gran macho nos observa, irguiéndose sobre sus patas traseras, midiendo nuestras intenciones.

—No os acerquéis demasiado —advierte Maddie en voz alta al grupo—. Admiradlos, pero respetad su distancia de seguridad.

Se retrasa un par de metros hasta quedar a mi altura. El hombro de su chaqueta roza el mío con un roce rítmico debido al paso de los caballos.

—¿Qué pasa? Te veo muy callada.

—Nada, solo me fijaba en que casi matas del susto a ese chiquillo.

—No será para tanto —bromeo.

Seguimos ascendiendo por la ladera rocosa hasta alcanzar el mirador del valle.

Desde allí arriba, las cabañas parecen maquetas de madera y el riachuelo brilla como una vena de plata líquida bajo el cielo infinito del Outback.

Los turistas guardan un silencio sepulcral, fascinados.

La mujer francesa limpia el objetivo de su cámara, susurrando elogios en su idioma.

Darana se vuelve hacia ellos con los ojos brillantes de orgullo.

—Este lugar estuvo a punto de romperse tras la gran tormenta. Si sigue en pie, es por la gente que trabaja aquí. Gente que da la vida por esta tierra.

Oliver mira a Maddie con admiración infantil.

—¿Tú trabajas aquí todos los días? ¿No echas de menos la ciudad?

—Ni loca, chaval —responde Maddie sin dudarlo un segundo, contemplando el horizonte con fijeza—. No hay rascacielos en el mundo que supere este amanecer. Esta tierra es dura, te rompe las manos, pero no la cambiaría por nada.

La miro de reojo, impactada por la absoluta honestidad de sus palabras.

No hay postureo en ella. Defiende Birdsong Hills porque es su oxígeno, y comprendo, con una lucidez que me asusta, el pánico que le tiene a su madre.

Esto no es un capricho. Es su identidad.

Y yo, metida hasta el cuello en este falso noviazgo, empiezo a darme cuenta de que la línea entre la mentira y la realidad se ha vuelto peligrosamente delgada.

El grupo se dispersa un poco por la explanada del mirador para hacer fotos. Maddie desmonta para revisar la herradura trasera de Trueno, que ha flanqueado una zona de piedras sueltas. Me bajo de la yegua y me acerco, agachándome a su lado bajo el pretexto de ayudarla.

—¿Estás bien? —le pregunto en un susurro, fijándome en la rigidez de su cuerpo.

Maddie suelta el casco del caballo, se yergue y me mira fijamente, a escasos centímetros de mi rostro.

—Estoy cansada de fingir, Joanie. Cansada de jugar al escondite con mi madre y de meterte a ti en mitad de mis guerras familiares.

A veces siento que esta hacienda es una causa perdida para mí…

y luego te miro a ti, metida en este teatro por ayudarme, y se me junta el hambre con las ganas de comer.

No sé cómo gestionarlo sin mandarlo todo a la mierda.

El corazón me da un vuelco salvaje contra las costillas. Le sostengo la mirada, ignorando el temblor de mis propias manos mientras acaricio disimuladamente las riendas de su caballo.

Ella contiene el aliento, con los labios entreabiertos. El aire entre las dos se vuelve tan espeso que el ruido de los turistas desaparece por completo. Está a punto de acortar la distancia cuando la voz de Oliver nos interrumpe, señalando el suelo con entusiasmo.

—¡Eh, mirad! ¡Piedras cuadradas!

Maddie parpadea, saliendo del trance con un esfuerzo supremo, y se vuelve hacia el niño, recuperando su sonrisa gamberra. Se agacha junto al chiquillo, señalando el rastro.

—Eso no son piedras, Oliver. Son cunas de wombat. Las de aquí son de wombat de nariz peluda. Tienen un metabolismo digestivo sumamente lento, tardan hasta dos semanas en digerir la comida y la forma cúbica de sus heces evita que rueden, así marcan su territorio en las rocas.

El niño suelta un «¡Puaj, qué asco!» divertidísimo, mientras el padre saca una foto del hallazgo. Maddie se pone en pie, girando la cabeza hacia mí con una chispa en los ojos. Estaba equivocada, creo que Maddison Strong sí que ha cambiado.